CAPITULO 3
EDWARD
Isabella luce linda en la mañana. Aún está dormida, acostada sobre su lado, enfrentándome, con las sábanas enredadas alrededor de sus caderas. Su cabello enredado extendido en forma de abanico detrás de ella, como miel derramada.
Gracias a Dios que no está en ese horrible mameluco de lana de nuevo. Su camiseta transparente de tirantes blanca baja, insinuando el profundo valle de su escote, y se eleva para exponer la suave cremosamente expansión de su vientre.
Olvida linda, luce positivamente comestible. Quiero correr la lengua a lo largo de la cima de sus pechos, probar sus alegres pezones a través del delgado material hasta que despierte, gimiendo mi nombre con sus manos enterradas en mi cabello.
No va a pasar, lo sé. Esto es de lo que estaba hablando Isabella. Cada victoria es difícil de ganar, y cada vez que me acerco a ella, retrocede dos pasos más.
Pero un hombre puede soñar.
Con los ojos aún cerrados, se estira sin prisa, dejando salir un pequeño chillido mientras sus largas piernas se enderezan bajo la ropa de cama. Aprecio el momento, admirándola mientras despierta. Mi modus operandi normal no permite pijamadas o encuentros de la mañana después. Pero si esto es lo que les gusta, cuenten conmigo.
Después de un momento, abre los ojos.
—Hola —digo.
Ella traga, su mirada cayendo de la mía como si fuera auto consciente de sí misma porque observo despertar.
—Hola.
—¿Estás lista para hoy? —Después de que calmé sus crispados nervios, anoche pasamos horas hablando sobre mi plan y ensayando.
—¿Realmente crees que funcionará? —pregunta por la centésima vez.
Pero entiendo por qué está nerviosa. Estamos a punto de ir frente a frente con uno de sus miedos más grande de su vida.
Sintiendo una avalancha de actitud protectora, repito pacientemente—: Sé que lo hará. —Hombres como Michael Newton son fáciles de aventajar. Todo lo que les importa es su ego, y una vez que amenazas eso, se desploman como pequeños niños en el patio de la escuela.
Empujo las mantas a un lado y me siento. Hay que hacer café para Isabella, un desayuno que preparar, y una ducha caliente gritando mi nombre.
—Maldita erección m-mañanera —tartamudea Isabella, sus ojos pegados al punto donde mi virilidad está tratando de escapar de mis cortos calzoncillos.
Abajo, chico.
Le sonrío.
—¿Qué? Está feliz de verte.
Sus ojos se levantan a los míos.
—¿En serio? ¿Estás feliz de que haya regresado?
—Por supuesto que lo estoy. ¿Qué clase de pregunta es esa? —Es como si constantemente me probara, solo esperando para que me equivoque y le diga que terminé con ella, con este juego que estamos jugando. Para mí, sin embargo, esto no es solo un juego.
Quiero decirle que he estado despierto por diez minutos, admirando la vista, y esta erección es exclusivamente por ella. Pero sostengo mi lengua, seguro de que esa admisión la hará enloquecer.
—Solo pensé que cuando me fui—Hace una pausa—. Estaba segura de que había arruinado todo.
Teniéndola de regreso aquí, en nuestra cama, me hace feliz de no haberme rendido a todos esos instintos primitivos que me dijeron que jodiera y saqueara en mi camino a través de Manhattan cuando ella se fue. Inclino su barbilla hacia arriba para obligarla a encontrar mi mirada.
—Tienes algunas cosas pendientes que hacer, pero nada se arruinó.
Ella asiente, alivio y gratitud brillando en sus ojos. Y algo más también, algo tan cálido, algo que no me atrevo a nombrar, mucho menos esperar.
Salto fuera de la cama y me dirijo hacia el baño, preguntándome cómo todo esto se va a desplegar hoy, y en los días que siguen.
Más tarde, cuando estuvimos vestidos, alimentados, y listos, nos detenemos frente al edificio donde Michael Newton trabaja para la compañía de su papi.
Prácticamente, puedo sentir la aprehensión fluyendo fuera de Isabella en ondas.
—¿Estás lista? —pregunto.
Me da un tenso asentimiento, sus ojos marrón profundo llenos de preocupación.
—No. Pero no creo que lo esté alguna vez. Solo tenemos que hacerlo.
Aprieto su hombro para tranquilizarla. Casi estoy... orgulloso de ella. Está temblando en sus altos tacones y sin embargo está aún de pie aquí, lista para pelear.
