LA SANGRE AZUL- NARUHINA
CAPITULO 4: POR MI CUENTA.
Bien, ahora que ya estaba un poco más en calma, luego de mi salida de aquel hospital, me pude dar cuenta del por qué la extrañeza del vigilante. En la bata que robé de la oficina, un carnét con el nombre de una doctora Natsume Yamanaka, Médico jefe. ¡Cielos! Era una joven adulta muy linda la verdad, y ya era la jefe de todos en ese sitio.
Ahora venía la parte complicada: sobrevivir a mi primera noche como habitante de la calle. No iban a pasar más de dos horas de iniciada "mi nueva vida", cuando ya me convertía en una ladrona amateur. Fué a la verdad muy sencillo, estaban un grupo de chicas teniendo una conversación muy entretenida por lo que pude apreciar. Estaba un bolso a espaldas de una de ellas, me acerco muy naturalmemte, algo insegura debo decir, algo contrariada tal vez, como si ni yo misma me creyera verme haciendo algo inpensable para la Hinata anterior, pero esa desdichada estaba muerta, malherida del hogar y finalmente asesinada por alumnos de un salon de clases, así que pongo control a mis emociones encontradas y procedo a tomar la bolsa con mucho cuidado.
¡Demonios! - digo sorprendida al ver que un empleado de la cafetería se percata de mi primer y precipitado golpe. Las chicas se dan vuelta de golpe y comienzar a gritar. No puedo explicar con palabras como me puse en aquella situación, en la que solo agarré mi botín por instinto y salgo a toda velocidad, y detras de mi la victima y el empleado que gritaba -¡Hey! ¡Ladrona! ¡Detenganla!- Era como si quisiera que los gritos de alto o atrapenla se convirtieran en muros que impidieran mi paso y así darme captura. La verdad lo único que podía pensar en esa abrupta persecución, que no me daba para más que mover mis piernas hasta sangrar del cansancio, era en no encontrarme en elcamino a un patrullero o a algún buen samaritano que quisiera vestirse de heroe a tratar de detenerme.
¡Uffff... Ufffff...! ¡Dios! No recuerdo haber corrido tanto en mi vida, al menos no desde el Konoha High School, y no fué por la clase de educación física precisamente. ¡Maldición! No se por qué aun hablo del recuerdo de esa mierda que tanto marcó y mató mi vida. Ahhhh... En fin. Logré la gran hazaña para una novata en el prestigioso arte del hurto: Hacer mi primer robo. Si deseaba en verdad no ser buscada por las autoridades ni nadie ni nada que se le parezca, pues no estaba haciendo un buen trabajo, y a este paso, sería cuestión de unos días antes de ver, ya no un centro de ayuda para adolescentes o casa hogar, sino en vez de eso unos barrotes de prisión de un reformatorio para adolescentes en primer lugar, antes de acabar en una cárcel de verdad.
Aun a pesar de mi primer pinino, debía de ser consciente de que aquellos no fué más que un muy afortunado golpe de suerte, que solo me ayudaría sobrevivir amdutas penas un par de días a la interperie. Había querido pasar la noche en un hotel de paso o quizas en una residencia love, pero sabía que las probabilidades de encontrar otro grupo de desprevenidas amigas con carteras a sus espaldas, eran casi abolutamente nulas. Con mucha resignación y un poco de panico debo admitir. Por eso yo, debía pasar la noche en la calle, para adaptarme a mi nuevo hogar como primero, en segundo de hacer que mi botín durara lo más posible al menos para comer, y como tercero (puse cara de panico) tener que convencerme que en esta vida, si quería sobrevivir, tendría que hacer no solo muchisimos asaltos más, sino también cosas de las cuales, tal vez, solo tal vez, me pudiera llegar a arrepentir, como terminar prostituyéndome o... o... ¿Matar a alguien?
Al fin la primera noche, comprendo ahora lo tan complicado que es sobrevivir en las calles. Mi ropa estaba toda húmeda de rocio, me sentía un poco resfriada y estaba muerta de frio. Si quería sobrevivir, en serio, debia al menos tener las herramientas para valerme por mi misma. No sabía cuanto tiempo me iría a durar la suerte de no ser acosada por un indigente con experiencia, ser asaltada, muy probablemente volver a ser abusada o en el peor de los casos, ser asesinada. Mas algo ya era claro para mi en aquel instante: tenía que aprender a pelear. Debía defenderme si llegase a estar en problemas, como en efecto lo estaría mas pronto de lo que imaginaba. Pero antes de eso, era momento de moverme.
