Disclaimer: Muchos de los personajes y lugares pertenecen a J.K. Rowling (existen excepciones).
Capítulo 4:
Los días siguientes transcurrieron con normalidad, o con toda la normalidad posible. Las cuatro chicas no salieron de su sala común: querían tener el menor contacto posible con el pasado.
Laura estaba tumbada en la cama de su dormitorio leyendo un libro de Defensa Contra las Artes Oscuras, su asignatura favorita, cuando oyó un golpe en el cristal de la ventana. Cerró su libro y corrió las cortinas. Había una preciosa lechuza marrón afuera, esperando a que Laura abriera la ventana. La lechuza entró en el dormitorio y se posó en el cabecero de la cama. Laura cogió la nota que llevaba atada en una pata y se sentó en la cama.
Querida señorita Swan:
Me complace mucho informarle de que el Consejo ha aprobado su solicitud. Podrá terminar sus estudios en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Mañana será seleccionada para una casa en el Gran Comedor a la hora del desayuno, delante del resto de los alumnos. Una vez que sean seleccionada, el jefe de la casa que le toque le entregará su horario y se incorporará a las clases.
Con mucho gusto
Prof. A. P. W. B. Dumbledore
Laura bajó la escalera corriendo para contárselo a sus amigas. Ellas también habían recibido una carta de Dumbledore, y estaban tan contentas como ella, aunque Laura no sabía por qué estaba tan contenta cuando había algo que podía enturbiar su felicidad: en unas horas, si todo ocurría como querían, ella pertenecería a Slytherin, a la casa que siempre había detestado por sus tonterías de la sangre limpia. Iría a la misma casa que Draco Malfoy, aunque ahora convenía más decir que iría a la misma casa a la que habían ido Lucius y Narcissa Malfoy, a la misma que Bellatrix Lestrange, la asesina de Sirius, y, lo peor de todo, a la misma que Tom Marvolo Riddle, más conocido como Voldemort.
A pesar de todo eso, algo en su interior le decía que no todo iba a ser malo, que ir a Slytherin tendría sus cosas buenas, aunque Laura por el momento no veía ninguna.
A la mañana siguiente, Laura se levantó muy temprano y se preparó para la Selección. Cuando se puso su uniforme, se le revolvió el estómago al pensar que dentro de poco luciría en él el escudo de Slytherin.
Cuando bajó a la sala común, sus amigas ya estaban allí. Hermione no paraba de moverse de un lado para otro, lo cual hizo sonreír ligeramente a Laura. Tener allí a sus amigas normalizaba un poco la situación. En ocasiones, Laura se podía olvidar de que estaban fuera de su tiempo. Cada vez que veía a Hermione nerviosa pensaba que todo era normal, era como si nada hubiera cambiado.
- ¿Quieres tranquilizarte de una vez, Hermione? – le dijo Ginny –. Nos estás poniendo más nerviosas de lo que ya estamos.
Laura sonrió más. Cada vez que Ginny le decía a Hermione que se tranquilizara, pensaba que todo había vuelto a su cauce.
- Todo saldrá bien – murmuró Luna.
Laura tuvo que esforzarse para no sonreír más. Cada vez que Luna animaba a sus amigas con ese increíble optimismo que tenía, pensaba que seguían en el Hogwarts en el que siempre habían estado.
- Claro que sí – intervino Laura, apoyando a Luna –. Llevamos días preparando comentarios y conversaciones para encajar bien en nuestras casas. Llevamos días anotando todos los hechos que deberían ir ocurriendo.
De pronto se oyó un ¡PAF! Las chicas pegaron un salto del susto, pero enseguida volvieron a relajarse, o al menos volvieron al estado anterior a ese ruido. Una elfina doméstica bastante joven apareció delante de ellas. Llevaba un trapo blanco a modo de toga y, en la parte superior del trapo, estaba impreso el escudo de Hogwarts. Debía de ser uno de los elfos domésticos de las cocinas de Hogwarts.
- El profesor Dumbledore ha mandado a esta elfina a comprobar, señoritas, que están listas para su Selección. Tienen que estar presentes en el vestíbulo de la entrada dentro de diez minutos, señoritas. Allí se encontrarán con la profesora McGonagall, señoritas, que las conducirá hasta el Gran Comedor.
Laura se acercó a la elfina doméstica. Siempre le habían caído muy bien los elfos domésticos, a excepción de Kreacher, claro…
- ¿Cómo te llamas?
