N/A: Muchas gracias a todos por leer y comentar... A mí personalmente me ha emocionado mucho este capítulo... No sé por qué (bueno, tal vez sí lo sé)... Espero que os guste la mitad de lo que me ha gustado a mí... Por cierto, amo a mi Britt-Britt y creo que no seré la única después de este capítulo ;)

Bruja inocente, muchas gracias. Creo que te va a ir gustando cada vez más. Esta semana he estado completando el guión con muchísimas ideas nuevas que han surgido y estoy encantada con el resultado... No puedo esperar a seguir escribiendo... Esta historia la actualizo los viernes... Espero que te guste... Besos


CAPÍTULO 4: LA CITA DOBLE

Blaine aparcó su coche a veinte metros de la puerta de Breadstix. Sam iba de copiloto y podía percibir los nervios de su amigo a kilómetros de distancia. Sinceramente, no lo entendía. El moreno conocía a su cita, si alguien tenía derecho a estar nervioso era el rubio que no sabía con quién tenía la cita. Sin embargo, a él no le importaba. Estaba enamorado de Brittany y no se veía con nadie más.

– Aun estamos a tiempo de irnos si no quieres tener la cita. – El ojiverde ofreció al darse cuenta de que el otro empezaba a sudar.

– Quiero hacerlo... Con un poco de suerte, la cita será un desastre y él me dejará en paz el resto del curso. – El animador comentó mientras se secaba las manos en su pantalón. Iba muy elegante con unos pantalones color mostaza, unos zapatos marrones, una camisa blanca, un chaleco de punto marrón y una pajarita verde.

– En ese caso, será mejor que vayamos. Ya llegamos tarde. – Evans salió del coche. Llevaba unos pantalones tejanos negros, Converse negras y una camisa verde que realzaba el color de sus ojos.

Cuando los dos amigos entraron, se encontraron con Sebastian y Brittany que estaban esperando. Sam se quedó paralizado, no se esperaba que la chica que le gustaba fuera la elegida para su cita a ciegas... ¿Sabía ella que era una cita? ¿Había aceptado porque a ella le gustaba? Esas preguntas seguían mareando al rubio mientras caminaba hacia ellos.

– Pensé que no vendríais. – El castaño comentó pero se acercó al moreno para darle un beso en la mejilla y darle una rosa roja. Eso pareció animar a la chica, que se acercó aun más a Evans y le dio un beso en la mejilla, haciendo que éste se sonrojara notoriamente. Se sintió un estúpido porque no se le había ocurrido comprarle una flor a la chica como había hecho su compañero de equipo.

– Ya estamos todos... ¿Nos sentamos? – Pierce preguntó con dulzura y todos asintieron.

Los cuatro esperaron a que una camarera se acercara y los acompañara a su mesa. Sebastian se sentó junto a Blaine y frente a ellos los dos rubios. Cogieron los menús y comenzaron a elegir los platos que comerían. No era la primera vez que iban, era un restaurante muy frecuentado por los estudiantes del McKinley, por lo que decidieron rápidamente. Después la camarera se marchó y ellos se quedaron a solas. Al principio el silencio era incómodo, pero Brittany pronto comenzó a contar todos los problemas que habían tenido en el entrenamiento por culpa de la exigencia de la entrenadora Sylvester.

Al principio, el castaño se incomodó porque no quería que la rubia acaparara la atención, pero después se dio cuenta de que lo estaba haciendo para que el moreno se relajara. Sus platos llegaron y todo mejoró bastante.

Al final, la cita había sido muy buena y todos habían pasado un tiempo agradable. Sebastian estaba orgulloso de sí mismo porque sabía que no había cometido errores graves. Había conseguido que Blaine creyera que le gustaba y que quería pasar tiempo con él, justo como esperaba. Aun así, debía reconocer que no le importaría repetir, se lo había pasado muy bien. Era reconfortante estar con personas más tranquilas que sus compañeros de fútbol. Por fin entendía por qué Sam apenas se relacionaba con los demás jugadores. Era diferente.

– Yo he venido en mi coche y puedo llevar a Sam si quiere. – Brittany ofreció. Ella había convencido a Smythe para ir a buscarlo y el castaño no lo había entendido hasta ese momento. – De esa manera, Blaine puede llevar a Seb... Si a todos os parece bien.

