Disclaimer: LAS TORTUGAS NINJA no me pertenecen, es mi corazón el que le pertenece a mi idolatrado Leonardo Hamato; tampoco gano dinero por escribir este fic, yo escribo por puro gusto, con todo el gusto del mundo; mi recompensa son sus invaluables reviews y uno que otro jalón de oreja.


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POR EL MAL CAMINO

Era un nuevo día.

Era un feliz comienzo, pensó Abril.

Miró el reloj de la cómoda, marcaba las 7:00 a.m. Faltaba una hora para que sonara el despertador, pero ya que se había abierto los ojos, se levantó de la cama y desactivó la alarma para que no despertara a Casey (él continuaba durmiendo a pierna tendida, y cómo no hacerlo, si todas las noches salía a luchar contra el crimen usando nada más defenderse palos de hockey, bastones de golf, bates de béisbol y su mascara).

Después de ducharse, Abril fue a la cocina para prepararse algo de desayunar; tenía mucha hambre porque estaba muy contenta con el encargo de su nuevo cliente, aunque también estaba nerviosa: debía ir a Centroamérica a buscar unas raras y antiquísimas estatuas de piedra, y temía, no tanto no encontrar esas estatuas, sino dejar solo a Casey, temía que pudiera sucederle algo malo en una de esas noches, en una de esas peleas contra los delincuentes, pero todo el dinero que ganaría si lograba complacer a ese millonario excéntrico le vendría bien a su bolsillo, así que valía la pena ir tan lejos y no solo una, sino por varias ocasiones, y en ese día sería el primer viaje, por eso se había despertado antes de tiempo por la emoción y los nervios que sentía.

Al cruzar por la sala vio un bulto sobre el sillón; al estar la habitación a oscuras tuvo que acercarse para ver bien qué era ese bulto, aunque ya sospechaba de alguien.

- Rafa. – susurró.

Era Rafael quien dormía.

Ella regresó a su alcoba y volvió con una frazada, con ésta cubrió a la tortuga. Notó que se veía muy cansado, más cansado que Casey, incluso dormía con el ceño fruncido. Acarició su cabeza con ternura.

- ¿Por qué no quieres decirnos qué es lo que te pasa? -

Hacia semanas, sino es que meses, que Rafael se estaba comportando muy extraño: dormía durante el día y por la noche desaparecía; nadie sabía que es lo que hacía por las noches, también estaba siendo más frecuente el que se quedara a dormir en su departamento. Por Splinter y Donatelo sabían de los problemas que había entre ellos, y todo por esas escapadas nocturnas. Casey ya le había dicho a ella lo que sospechaba, pero no habían tenido tiempo para hablar con su amigo porque su trabajo los obligaba a salir mucho; no había habido tiempo para platicar con Rafael y también por él Abril lamentaba tener que irse tan lejos.

Como era temprano, ella se tomó su tiempo para desayunar y prepararse para el viaje. Cuando ya estaba lista, fue a despedirse de su novio, le dio un beso muy suave en la mejilla para no despertarlo, pero no resultó.

- Abril… ¿ya te vas? -

- Sí, pero tú sigue durmiendo. -

- Te vas con cuidado. – aún adormilado, se enderezó lo que pudo para devolverle el beso, luego se acomodó para seguir descansando.

Abril iba ir por sus maletas pero sintió la inquietud de decirle a Casey que no lo dejaba solo.

- Rafa está aquí. -

- Otra vez. -

- Sí. Espero que puedas hablar con él. –

- Yo también. -

- Bueno, te marco en cuanto llegue. -

- Va. -

- Nos vemos. –

- Nos vemos. -

Y la emoción que tenía al levantarse se esfumó. Abril se fue, sintiendo que su pequeña familia se desboronaba lenta y dolorosamente.

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- ¿Has sentido… que estás por meterte a la boca del lobo y haces lo imposible por no meterte y aún así hay algo que te empuja directo a sus fauces? -

- ¿Qué? –

Rafael y Casey comían algo ya tarde.