—Conseguiremos esto —le prometo—. No luzcas tan preocupada.
Es tiempo de agarrar al toro por las bolas. Abro la puerta de cristal, y nos dirigimos dentro, pasando a la recepcionista como si supiéramos a donde ir.
Descubrí que el elemento sorpresa siempre es mejor cuando estás jugando agresivo.
Pero cuando entramos a su oficina en la esquina, Michael luce como si hubiera estado esperándonos todo el tiempo, con una engreída sonrisa extendida a lo largo del rostro.
—¿Qué, sin una manada de hambrientos abogados? Supuse que ahí es a donde se dirigía esto. —Sonriendo como si ya hubiera ganado, Mike se levanta del escritorio.
Su oficina está amueblada en un estilo tradicional: un enorme escritorio de caoba sin apoyos enfrentando la puerta, hileras de estanterías sosteniendo volúmenes de libros de texto. Una fotografía enmarcada de un conejo colgando en la pared. De acuerdo, esto último es raro...
Mantengo mi postura, mirando firmemente a Mike, dejándole saber que su postura de mierda no me intimida ni un poco.
—Podríamos venir aquí y amenazar con demandarte fuera de tu culo, pero ambos sabemos que eso te daría exactamente la satisfacción que estás buscando: una batalla en la corte, un circo mediático, el nombre de Isabella arrastrado por el fango.
Los ojos de Mike se arrugan.
—¿El fango? Creo que eso es un poco optimista. El nombre de Isabella no significará nada para el momento en que termine con ella.
Isabella se mueve junto a mí. Su encogimiento es sutil, no es suficiente para que Mike lo vea, pero yo lo siento. Me estiro y tomo su mano.
—De cualquier forma, no estamos aquí para demandarte—continúo—. Solo pensamos en pasar a saludar para ponernos al día. ¿Cómo está tu antiguo amigo de la universidad? ¿Cómo era su nombre...? —Golpeteo mis labios, pretendiendo pensar—. ¿Tyler Crowley?
—¿Cómo es que lo conoces? —responde Mike solo un poco demasiado rápido.
Sus ojos se disparan de los míos a los de Isabella, y su ceño se aprieta de forma no atractiva.
Jesús, ¿qué es lo que vio siquiera en este pene de lápiz?
—Oh, vamos —interviene Isabella en la conversación—. Ustedes eran compañeros de habitación durante todo el grado. Siempre andando por allí, llamándose bros. ¿Olvidaste que yo era tu novia entonces?
Mientras estábamos planeando la estrategia anoche, la inspiración me golpeó cuando Isabella mencionó el nombre del compañero de habitación de la universidad de Mike. Un nombre que yo había oído antes, flotando por los círculos de la élite social de Nueva York. Solo tomó varias llamadas telefónicas rápidas para confirmar todo.
Pero incluso aunque Isabella me dio la idea completa, la última cosa que necesitamos ahora es una balacera verbal entre los dos. Estoy bastante seguro de que eso es lo que pasó cuando la llamo, y eso la tomó de la nada. (Sin embargo, tampoco tomó exactamente a Mike de la nada.)
Así que agito mi mano en dirección de Isabella para detenerla. Solo déjame llevar la charla un poco más, cariño.
Comienzo a explicar a Mike exactamente cuan arruinado esta.
—Hace seis meses atrás, justo antes del gran anuncio de su compañía, tu amigo Crowley maniobró sus opciones de stock y compró casi un cuarto de millón de acciones. Cometió un homicidio. —Froto mi mentón—. Divertido, creo que te recuerdo haciéndolo bastante bien también. Tus comercios de stock fueron aprobados en la misma semana. ¿No es esa una coincidencia interesante?
—¿Cómo sabes eso? —Demasiado tarde, Mike intenta cubrirse—. Quiero decir, ¿qué estás insinuando?
—La respuesta a tu primera pregunta, es que a Tyler le gusta fanfarronear cuando tiene varios tragos encima —respondo con un alegre encogimiento de hombros—. Y a tu segunda pregunta, es uso de información privilegiada.
El color se drena del rostro de Mike.
—¡No tienes pruebas!
Suprimo una sonrisa triunfante.
—Quizás no ahora mismo. Pero ¿el investigador privado que contraté para filtrarse a través del registro de comercio de stock para la compañía de Tyler y verificar la conexión personal entre ustedes dos? —Succiono mi diente con un fuerte ruido de tsk—. En algunos días, él tendrá suficiente evidencia para una causa probable. Y luego, puedes explicarle a la Comisión de Bolsas y Valores por qué Tyler y tú compran tantas acciones en un tiempo tan conveniente.
