—Supongo que iré a tomar una ducha.
—Claro.
A estaba a punto de dirigirse hacia el baño hasta que la paré:
—Espera.
—¿Qué pasa?
—Olvidas esto —dije tomando sus sostén sin despegar la mirada del televisor que estaba desconectado.
—Gracias —respondió arrastrando la última sílaba en tono sarcástico.
Sin embargo, no pudo evitar sonrojarse al arrebatarme el sostén para luego llegar de dos zancadas al baño y encerrarse ahí por 37 minutos.
Mientras se duchaba, yo decidí investigar un poco de ella, así que entré a su habitación buscando cualquier cosa que me diera una pista; pero no encontré nada. No había nada realmente ahí; era sólo una cama con una manta azul y una almohada blanca. Tenía una guitarra acústica y algunas fotografías de grupos famosos de las décadas de los 60/80.
Busqué en su armario, pero sólo había ropa oscura que no llamaba mucho su atención, así como vendas, pastillas para dormir y algunos objetos con mucho filo. Regresé a la sala y encontré su MacBook común y corriente. Estaba a punto de encenderla hasta que la puerta del baño se abrió mostrando a A con el cabello mojado vistiendo jeans negros ajustados y un buzo azul índigo demasiado grande para ella (por lo menos dos tallas).
—¿Qué quieres hacer? —pregunté.
—¿Qué?
—¿Qué quieres hacer?
—Podemos quedarnos aquí a jugar XBOX o ir a caminar, no lo sé.
—No me gusta salir.
—Entonces juguemos.
Y así pasamos el resto de la tarde jugando diferentes videojuegos, desde Halo hasta Guitar Hero.
—Sabes, Guitar Hero no es terrible, ¿pero podemos jugar algo menos ruidoso?
—Claro… veamos —A se levantó del sofá y comenzó a rebuscar en el librero—. Ah, ¿has jugado Limbo?
—No le conozco —respondí.
—Creo que te gustará —repuso—. Pero tendremos que repartirnos el juego.
—No comprendo.
—Es sólo para un jugador —declaró—. Te gustará.
Y así se dispuso a poner el videojuego mientras yo miraba la ventana. No lo había notado, pero ya había oscurecido.
—Tú vas primero —dijo A mientras me daba el mando.
El juego era sencillo, sólo se trataba de resolver puzzles. El diseño era igual, pero su aspecto sombrío, el sonido y los gráficos eran sensacionales.
—Detesto las trampas de oso, ¡son tan molestas! —bufó ella.
Pasamos toda la noche, mientras nos turnábamos de espectador a jugador en cada cambio de escenario hasta que finalmente terminamos el juego.
—Vaya… creí que el final sería más elaborado —dije.
—Vamos, no está tan mal.
A encendió la luz y estiró sus brazos para tratar de despabilarse.
Hasta ahora no lo había notado, pero las mangas de su buzo tenían manchas de sangre. No eran sólo gotas, eran grandes manchas.
—¿No tienes calor? —inquirí.
—No, la lluvia ha refrescado.
No lo noté, había llovido.
—En fin, ¿quieres cenar?
—Mermelada.
—Bien.
Caminó hacia la cocina para luego regresar con una taza de café y un tarro de mermelada.
—Por cierto, ¿dónde está tu hermano?
—Probablemente en el cementerio.
—¿Qué hora es? —pregunté cambiando de tema.
—Son las… tres de la mañana —respondió mirando en su celular.
—Debí retirarme hace unas horas.
—Te ves cansado.
—Lo estoy —aclaré.
A se quedó un poco pensativa mirando hacia la nada, lo cual me dio curiosidad.
—¿Te ocurre algo?
—Nada —respondió un poco desconcertada—. Sólo pensaba… ¿Quieres quedarte a dormir esta noche?
Sonreí.
—Encantado.
De alguna forma, esto me parecía algo extraño e incómodo. Tal vez ella estaba completamente loca, o tal vez lo estábamos ambos.
—¿Y qué haremos ahora? —pregunté tratando de terminar el silencio.
—¿Gustas escuchar música?
—Por ahora no.
—¿Qué tal ver una película?
—Claro.
—¿Quieres ver The Wall?
—Me gusta como muestra la locura del protagonista. Pero nada de música —recalqué.
—¿Qué tal Harry Potter?
—Aburrido.
—No —negó con la cabeza—, no se me ocurre otra cosa.
