Espero que sepáis perdonarme por la tardanza. Como ya dije en Summer '73, he tenido un enorme bloqueo creativo que aún me dura por desgracia, por lo que si este episodio no es muy buen bueno... Lamento las molestias por adelantado.

Aún así, espero que intentéis disfrutarlo. Gracias a todas por vuestros comentarios de ánimo, y especialmente a karychela y Lady Annie Jaegger por su teoría; no me lo esperaba y me hizo inmensa gracia (si creáis más avisadme, que adoro este tipo de cosas).

Pero bueno, me dejo de rollos y, sin más dilación, aquí el capítulo 3 de Deadly Secrets.


Capítulo 3: La Cena


Castiel separó ligeramente los labios mientras sus ojos grises y afilados se clavaban en el paisaje externo con cierta parsimonia, dejando escapar de ellos una capa de humo (conjunto a su aliento frío)—proveniente del minúsculo cigarrillo que sostenía entre dos dedos—, en el aire que empezaba a levantarse nuevamente, meciéndole—en consecuencia—algunos mechones del cabello rojizo que poseía; a su edad, rozándole suavemente los hombros y con raíces negras más que visibles.

—Caballero-el viejo Malachai llamó inoportunamente su atención, acercándosele sin sobrepasar demasiado la entrada que la mayoría ya había cruzado, incluido su mejor amigo: Lysandro Ainsworth-, debería entrar de inmediato, está empezando a refrescar nuevamente.

Castiel quiso decirle que no habría manera de que no refrescara con aquella nieve cayendo momento sí y momento también, pero decidió guardarse sus chistes para algún otro momento (la noche era larga al fin y al cabo), pues el varón vestido elegantemente en comparación a él (ni siquiera se había molestado en cambiar la típica ropa que solía llevar para dar algún paseo que le devolviera parte de la inspiración que se llevaba descaradamente su segundo empleo) había clavado tan profundamente sus ojos negros en él, que era imposible no obedecer o incluso negarse a entrar hasta que el instrumento de tabaco no pudiera producir más sustancia relajante; ideal para los momentos de estrés, como ahora era el caso (o eso le sucedía a él que siempre había sido un hueso duro de roer).

—Bien-dijo refunfuñando el varón de metro ochenta, lanzando el cigarrillo—aún encendido—a algún lugar inexplorado de entre la nieve para dar medio vuelta y encaminarse al interior al que el mayordomo cedió el paso; antes de cerrar por completo la vieja puerta de entrada, provocando más de un respingo en sus invitados, que entre nerviosos y asombrados, observaban cualquier mero detalle que pudiera distraerlos del interior de la Mansión Burgh; anonadados en el vestíbulo en el que se lucían dos hermosas escaleras, sutilmente encorvadas hacia el centro del sitio por el cual pasaba una extensa alfombra color granate en dirección a otra puerta—tan grande como la de la entrada—al final del grandioso recibidor. Igualmente, tres pórticos más se dividían entre el lado izquierdo y derecho del emplazamiento, tocando un tanto las escalinatas que destacaban entre todo lo demás; incluso por encima de una vasta lámpara de araña posada peligrosamente sobre las cabezas de los doce invitados. Cada vez más inquietos por lo que les deparaba lo que allí les estuviese esperando. Aunque muchos no lo aparentaran, no podían olvidar el hecho de que la persona—en este caso, un tal Sr. Burgh—que les había convocado conocía en detalle esos horribles secretos que por años habían mantenido ocultos en un cajón de su mente, deseando que nunca nadie los conociese jamás... Ellos mismos habían intentado olvidarlos, aunque finalmente había resultado un fracaso siquiera pensar en que algo así pudiera ocurrir de la noche a la mañana.

—Denle sus abrigos y demás accesorios que puedan interferir en la celebración que el señor tiene preparada a Dolores-el viejo Malachai hizo un gesto cojo con la cabeza hasta que vio llegar por una de las escaleras a la mujer de origen latino, hacia la cual estiró uno de sus brazos libres (pues había desquitado la bandeja de bombones en cuanto todos se negaron a tomar uno; a excepción de la alegre Juliet Tonnere) para indicar al resto de su llegada-, nuestra ama de llaves.

—Bienvenidos. Espero que les agrade la fiesta, el Señor Burgh le ha puesto mucho empeño-Dolores sonrió de la forma más dulce, haciendo más de una reverencia a medida que se colocaba frente a cada uno de los jóvenes y recogía sus abrigos amablemente.

