Disclaimer: El Potterverso sigue siendo de Rowling, míos sólo son la trama y un par de OC's.


Capítulo 3.

Charlie miraba atentamente el imponente Ridgeback Noruego que tenía ante él. Sus escamas, de un tono marrón parecido al de los pinos, brillaban al sol de aquel día de junio. El gigante reptil devoraba ávidamente una ballena, bajo la atenta mirada de sus cuidadores. Habían encontrado a la pobre ballena muerta en la costa y habían decidido aprovecharla. Pocas especies de dragones se alimentaban de mamíferos marinos, pero el Ridgeback era una excepción.

El joven pelirrojo escuchó pasos detrás de él y, a continuación, sintió un brazo musculado rodeándole los hombros.

─ ¿No hace un día perfecto? ─ preguntó retóricamente el dueño de aquel brazo ─ Espero que en Inglaterra haga el mismo tiempo que aquí…

─ No te hagas ilusiones, Erich ─ intervino el pelirrojo ─. Lo más probable es que llueva, siempre llueve.

Erich Sommer era un joven alemán, compañero de Charlie desde su primer año en la reserva. Era alto, tenía la piel más blanca que él mismo, los ojos azules y un pelo tan rubio que se hacía casi invisible si lo mirabas a contraluz. Era el típico chico típicamente alemán. El día en que decidieron el tópico, Charlie estaba seguro de que Erich había estado allí. Además, tenía ese acento fuerte y tan raro, que solía provocar alguna que otra broma por parte del inglés.

Los dos habían llegado a Rumanía a la vez, pero al principio no le había caído nada bien. Le sacaba al menos una cabeza y siempre caminaba por ahí con la barbilla alta. A primera vista le pareció un presumido y un pretencioso, y pensó para sí que lo mejor sería mantenerse a una distancia prudencial. Pero claro, como las cosas nunca pasan como uno quiere, menos de media hora después se vio compartiendo habitación con el rubio. La verdad es que no tenía ninguna queja de él como compañero de cuarto. Era bastante ordenado, no roncaba y respetaba su espacio, así que poco a poco se fueron haciendo amigos, muy buenos amigos. Hacer amigos era fácil cuando todos allí tenían un denominador común: Los dragones. O, como solía decir su hermano mayor, todos eran idiotas enamorados de los dragones.

Erich, que había hecho una mueca ante la lluviosa afirmación de su amigo, volvió al ataque, buscando otro motivo por el que estar pletórico.

─ ¿Y entonces cómo vamos a luchar contra los malos? No me quiero mojar el pelo, Weasley.

─ Pues tendrás que quedarte en el cuartel, Erich ─ le respondió su amigo, continuando así con la pequeña broma.

─ Bueno, al menos sé que si me quedo en el cuartel habrá alguna chica guapa ─ pronunciaba un poco demasiado las erres, así que en realidad sonó como "habrrrrá".

─ ¿Ah, sí? ¿Y tú como sabes eso?

─ He visto fotos de la tal Valeria, Charles. No te hagas el tonto.

Valeria… Qué complicadas habían sido las cosas con Valeria. Se habían conocido cuando sólo tenían once años y ahora, con veintidós, no podía evitar seguir pensando en ella en los momentos de debilidad. La quería, había estado enamorado de ella casi desde el principio y lo sabía. Entonces ¿Por qué las cosas habían sido tan complicadas entre ellos? Ah, sí, claro, eso. Y el eso lo tenía concretamente delante de las narices, los dragones. Había venido a Rumanía persiguiendo sus sueños, pero se había dejado a alguien muy importante por el camino.

Había pasado mucho tiempo, años, desde que los dos dejaron de compartir una relación de algo más que amistad, pero no podía evitar pensar en ella a veces. Por ejemplo, en días como ese, en que por la noche la volvería a ver después de casi un año. No es que antes se vieran muy a menudo, pero después de la última vez, Charlie había intentado guardar las distancias al máximo.

