4

Frozen

Kurogane estuvo distraído durante la mayor parte de la mañana debido a que su mente viajaba con velocidad al sitio en donde se encontraba Fai. Cómicamente "embarazado" y desecho emocionalmente, Mokona debía de estar sufriendo un infierno con él, así que cuando quiso inflar las llantas del vehículo que le había sido encargado con la manguera del agua, supo que debía intentar concentrarse o terminaría haciendo un estropicio total.

Syaoran, que estaba a poca distancia de él lo observaba por momentos, frunciendo el entrecejo y aguantando la respiración, como si la frase que deseaba decir se le atorara en la garganta.

Kurogane lo observó con reticencia unos segundos y después ladró con una voz potente que sobresaltó a un par de niñas que compraban golosinas en una máquina expendedora.

—¡Vamos, suéltalo ya!

Syaoran también saltó. Cuando pareció decidirse por decir lo que estaba pasándole por la cabeza, tuvo que respirar profundo y mirar a los ojos al shinobi para que quedara patente lo que estaba saliendo por su boca.

Kurogane dejó de trabajar y cruzó los brazos para observarlo con una mueca seria. Los rayos del sol, golpeándole la espalda, le ensombrecían la cara de tal manera que daba miedo mirarle, pero Syaoran no se acobardó.

—Kurogane-san, de nosotros tres, usted es quien pasa más tiempo con Fai-san. Desde que comenzamos este viaje sin la Princesa. Es decir, desde que comenzamos la búsqueda de los clones y abandonamos el País de Clow… ¿usted no ha notado comportamientos extraños en Fai-san?

Kurogane, que no había pillado muy bien las cosas (porque para él resultaban extrañas la mayor parte de las actitudes de Fai), carraspeó para darlo a entender. Syaoran bajó un poco la mirada.

—Es decir… hemos estado en este sitio por poco más de un año y todos conseguimos trabajos, tenemos una casa y vivimos cómodos. Aunque sabemos que aquí hay energía de los clones, hace tiempo que no estamos haciendo nada por encontrarlos. Fai-san incluso nos dejó la manutención de la casa a nosotros, cuando antes cooperaba con todo porque pasábamos poco tiempo en cada lugar y necesitábamos urgentemente el dinero; es como si… ya se hubiera acostumbrado a su vida aquí. A lo mejor su malestar se debe a eso: está trastornado porque tenemos un hogar. Y pensar en un niño puede ser la mejor manera de corroborarlo. A diferencia de nosotros, él no tiene un lugar a dónde llegar: Celes está destruido. Debe haberle tomado cariño a este sitio.

Kurogane se guardó las ganas de decirle que Fai sí que tenía un sitio a dónde llegar en cuanto terminaran con la absurda búsqueda de Sakura-clon y Syaoran-clon.

—¿Y cómo explicas los resultados de los análisis de sangre?

—Kurogane-san, es imposible que un hombre esté gestando.

El shinobi pareció pensarlo. No estaba dudando en lo más mínimo, sólo pensando. Era verdad que no conocía a profundidad a Fai. Tampoco hablaban demasiado sobre sus respectivos pasados porque ya creían saberlo todo. Fai se entristecía de vez en cuando y tenía pesadillas. Se revolvía en la cama, aferrándose a él como si temiera que se alejara de su lado.

Creía que eso era una muestra clara de profundo amor. Comenzaba a pensar que era, mejor dicho, una muestra clara de temor a ser abandonado y quedarse solo.

—Es cierto, es imposible que tengamos un hijo. No de esa manera.

—Sí —aceptó Syaoran, aliviado, porque comenzaba a creer que Kurogane también se estaba enredando en la mentira de ser padre.

—¿Cómo empezó todo este lío? —susurró Kurogane, volviendo al trabajo. Syaoran, que debía acomodar las llantas nuevas en sus respectivos anaqueles, se encogió de hombros, azorado. No quería mencionar a Mokona, porque sabía que Kurogane se estaba cabreando por culpa de la coneja.

—Quién sabe —mintió.