La última parte no está puramente acertada. No tuvimos tiempo para contratar al IP todavía, sin embargo, podemos conseguir uno rápido si tenemos que hacerlo.
Pero la verdad no importa. Lo que importa es si mi engaño es lo suficientemente convincente para meterse bajo la piel de Mike. Y a juzgar por su reacción...
La boca de Mike se abre y se cierra varias veces.
Sí, diría he dado en el clavo. Me tomo el momento para disfrutar la visión: el arrogante heredero de Newton Media hacía su mejor imitación de un pez fuera del agua.
—E-esto es una total tontería de mierda y lo sabes —resopla finalmente, poniendo sus manos sobre su escritorio para inclinarse más cerca—. Ambos saben que los tengo doblados, listo para tomarlo, y ¿así es como regresan la pelea? Patético.
—¿Quieres saber lo que es patético? —Camino un paso más cerca del estúpido. No porque particularmente disfrute estando cerca de él, sino porque mi figura de un metro ochenta y ocho centímetros sobrepasa sus, ¿cuánto? ¿metro ochenta? Está obligado a ser intimidado—. El hecho de que Isabella aquí, confió en ti con fotos de sus dos hermosos pasteles de merengue de limón y su tarta de durazno, y tú, como la comadreja sin alma que eres, trataste de traicionar esa confianza en la peor manera posible. Nada me pone más rojo que hombres quienes carecen de respeto por las mujeres.
—¿Tarta de durazno? —pregunta Mike.
Cuando Isabella me dispara una mirada extraña, presiono.
—Sí, tú sabes: su caja del amor, su almeja rosa, su punto dulce.
Ambos me miran con expresiones intrigadas. Levanto las palmas en exasperación.
—Oh, por amor a la mierda. Su frasco de pepinillos.
Una risita retumba de los labios de Isabella.
Dios, amo poner una sonrisa sobre ese rostro femenino.
Fingiendo una repentina realización, Isabella levanta su dedo, sus labios separados en una sorpresa placentera.
—¡Oh, Edward! Eso me recordó algo.
—¿Sí, querida? —pregunto, siguiendo la corriente.
—Hay más.
—¿Hay más? Dime, Copo de nieve.
—Acabo de recordar que una vez, cuando Mike estaba dormido, tomé una foto de su pequeño pepinillo.
Mike deja salir un sonido estrangulado.
Pretendiendo no notarlo (incluso aunque estoy luchando por mantener mi rostro serio) levanto mis cejas hacia Isabella.
—¿De qué tan pequeño estamos hablando aquí?
—Pequeñito. Más que un eneldo miniatura. Un pepinillo. —Sonríe ella, sabiendo que estamos en una racha.
Me permito reír, el humor tenso evaporándose casi de repente. No tengo idea de si ella está diciendo la verdad, pero tenemos a este imbécil justo donde lo queremos.
—¡De ninguna manera! Ella no tiene una foto mía —tartamudea Mike.
—Oh, pero sí la tengo. —Sonríe ella de nuevo—. Es una pequeña cosa tan minúscula, casi se escurre de mi memoria.
Lo palmeo en la espalda.
—Qué mala suerte, amigo, estar atascado con tan corta pajilla. Eres un soltero calificado, ¿verdad? No quieres que medio Nueva York vea esa pequeña polla tuya, ¿o sí?
Él arruga su boca.
—No.
—Eso creí. —Lo palmeo en la espalda de nuevo porque, de alguna forma, esta reunión se ha volteado a nosotros salvando al pretencioso Michael Newton de un bochorno público tan grande, del cual él nunca podría huir.
Isabella se adelanta unos pasos, sus hombros empujados hacia atrás.
—Entonces, borrarás cada copia, así como, ayúdame Dios, en cada aparato, en cada sitio en las que existan.
Mike asiente en acuerdo, luciendo derrotado.
—Y —añado—, vas a firmar esto. —Empujo un delgado manojo de papeles a través de su escritorio. Isabella y yo ya habíamos firmado la última página.
—¿Qué demonios es esto? —gruñe Mike con cansancio.