Casey no entendió la pregunta de Rafael, sería porque no le estaba prestando mucha atención, y fue porque estaba pensando en la forma en hacerle la crucial pregunta.

- Digo que… si has sentido alguna vez que estás por meterte en una gran bronca y de todas formas ahí vas de necio o de curioso o como para nada más comprobar que tenías razón en que no debías ir a donde no te llamaban. -

- Sí, lo he sentido: cuando decidimos Abril y yo vivir juntos, así me sentí y lo sigo sintiendo. Creo que es miedo, miedo porque esto no vaya a funcionar. -

- No, no creo que sea miedo. – dijo Rafael, distraído en el plato cuyo sándwich apenas había probado.

- ¿Tú crees? – dijo Casey, esperanzado en que su amigo le dijera que Abril y él eran el uno para el otro.

- No es miedo… - se levantó con brusquedad - ¡pero ahí voy a meter mis narices! – y fue a la sala para salir por la escalera contra incendios.

- ¡Espera, Rafa! –

Cuando Casey se asomó a las escaleras, Rafael ya había desaparecido, otra vez.

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El cielo estaba tornándose de un azul claro a un azul profundo.

Todavía había luz del sol y la gente que Rafael veía pasar en la calle parecía feliz. Estaban felices pero llevaban prisa, tenían que llegar a sus respectivos hogares antes de que llegara la noche, porque en la noche surgían creaturas siniestras y malvadas que buscaban adueñarse de lo que no era suyo. Cualquiera corría peligro si la noche lo sorprendía en las calles, por eso Rafael esperaba a esa hora en un costado de ese edificio (camuflajeado con ropa normal, naturalmente): en cualquier momento ella debería salir por la calle por alguna excusa y regresar a su casa antes de que se hiciera de noche si no quería ser sorprendida por una de esas creaturas.

Y la noche lo sorprendió a él.

Rafael podía fácilmente enfrentar a esas creaturas de la noche, pero, ¿y ella? El tiempo que llevaba ahí no la vio salir, entonces era probable que antes de que llegara hubiera salido y entonces no tardaría mucho en volver. Sólo para asegurarse, y aprovechando las sombras de la noche que ya tenía dominio de todo a su alrededor, fue a la ventana por la misma que él había entrado esa otra noche. Sin dejarse ver, encontró que estaban otras personas pero no quien buscaba, así que regresó a su lugar de vigía.

Y esa noche la suerte le hacia compañía, una vez más. A lo lejos vio a una chica que vestía unos jeans deslavados y un suéter de color guinda que le venía algo grande, las mangas le ocultaban las manos; pero aún con el cabello recogido en un chongo, pudo distinguir su color, y aun por la distancia, el de sus ojos.

Era ella.

Rafael caminó hacia donde venía la chica, con calma, y cuando se cruzó con ella, rápidamente la tomó de un brazo y la jaló hacía el solitario callejón (eso asustaría a cualquiera).

- ¡AAAHH! – ella intentó forcejear pero su captor la sostuvo firme de sus brazos y la llevó contra la pared.

- ¡Sé lo que has hecho la semana pasada! – susurró, pero su voz era de advertencia - ¡Y ayer volviste a hacerlo otra vez! ¡Si no dejas de robar yo mismo te llevaré arrastrando hasta la policía! -

La chica palideció. Sus labios temblaron, parecía que quería decir algo y justificar sus actos, pero rompió en llanto.

- Aunque llores, - dijo Rafael – ni porque seas una chica, no voy a tener compasión de ti. –

La soltó y ella se derrumbó en el suelo, desconsolada.

- Ya estás advertida, si te veo de nuevo r… -

- ¡Oye tú! – la voz de un joven retumbó en el callejón - ¿Qué le haces? -

- El Vengador estará vigilándote. – se limitó a darle una última advertencia a la asustada chica.