Cuando se marchó por primera vez a Rumanía, tuvo que alejar toda su vida anterior de su cabeza para poder seguir adelante. Y toda su vida incluía, por supuesto, a Val. Le dolía dejarla, pero más le habría dolido desaprovechar esa oportunidad, además, ella nunca te pidió que te quedaras. El caso es, que se pasó más de un año sin pisar Inglaterra. Val se había quedado destrozada, según palabras de Bill, y aunque le escribía todas las semanas, no se veía con fuerza suficiente como para ir allí, verla tan afectada y luego volverse a marchar.

Aun con todo, un año le pareció un tiempo más que suficiente, y también tenía ganas de ver a su familia, así que después de ese periodo, las visitas a su país natal aumentaron considerablemente. A veces, casi siempre, quedaba con ella e iban a tomar un café, o una cerveza de mantequilla, y cada vez la veía más diferente de como la recordaba. La veía más mayor, madura, y más guapa. En realidad, ella siempre había sido muy guapa, pero cada vez que la veía descubría algún detalle que la hacía parecer aún más especial. Como por ejemplo, las arruguitas que le aparecían al lado de los ojos cuando se reía de algo o el movimiento que hacía con las caderas cuando caminaba. Pero Charlie se consideraba a sí mismo una persona pragmática, así que por muchas arrugas adorables o por muchos movimientos de caderas hipnotizantes, sabía que no podía dejarse llevar por esos sentimientos, más propios de un adolescente que de un hombre adulto.

Las cosas siguieron así un par de años, quizá tres, hasta aquel día. Aquel día fue la prueba de que la herida aún no se había cerrado, de que su relación nunca había acabado. Charlie había vuelto a Inglaterra para ver los mundiales de Quidditch, un evento importantísimo al que no podía faltar. ¡Por los calzoncillos del viejo Merlín, eran unos mundiales! Llegó a La Madriguera unos días antes de la celebración, así que disponía del suficiente tiempo libre para pasar una tarde con Val. Había escrito a la chica y a ella le parecía bien, a Charlie le hacía incluso un poco de ilusión. Sin embargo, la mañana del día en que habían quedado, una lechuza llegó a la cocina de La Madriguera mientras Charlie desayunaba. Era una nota de Val donde le decía que estaba terriblemente constipada, y que no iba a poder salir de la cama aquel día. Le supo fatal, tenía muchas ganas de pasar un rato con ella, así que sin pensárselo ni un poquito, se dirigió aquella tarde hacia la casa de su amiga.

Valeria vivía en un piso, en el centro del Londres muggle. Cuando llegó al edificio, se encontró el portal abierto, no podría haber tenido más suerte, así la sorpresa sería completa. Llegó al cuarto piso a la carrera, no sin antes maldecir varias veces a la chica por vivir en un piso tan alto, y tocó a la puerta del número 13. No pudo evitar reír ante la imagen que se le presentó al abrirse la puerta. Val llevaba un pantalón de pijama gris, con corazoncitos rosas, que le estaba unas dos tallas grandes y se sujetaba a su cintura con una cuerda, también rosa, que actuaba a modo de cinturón. En la parte de arriba, llevaba una de esas camisetas que los muggles usaban para anunciar cosas. Era de color blanco y rezaba "Limpiemos el Támesis". Llevaba uno de los extremos metidos por dentro del pantalón de pijama, lo que hacía que su atuendo pareciera propio de un vagabundo. En cuanto a la cara… Bueno, era todo un cuadro. Tenía los ojos hinchados y llorosos, haciendo juego con la nariz roja y llena de pielecillas de tanto sonarse. Llevaba el pelo, sucio, recogido en un moño, si es que eso podía llamarse así, y en las manos un pañuelo a medio usar.

─ ¡Charlie! ─ exclamó la chica, pero al estar congestionada sonó algo gangoso ─ ¿Qué haces aquí?

─ Como estabas mala he decidido hacerte una visita. ¿No me invitas a entrar? ─ le preguntó el pelirrojo, esbozando una sonrisa.