—Una confesión. Donde todos acordamos, de forma escrita, que estás comprometido con el uso de información privilegiada e intentaste extorsionar a Isabella a vender C & S… y como recompensa al no lanzar sus fotos, nosotros no vamos a reportar ninguno de tus crímenes. Así que, si una sola foto alguna vez aparece en línea, considera este documento como tu boleto de ida a la prisión federal. —Le doy una apretada sonrisa sin humor—. Pero siempre que ninguna foto de Isabella desnuda vea alguna vez la luz del día, tampoco lo hará tu confesión. ¿Qué dices?
Mike traga y su cabeza se sacude de nuevo.
—Bien. Solo váyanse.
Desliza la última página, garabateando su firma en una serie de rápidos y enojados trazos, y lo empuja de regreso a mi mano.
Solo una vez que estamos fuera del ominoso edificio de acero y cristal, Isabella da un pequeño grito de victoria.
—Estuviste increíble allí dentro. —Sus ojos están encendidos con triunfo, y su voz casi es embelesada.
—Tú tampoco estuviste muy mal —respondo con una sonrisa. ¿Contra-chantajear? No sabía que ella podía hacer eso.
—En serio, ¿viste la mirada en su rostro cuando pensó que las mujeres de Nueva York iban a descubrir lo de su diminuta salchicha? ¡Fue un clásico! —Se ríe entre dientes de nuevo.
—¿Realmente tienes una foto de eso?
Niega con la cabeza con una risita.
—Nop. Estaba faroleando totalmente. —En un susurro, añade—: No valía la pena fotografiarlo.
Río fuerte. Brillante: eso es solo el glaseado en el pastel. Quiero burlarme de ella diciendo: Estoy tan orgulloso. Pero eso se siente raro, por alguna razón, así que me decido por—: Recuérdame nunca jugar al póquer contigo.
Animados con victoria, paseamos a lo largo de la acera de regreso hacia el auto.
—¿Edward? —pregunta después de varios minutos.
—¿Sí, Copo de nieve?
—Gracias por ayudarme. Y por no juzgarme por enviar esas fotos en primer lugar.
—Oye, lo único que me importaba era poner a ese infeliz en su lugar. Nunca juzgaría a una mujer por enviar mensajes sexuales a su novio.
—Aun así, dejaste todo por ayudarme. Después de que yo solo hui.
El deseo de estirarme, enlazar nuestros dedos juntos o poner mi mano sobre su cadera, o solo tocarla en alguna forma pequeña, aletea dentro de mí. Pero no lo hago. No aún. Con toda la conmoción causada por el chantaje de Mike, aún no sé dónde estamos Isabella y yo. Huyó de nuestra boda, en lugar de incluirme en su drama personal. Y aún no ha dicho ni un pío sobre el contrato. Incluso si esta victoria es bastante jodidamente increíble, no estoy listo para celebrar aún. Necesito respuestas.
—¿Deberíamos dirigirnos de regreso a la oficina? —Revisa su teléfono Isabella, y el reloj muestra que son pasadas las once.
—No aún. Vayamos a almorzar.
—Buena idea.
Treinta minutos más tarde, estamos sentados en un restaurante mediterráneo que está solo al otro lado de la esquina de nuestra oficina, sorbiendo té helado y masticando hummus y pan pita tibio.
—Dios, esa mirada en su rostro—Isabella ríe de nuevo—. No voy a olvidar eso pronto. Gracias por hoy. Por todo.
Asiento.
—No fue nada. —Solo conectando varios puntos.
—Y por lo que es sagrado, lamento tanto haberte dejado plantado en la playa.
Tenso la mandíbula. ¿Deseo que hubiera confiado en mí con esta información y permitirme ayudar desde el comienzo? Seguro. Pero nunca he estado en los zapatos de Isabella, y no puedo juzgar su decisión. No tengo idea cómo me sentiría si mi ex estuviera amenazando con exponerme (literalmente) si no la usaba en mi compañía. Mierda, soy casi tan terco como Isabella; probablemente también hubiera querido arreglarlo solo. Pero aún hay algo que me molesta.
—Sobre eso... ¿la única razón por la que huiste fue el chantaje?
Sus ojos se elevan a los míos.
—Por supuesto. Te dije que estaba lista para atar el nudo, y lo dije en serio.
Asiento. Casi le pregunto sobre cómo se siente sobre casarse conmigo, específicamente. Pero en el último segundo, decido que no estoy listo para oír la respuesta a esa pregunta capciosa. Necesito recordar que ambos estamos haciendo esto por necesidad.
Tengo responsabilidades, montañas de obligaciones. El miedo de fallar es razón suficiente para mantener el curso.