La elfina abrió mucho sus ojos saltones, muy parecidos a pelotas de tenis.
- Esta elfina se llama Pipsy, señorita.
- Muchas gracias, Pipsy, por avisarnos.
Si antes la elfina había abierto mucho los ojos, ahora parecía que se le iban a salir de su particular rostro.
- ¿La señorita… ha dado las gracias… a Pipsy? – susurró.
Hermione también se acercó a Pipsy.
- ¿Por qué no iba a poder dártelas?
- Pipsy es una elfina doméstica, tiene que obedecer todo lo que dice el profesor Dumbledore – dijo la elfina, con su voz aguda –. A los elfos domésticos no se les agradece nada, sólo se les ordena y se les castiga cuando no pueden llevar algo a cabo.
- ¡Claro que no! – saltó Hermione -. ¡Claro que a los elfos domésticos se les pueden agradecer las cosas! Y no tienen por qué obedecer si no quieren, pueden ser libres. Yo conozco a un elfo doméstico libre y vive muy feliz desde que no tiene amos. Sólo trabaja si le pagan, y se compra su propia ropa.
Pipsy parecía horrorizada.
- ¡Eso no es un elfo doméstico! – chilló -. ¡Un elfo doméstico ha de obedecer y ser castigado cuando no lo hace! ¡Un elfo doméstico libre es una deshonra para sus antecesores! ¡Un elfo doméstico al que se le tiene que pagar no es un correcto elfo doméstico!
- ¡Ningún elfo doméstico tiene por qué ser un esclavo! – dijo Hermione, acercándose más a Pipsy –. Este elfo doméstico del que te hablo siempre se ha sentido desgraciado, y ha empezado a vivir mejor desde que los Mal…
- ¡Creo que ya tendríamos que ir yendo al vestíbulo! – interrumpió Laura rápidamente a Hermione, dirigiéndole una mirada de advertencia que su amiga captó.
- Sí, será mejor que vayamos ya – dijo.
Pipsy se desapareció con un chasquido. La prueba de lo horrorizada que estaba con la idea de un elfo doméstico libre era que ni siquiera les deseó buena suerte para la Selección.
- Hermione, si no te importa, no lleves a cabo aquí tus labores de la PEDDO.
Hermione abrió la boca para rechistar.
- Hermione, ¿no te das cuenta de que con sólo convencer a un elfo de que sea libre podríamos cambiar el futuro completamente?
Hermione cerró la boca rápidamente, sin réplica para eso.
- Lo siento – murmuró –. Tienes razón, Laura.
Las chicas salieron de la sala común y se dirigieron hacia el vestíbulo. Hicieron todo el camino en silencio, cada una sumida en sus pensamientos.
Cuando llegaron a la escalinata de mármol del vestíbulo, la profesora McGonagall estaba esperándolas.
- Su Selección se llevará a cabo dentro de cinco minutos. Sencillamente tendrán que ponerse el Sombrero Seleccionador y esperar a que éste tome una decisión. Espero que se encuentren a gusto en la casa que les toque. Ahora espérenme aquí un momento, si son tan amables.
La profesora McGonagall se dirigió hacia el Gran Comedor y las chicas supusieron que había ido a comprobar que todo estuviera listo.
- ¡Así que ahora os van a seleccionar!
Las cuatro se giraron y vieron a los merodeadores. Esta vez Lupin también iba con ellos.
- Espero que os toque en Gryffindor – dijo James.
- Yo también lo espero – dijo Sirius, mirando con descaro a las chicas de arriba abajo.
- ¡Potter, Black y Pettigrew! ¿Qué hacéis que no estáis en el Gran Comedor?
Lily acababa de salir por una puerta que conducía a las mazmorras. La expresión de James cambió al mirarla.
- Hola, Lily.
- ¿Cuántas veces voy a tener que repetirte que para ti soy Evans, Potter?
- Sólo para seguir oyendo tu melódica voz, te seguiré llamando Lily – dijo James.
- ¡Iros al Gran Comedor, ya! Ya tendríais que estar allí.
- ¿Y tú qué hacías que tampoco estás en el Gran Comedor, Evans? – le preguntó Sirius.
- ¡Eso no te incumbe, Black! ¡Iros ahora mismo al Gran Comedor o Gryffindor empezará el curso con puntos negativos! Aunque a vosotros os da igual, siempre estáis perdiendo puntos.
- Los puntos que tú nos quites, nos los pondrá luego Remus – dijo Sirius, encogiéndose de hombros.
