Hola!!! Gracias por los comments gente en verdad me alegro que les guste.

Aldi!! jajaja muchas gracias!! Mi amiga Gabriela(creadora de Claire) te agradece que te simpatice su extraña pirata jajaja.

Aenor! Gracias por tus palabras! Y por leer este loco fic jeje

Acá dejo el siguiente capi, espero les guste. Tenemos la integración de dos personajes nuevos:

Nayla: creación de mi querida amiga Aidé Palazuelos para la maravillosa artista(y amiga tanto de Aidé como mía) Marianela Giola. Nayla vendría siendo personaje de Marianela.

Jonathan Norrents: el papi de Diana! Creación mía nada más jaja.

Espero sea de su agrado este capi donde algunos secretos salen a la luz.

Hasta más ver!

Capítulo IV: En el Holandés Errante

En un abrir y cerrar de ojos, Will y Diana se vieron sobre la cubierta húmeda de aquel aterrador barco. La lluvia los azotaba sin piedad haciendo tiritar bajo su fina camisa la delgada figura de Diana, quien se ajustó más el sombrero a su cabeza por encima del pañuelo y se abrazó a sí misma como tratando de protegerse del frío.

-¡No se quedan sin hacer nada!-les gritó Davy Jones al pasar por su lado con desdén, provocando la risa de la tripulación-¡Póngase a trabajar, señor Turner!-entonces se volteó a ver a Diana-Y tú…

La joven retrocedió un paso sin dejar de estrujarse a sí misma. Aquellos ojos le llenaban de pavor. Era ira lo que refulgía de ellos, ira desmedida y concentrada hacia ella. Podía sentirlo claramente.

-¡Nadie puede tocarla!-gritó dirigiéndose a la tripulación quien cesó de reír-La moza trabajará de igual manera que las de su clase. ¡Llévenla a su antro!

Unos sujetos la tomaron de los hombros y la llevaron hacia la bodega del barco donde le encerraron en lo que parecía un camarote.

-Vístete para trabajar-le dijeron lanzándole un vestido desgastado y sucio.

-Gracias…-Diana arqueó una ceja al ver la prenda.

Quiso salir antes de que la puerta se cerrara pero le fue imposible. Dando un puñetazo se sintió sumamente molesta consigo misma por haberle hecho caso a Jack Sparrow. ¡Pirata traidor! Ahora Will y ella eran prisioneros en ese maldito barco. Y Davy Jones le causaba terror. La odiaba, podía sentirlo. Pero, ¿por qué?, ¿qué tenía en contra de ella? Era la primera vez que se encontraba frente a un monstruo así, salido de sus pesadillas. Aun recordaba cómo, cuando todavía era una niña pequeña, se acercaba a la costa y amenazaba con su puño a los terribles monstruos marinos que bajo las aguas se escondían. Pero a este monstruo no podía desafiarlo con su puño.

Sintiendo una gran desesperación, se sentó en las mantas revueltas sobre el piso. ¿Cómo iba a salir de allí?, ¿así terminaba su gran aventura? Sin darse cuenta, un par de lágrimas rodaron por sus mejillas.

-Temí que te dejaran aquí-Diana se puso de pie de un salto y se acercó a la puerta cuando escuchó aquella voz-Tranquila…no voy a hacerte daño…Hace tanto tiempo que no tengo contacto con gente de tierra firme…

Era una joven, de mirada triste y ropas tan sucias y andrajosas como la prenda que le habían dado para ponerse. La chica tenía un largo cabello castaño, como el de ella, que llevaba sujeto por un pedazo de tela. Una enorme tristeza se encerraba en esos amables ojos marrones.

-Eres una chica…como yo…

-Nos parecemos, sí.

-¿Estás prisionera aquí?

-No estoy muerta como el resto de la tripulación, por eso a pesar de llevar quince años sobre este barco no me les parezco-le contestó-Tú tampoco estás muerta… ¿acaso él te secuestró?

-En realidad estoy aquí por un engaño, junto a un amigo. Debemos escapar, no es justo.

-Claro que no lo es-la joven desvió su mirada apretando un puño.

-¿Tú por qué estás aquí?

-Fui secuestrada, ya ni recuerdo, pero en realidad no tengo idea de por qué me mantienen aquí, y es lo que más deseo saber.

Diana bajó su mirada, era extraño encontrarse con una dama prisionera en ese infernal barco y que además corriera la misma suerte que ella y Will.