"Mierda", Kyle maldijo internamente, suspirando mientras rebuscaba angustiada su teléfono móvil en los bolsillos negros de su abrigo. Nunca había estado tanto tiempo sin hablar con Lindsay, y mucho menos el estar lejos de ella, por lo que pasarse toda la noche (y vete a saber si la mañana, dependiendo de cómo cayera la nieve durante su estancia en la fiesta) sin ni siquiera dirigirle un beso por mensaje sería toda una imposibilidad; ni siquiera le había aparecido algo así por la mente cuando subió al Nissan X-trail que a estas alturas ya se habría marchado.

Por suerte no tardó demasiado en conseguir localizar el aparato entre los miles de paquetes de pañuelos, chicles y bolígrafos que poseía dentro del oscuro gabán. E inmediatamente lo escurrió a través de la falda de su vestido, enganchando el dispositivo entre sus bragas y sus medias de encaje, sin que nadie aparte de Armin le prestase verdadera atención, haciendo que en este surgiera una mueca risueña mientras entregaba a regañadientes su propio abrigo; tendría que haber pensado algo similar para salvaguardar su consola... Pero, ¿dónde? ¿En sus pantalones viejos en el que destilaba todo cuanto ponía? ¿O en su camiseta sin pechos o tripa que pudiesen sostenerla hasta llegar a sentarse?

"¡Que suerte ser una chica!", pensó sin quitarle ojo a la joven morena, que como si nada hubiese ocurrido, regresó a su posición indiferente para entregar refunfuñante la larga pelliza que hasta entonces llevaba puesta. Revelando al mundo el traje negro y cuello alto que Lindsay le había escogido intencionalmente para la ocasión (aunque ella había insistido en ponerse cualquier chorrada que tuviese en el armario).

—Muy bien-el viejo mayordomo regresó a hablar, encaminándose hacia la puerta final por la que se guiaba la moqueta a medida que Dolores abandonaba la sala con más ropa de la que podía sostener en sus brazos-. Si ya no les queda nada que ocultar-echó una mirada amarga a Kyle que no se estuvo de predicar por dentro que "Sí, yo escondo mi teléfono de ti, viejo chocho" hasta el agotamiento del varón en sostener una batalla que no ganaría, pues aunque sospechaba que algo no andaba como debía, los ojos de la muchacha no parecían predicar lo contrario a la verdad: que al igual que los demás, había entregado todos sus objetos disponibles (pues no eran capaces de llevarlos en sus indumentarias nocturnas y el viejo Malachai dudaba de que algún tipo de aparato pudiese ser escondido en vestidos como el que ella llevaba)-, síganme, por favor, hasta el comedor. Y, Dolores...-este detuvo su paso, colapsando a la fila de humanos que le seguían como líder de una secta, volteándose hacia la fémina que estaba a punto de entrar en otra habitación para abandonar todo aquel ropaje.

—¿Sí, señor?-habló a través de los pliegues de ropa.

—Dígale a Petra que no se demore. La necesito para servir la comida, igual que ha usted.

—De acuerdo-suspiró la latina, marchándose al fin del vestíbulo con una faz preocupada y murmurando diferentes preguntas en relación a Petra por lo bajo-Dios, ¿qué está haciendo ahora esa chiquilla? ¿No me había dicho que...?-tardó menos de dos segundos en desaparecer tras el portal izquierdo (el único presente en aquel costado) para que los invitados continuaran su camino con un Malachai sonriendo de forma casi maligna, incomodando a algunos de los que estaban más cerca de su persona; especialmente, cuando este se dedicó a susurrar a Kyle, sin moverse demasiado de su lugar mientras tomaba el pomo con una de sus manos enguantadas de blanco:

—Las mujeres sois unas inútiles.

No es que aquel comentario fuera el más agradable del mundo (por no decir que era lo más machista que había escuchado en años) para que la fiesta resultara menos tensa, pero Kyle se limitó a ignorarlo, frunciendo el ceño con desagrado a medida que esperaba que el mayordomo abriera la puerta que les llevaría hacia el comedor. Rezaba porqué este no le hiciera perder los estribos como ya le había sucedido en el vehículo con sus compañeras féminas. Odiaba tener que recurrir a ese tipo de métodos, pero a veces no podía evitarlo, como el hecho de querer besuquear las mejillas de Lindsay cada vez que la veía.

Al pensar en ella, por enésima vez aquella noche, no pudo evitar sonreír para sus adentros.

—Espero que no haya nada que no me guste...-dijo de repente Montserrat, todavía aferrada a un costado de Viktor, dirigiéndose directamente al viejo Malachai que ni siquiera se giró a medida que estiraba la puerta hacia el interior.