─ Claro (clago), pasa ─ mientras hablaba, se apartó un poco, haciéndole un gesto con la mano para que pasara al interior ─. Perdona el desorden… Entre que estoy acatarrada y que Elsa no está…

─ Mi madre te ha preparado una sopa ─ comentó Charlie, distraído, mientras miraba a su alrededor. Nunca había visto la casa de Val, pero era tal y como se la imaginaba. Muy muggle ─. Bonita casa, por cierto.

─ Gracias. Por la sopa y por lo de la casa ─ durante el tiempo que había durado su análisis, Val se había vuelto a meter entre las mantas que tenía en el sofá, tapándose hasta el cuello y estornudando varias veces durante el proceso ─. Siéntate donde quieras.

─ Mejor voy a calentarte la sopa, y ya veremos luego…

Se metió en la cocina, para descubrir que era, como no, una de esas cocinas muggle, que funcionaban con una cosa llamada electritidad, o algo así. Echó un vistazo rápido, intentando identificar qué podría utilizar para calentar la sopa. Al no encontrar nada, hizo aparecer una llama en la punta de su varita y la colocó debajo de la fiambrera que su madre le había dado. Cuando volvió al comedor, con cuidado de no tropezarse con los millones de pañuelos usados que había por el suelo, la dejó con cuidado sobre el regazo de la chica.

─ ¡Charlie! ¡Quema!

─ ¡Perdón! ¡Perdón! ─ dijo mientras levantaba a toda prisa el recipiente. Suerte que no había tirado nada ─ ¿Estás bien?

─ Sí, sí. No te preocupes.

Después de eso, Charlie apartó con los pies los pañuelos de cerca del sofá y se sentó en el suelo, cerca de la cabeza de su amiga. Quizá fue por el efecto de la sopa o de las medicinas, o porque a Val le interesaban los dragones lo mismo que a él la sanación, pero cuando quiso darse cuenta, eran las nueve y Valeria estaba profundamente dormida en el sofá. Charlie no sabía demasiado bien qué hacer, él nunca había tenido que cuidar de nadie. Finalmente, se decidió por actuar de acuerdo con lo que hacían en los seriales que su madre escuchaba por la radio: Cogió a la chica como pudo en brazos, y la llevo con cuidado hacia su habitación. Pero cuando llegó allí se le planteó un problema bastante grande. ¿Cómo se suponía que tenía que apartar las sábanas si no podía soltarla? Entonces cayó, claro. Era un mago, estaría solucionado con un golpe de varita. El problema ahora era cómo alcanzar su varita, que llevaba en uno de los bolsillos traseros del pantalón. Al final decidió dejar a la chica sobre la cama, coger su varita, hacer levitar a Val, apartar las sábanas y luego hacerla descender de nuevo. Cualquiera que hubiera visto la escena, se hubiera tronchado de risa. O le habría dado un infarto, ya que suponía que la mayoría de los vecinos eran muggles. Le llevó tan solo unos segundos realizar ese proceso, pero fueron los suficientes para que ella se despertase.

─ ¿Charlie? ─ preguntó, con voz soñolienta.

─ Vuélvete a dormir, Val.

─ Quédate conmigo ─ en un primer momento, creyó que lo había soñado. ¿De verdad le estaba pidiendo que se quedara con ella? ¿A dormir? La última vez que durmieron juntos… Bueno, sólo de pensarlo se removían ciertas cosas en su interior ─. Por favor.

La voz de ella sonaba suplicante y llevaban tanto tiempo sin verse, y está tan guapa aunque estuviera enferma, y la había querido tanto, y había sido su primer todo, y puede que en un rinconcito de su interior la siguiera queriendo, aunque no lo reconociese nunca, y… Había tantas íes, que cerró los ojos, suspiró, se quitó los vaqueros que llevaba y se metió con ella en la cama.

─ Gracias ─ le dijo ella, metiendo la cabeza entre su hombro y su cuello. Olía a Val. Charlie la rodeó con los brazos, un poco enfadado consigo mismo, pero a la vez feliz por estar allí.