-Lo siento…

-Ahora no debes preocuparte por mi historia, tienes que apresurarte o él vendrá por ti y no querrás que eso pase-le advirtió la joven-Ponte el vestido y dame tu ropa, yo la mantendré a salvo. Nadie debe saber que nos conocemos o de lo contrario nos matará a las dos.

-Pero, ¿por qué?-Diana comenzó a desvestirse rápidamente.

-Su regla es que no hablemos con nadie; no sé muy bien por qué, pero es mejor hacerle caso. Puede llegar a herirte demasiado si desobedeces. Te hará trabajar duro, igual que a mí, pero no te rindas. Cuando te deje volver aquí golpea la pared tres veces seguidas y vendré a verte. Hay muchos pasadizos entre las maderas podridas.

-Gracias…Mi nombre es Diana.

-Y el mío Nayla-sonrió la joven, una mueca que Diana pensó que le sentaba muy bien-Será muy reconfortante tener a alguien como tú para poder hablar. Creo que lloraré de la emoción. Bueno, ahora sube a cubierta antes de que vengan a azotarte por no seguir las órdenes. Y cuídate de los látigos. Mucha suerte.

-Gracias Nayla.

Una vez que la figura de la joven desapareció, Diana se sintió sola de nuevo. Con el andrajoso vestido sobre su cuerpo supo que estaba totalmente indefensa y llena de pavor.

La lluvia seguía cayendo incesante, y el viento revolvía al mar con bravía. Al encontrarse con las fuertes ráfagas, Diana casi cae el suelo. Logrando sostenerse de lo que podía, elevó su mirada hacia el cielo cubierto por nubes negras. Junto al fuerte viento se mezclaba una melodía siniestra tocada por alguien que ponía todos sus sentimientos en ella. Con ese sonido se encontraba también el de los tripulantes haciendo sus labores sobre cubierta. Alcanzó a ver a Will tirando de una cuerda para subir un cañón. En un descuido, el cañón cayó sobre la cubierta provocando daños. La voz furiosa del contramaestre estremeció a la muchacha mientras ordenaba que trajeran al joven Turner para recibir el castigo merecido por tal descuido.

-¡Cinco azotes para que no olvides sujetar la soga!

-¡No!-se interpuso un marinero.

-Interrumpes mis deberes, Turner. Vas a compartir el castigo.

-Lo quiero todo.

-¿Y qué impulsa tal acto de caridad?-Davy Jones se acercó a ellos.

-Es mi hijo…-la revelación de aquellas palabras hizo a Diana abrir sus ojos sorprendida. Aquel marino fantasma era el padre de Will. Y se encontraba prisionero en el Holandés.

-Serán cinco azotes-Davy Jones extendió el látigo al padre de Will.

-No puedo.

-Tu hijo probará la caricia del látigo de mano del contramaestre o de la tuya.

Sin más remedio, el padre de Will tomó el látigo entre sus temblorosas manos. Prefería azotar a su propio hijo y así asegurarse que el daño que recibiera no fuera tan despiadado. Diana estaba inmóvil, no se atrevía a respirar siquiera.

-¡No!-gritó, cuando el primer latigazo mordió la carne de su amigo. Unas fuertes manos le taparon la boca y la apresaron-¡Suélteme!

-Silencio, o compartirás su castigo.

Esa voz…no podía ser real. La lluvia nublaba su mirada, al igual que las lágrimas, pero a pesar de eso Diana podía ver con claridad aquellos ojos que se confundían con las formas de animales marinos que cubrían aquel rostro. De pronto vino a su mente el rostro de su padre indicándole, con una sonrisa, que las redes debían amarrarse lo más fuerte posible a la embarcación.

-¿Papá?-su voz fue un susurro llevado por el viento hacia los oídos de aquel hombre alto y delgado, que le observaba con una expresión de ternura.

-Diana…

-¿Qué haces…por qué estás en el Holandés Errante?-no lo podía creer, era su padre, ese al cual había necesitado y extrañado desde que partiera en su último viaje.

-Cien años de servidumbre…pospón el juicio del abismo…-le contestó el marinero bajando su mirada.

Diana no podía creer lo que escuchaba. Su valiente y temerario padre, aquel marino que admiraba más que a ninguno, el que le había enseñado a navegar, a utilizar la espada y a ser valiente, ahora era un sirviente de Davy Jones y todo por temor. Miedo a la muerte. ¿Su padre le había tenido miedo a la muerte? ¿Acaso había sido un cobarde en sus últimos minutos?