Evans miró a su amigo. Por una parte, deseaba pasar algo de tiempo con la ojiazul pero sabía que Anderson tenía algo de miedo a estar a solas con el castaño y no haría nada que facilitara esa situación sin el consentimiento del animador. Por su parte, el moreno deseaba decir que él llevaba a Sam a su casa pero sabía que eso impediría un posible acercamiento de los dos rubios, algo que Evans llevaba mucho tiempo esperando. Aunque no le agradaba la idea, sólo podía hacer una cosa.

– Me parece buena idea. – Blaine informó aunque por dentro rezaba para que no fuera mala idea.

Se separaron en dos grupos, de manera que Anderson se quedó a solas con Sebastian. El castaño estaba deseando encontrar la manera de agradecerle a Brittany su genial idea. Lo primero que haría sería dejar de creer que ella es estúpida. Le había demostrado que era inteligente y que tenía planes brillantes.

– ¿Te apetece que vayamos a algún sitio antes de volver a casa? – El ojiverde ofreció con dulzura.

– No sé... – Blaine parecía algo reacio, pero el jugador de fútbol tuvo una idea.

– Quiero enseñarte un sitio, te prometo que no pasará nada que no quieras. – Smythe propuso.

– Está bien. – Blaine dijo después de varios segundos en silencio, pensando en los pros y los contras de esa oferta.

Los dos se montaron en el coche y Sebastian le indicó al otro el camino. Llegaron a un parque que tenía una zona infantil y otra con mesas y sillas para que familias hicieran picnic. Estaba iluminado por farolas pero, aun así, tenía bastante privacidad.

El moreno aparcó y los dos se bajaron del coche. El castaño agarró con suavidad la mano del otro y lo arrastró hasta los columpios. Los dos se sentaron ahí y comenzaron a balancearse un poco, aunque sus pies en ningún momento dejaban de tocar el suelo. El ojimiel observaba a su cita con intriga, no había dicho nada en el camino a parte de las indicaciones y todavía esperaba su explicación.

– Mi abuelo me traía aquí cuando era niño. Siempre me siento bien en este lugar. – El jugador de fútbol no sabía qué le había llevado a admitir eso, pero no podía negarlo ya.

– ¿Tu abuelo y tú sois muy cercanos? – El Cheerio quiso saber.

– Murió hace tres años, ha sido algo muy difícil para mí. Mis padres trabajan mucho y a mí prácticamente me crió él. Desde que murió he estado yo solo. – El ojiverde se enfadó consigo mismo por confesar su secreto. Extrañaba a su abuelo cada día de su vida. Por eso se había vuelto una persona fría, no quería volver a pasar por el dolor que sintió cuando intentó despertar a su abuelo y no lo consiguió.

– Lo siento. – Anderson no sabía qué decir. Jamás había pensado que había mucho más en la actitud chulesca del otro. Siempre pensó que era el único que ocultaba sus problemas personales en el instituto.

– Gracias. – Smythe tampoco sabía qué decir. Siempre se incomodaba cuando alguien le decía que sentía la muerte de su abuelo. ¿Cómo lo podían sentir si ellos no lo conocían?

Blaine se levantó después de unos segundos en silencio y se puso frente a Sebastian. Agarró las cadenas del columpio y agachó su cuerpo hasta que sus labios se encontraron con los del castaño. El moreno no había besado a nadie nunca y no sabía muy bien qué hacer, por lo que sus nervios aumentaron al darse cuenta de que el otro no se movía. Comenzó a alejarse, muerto de vergüenza, cuando sintió una mano en su nuca volviendo a acercarlo al otro.

Esa vez el ojiverde sí respondió al beso, atrapando con su boca el labio inferior del otro. Un pequeño suspiro se escapó de los labios del Cheerio y eso fue aprovechado por el otro para introducir la lengua en su boca. A partir de ahí, todo aumentó de temperatura, con sus lenguas bailando juntas, sus corazones latiendo al unísono y sus cuerpos temblando.

La falta de aire hizo que Anderson se separara, sus mejillas estaban rojas y sus ojos brillaban. Smythe había notado que era algo inexperto, si no era su primer beso, era de los primeros. Sabía que no debía presionar o, de lo contrario, podría alejarlo para siempre. Por eso decidió que era el momento de ir a casa... Y si había otro beso similar a modo de despedida, Sebastian no iba a protestar.