Cuando se despertó, Valeria todavía dormitaba, no se había movido de sus brazos en toda la noche. Habría dado todo, o casi todo, porque el resto de sus mañanas fueran así. Ella allí, tan cerca, tan cerca que su olor le invadía las fosas nasales y le invitaba a la tranquilidad. Notaba los pies fríos de ella apoyándose contra sus piernas para entrar en calor. Sentía su aliento en el pecho, y un cosquilleo en la barbilla, probablemente causado por su cabellera alborada. Si aquello no era el cielo, Charlie no sabía qué podría serlo. Pero como las cosas buenas nunca duran demasiado, todo se fue al traste enseguida. Valeria levantó la cabeza y le miró sonriente, estaba más guapa que nunca, así, enferma y recién levantada.

─ Buenos días, Charlie ¿Has dormido bien?

No le contestó, sólo se acercó a su cara y la besó. Primero fue sólo un suave roce entre labios, pero en cuanto eso sucedió, sintió un escalofrío por la espalda, que le impulso a apretar más fuerte los labios y a atraerla hacía él con los brazos. Tímidamente, intentó abrirle un poco los labios, para poder explorar su boca con la lengua. Ella le correspondió sin dudar, y ambas empezaron una danza que hacía explotar los sentimientos mal enterrados, que tanto se habían esforzado por ocultar. Casi se le había olvidado como sabía su boca, joder, sabía a gloria.

Fue cuando se separaron para tomar aire cuando Charlie se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Se levantó de la cama de un bote, dejando a Val con la mayor cara de sorpresa vista en siglos. Se puso los pantalones más rápido que en su vida, y cuando ni siquiera se había acabado de subir la bragueta, se despidió con un escueto "Nos veremos pronto" y salió de allí por patas.

No le costó demasiado entender por qué la había besado, era bastante obvio, en realidad. Y por eso, como un cobarde, volvió a alejarse de Inglaterra durante todo un año, hasta aquel día. Voldemort había vuelto, era un hecho, y tanto su familia como él estaban dispuestos a luchar. El profesor Dumbledore le había insistido para que conservase su puesto en Rumanía e intentase reclutar a más gente, pero a él le apetecía visitar a su familia y participar activamente en la lucha, así que Erich y él se habían cogido un mes de vacaciones y se disponían a marcharse a Inglaterra esa misma noche. Por supuesto, Erich había sido el primero de sus "reclutas" como al rubio le gustaba llamarlos. El primero y casi el último, porque sólo había conseguido que le escucharan él y otra de sus compañeras, Paulette, una francesa defensora de las causas perdidas. Bueno, y Sophie. Sophie también.

Con Sophie las cosas eran mil veces más fáciles que con Val. Le gustaban el quidditch y los dragones, era independiente y segura de sí misma y una excelente cuidadora. Era como él pero en mujer. Además, era increíblemente atractiva, y exótica. Tenía la piel de un tono oliváceo y unos rasgos hindús que no se veían todos los días. El pelo negro, corto por encima de la barbilla, y los ojos verdes completaban el lote. Besaba bien, y hacía otras cosas mejor. Pero lo que hacía más sencilla su relación era una sola cosa: Vivía en Rumanía.

Cuando Charlie quiso darse cuenta, el grandioso reptil había casi acabado con el manjar, por lo que su turno, había acabado. Se despidió de Erich con una palmada en la espalda, y antes de irse le dijo:

─ Como le pongas una mano encima a Valeria me aseguraré de que no puedas tener hijos en tu vida.

Y se alejó de allí, con una sonrisa en los labios, imaginando la cara del rubio ante su amenaza.

─ Oh, vamos Charlie ─ gritó su amigo, que le seguía unos pasos por detrás ─. Hace años ¡Años! Que lo dejasteis. Además, tú ahora estás con Sophie. Comparte un poco ¿No?

─ No es porque sea mi ex, Erich, es porque le tengo mucho aprecio y no quiero que acabe con un idiota como tú. Además, yo diría que le van los pelirrojos.