-No es verdad-Diana negó con la cabeza, sintiéndose mareada y confundida-Mi padre no era un cobarde, era un marino de gran experiencia que sabía que se enfrentaba al mar. Él amaba el mar y no le temía, le respetaba. Se enfrentó a piratas y grandes peligros, y siempre salió airoso de sus batallas. Él no era un cobarde que aceptó servir en vez de enfrentar su destino.

-Diana, hija mía, tú no lo entiendes.

-¡No! Tú no eres mi padre.

-Diana, soy yo, aunque no lo quieras aceptar, temí a la muerte-la mirada en el rostro de Jonathan Norrents hizo a Diana sentir que sus fuerzas decaían-Tú no sabes lo que es hundirte cada vez más hondo en las profundas oscuridades del mar. Sentir que tu cabeza y pulmones van a explotar porque no hay aire en ellas, sólo agua que va ingresando sin cesar en tu organismo hasta hacerlo estallar. De pronto tuve miedo de perderlas a ustedes, a tu madre y a ti, mi querida Diana. Supe que de todos modos lo había hecho, que las había perdido al igual que todo lo que había ganado en estos años. Y entonces Davy Jones alejó mi sufrimiento. Fue maravilloso respirar aire de nuevo.

Diana se dejó caer tratando de imaginar la escena que su padre le describía. Sólo era una pesadilla y cuando despertara se iba a encontrar en su cama, rodeada de sus cosas, otra vez en el puerto de Port Royal. Pero por más que cerró sus ojos, la lluvia y el rostro fantasmal de su padre no desaparecieron.

-Ahora sólo quiero saber qué haces aquí, hija. ¿Por qué estás arriba de este infierno? Tú debes ser feliz, junto a tu madre, en Port Royal.

-Me hablas de felicidad cuando te fuiste dejándonos destruidas-la muchacha no pudo evitar colocar un tono de reproche en su voz-Ambas tuvimos que salir a ganarnos la vida con el doble de esfuerzo. Madre casi muere de pena, y yo…

-Diana…sabes bien que debía partir esa tarde como todas las tardes…

-¡No! Te habían advertido del peligro de tormenta y aún así no le hiciste caso al señor Brush y partiste. Y nunca regresaste…

-Tienes razón, fue mi culpa y mi imprudencia, pero yo pagué por ello, nadie más.

-¿Acaso crees que mi madre no pagó por tu imprudencia con su sufrimiento? ¡No tienes idea de lo que hemos vivido!

Jonathan Norrents le dio la espalda a su hija, dolido ante sus palabras. Sabía muy bien que las acusaciones de Diana eran muy ciertas y que ella tenía todo el derecho de hablarle así. Pero no podía hacer nada por cambiar sus actos ni los hechos. Recordó entonces que, momentos antes de partir en su último viaje, Diana y él habían discutido casi de la misma manera.

-Parece que tú y yo nunca dejaremos de discutir, ni nos entenderemos.

Diana bajó su mirada molesta, dolida y sumamente hundida en tristeza. Fruncía su ceño sin poder contener las lágrimas que se confundían con la lluvia. Aun no podía creer que su padre se encontrara en ese barco. No quería creerlo.

-Lo único que puedo decirte es que no debes quedarte en este barco. No me has dicho tus razones para estar aquí, pero debes irte cuanto antes. No puedo permitir que mi hija sea esclava como yo.

-Ya ni siquiera eso importa ahora que sé quién eres verdaderamente, padre.

El tono de la voz de su hija hirió en lo más profundo al señor Norrents. Le odiaba, podía notarlo.

-¿Qué significa esto?-Davy Jones los sorprendió a ambos. Diana se puso de pie de un salto y trató de huir, pero las garras de Davy Jones se cerraron sobre su cuello.

-¡No!-gritó Jonathan desesperado.

-Las órdenes son claras: ninguno de ustedes puede hablar con ella, ni tocarla. ¡Ninguno! Creo que usted, señor Norrents, sabe muy bien las reglas. ¿O acaso se atreve a desobedecer como su colega, el señor Turner?

-No señor, pero ella…

-¿Qué? ¿Qué es lo que vale alguien como ella para usted?-inquirió el monstruo sujetando más firmemente a la pobre Diana que se debatía por respirar.