Lily se puso roja de furia. Remus se puso entre ella y sus amigos.
- ¡No es cierto! Lily, yo respeto tus decisiones. Si tú le quitas puntos a alguien, yo no se los vuelvo a poner, a nadie.
Lily le dirigió una sonrisa a Remus.
- No hace falta que me lo digas, Remus. ¿Acaso crees que me creo lo que dice Black?
- ¡¿Qué hacen aquí?
La profesora McGonagall había vuelto. A Laura no le pasó desapercibido que la profesora miraba a los merodeadores con desconfianza.
- ¡Entren ahora mismo en el Gran Comedor! ¡Ustedes también, señor Lupin, señorita Evans!
Esta vez los merodeadores no se atrevieron a replicar. Fueron caminando hacia el Gran Comedor con tranquilidad, hablando entre ellos. Lily sonrió a las chicas.
- ¡Buena suerte!
Después Lily siguió a los merodeadores, desapareciendo detrás de unas enormes puertas de roble.
- Bien. Ya está todo listo. Síganme.
Las cuatro cruzaron el vestíbulo siguiendo a McGonagall y pasaron por las puertas de roble que llevaban al Gran Comedor. Como en el Hogwarts de su tiempo, cuatro mesas se extendían a lo largo del comedor, y al fondo se encontraba la mesa de los profesores. En el aire flotaban miles de velas, y era difícil imaginarse que allí hubiera un techo, más aún al ver los miles de estrellas que titilaban arriba.
En cuanto entraron, cientos de murmullos se propagaron por el Gran Comedor. Algunos estudiantes ni siquiera se molestaban en disimular y las señalaban con el dedo mientras murmuraban con los que tenían al lado.
La profesora McGonagall las guió por el camino que había entre las mesas de Gryffindor y Hufflepuff. Lily les hizo una señal con el pulgar de que todo iba a salir bien, cosa que Laura estuvo a punto de agradecerle con una sonrisa, pero lo descartó en cuanto recordó la casa a la que iría. Para que todo fuera bien, tenía que interpretar lo mejor posible su papel delante de todos.
También se percató de la presencia de los merodeadores. Sirius las silbó cuando pasaron por su lado. Laura frunció el ceño. Ella había conocido al padrino de Harry, pero nunca se había imaginado que fuera así de adolescente, aunque también debía reconocer que la muerte de James y Lily Potter junto con su estancia en Azkaban debían de haber influido mucho en él.
Cuando llegaron a la tarima que había delante de la mesa de los profesores, la profesora McGonagall se puso al lado de un taburete y cogió por el pico el viejo Sombrero Seleccionador.
- Becket, Hermione.
Hermione subió a la tarima, se sentó en el taburete y la profesora McGonagall le puso el Sombrero.
Laura no pudo evitar sonreír al recordar el día que la seleccionaron para Gryffindor. Ese había sido, sin duda, uno de los días más felices de su vida, el día que conoció a Harry, a Ron y a Hermione, si bien con Hermione no se llevaba muy bien al principio. En aquel tiempo, Hermione no tenía amigos; siempre estaba sola, leyendo algún libro o practicando los hechizos y los conjuros que darían en clase unas semanas después. Sin embargo, después se convirtió en su mejor amiga.
- ¡GRYFFINDOR!
La mesa de Gryffindor estalló en aplausos mientras Hermione le devolvía el Sombrero a la profesora McGonagall e iba corriendo a sentarse cerca de Lily. Sirius la silbó mientras muchos le daban la mano y se presentaban en voz baja.
- Higgins, Luna.
Luna subió a la tarima con una tranquilidad envidiable. Se sentó en el taburete y dejó que la profesora McGonagall le pusiera el Sombrero.
- ¡RAVENCLAW!
El Sombrero tardó apenas unos pocos segundos en gritar a todo el comedor su decisión, aunque para Laura tampoco era de extrañar, ya que Luna también había sido elegida para Ravenclaw en su tiempo.
Esta vez fue la mesa de Ravenclaw la que estalló en aplausos, aunque algunos estudiantes de otras casas, a excepción de Slytherin, la aplaudieron también. Como había hecho con Hermione, Sirius la silbó.
- Swan, Laura.
Laura subió a la tarima sintiendo como las piernas le pesaban más de lo normal. Sin dirigir ni una sola mirada a sus amigas, se sentó en el taburete y cerró los ojos cuando la profesora McGonagall le puso el Sombrero.
"Por favor, ponme en Slytherin, te lo suplico", empezó a suplicar Laura de inmediato.