Me dirigí hacia al distrito de clubes nocturnos, o como le llamaban la Zona Rosa, ahí encontré, entre letreros y avisos de descuentos de fines de semana, promociones y mujerzuelas, uno que decía "Se necesita cabaretera". Era una palabra que para una mujer con principios le resultaría denigrante y muy humillante, y tal vez era cierto del todo, se trataba de un oficio en que debías atender mesas sirviendo bebidas con escotes muy insinuantes y un hilo dental tan diminuto que si andaras con el culo mostrado a todo esplendor, no haría gran diferencia la verdad; era además, un oficio en que tenías que aguantar palmadas en las nalgas por parte de degenerados y gente de dudosa reputación, y que si querían que les atendieras personalmente, debías dejarte meter entre tu ropa intima billetes de buena denominación hasta casi llegar a tu sexo, y en el caso que el cliente lo apetezca, era una obligación mandar al carajo tu trabajo de llevar tragos y volverte una puta más para complacer los retorcidos caprichos lujuriosos del cliente, por ganarte una cantidad más o menos considerable, dependiendo de que tan perra te hayas desenvuelto en la cama, y ¡ay de tí si llegaras a negarte! No me quería imaginar que le fuera a pasar a una que le dijera NO a un cliente por un arranque de moralidad. La verdad esto era así, pero en mis condiciones actuales, cualquier hueco era trinchera si quería seguir con esto, así que entré al sitio, hablé con el encargado, y este con mirada de morbo y curiosidad, comenzo a examinarme de lo pies a la cabeza. Creo que por un segundo advirtió en su rostro que yo era muy joven para el trabajo, pero luego con una sonrisa pervertida y maliciosa, aprueba mi presencia para este lugar. Quizas fué porque pensó, que a los clientes les gustaba las jovencitas, pero a pesar de mi edad, era una chica con senos grandes y torneados, tenía un lindo rostro y tenía una piel bonita, blanca eso sí, parecía un litro de leche, y una cabellera azul, que aunque considerablemente enmarañado, no había nada que un tratamiento capilar no pudiera arreglar, era muy manejable, y se que con cuidado, tendría el esplendor que tuvo antes de mis desgracias.
El trabajo es tuyo.- me dijo el administrador.
¿Y cuando empiezo?. - le pregunto.
Esta noche por supuesto. - me responde el muy depravado, por la forma en la que ahora me miraba.
¿Como? ¿Esta misma noche?- respondo algo sorprendida.
¡Claro niña, esta noche! ¿Tienes algun problema con eso?- me pregunta sobresaltado.
¡No, no, no! ¡No hay ningun problema!. - le repondo de la misma manera.
Ok. Esta noch a las 6. No llegues tarde.
Me marcho de ahí y busco un salon de belleza con lo que quedó de mi primer asalto y me arreglo. Por ese momento, me sentí la mujer más vanidosa de la Tierra. ¡Jamás en mi vida fuí a un salón de belleza preocupada por el bienestar de mi aspecto personal! Era un momento sublime, pero también triste a la vez. No lo hacía para mi ceremónia de graduación, una fecha especial, para ir a una fiesta o mi matrimonio. Lo hacía para mi gran debut como cabaretera de un bar para gente que quisieran pasar una noche agradable bajo las sabanas de una puta. Hago tiempo en el salón de belleza para que el tiempo se pase más deprisa, en tanto me contemplo en un espejo del salón, no podía creer que yo era esa chica tan radiante que acababa de levanrse de la silla, donde hace 4 horas antes, habia llegado un patito feo enmarañado. La estilista me miró muy complacida por su trabajo, quizás pensó, que era una de las tantas chicas de la alta, pasando por el peor episodio de su vida, la roptura amorosa con algun chico y que la noche anterior pasó por una borrachera colosal de la que apenas en ese momento estaba reponiéndome. Salgo del salón de belleza no sin antes dar las gracias, la señora hizo lo mismo y me pidió que volviera de nuevo allí. Eso sería muy difícil para mí. Estaba muy arrepentida, apenada y avergonzada, por el trato tan humano de parte de esa señora, mientras yo solo aproveché un par de descuidos de una clienta y una empleada del salón para robarles un telefono celular y una billetera respectivamente. ¡Dios mío! ¡¿Y encima de todo tengo la desfachatez de dar las gracias?! ¡Que calidad de delincuente me estaba volviendo! Pero mi arte de ladrona profesional se vería cambiado radicalmente por la de uno más siniestro y oscuro esa misma noche, al menos, de la persona que me encaminaría en ese destino.