-Nada señor…-Jonathan no se atrevió a mencionar que la joven era su hija, ya que temió que le esperara el mismo destino que al hijo de Turner.

-¡Diez latigazos al señor Norrents para que recuerde obedecer las órdenes de su capitán!-gritó Davy Jones riendo entre dientes-En cuanto a la moza, que trabaje como es debido. ¡Creo que ya dejé en claro esa orden!

Diana fue lanzada sobre la cubierta junto a un balde con agua y trapos. Entre jadeos, pudo distinguir cómo su padre era llevado para ser castigado. Apretó sus puños mientras daba pequeños gritos de ira tomando los trapos y comenzando a fregar la cubierta. ¡Maldito fuera Davy Jones y su barco!

-Diana, escúchame, Diana-Will la sujetó fuertemente para tratar de llamar su atención. La joven sólo pudo lanzarse a sus brazos para llorar-Todo estará bien Diana.

-Era mi padre Will, él también es prisionero de este barco-le confesó entre sollozos. Will suspiró.

-Entiendo tu dolor, créeme. Pero debemos salir de aquí.

-Will estás herido, tienes fiebre, es por los latigazos.

-Eso no importa, debemos encontrar la llave y salir de aquí-le urgió el joven a pesar de su estado.

-Pero no sabemos dónde está, además si nos encuentran hablando estoy segura que nos darán más latigazos.

-Escúchame, debemos…-pero Will no pudo continuar debido a un fuerte mareo.

-Rápido, ayúdame a sacarlo de aquí-Bill Turner, el padre del joven Will, se acercó a Diana sigilosamente-Debemos llevarlo abajo, de lo contrario no sanará.

Rápidamente, y tratando de no ser vistos, bajaron a Will hacia la bodega del barco. Bill colocó unas mantas sobre algunas maderas y allí recostaron a su hijo. Ardía en fiebre y el sudor corría por su frente.

-Quédate con él, iré por ayuda.

-De acuerdo.

-Si alguien viene, vete, desaparece y ponte a hacer tu trabajo-le advirtió Bill recibiendo un gesto afirmativo de parte de Diana.

Minutos más tarde, Bill Turner regresaba acompañado por la joven que hablara con Diana en su camarote. Nayla traía consigo algunas algas medicinales que comenzó a colocar en las heridas del joven Will con sumo cuidado. Diana la observaba con atención, pero a la misma vez perdida entre sus propios pensamientos.

-Parece que a ti no te han hecho nada-le habló la joven distrayéndola de sus cavilaciones.

-Sólo algunas raspaduras.

-Él es muy cruel, buscará cualquier pretexto para hacerte daño al ser mujer.

-¿Por qué, sólo porque somos mujeres?

-Eso parece-la mirada de Nayla se suavizó al posarse sobre el rostro de Will, Diana pudo notar aquel cambio.

-¡Alguien se acerca!-Bill las puso en sobre aviso.

-¡Rápido, sígueme!-Nayla tomó a Diana de una mano y la condujo hacia el pasadizo secreto de la bodega. Sigilosas, atravesaron gran parte del barco hasta llegar a una habitación. Nayla suspiró aliviada.

-¿Es tu habitación?-le preguntó Diana sintiendo que su corazón casi se escapaba de su pecho.

-Así es. Pero debes irte ahora, él vendrá, estoy segura-la alarma en la voz de Nayla aumentó aún más cuando escuchó el paso inconfundible del capitán acercándose.

-Pero Nayla, ¿qué pasará contigo?-trató de protestar Diana cuando la chica la empujaba hacia la puerta secreta.

-No debes preocuparte, sigue el pasadizo hacia la izquierda y llegarás a tu camarote. No te detengas, no importa lo que escuches.

-¡Nayla!-pero ya la joven había cerrado la madera.

Diana contuvo el aliento cuando la puerta del camarote de Nayla se abrió de un golpe y Davy Jones entró furioso.

-¡No quiero que salgas de este lugar hasta nueva orden, sucia ramera!-gritó el capitán abofeteándola-Si te vuelvo a ver fuera de aquí, te las verás conmigo.

Nayla sólo pudo echarse en su cama a llorar maldiciendo al abominable capitán. Diana sintió que aquel llanto formaba un coro con el suyo propio, que se escapó de entre sus labios sin que lo notara.