- Hum… encajarías mejor en Gryffindor – le susurró el Sombrero al oído -, tienes una gran valentía y mucho coraje para enfrentarte a lo desconocido.
"No, yo quiero ir a Slytherin, no a Gryffindor", pensó Laura con todas sus fuerzas.
- Tampoco estarías mal en Ravenclaw, tienes una mente dispuesta y abierta…
"No quiero ir ni a Gryffindor ni a Ravenclaw, quiero ir a Slytherin, tengo que ir a Slytherin", pensó Laura, esforzándose tanto que no le hubiera sorprendido estar hablando en voz alta sin darse cuenta.
- No, tú no quieres ir a Slytherin. Y tampoco encajas muy bien ahí. No crees en los ideales de Slytherin.
"Por favor, hazme caso, por favor", siguió pensando Laura.
- ¿Por qué en Slytherin? En Hufflepuff tampoco estarías mal.
Laura estuvo a punto de levantarse y ponerse a gritar. ¿Es que ese Sombrero no le iba a hacer caso nunca? Decidió cambiar el tono de sus pensamientos.
"Mira, te digo que me pongas en Slytherin".
- Pero estarías mejor en…
"¡Acabo de decirte que me pongas en Slytherin! No te estoy pidiendo que me des consejo ni que valores mis habilidades, sino que grites ante todo el comedor ¡SLYTHERIN! y punto".
- Si eso es lo que quieres… ¡SLYTHERIN!
"Gracias", pensó Laura antes de que la profesora McGonagall le quitara el Sombrero.
Laura se levantó y fue hacia la mesa de Slytherin, cuyos estudiantes eran los únicos que la aplaudían. Mientras caminaba, Laura evitó mirar a la mesa de Gryffindor. Le bastó comprobar que Sirius esta vez no silbó para saber que prefería no verles.
Se sentó entre dos Slytherins y volvió su mirada hacia el taburete.
- Watson, Ginny.
Ginny subió a la tarima. Laura cruzó los dedos por debajo de la mesa de Slytherin para que el Sombrero pusiera a Ginny en Hufflepuff.
- ¡HUFFLEPUFF!
El Sombrero tardó en gritar su decisión más que con Hermione y Luna, pero mucho menos que con Laura. Laura tuvo que hacer un gran esfuerzo para no aplaudir a su amiga mientras ésta se sentaba en la mesa de Hufflepuff.
El profesor Dumbledore se puso en pie.
- ¡Les ruego atención durante un momento! – dijo Dumbledore, aunque era innecesario. Sólo con haberse levantado, el silencio se había hecho palpable en el Gran Comedor y no había ni un solo alumno que no le estuviera prestando atención –. Las señoritas Becket, Higgins, Watson y Swan acaban de llegar del Instituto de las Brujas de Salem con la intención de terminar en Hogwarts sus estudios. Espero que todos les hagáis sentir que Hogwarts es su hogar y que las ayudéis en lo que podáis. Eso es todo.
El profesor Dumbledore volvió a sentarse. Inmediatamente, los platos que había sobre las mesas se llenaron de bollos, bizcochos, galletas, pasteles y tartas de todos los sabores. Todos los alumnos empezaron a desayunar. Laura cogió unos cuantos pasteles, aunque la verdad es que no tenía mucha hambre.
- Hola. ¿Puedo llamarte Laura?
Laura levantó la mirada y miró al chico que estaba sentado enfrente de ella. Era moreno y de ojos marrones y fríos. Laura asintió con la cabeza.
- Yo soy Alexander Avery – se presentó el chico –, pero la mayoría de la gente me llama por mi apellido. Son muy pocos los que he concedido el honor de llamarme por mi nombre.
- Ah… pues encantada, Avery.
Avery rió.
- Tú puedes llamarme Alexander.
Laura dejó los pasteles a un lado.
- ¿Por qué? No me conoces.
Avery se mordió el labio.
- Bueno, por algo se tiene que empezar, ¿no?
Avery le dirigió una sonrisa que no le gustó para nada a Laura. No era una sonrisa fría ni amenazante, más bien Laura hubiera preferido que fuera así. Sin embargo, la expresión de Avery era todo lo contrario, lo más opuesto que se pudiera encontrar a amenazante.
- Si tienes algún problema con las clases, con los contenidos, lo que sea, puedes decírmelo.
- No creo que tenga ningún problema – dijo Laura, intentando sonar cortés.
