A/N: Lo sé, lo sé, soy un desastre. A este ritmo voy a acabar la historia en 2016... No sé si a estas alturas me quedará algún lector/a fiel, o si me habrán abandonado todo/as por insoportable... Si seguís ahí, ¡muchas gracias! ¡Os quiero! ¡Un regalo de Navidad para vosotro/as! :)
Disclaimer: Si yo fuese Rowling, Remus en el último libro no sería tan OOC. ¿Cómo demonios se come que el profesor serio y responsable de El Prisionero de Azkaban, el guerrero de cabeza fría y racional de La Orden del Fénix, incluso el enamorado preocupado de El Príncipe Mestizo ABANDONE A SU MUJER EMBARAZADA EN UN ATAQUE DE HISTERIA? ¿Vosotro/as no tuvisteis ganas de dar una paliza a Rowling durante todo el capítulo?
Tampoco me pertenecen las canciones de León Gieco. Aunque no me importaría nada. Ahora que lo pienso, creo que voy a pedírselas a los Reyes, a ver si cuela...
Beta: mi hermana, esta vez.
Sólo le pido a Dios
Que el engaño no me sea indiferente.
Si un traidor puede más que unos cuantos,
Que esos cuantos no lo olviden fácilmente...
Mercedes Sosa, "Sólo le pido a Dios"
Las siguientes semanas pasaron en un torbellino de actividad. Mundungus nos informó de que Peter estaba preso en la fortaleza principal de Voldemort (nos proporcionó hasta un mapa con las mazmorras más probables señaladas; ¿he dicho ya que la cantidad de detalles que manejaba era inquietante?), por lo que decidimos que necesitaríamos refuerzos por si acaso nos veíamos obligados a atacar frontalmente. Por lo tanto, la Capitana poco menos que sacó a rastras de su retiro a Sprout y a Flitwick, los capitanes del Hufflepuff y el Ravenclaw, y nos pusimos manos a la obra de reclutar gente para nuestra loca aventura. No pude evitar sorprenderme de la cantidad de personas que acudieron a nuestra llamada: Molly Weasley, la hermana mayor de los gemelos Prewett, a quien tres embarazos y un marido pacífico no habían quitado ni ápice de su fiereza; Alice y Frank Longbottom, dos ex-artilleros del Gryffindor que se habían pasado a la Marina Real tras el perdón; Andrómeda Tonks, "mi prima favorita y la única Slytherin que ha valido nunca la pena" en palabras de Sirius, con su marido, Ted Tonks; y muchos otros. Era evidente que, aunque no llamase la atención a primera vista, Peter era una persona querida por todos.
De todas formas, a pesar del entusiasmo desplegado por todo el mundo, entre calafatear el casco, reequipar la artillería y poner a punto las velas pasó casi un mes antes de que estuviésemos listos para zarpar, y, aunque nadie se atrevía a hacerla en voz alta, una pregunta planeaba sobre nuestras cabezas, cargando el ambiente de tensión: ¿llegaríamos a tiempo? ¿Cómo aguantaría nuestro afable compañero, que tan cómodo parecía entre potes y galletas saladas, en los calabozos de uno de los piratas más crueles de la Historia? James repetía a todo el que se dignase a escucharle que teníamos que tener fe en él, que era más resistente de lo que parecía, pero no estaba muy claro hasta qué punto creía sus propias palabras o hasta qué punto estaba intentando reconfortarse a si mismo. Teniendo en cuenta la cantidad de veces que lo encontré paseando por cubierta a altas horas de la noche, perdido en sus pensamientos, yo me inclino por la segunda.