Fai se arrastró dentro de la casa, literalmente. Mokona se había encargado de cerrar la panadería, aunque Fai sabía que, en cuanto llegara, tendría que enviar a Kurogane a corroborar que todo estuviera en orden.

Se sentía fatal. Tenia el estomago revuelto y montones de baba le venían a la boca con cierto sabor a metal. Veía borroso y se sentía hambriento. No tenia fuerzas ni siquiera para empotrarse en un sillón, por lo que se quedó tirado sobre la alfombra, sintiendo el calor en la espalda mientras se daba cuenta de lo manchado que estaba el techo por las constantes guerras de comida entre Kurogane y Mokona.

Se llevó una mano al estómago, a esa parte en donde, supuestamente, debía estar formándose un bebé. Nunca había profundizado demasiado en el estudio de la biología como para saber todos y cada uno de los componentes del aparato reproductor de una mujer, o de su interior, así que no podía decirse muy bien en "qué fase" debería de estar el crío… si es que en verdad existiera.

En caso de que en verdad estuviera ahí, ¿cómo sería? ¿Igual de molesto que todos los síntomas que estaba padeciendo en esos momentos? ¿O una cosita adorable, chillona y con suciedad por todas partes como lo que se veía en las telenovelas? Estaba seguro de que un bebé implicaba muchísimo más que sólo parirlo y ponerlo en una cuna.

También había pañales, leche y… más pañales. También podían enfermarse y padecer muchísimo más que una persona adulta. Su llanto a la mitad de la madrugada. El insomnio provocado a los padres. Además, si el niño no era deseado y la "madre" le evocaba esta sensación por medio de sus actitudes, el bebé sufriría.

Y sufriría al igual que todos a su alrededor. Eso lo sabía muy bien él. Si fuera verdad que estaba aguardando la llegada de un bebé, ¿podría hacerlo sentir querido? ¿Podría llegar a quererlo en verdad? NO.

Con las uñas, se rasguñó el vientre, dejándose finas marcas rojas sobre la blanca piel. No lo maltrataría. No lo haría sentir mal. Tampoco lo haría creer que no era necesitado o irrelevante ante sus padres. Lucharía por sacarlo adelante, tal vez. Pero sin amor. ¿Cómo se puede amar a un problema de estrías o a uno de acné? Y eso sería ese niño para él: un problema.

Mokona apareció en la casa y, sin poder evitarlo, Fai la observó con repudio, como a todo lo demás en esa casa.

Kurogane y Syaoran salían del trabajo a las seis de la tarde. Tardaban en llegar a casa apenas media hora y, para cuando lo hicieron, tuvieron que agachar las cabezas con sus veloces reflejos para que el reproductor de CD pudiera estrellarse libremente contra la pared a sus espaldas.

Fai estaba hecho una furia, sobre un sillón, arrojando todo lo que tenia a su alcance. Al percatarse de que ellos estaban ahí, tomó un florero y Kurogane tuvo suerte de poder esquivarlo, cosa que no pasó con un libro de pasta gruesa que fue a estrellarse directo contra su nariz.

Kurogane saltó sobre él a tiempo para evitar que se hiciera con el DVD. Lo derribó sobre la alfombra y, tirado en el suelo, arrinconando a Fai contra el piso por medio de su cuerpo, se dio cuenta de que Mokona estaba oculta debajo de una mesa, temblando y con la cara llena de lágrimas.

Aunque estaba un poco enojado con ella, esa imagen le provocó una angustiosa sensación de pesar que había sentido muy pocas veces en su vida. Además, la preocupación por el carácter de Fai lo estaba sacando de quicio. Ni siquiera cuando era un vampiro se había comportado de esa manera tan violenta.

Syaoran se apresuró a coger a Mokona y a alejarse en dirección de la cocina, por si a Fai se le ocurría lanzar por los aires también a Kurogane.