—No se preocupe, señorita, el señor Burgh ha pensado en todo especialmente para ustedes.

La cara de más de uno adquirió un tono de extrañeza. Aquella había sonado propio de las películas de terror y, de hecho, algunos ya comenzaban a pensar (y a estar extremadamente alerta) que morirían allí... Aunque de cierta forma se lo merecieran.

—Espero que disfruten de la cena. La serviremos lo antes que mis criadas se atrevan a aparecer-sentenció el mayordomo, finalmente abriendo la entrada hacia el comedor cubierto por cuadros, algunas librerías, y una espectacular mesa alargada servida con platos, vasos e instrumentos relucientes sobre servilletas color beige y un mantel digno de un museo.

—Caray-no se estuvo de decir Montserrat, automáticamente acompañada por el entusiasmo de Juliet.

—¡Es impresionante! ¡Bellísimo!

—Gracias-agradeció el varón con cierto orgullo que siempre parecía destilar-. Ahora me disculparan. Vayan sentándose donde les apetezca menos en el último asiento-señaló aquel completamente solitario, al final de la mesa y frente a una chimenea eléctrica encendida que, si bien no calentaba en absoluto, hacía una bonita decoración-. Yo me adentraré en la cocina para traerles la comida correspondiente.

El viejo Malachai hizo una educada reverencia, adentrándose en el comedor hasta abandonarlo tras una pequeña puerta hacia la cocina, dejando con un suspiro en los labios al resto de personajes presentes, quienes empezaron a encaminarse hacia el asiento que quisieran gustosamente ocupar. Aunque les hubiera gustado estar en cualquier sitio menos en una mansión, en medio de la nada, donde había acudido a través de un chantaje.

Dios, como les gustaría estar en otro sitio...


Probablemente la cena tardó más de veinte minutos en servirse por culpa de Petra, que despeinada y visiblemente sudando, apareció junto a Dolores con una sonrisa extraña en la cara, como si se sintiera avergonzada o, incluso, más que eso, angustiada por la situación; un cuarto de hora después de que todos hubieran ocupado los asientos que habían escogido por despecho.

—¡Por fin!-habían soltado Armin y Montserrat casi al mismo tiempo, cuando los platos llenos de deliciosa comida comenzaron a llegar frente a ellos tras la larga espera por la que el viejo Malachai se disculpó sin demasiado esfuerzo, seguido por unas afligidas Dolores y Petra mirando hacia el centro del resto de cuencos que transportaban.

—El primer plato es sopa de marisco. Espero que lo disfruten-dijo el único varón de entre mínimo servicio, posando uno de los platos delante de Nathaniel, un joven rubio vestido con un traje color marino que sonrió de inmediato; satisfecho con la comida que se le ofrecía.

—Excelente para empezar.

—Coincido-asintió Lysandro, a su costado, recibiendo un resoplido por parte de Castiel, frente a él al otro lado de la mesa, cosa que a su amigo no le importó. Ya estaba acostumbrado al comportamiento del pelirrojo teñido, que sin demorarse recibió su propio plato por parte de Petra.

—Que lo disfrute-fue diciendo la muchacha rubia, con una vocecita temblorosa, a cada uno de los servidos, hasta que inevitablemente tuvo que detenerse en una esquina lejana de la mesa, apoyando la mano en esta mientras respiraba con dificultad y sentía crecer su ritmo cardíaco, tal y como su dolor de cabeza; esto, si bien le había sucedido una que otra vez, nunca le había impedido trabajar, de hecho, mejoraba con creces (o eso creía ella) la emoción de este.

—¿Estás bien?-intentó alzarse Juliet desde su asiento, claramente preocupada, pero Malachai la interrumpió, casi obligándola con su mirada a sentarse nuevamente.

—Déjela, señorita. Usted disfrute de la comida-veloz como un guepardo se acercó de mala gana a la joven criada, arrastrándola con él del brazo otra vez hacia la cocina-. Yo me encargaré de ella, no se preocupe y espere quieta a la llegada del señor Burgh.

—E-está bien.

—Dolores, ayúdeme-instó el varón una vez Juliet regresó su trasero al asiento, entrando con la muchacha extranjera en el conocido infernillo de calor, seguido de la latina que disculpó el comportamiento de la menor antes de partir. Dejándolos solos y en un silencio que rozaba lo perturbador. Resonando cubiertos y absorción por parte de los únicos invitados, hasta que al fin alguien decidió romper el hielo, desamparando su cuchara mojada a un lado, sobre una de sus dos servilletas.