En otro orden de cosas, el status quo del Gryffindor había sufrido un cambio notable: como Fabian y Gideon ahora tenían que dividir su tiempo entre su hermana y nosotras, Marlene y yo nos encontramos cada vez más a menudo uniéndonos a las partidas de dados de los Merodeadores. Aunque el contrato del barco no nos permitía apostar dinero, era una buena forma de pasar el rato en esos días de calma chicha en los que no hay manera de hacer avanzar los navíos. Había un rincón de la proa que era considerado tácitamente como suyo, en el que el balanceo no se notaba mucho con lo que era perfecto para estos juegos. En el proceso, yo aprendí algunas cosas nuevas sobre ese sujeto conocido por el nombre de James Potter: sí, tenía un ego del tamaño de la Luna, y sí, tenía el don de irritarme hasta los límites de mi paciencia sin proponérselo siquiera, pero también era leal a sus amigos hasta la muerte, trepaba por las jarcias como si hubiera nacido en ellas (¡una vez lo vi reparar un cable boca abajo, colgado de las rodillas!) y hacía unos juegos de palabras tan malos que era imposible no reírse. Oh, y un dato de menor importancia: ahora que había empezado a tratarme como una persona y no como un trofeo, puede que me estuviese pillando un poco por él. Un pelín. No mucho. Nada del otro mundo. De todas maneras, no era algo que pretendiese compartir con nadie. No, Potter se pondría insufrible si llegase a enterarse, y además había empezado a caerme bien de verdad, y nada mata una bonita amistad tan rápido como un corto amor.
Cuando llegamos a nuestro destino era casi de noche. Tras una corta deliberación, decidimos que lo mejor sería actuar inmediatamente, mientras nuestros adversarios aún no eran conscientes de nuestra presencia. Según el soplón, el plan con mayores posibilidades de éxito consistía en la formación de un grupo pequeño que se infiltrase al amparo de la oscuridad. Dicho escuadrón estaba decidido desde hacía tiempo. A todo el mundo le había parecido natural que lo integrasen James, Sirius y Remus, pero hubo más de una cara de sorpresa cuando yo me ofrecí a unirme a ellos. Personalmente, a mí me parecía una oferta perfectamente razonable: la necesidad de sigilo que requería la misión nos impediría el uso de pistolas, y yo seguía siendo la más ducha en las artes de la espada. De este modo, fuimos nosotros cuatro los que envolvimos las vainas de nuestras armas en tela para que no tintineasen y tomamos un bote para aproximarnos a nuestro objetivo. Voldemort había elegido como cuartel general un fuerte de los primeros conquistadores españoles, y si hay algo que nadie puede negarles es que sabían construir. Ubicado en un saliente de la costa, donde la roca caía a pico, era casi inexpugnable tanto por tierra como por mar. Pero en su localización estaba precisamente su debilidad. Fletcher nos había indicado una cueva en la parte baja de los acantilados por la que salía un túnel de ventilación abandonado que conducía a las cocinas y que, debido a lo abrupto del paisaje, no era visible desde arriba. Nos costó un rato localizarlo, y aún más tiempo recorrerlo, porque era empinado y lleno de salientes de piedra que amenazaban con abrirle la cabeza a una si no tenía cuidado. Evidentemente no estaba pensado para servir de pasaje para las personas. Yo me pregunté cómo íbamos a apañárnoslas para hacer el recorrido inverso, sobre todo con el cocinero, que lo más probable era que no estuviese en muy buen estado de salud, sin rodar y partirnos el cráneo.
Una vez que alcanzamos la cocina, cogimos el mapa y, con infinito cuidado, nos dirigimos a los calabozos. Por el camino hubo un par de momentos en los que creí que íbamos a ser descubiertos, pero cada vez nuestros enemigos pasaron de largo sin reparar en nosotros. Los guardias tampoco nos supusieron gran problema, porque estaban tan entretenidos con su partida de cartas que no notaron nuestra presencia hasta que no tuvieron una mano sobre la boca y una daga en la garganta. Tengo que reconocer que estaba bastante sorprendida de la falta de medidas de seguridad por parte de un pirata con tanta experiencia y tanta fama como Voldemort. Una vocecita suspicaz en mi cabeza me repetía que tenía que haber gato encerrado, que nos estaba resultando todo demasiado fácil, pero la ignoré. ¿Quién era yo para quejarme de la primera racha de buena suerte que teníamos después de tanto tiempo?