Erich, que ya se había puesto a su misma altura, soltó una carcajada tremenda ante tal afirmación.

─ Joder, no pensaba que tenías el ego tan crecidito, Weasley.

Weasley, siempre estaba ahí ese Weasley cuando quería reírse de él.

─ No lo digo por mí, Sommer ─ le respondió con el mismo retintín ─. Creo que le gusta mi hermano Bill. Al menos pasan mucho tiempo juntos.

─ ¿Pero tu hermano no estaba en Egipto?

─ Así es, pero por lo visto visita nuestra casa mucho más que yo. De todas formas, ya ha vuelto a Inglaterra, así que…

─ Deberías dejarle las cosas claras. La ex de un hermano no se toca ─ afirmó el alemán con rotundidad.

─ ¿No eras tú el que decía que hacía años que lo habíamos dejado, que compartiese un poco? ─ Le preguntó Charlie, partiéndose de la risa interiormente. Desde luego, Erich tenía unas salidas muy extrañas a veces.

─ No es lo mismo, yo no soy tu hermano. Mira mi pelo, es rubio no pelirrojo. No es lo mismo.

Charlie rió y se metió en la cabaña que hacía de habitación. No pensaba decirle nada a Bill, por supuesto, pero era cierto que se le haría muy raro si al final resultaba que… Bueno, que estaban juntos. Lo pensaba desde que había leído la última carta de su hermano, donde decía algo así como: "Tengo muchas ganas de volver a Inglaterra para ver a todos. Me apetece especialmente pasar una tarde con Val, a mi vida le hace falta un poco de dulzura." Y una noche de sexo desenfrenado, pensó Charlie la primera vez que lo leyó. Desde entonces había intentado convencerse a sí mismo de que era imposible, de que Val y Bill no pegaban ni con cola, pero por mucho que se esforzase, no podía sacar de su cabeza la idea de que estaban juntos o, al menos, tenían algo.

Ya había metido en la mochila la mayoría de las cosas que se pensaba llevar, así que cuando llegó a la habitación lo último que le quedaba por hacer era coger un par de cosas más y meterle prisa a Erich para que acabase de hacer rápido el equipaje. Su traslador salía en apenas una hora y todavía tenían que llegar a la sede central. Paulette no podía ir con ellos, tres cuidadores menos en la reserva ya eran demasiados, así que cuatro era algo impensable. Tras un gran número de insistencias y también un par de collejas, Charlie consiguió sacar de allí a su amigo con el tiempo justo para pasarse por la cabaña de Sophie, llegar los tres a la sede, coger el traslador y aparecer en el Ministerio. Su padre, que acababa en ese momento su jornada laboral, se encontró con los chicos en el atrio. Erich lo observaba todo al detalle, nunca había estado allí y hasta lo más insignificante le parecía espectacular. Sophie era un poco más discreta, al menos no berreaba sobre extraño que era todo. A Charlie, por el contrario, le resultaba monótono y aburrido, por lo que estaba deseando pisar el cuartel.

El cuartel de la Orden del Fénix era realmente tétrico, apestaba a moho, y había tan poca luz que casi casi le daba claustrofobia. Y es que para Charlie Weasley no había nada mejor que la sensación de libertad. O casi.

Erich, Sophie y él habían llegado hacía ya un par de horas. Nada más llegar, su madre se había puesto realmente cariñosa con él. Se alegró, relativamente, porque tuviese novia, pero al poco rato le preguntó por Val. Por lo visto seguía empeñada en que acabaran juntos. Como pudo, Charlie consiguió que su madre les enseñara las habitaciones y les dejara un rato tranquilos, Sophie era una de esas personas que se agobiaban fácilmente, y no quería tenerla de morros todas las vacaciones. Ella sólo estaría allí cuatro días, pero tampoco quería que su madre se disgustase porque su novia era una gruñona. La habitación de la pareja olía a humedad y a cerrado, y aunque su madre les había asegurado que no había nada extraño por allí, Charlie tenía sus reservas.