—Bueno, espero que no nos estemos toda la noche en silencio-sonrió amablemente Nathaniel, recibiendo la aprobación de Juliet, sentada entre Castiel y Danielle, que en silencio continuaban degustando el primer plato, como el resto.

—Totalmente de acuerdo. Es una fiesta, hay que pasarlo bien, aunque sea tranquilamente, eh...-inclinó la cabeza de forma curiosa, haciendo énfasis en que quería saber su nombre, cosa que el muchacho veinteañero no tardó en averiguar, espabilado como era.

—Soy Nathaniel Torrance. Un placer conocerla, esto...-repitió casi inconsciente el gesto que Juliet había echo hacía un par de segundos, causando una pequeña risita en ella.

—Juliet Tonnere. Igualmente-y el silencio sepulcral volvió a caer sobre la sala, a pesar de que tanto las miradas de Juliet y Nathaniel observando con ánimos a los convidados restantes ya hacían esperar a estos lo que ambos iban a decirles-¡Venga, chicos!-alentó Juliet, siempre tan alegre-¡Un poco de alegría, presentaos al menos!

—Exacto-continuó Nathaniel, siguiéndole estimulante la corriente, retomando la tarea de engullir su plato de sopa-. Al menos esto se nos hará menos rígido... Creo.

—¡Seguro!-apabulló rápidamente la joven de cabello castaño, sabiendo que esto quizá incitaría al resto a participar en la idea (poco original, pero probablemente una salida de aquella tirantez que los incomodaba a todos y cada uno de ellos).

Entre ellos intercambiaron una que otra mirada de duda, pero finalmente más de uno se dignó a hablar, pues a lo mejor—a pesar de la palpante inocencia de Juliet—incluso tenían razón y el conocerse un poco mejor haría la situación menos presionada.

—Está bien-Montserrat hizo una mueca coqueta, entrecruzando sus piernas al tiempo que dejaba su comida para apoyarse contra la cómoda silla de madera encerada y pulida, sentada justo a un costado de Viktor; a quién no había perdido de vista en ningún momento, incluso ahora-. Empiezo yo, si no os importa.

—¡Bravo, Montsy!-aplaudió Juliet, provocando una nueva risa en la de cabello borgoña.

—Bien, bien. Me llamo Montserrat Whelan, un placer conoceros a todos-jugueteó con sus manos en el aire, dando cierto vigor a su explicación-. Soy Leo, mi color favorito es el rojo y adoro los tacones y minifaldas. Como habéis podido ver, espero-lanzó una mirada seductora hacia Viktor, quién solo se limitó a sonreír para desgracia de ella, que pareció no sentarle muy bien la poca actividad del muchacho respecto a su figura.

—Todos los hemos visto, tranquila-Hannelore volvió a la carga tras permanecer un tiempo considerable en silencio, todavía sin ser capaz de observar a Montserrat a los ojos, quién regresó a darle una sonrisa burlona.

—Me alegro que te haya gustado, querida. A lo mejor algún día de estos tú también eres capaz de ponerte tal cosa...

—Eh-Danielle, declarada mediadora profesional entre las pequeñas batallas verbales de ambas veinteañeras, decidió interrumpir nuevamente la tensa conversación en la que Hannelore, esta vez no se aguardó las miradas tímidas, dirigiéndolas con furia hacía Montserrat-, me gustaría hablar a mi, si no os importa...

—Claro que no-esta vez fue Nathaniel el animoso-. Adelante.

—Pues, bueno... M-me llamo Da-Danielle Bélanger y tengo veintiséis años-Kentin, el más comilón de todos e igualmente uno de los más callados en aquel lugar, quiso parar de tragar para decir que él tenía la misma edad, pero se limitó a observar silencioso las diversas ondas del cabello entre rubio y castaño de la chica; bastante mona en su opinión-. Y esto, bueno... Soy profesora de preescolar, nada interesante y bastante agotador-la chica echó una ligera risa junto a Juliet, quién le predicó que su trabajo era precioso incluso si algunos días podía resultar difícil, antes de que Viktor tomara el turno de palabra alzando uno de sus brazos hacia el cielo.

—En fin, mi nombre es Viktor Bezos y...

—Eres multimillonario-le interrumpió Castiel con una sonrisa descarada-. Todo el mundo te conoce, tío, para no saberlo.