—Pero si sólo has dicho dos opciones.
—Lo sé…, pero no se me ocurre nada.
—Déjame ver qué películas tienes —dije suspirando.
A se hizo a un lado y se tiró en el piso mirando hacia el techo mientras yo veía las cajas con títulos que me pasaban por alto; la verdad es que no tenía ganas de que mi cerebro procesara imágenes, pero al mismo tiempo estaba tan aburrido que debía encontrar algo para hacer. Y aunque pensé en asesinarla, llegué a la conclusión de que me divertiría más si la dejara viva por un momento; además, ya le había dejado en claro que no le haría ningún favor.
—¿Ya te decidiste? —dijo sacándome de mis pensamientos.
—No. Y si te soy sincero, las películas que tienes son aburridas y banales.
—Lo sé…
—Y estoy aburrido.
—Yo igual, pero tengo sueño. Tal vez ir a dormir sea una buena idea.
—¿Dormir? —se me escapó una risa sardónica—, ¿es que no puedes estar despierta por un momento más?
A se sentó y me miró con ojos que estaban difícilmente abiertos; al parecer había comenzado a dormitar desde que se acostó en el piso.
—Si no quieres dormir, entonces piensa en algo que no me aburra.
—Podemos…
—¡No! Ven aquí —demandó subiéndose al sofá de su sala.
—¿Qué quieres? —protesté—. ¡Estoy aburrido!
—Calla y acuéstate.
Juro que si no fuera porque me entretuviera verla sufrir por dentro, la habría pateado hasta que pidiera piedad tres veces. Pero tampoco iba a dejar que una persona me diera órdenes, por lo que me quedé estático.
—Beyond —dijo un poco exasperada por el cansancio—, ven aquí y acuéstate. Si no te gusta, haremos lo que te plazca.
Dudé por un momento, pero finalmente acepté acercándome hasta el dichoso sofá.
—Vamos —insistió tomando mi mano.
Gran error. Me molesta que me toquen. Me molesta que los idiotas a los que estoy a punto de asesinar me toquen con duda y una cautela estúpida tratando de razonar conmigo. Pero su al sujetarme, en cambio, fue firme sin llegar a ser brusco y estúpido. No me molestó, y eso fue lo que me desconcertó.
—A —dije tomándole con fuerza su antebrazo con mi mano libre—, no me toques.
Ella soltó un quejido, pero no fue debido al comentario.
—Lo siento… ¿te molesta? —inquirió.
—No —negué con la cabeza—, es sólo que… olvídalo.
—Pero no te molesta —recalcó.
Negué.
—Entonces no te desagradará —dijo sonriendo victoriosa—. Ven y recuéstate —repitió en un tono menos mandón.
Procedí a recostarme dubitativo mirando siempre a sus ojos. Y cuando mi cuerpo se tumbó completamente en el sofá, ella procedió a hacer lo mismo.
—¡¿Qué haces?! —exclamé tratando de levantarme.
—Me acuesto, ¿no es obvio? Estoy cansada.
—Entonces ve a dormir a tu cuarto —repuse algo irritado.
—No, porque entonces tú seguirás despierto.
—¿Y?
—Probablemente saldrás a asesinar a alguien.
—¿Y? —repetí.
—Sólo cálmate.
Volví a recostarme y ella dirigió mi cabeza hacia su hombro, lo cual me hizo tensarme. Oh, esas malditas manos terminarían por volverme loco. Y esta vez, su tacto se volvió cálido, sin llegar a ser meloso. No me había dado cuenta, pero estaba acicalando mi cabello con sus manos.
—¿Qué haces? —inquirí.
—Trato de hacer que te relajes.
—No necesito relajarme.
—Parece que nunca te has tenido contacto humano apropiado.
—Pues duh, soy un sociópata y asesino a idiotas.
—No me has asesinado.
—No hago favores.
—Está bien… Espera, ¿eso quiere decir que tampoco te han dado cariño?
—Yo no necesito algo tan bajo como eso.
—Lo sé…
Y ni una palabra más salió de nuestras bocas, pues pronto nos quedamos dormidos. Ella acicalando mi cabello y yo respirando plácidamente, teniendo que aferrarme a ella para que no cayera del sofá y parara de mover sus dedos en mi cabello.
Es bueno subir después de tanto tiempo. No importa si nadie me lee; dije que lo acabaría y eso haré.