De todas formas, en cuanto abrimos la puerta de la celda el alivio acalló cualquier recelo. Allí estaba nuestro querido amigo, sano y salvo. Tenía los pies encadenados a la pared, el cuerpo cubierto de magulladuras y cortes y cara de no haber tenido una comida decente en una buena temporada, pero teniendo en cuenta las circunstancias, la situación era mucho mejor de lo que habríamos esperado. Yo me quedé haciendo guardia en la entrada, sintiéndome intrusa entre las muestras de afecto de los cuatro íntimos. Aun así, el tiempo corría en nuestra contra, de modo que pronto estuvo libre de sus ataduras y listo para partir. Nos preguntó por dónde habíamos entrado, apoyando casi todo su peso en Remus para no vencerse. Al oírlo palideció aún más si cabe y nos explicó con voz trémula que sólo la casualidad había impedido que fuésemos descubiertos, porque nuestra ruta pasaba directamente por delante del puesto de guardia. Con un nerviosismo que rozaba la turbación, se ofreció a enseñarnos un camino más seguro y, trastabillando, nos guió pasillo arriba.
Y sin embargo, no habíamos andado ni dos minutos cuando llegamos a un espacioso patio circular. Probablemente una especie de claustro en otro tiempo, tenía unas hermosas columnas con motivos vegetales que sostenían unas arcadas con celosías de ébano en un segundo piso. De todas formas, no nos dio mucho tiempo a admirar la arquitectura, porque en el momento en que salimos a cielo abierto oímos el inconfundible click de los mosquetes al montarse y vimos asomar por esas mismas balaustradas al menos una docena de cañones, dirigidos hacia nosotros.
"No hagan ningún movimiento brusco y suelten las armas, señores; mis hombres les están apuntando y tienen órdenes de disparar a matar si sienten la más mínima amenaza. Y todos sabemos que el qué se considera amenazante es algo muy relativo..."
¿Qué podíamos hacer? No tenía muy claro cuáles serían mis formas favoritas de morir, pero no tenía la menor duda de que de un tiro en la cabeza en esa sala no estaba entre ellas. Con movimientos lentos, controlados, me desaté la cincha donde llevaba la espada y la daga y la posé sobre la hierba. De todas formas, no tenía intención de quedarme indefensa en territorio enemigo, así que con todo el disimulo del que fui capaz metí la punta del pie bajo la empuñadura de mi arma, para poder recuperarla rápidamente si lo necesitaba. Al volvernos hacia la voz que había pronunciado estas palabras, siempre alerta a cualquier oportunidad de huida, descubrimos la existencia de otra puerta simétrica a la que acabábamos de traspasar nosotros, por donde había entrado nuestro amable anfitrión. Era un varón alto y delgado, con aires de haber sido guapo en tiempos, pero tan desfigurado que no era tarea fácil adivinar cuáles fueron sus rasgos originales. Aun así, lo que más me impactó fue su piel. Estaba tatuada de forma que imitara las escamas de una serpiente, dándole un tinte verdoso y un aspecto reptiliano realmente inquietante. Era Lord Voldemort en persona. Estaba rodeado de sus lugartenientes, y con una punzada de dolor reconocí a algunos de ellos como los amigos de Sev con los que peor me llevaba: Avery, Mulciber...
En ese momento, Pettigrew, como olvidando su anterior debilidad, soltó a Remus y corrió a posicionarse al lado del filibustero. Éste, sin dignarse siquiera a mirarlo, le dio unas palmaditas en la cabeza y comentó: "Bien hecho, Colagusano, has demostrado tu valía. Lo tendré en cuenta." Entonces, con la violencia de un puñetazo en el estómago, lo comprendí todo: ¡claro que era excesivamente sencillo! ¡Había sido todo un montaje! Y Peter, el compañero por el que habíamos arriesgado alegremente nuestras vidas, era un traidor que acababa de guiarnos a una trampa. Una inspiración trémula a mi derecha me indicó que James había llegado a la misma conclusión. Éste extendió una mano hacia su supuesto amigo y dijo:
"¿Pete? ¿Es cierto? ¿Qué pasó con el 'uno para todos y todos para uno'? ¿Con el 'Merodeadores ante todo'? ¿Cómo has podido hacernos esto? ¿Por qué...?"