Y sencillamente, Rafael se encaminó a la calle principal.

El chico corrió junto a la chica.

- Gabriela, ¿estás bien? -

Pero ella no podía dejar de llorar.

El chico se puso de pie, y enfurecido, arremetió contra el tipo de la sudadera que le había hecho daño a su amiga.

- ¡Mal Nacido! –

Rafael se detuvo y paró con su mano el puño que iba directo a su cara; apretó con fuerza. El chico soportó el castigo.

- Chico rudo, ¿eh? -

- ¡Sí! ¡Yo peleo contra tipejos como tú, y no contra una chica indefensa! -

Rafael iba a decir que no la lastimó, que esa chica no era lo que él creía, que el problema no era con él… pero el chico logró zafarse y arremetió de nuevo.

- Si es lo que quieres… -

Un golpe en la cara, un golpe en el estómago y una patada en las asentaderas… con eso Rafael mandó al suelo al chico.

La chica por fin dejó de llorar para ayudar a su amigo malherido.

Rafael dio media vuelta y se marchaba, pero a su pasó aparecieron otros cuatro chicos.

- ¿A dónde crees que vas? –

Rafael no se intimidó.

- A donde tú no estás invitado. -

- Claro, yo no voy a ir al callejón de los golpes… ¡que es a donde vas a ir por golpear a mi hermano y lastimar a mi amiga! –

Sin mayores presentaciones, los cuatro chicos se abalanzaron sobre el desconocido, y el desconocido los despachó rápido: a uno lo tomó de su chaqueta y lo lanzó contra la pared; de otro logró contener el puño con su brazo y con su otra mano golpeó la mandíbula; uno más pretendió "barrer" sus pies pero esquivó esa pierna de un saltó y terminó por lanzarle una patada en pleno aire; y justo al caer a tierra firme el último logró apresarlo del cuello, pero lo golpeó de un codazo en el estomago y aprovechando el aturdimiento por la falta de aire, lo tomó de la playera y lo arrojó al suelo.

- Se creen rudos, pero no me sirvieron para el arranque. – dijo triunfal Rafael.

- ¡Basta! – gritó la chica y se acercó a él.

Rafael esperaba que se pusiera a gritar como histérica pidiendo ayuda a la policía, pero lo que vio en ella lo dejó anonadado: sus ojos ya no refulgían miedo, sino coraje, chispeaban un coraje que ya había visto en otros ojos.

Y sin más, la chica levantó un brazo, que Rafael no se molesto en detener o esquivar, no le iba a doler una "palmadita" de esa chica, pero…

¡PAF!

Sí recibió el golpe de la mano de esa chica, pero fue fuerte, mucho más fuerte de lo que había esperado; se tambaleó, la vista se le nubló, pero logró apenas distinguir algo que ella llevaba y con el que lo golpeó: no lo golpeó con su mano sino con un pequeño bolso ya gastado.

¿Trae… piedras ahí?, pensó, y al tratar de recuperarse, recibió otro golpe pero más intenso y efectivo que el primero.

Cayó inconciente.

El primer chico había logrado ponerse en pie y aprovechando que la chica había aturdido al desconocido, lo remató, desquitándose así de la golpiza que le había dado antes.

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N/A: Por si se hicieron la misma pregunta que Rafa: la chica sí traía piedras en su bolso n.n No se me ocurrió a mí, recordé ese detalle de una peli que se llama Los Dioses deben estar Locos; es una peli cómica y en una parte, una mujer de Estados Unidos queda a merced de un traficante y de un soldado, pero no sabía quién era el bueno y quién el malo, así que usó su bolso para defenderse, con éste le daba golpes a cualquiera que se acercara demasiado, lo curioso es que a los hombres sí les dolían los bolsazos, al final, ella fue tomada rehén y tuvo que vaciar su bolso: llevaba unas piedras muy grandes.


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Muchas gracias por leer.

n.n