- Claro que no vas a tener ningún problema – dijo otro muchacho –. Al menos estando yo para evitarlo.
Avery sonrió de forma forzada.
- No hará ninguna falta que intervengas, Rabastan. De eso ya me ocupo yo.
- ¡Señorita Swan, bienvenida a Slytherin!
Laura giró la cabeza. Un profesor Slughorn mucho más joven que el que ella había conocido acababa de llegar a su lado.
- Soy Horace Slughorn, jefe de Slytherin y profesor de Pociones – se presentó, aunque era innecesario -. Hay algunas cosas que me gustaría saber acerca de usted y que el profesor Dumbledore no me ha sabido responder – Slughorn le sonreía radiantemente mientras le tendía un trozo de pergamino –. Así que la espero en mi despacho por la tarde, después de las clases. Aquí tiene su horario. Espero que se encuentre cómoda en Slytherin.
Laura cogió el horario y le sonrió. Aunque sabía que Slughorn era una especie de coleccionista de alumnos con talento y que los alumnos que le caían mejor eran los que él consideraba con un gran futuro, no le caía mal. Al contrario de lo que solía ocurrir con los Slytherins, Slughorn no detestaba a los hijos de muggles, es más, Lily Evans, la madre de Harry, que era hija de muggles, estaba en su lista de mejores alumnos.
- Muchas gracias, profesor Slughorn. Seguro que me encontraré muy bien en Slytherin – Laura fue incapaz de decir que se encontraba muy bien en Slytherin en el presente; no sabía si sería capaz de mentir tan bien –. Estaré en su despacho esta tarde.
Antes de que acabara el desayuno, Laura se levantó con la esperanza de que ni Avery ni Rabastan Lestrange la siguieran, y lo consiguió. Sin embargo, sólo había salvado la mitad de la distancia que había entre su asiento y las puertas del Gran Comedor cuando unas Slytherins le salieron al encuentro.
- Hola, Laura – le saludó la Slytherin que iba al frente de las demás. Tenía el pelo corto y moreno, y unos ojos demasiado grandes en comparación con el resto de la cara. Por como la miraban las demás, parecía la líder del grupo –. Soy Chrystalle Greengrass, y éstas son Millicent Bulstrode, Isabella Peabody, Rosalie Warrington y Anastasia Pucey. Estábamos comentando que nunca habíamos oído el apellido Swan en las familias de sangre limpia, y algunas de nosotras tenemos parientes, mágicos por supuesto, en Norteamérica.
Laura pensó tan rápido que no hubiera sido de extrañar que las Slytherins hubieran oído el movimiento de sus neuronas.
- La noble familia Swan ha vivido mucho tiempo en Australia – Laura se alegró de haber leído un día que se aburría "La nobleza de la naturaleza". De ahí había sacado su apellido -. Pero mis padres quisieron que yo entrara en el Instituto de las Brujas de Salem cuando tuvieron que ir a Norteamérica a resolver unos asuntos. Cuando los solucionaron, decidieron dejarme donde estaba para no marearme llevándome de aquí para allá.
- ¿Tus padres viajan mucho? – le preguntó la que, según Chrystalle, era Rosalie Warrington.
Para que no hubiera posibilidad de que después descubrieran que mentía, a Laura se le ocurrió algo.
- A mis padres les encantaba viajar, conocer las costumbres que tenían las familias de sangre limpia de otros países.
- ¿Les encantaba? – preguntó Isabella Peabody.
Laura asintió lentamente con la cabeza, fingiendo tristeza.
- Murieron hace un año. ¡Pero yo estoy muy orgullosa de ellos! Murieron defendiendo sus pensamientos, cuando intentaron llevar a cabo en Italia una limpieza antimuggle – Laura volvió a alegrarse por haber leído "La nobleza de la naturaleza". Según ese libro, la mayoría de los miembros de la noble familia Swan habían muerto al intentar llevar a cabo una matanza de muggles en Italia.
Las Slytherins parecían contentas con lo que Laura les había revelado; sin duda, debía de haberse mostrado muy convincente.
- Será mejor que vayamos yendo a la clase de Encantamientos – murmuró Chrystalle.
Laura salió del Gran Comedor con las cinco Slytherins. De momento, todo parecía ir bien. Con todo lo que les había contado, encajaba perfectamente en esa casa. Pero sólo habían pasado veinte minutos desde que la habían seleccionado, y no sabía cuanto tiempo tendría que estar fingiendo ese papel. Aún no podía cantar victoria.
¿Qué os pareció?
Besos
Laura