Poco después, bajaron de nuevo a la cocina, donde unos pocos miembros de la Orden esperaban a la llegada de los demás para dar comienzo a la reunión. El encuentro con Sirius Black fue bastante inesperado, la verdad. Ver a un exconvicto ante tus propios ojos para después descubrir que en realidad es un hombre inocente es, cuanto menos, extraño. Tan extraño que Sophie ya tenía la varita en su cuello antes de que pudiera abrir si quiera la boca. Luego se había disculpado, claro está, pero la hindú no había dejado de mirarle con recelo. También estaban allí Remus Lupin, un licántropo que a Charlie le había parecido la mar de pacífico, Nymphadora Tonks, a la que ya conocía, al menos de vista, pues habían coincidido en el colegio, y un hombre menudo y con pintas bastante curiosas que parecía llamarse Fletcher. Por supuesto, a Sophie tampoco le habían agradado estos dos últimos individuos, la primera por su pelo rosa y porque había tropezado con la mesa cuando fue a saludar a Charlie, y el segundo porque bueno, realmente no parecía un buen tipo.

Los tres jóvenes, especialmente Erich y él, estaban muy ilusionados por asistir a su primera reunión. Sabían que estaba habiendo algunos ataques, aunque encubiertos, y se morían de ganas de entrar en acción. Por otro lado, Charlie estaba bastante inquieto por cierta sanadora…

En el fondo sabía que la chica no le diría nada. Simplemente le miraría con esos ojos marrones o verdes, según el momento, le sonreiría y probablemente le daría un abrazo. Luego le preguntaría que qué tal por Rumanía, y le escucharía hablar durante horas aunque no entendiese de la misa la mitad. También se interesaría por su relación y le desearía lo mejor, todo eso sin perder la sonrisa, claro. El problema vendría luego, porque cuando ella se marchase, él volvería a sentir esos pinchazos en el pecho, esos que tenía cada vez que la veía y que le hacían pensar en lo que podría haber sido.

No se imaginaba su vida sin los dragones, tampoco se arrepentía de su decisión, pero, muy de vez en cuando, se permitía fantasear con lo que habría pasado si no se hubiera marchado.

Y la verdad era que no le disgustaba el resultado.

Cuando la vio entrar por la puerta, no pudo evitar que la boca se le abriese formando una o. Llevaba un vestido que dejaba ver más pierna de la que era recomendable para que el chico pudiera mantener su salud mental intacta. Además, iba maquilla, cosa extraña en ella, o al menos lo era. Todo parecía indicar que sus sospechas eran ciertas, que su hermano y ella… Sus pensamientos se cortaron abruptamente al recibir un buen pisotón de Sophie, que sentada a su derecha le lanzaba miradas furiosas.

─ Qué guapa vienes hoy, Val ─ oyó decir a una de los miembros más jóvenes de la reunión.

─ Cállate, Elsa.

Y nunca un cállate había sonado tan bien. Ella le hizo un gesto de saludo con la mano, pero no tuvieron más tiempo para saludarse, pues Dumbledore entró dando comienzo a la reunión. Fue una reunión interesante, aunque sólo para ellos, ya que tuvieron que ponerles al día de cosas que los demás ya sabían. Le sorprendió ver por allí a algunos de los asistentes, especialmente al profesor Snape, que le había dado clases de pociones durante su estancia en el colegio, y al que Val y él no podían ni ver. También estaban por allí la profesora McGonagall, el famoso exauror Ojoloco Moody y un par de personas cuyos nombres no podía recordar. Cuando por fin acabó la reunión, Charlie no sabía demasiado bien cómo actuar. Pensó que lo mejor sería dejar que ella tomase la iniciativa y se acercase a él si quería. Pero antes de que ninguno de los dos pudiera hacer nada, oyó como una voz llamaba a la muchacha.