—¡¿QUÉ DIABLOS ES LO QUE TE PASA?! ¡TE HAS VUELTO LOCO! —Gritó el shinobi, con las venas de las sienes saltando de furia debido al esfuerzo que hacia por contener a Fai contra el suelo, pues había comenzado a debatirse.

—¡ESTOY ESPERANDO UN BEBÉ, ME PASA ESO! ¡UN BEBÉ!

—¡PUES PARECIERA QUE ES UN DRAGÓN, MIRA CÓMO TE HAS PUESTO!

—¡CASI!

Y las lágrimas fluyeron. Las manos de Kurogane le aferraban con violencia los brazos y le hacían daño. Este pareció darse cuenta, porque de inmediato lo soltó, aunque en vez de verlo como un gesto de voluntad protectora, Fai creyó que lo había hecho con cierto desagrado, por lo que se molestó más. Sin embargo, en vez de querer seguir rompiendo cosas o golpea a Kurogane, siguió llorando.

¿Por qué tenia que comportarse de manera tan estúpida cuando luchaba por parecer fuerte ante sí mismo? ¿Por qué estaba comportándose de esa manera, mejor dicho? Nunca en su vida había tenido tantas ganas de llorar, ni cuando los habían encerrado en la torre, ni cuando había muerto Yuui, ni cuando tuvo que encerrar a Ashura en el fondo del lago.

Nunca había sentido tanto coraje, tanta frustración. Dentro de su cuerpo parecía estar creciendo algo que ni siquiera él, un mago de rango D, podía definir o siquiera conocer. Cerró los ojos, intentando fingir que no había pasado nada, pero Mokona seguía aterrada en los brazos de Syaoran, este lo observara como si le estuviera creciendo una increíble verruga en la punta de la nariz y Kurogane seguía aplastándolo contra el suelo.

¿Qué rayos estaba pasando con él? ¿Qué demonios estaba pasando con su cuerpo? ¿Por qué, en medio de esa crítica situación se le antojaba un pie de manzana? Se puso a llorar más; debido a la ausencia del pie de manzana, no a la situación en general.

Syaoran les llevó té a la habitación. Kurogane lo aceptó en la puerta, sin permitirle pasar a la recámara, que estaba tan caliente como el primer día de "enfermedad" de Fai, que en esos momentos estaba sentado en el sillón de la habitación, con las piernas encogidas contra el pecho y una actitud bastante distante. Kurogane se sentía como tratando con un adolescente rebelde.

Habían estado hablando un rato sobre lo que había pasado. Fai contestaba con duras evasivas y Kurogane usaba toda su fuerza de voluntad para no golpearlo en la coronilla por imbécil.

Cuando Syaoran se fue, Kurogane dejó la bandeja con el té sobre la mesilla al centro de la habitación y se sirvió una taza. Fai lo observó con recelo; tenía una toalla sobre la cabeza porque había entrado al baño a humedecerse un poco la cara y había terminado empapándose todo por decisión propia. Kurogane pensó sólo dos segundos en intentar ahogarlo en el lavabo a ver si así recuperaba la maldita razón.

—¿Qué es lo que quieres que hagamos? Sigues sintiéndote mal, esta mañana vomitaste dos veces seguidas y ahora te poner como una fiera. No quieres hacerte nuevos estudios y a todos nos provocas dolor de cabeza. El único que puede ofrecer soluciones eres tú, ya que a nosotros no nos dejas ayudarte. ¡Y estoy cansado de hablar como si de los dos yo fuera el genio!

—Tú también eres listo, Kuro-sama —susurró el mago, apoyando la frente sobre sus rodillas. Los dedos de sus pies, congelados a pesar del calor, los encogió, demostrando así que no quería tener nada que ver con el mundo exterior.

Kurogane se sentó en la cama y dio un pequeño sorbo a su taza.

—No sé cómo ayudarte. No soy ninguna clase de hombre súper inteligente que tenga respuestas para todo.

—¿Y crees que yo sí?

—Antes…

—¿Y ahora?

—Creo que estás un poco perturbado, eso es todo.

Fai levantó la cabeza, exhausto de sus propias actitudes y las de los otros. Estaba volviéndose loco.