—Oh, bueno, pues entonces continúa tú si te resulta más predilecto-respondió de inmediato el más alto de todo ellos, sin padecer de una pizca de enfado que todavía le resultó más atractivo a Montserrat, quién rozó su fornida extremidad con sus dedos larguiruchos, nuevamente intentando acercársele de manera coqueta.

—No soy precisamente alguien que le gusta contar cosas privadas por ahí.

—¿Ni siquiera tu nombre?-Juliet intervino, sonriéndole con ojos de cachorro hasta que el varón se rindió en un exasperado bufido.

—Soy Castiel.

—¿Y a qué te dedicas? ¿Cuántos años tienes? ¿Porqué llevas el cabello de color rojo?-continuó la joven delgaducha para sonrisa de Castiel, que le echó una mirada irónica a la vez que furtiva.

—Eh, eh, eh... Hemos dicho que solo mi nombre, niñita.

Juliet fue a responder, pero los gritos provenientes de la cocina (y del mayordomo Malachai) la detuvieron de mala manera, al igual que el buen ambiente que estaban consiguiendo a través de vencer la timidez e incomodidad que se había vuelto a instalar de pronto. Más cuando la figura vestida de oscuro del varón y Petra surgieron precipitadamente del lugar entre empujones por parte del hombre.

—¡Ve al baño y vuelve enseguida, perra inútil! Todavía hay que servir el resto y no quiero a una gilipollas en mi cocina que no pueda siquiera servir correctamente un puto pescado.

—Lo-lo sien...-susurraba de forma ininteligible la joven criada, prácticamente corriendo hacia la entrada por dónde todos habían entrado.

—¡No quiero oír tus excusas de mierda! ¡Lárgate y vuelve en forma, puta!-y sin prestar atención a los rostros asombrados de los invitados hacia ambos personajes, el varón regresó al interior de la cocina y Petra desapareció exaltada y sudorosa tras la otra puerta.

Sin duda, el buen ambiente se había esfumado para el resto del momento, en el que los presentes volvieron la vista a sus platos para continuar a lo que obligados habían tenido que asistir. Preguntándose en que momento, serían capaces de conocer al enigmático señor Burgh; cuya silla continuaba vacía.

Dolores, la indiscutible y destacable mujer que ejercía como ama de llaves y criada al mismo tiempo, no tardó en hacerse ver minutos después de tan acalorado espectáculo, siguiendo el camino que había tomado Petra para dirigirse a uno de los baños cercanos de la casa.


Apenas abrió la entrada que dirigía al baño común, que de vez en cuando tanto ella como Dolores debían usar por lo mucho que se tardaba en llegar a su comuna habitación, Petra prácticamente había multiplicado sus fuerzas a mil por hora. Sentía una grave cefalea que torturaba su cráneo, provocando que se lo sostuviese con miedo a que cayera hacia algún lado de la habitación y Malachai la regañase. Igualmente, la sensación de náuseas y frío se incrementaba con cada paso que daba; comenzó a llorar, entrando en un horrible pánico que la hizo agacharse en la puerta recién abierta, esperando que con ello todo aquello que la incomodaba desapareciese...

El sudor le perlaba la piel desde la punta de la cabeza hasta la minúscula uña del dedo pequeño de su pie. Se miraba con cierto mareo... Parecía a punto de deshidratarse y, de hecho, percibía su boca seca y empezaba a tener un calor insoportable, que le hizo rasgar con fuerza bruta parte de su uniforme.

—¿Petra, está ahí?-la voz de Dolores apareció de pronto en una esquina, alarmándose veloz al ver a la joven ucraniana esparramada en el suelo e, inconscientemente, orinándose encima-¡Dios mío, querida! ¿¡Estás bien!?-preguntó la fémina latina, acercándose a paso rápido hasta recoger a la rubia en sus brazos, dentro de un tierno abrazo al que Petra reaccionó de inmediato.

—Do...lores...-dijo la chica, alzando sus ojos claros hacía ella, reconociéndola.

—Estoy aquí, mi vida-le acarició la cabeza, esperando apaciguarla-¿Qué te pasa, cariño? ¿Qué pasa?

Pero en vez de responder, Petra exhaló aire profundamente, antes de alzarse y coger con fuerza la cabeza de Dolores. Que asustada, dio un alto chillido que nadie escuchó.


¡FELIZ NAVIDAD! Y, ya sabéis, si os ha gustado, ¡dejad review! Ciao~

PD: Se que ha quedado más largo que de costumbre pero no me daba la gana de cortarlo y dejarlo sin sentido hasta ese momento final, que espero que os haga sacar algunas conclusiones.