─ Johnson, ¿Os quedáis Wade y tú a cenar? ─ a Charlie le extraño que Black le plantease esa pregunta a Val. ¿Qué más le daba a él? ¿No iba a cocinar su madre?

─ Mmmm, no sé. ¿Elsa?

─ Sí, por favor. Hace demasiado que no probamos la maravillosa comida de Molly ─ contestó la chica que antes había elogiado a Val.

─ Perfecto, ─ respondió el hombre ─ porque me ha mordido algo y necesito que le eches un vistazo.

Sin ni siquiera contestar, Val se acercó a él, que le tendió la mano. La chica la cogió y la examinó, una fea costra se extendía por el lugar de la supuesta mordedura.

─ No tienes que preocuparte, diría que sólo es una mordedura de Imp, no es peligroso. Se curará como cualquier otra herida, pero tengo un par de ungüentos que aceleran el proceso, te puedo traer uno la próxima vez.

─ Gracias.

─ No hay de qué.

En ese momento, su madre, que observaba la escena con una mueca de disgusto, se acercó a Val hasta cogerla por la cintura, para hacerla girar después situándola de cara a Charlie mientras hablaba.

─ ¿Qué os pasa a vosotros dos? ─ dijo cambiado la mirada de la chica a él mismo y de él a la chica ─ ¿Ni si quiera os vais a saludar después de tanto tiempo?

─ Claro que sí ─ contestó Val ─. Es sólo que no habíamos tenido tiempo aún ─ y mirándole directamente a los ojos, le dijo: ─ Hola, Charlie.

─ Hola, Val. ¡Enhorabuena, ya eres oficialmente una sanadora! ─ Merlín, qué tenso estaba siendo todo aquello. Podía sentir la mirada de Sophie quemándole en la nuca, era bastante evidente que su madre aún no había desistido en su intento de hacer que Val y él acabaran juntos.

─ Gracias ─ respondió ella, con una media sonrisa y con las mejillas algo sonrojadas. Todavía le sorprendía el hecho de que, después de tantos años, Val todavía se sonrojase con algunos de sus comentarios ─. ¿No deberías presentarme a alguien?

─ Claro ─ Charlie se giró a su alrededor, buscando con los ojos a sus dos acompañantes ─. Mira, este es Erich, Erich, esta es Val. ─ dijo, señalando al chico a su izquierda.

─ Un placer, señorita ─ le dijo el alemán, tomando la mano que ella le ofrecía y dándole un beso.

─ El placer es mío ─ contestó ella, divertida.

Charlie envió una mirada amenazadora hacia su amigo, esperaba que no se le hubiese olvidado la amenaza que le había hecho esa misma mañana. Antes de que Charlie pudiera añadir nada más, Sophie dio un paso adelante, hasta ponerse frente a Val, y alargó la mano.

─ Sophie Mahan, la novia de Charlie.

Y el susodicho pudo notar perfectamente el desafío implícito en el tono de voz y en los gestos de su pareja. Parecía decirle a Val: di algo si te atreves, él ahora es mío. Por suerte para todos, Val no se dio cuenta, o no quiso darse cuenta, y sonrió sin más mientras le estrechaba la mano.

─ Valeria Johnson, un placer.


Creo que en este capítulo no tengo demasiado que añadir... Es el que más has me ha costado de escribir hasta ahora, creo que porque estar en la mente de Charlie es un poco más complicado que estar en la de Val.

Pero bueno, quería dar las gracias a GynLira por su maravilloso review. Me alegro de que te esté gustando y muchas gracias por comentar, así da gusto seguir publicando.

Y especialmente quería darle las gracias (de nuevo) a Blauer Drache que me volvió a dejar un review y además me ha hecho de beta en este capítulo. Gracias, gracias y mil gracias. Es un placer hablar contigo y ya estoy esperando un nuevo capítulo de Siempre Quidditch.

Creo que eso es todo de momento, espero que os guste.

Para no perder la costumbre: Si ya has leído las 4.500 palabras, ¿Qué cuesta escribirme dos líneas?

Besitos con sabor a Charlie. ;)