Pero a estas alturas se le estaba rompiendo tanto la voz que no pudo seguir hablando. El cocinero sólo se encogió de hombros, aunque al menos tuvo la decencia de evitar todo contacto visual y parecer algo avergonzado. Yo, que tenía reciente una experiencia similar y recordaba la ayuda que me había supuesto su compañía, tomé la mano de Potter y la apreté. No podía hacer gran cosa para aliviar su dolor, pero lo que me fuera posible lo haría.
Ante este intercambio Voldemort se echó a reír, revelando una lengua ligeramente bifurcada. No era una risa agradable, cargada como estaba de sadismo.
"Oooh, pero qué tierno... ¿De verdad esperabais fidelidad de este ser? Colagusano vendería a su propia madre si eso le sirviese para salvar el pellejo. ¡Nunca había tenido un prisionero tan colaborador! De hecho, estoy seguro de que tampoco dudaría en traicionarme a mi si cambiasen las tornas. ¡Buena rata habéis criado en vuestra guarida de leones!" Durante este discurso nos miraba, burlón, como si no se lo ocurriese nada mejor para pasar el rato que hacer sufrir a sus víctimas (lo cual, por otra parte, era probablemente una descripción bastante exacta de su personalidad...). A su lado, Pettigrew lo contemplaba, con los ojos redondos por el terror. De pronto, su tono cambió por completo, volviendo al tinte frío y conciso de sus primeras palabras. "Bueno, basta de cháchara. Ya sabéis qué tenéis que hacer: coged a los Elegidos y llevadlos a sus habitaciones, y luego matad a los otros."
Avery, McNair, Crabbe y Goyle se avanzaron entonces hacia nosotros, que les mirábamos estupefactos. ¿Los Elegidos? ¿Elegidos para qué? ¿Por quién? ¿De qué estaban hablando? ¿Y qué era eso de 'llevadlos a sus habitaciones'? ¿Qué éramos ahora, los invitados de honor del bucanero? Pero antes de que nos alcanzasen, justo cuando me preparaba para vender cara mi vida si resultaba no ser una Elegida y defender a mis amigos si lo era, un marinero con una larga melena rubia que reconocí como Lucius Malfoy les hizo una seña para que se detuvieran y propuso a su capitán con voz melosa:
"Mi Señor, Bellatrix llegará mañana con los huesos, después de un largo viaje desde Little Hangleton. ¿Por qué no guardamos a los otros dos hasta su regreso? Estoy seguro de que agradecerá el entretenimiento de saludar como es debido a su querido primo descarriado y la abominación de su amante..."
No pude contener un escalofrío. Si yo fuera Sirius y Remus, creo que preferiría un tiro rápido y limpio a lo que podía esperarles en las cámaras de tortura de Lestrange... Pero, como era de esperar, Voldemort no era de la misma opinión. Con una carcajada, ordenó que se los llevasen y "los envolviesen para regalo". Pero no iba a serle tan fácil. Envalentonados además por el conocimiento de que no se atreverían a matarnos, ahora que su jefe se lo había prohibido, presentamos una buena batalla antes de caer, uno tras otro, por pura desventaja numérica. De hecho, una de las obras de arte de las que más orgullosa me siento es esa cicatriz que cruza la cara a Malfoy. Reconozco que disfruté proporcionándosela. Al final, nuestros compañeros fueron arrastrados hacia las mazmorras mientras que James y yo fuimos llevados en dirección contraria.
Al cabo de una interminable colección de pasillos y escaleras, mis guardianes me desataron y me hicieron entrar en un cuarto, donde me encerraron. No era una alcoba palaciega, pero tenía una cama con un aspecto bastante cómodo y una ventana enrejada con una hermosa (e inaccesible) vista del mar. Decididamente, no lo que yo hubiese esperado en caso de caer en manos de Voldemort. De todas formas, cuando me hice un resumen de mi situación actual (sola, confusa y desarmada en una sala que por muy espaciosa que fuese no dejaba de ser una cárcel), sólo se me ocurrió una palabra para describirla:
"Mierda."
A/N: ¡No me matéis! (se cubre la cabeza con los brazos) Ya sabéis, comentadme cosas, y a lo mejor conseguís que me emocione y escriba la siguiente parte en las 12 horas de tren que tengo la semana que viene, en vez de estudiar Teoría de Anillos, como debería hacer... -.-"