—¿Tú no lo estás? Por si no lo recuerdas, se supone que el otro padre de la bestia eres tú. —Kurogane se mordió los labios, sabiendo que Fai se estaba poniendo irritable—, sólo quiero que comprendan cómo me siento.

—Creo que ni siquiera tú comprendes cómo te sientes, Fai.

Este cerró los ojos. Quiso esconderse debajo de la cama, o en el armario y no salir nunca más. Lloró de nuevo, y esta vez fue real. Con cada gota salada resbalándole por la cara, se dio cuenta de lo mucho que estaba sufriendo. ¡Y solo! Aunque Kurogane estuviera ahí, sentado enfrente de él, era como si fuese otro trozo de colcha o… o un muñequito de peluche.

Se talló los ojos con las manos, en un intento vano de conservar algo de dignidad, mas no lo logró. Kurogane guardó silencio y fingió no darse cuenta de nada. Esa era una buena terapia para el propio dolor: fingir que no pasaba nada alrededor. No quería comenzar a creerse, como Fai, que iban a ser padres. No quería empezar a sentir cariño (en el mejor de los casos) u odio (en el peor) por algo que ni siquiera sabían si existía.

Además, tenia que hacer un esfuerzo para tragarse esas ganas de sentir compasión por Fai (porque, principalmente, "compasión" suele ser una palabra muy complicada): no quería que enloqueciera aún más al sentirse menospreciado.

De pronto, una idea inquietante comenzó a fluirle por la mente. Negó con la cabeza, como si ahuyentara a una mosca molesta, y se tragó las ganas de expresarla. Para su desgracia, Fai lo observó y preguntó por lo bajo "¿qué?". Antes de que pudiera callarse, comenzó a decir, por medio de balbuceos, aquello que lo estaba fastidiando.

—La espera te está enloqueciendo. Deberíamos comenzar a apreciar como cierta la posibilidad de que estés… —señaló hacia Fai, que se observó como si tuviera una enorme mancha de fango encima—… que estamos… que vas a… ¡eso! ¡Debemos hacernos a la idea de que VAMOS a ser padres!

—¿Y si no es verdad?

—No pienses en eso o te pondrás peor que hoy. Deberías comenzar a creértelo. Es decir… cuidarte. No sólo tener esos arranques explosivos como los de hoy. Pudiste hacerte daño y hacérselo a alguien más. Esa no es tu conducta común.

—Entonces, ¿debo hacerme a la idea de que voy a tener una cosa?

—Vamos a.

—Cierto, "vamos a".

Los dos guardaron silencio otro rato. Fai observaba a Kurogane como si por primera vez en su vida apreciara ciertos detalles que nunca había querido ver. Lo peor de todo era que no reconsideraba la posibilidad de que Kurogane estuviera viendo detalles similares en él. Era posible que su relación se fuera pronto por el drenaje.

—Quiero vomitar —declaró Fai, yéndose hacia el cuarto de baño, dándole fin a su fatídica conversación.

Aunque nadie había dicho "Sí, acepto", a partir de la mañana siguiente, Kurogane y Fai se comportaban como si su familia hubiera sido iluminada por el milagro de una reciente vida y no como si estuvieran a punto de lanzarse al fondo de un acantilado por todas las cosas que les pasaban por la cabeza y, ciertamente, ya no se atrevían a decir.

Kurogane evitó por todos los medios observar a los ojos a Syaoran, que a veces se contorsionaba sobre la silla para ubicar las expresiones del shinobi y Mokona, que estaba la mar de contenta "porque Fai ya lo estaba aceptando", les ayudó a poner la mesa para el desayuno, cosa que muy pocas veces hacia.

Pero la cara de Fai era una mezcla entre incomprensión, horror y ganas de ahogarse en el cuenco de la leche para su cereal. La de Kurogane era un poco igual, pero sumándole un sarcasmo bizarro que les ponía los pelos de punta a todos.

Desayunaron en silencio (picotearon la fruta, bebieron diminutos sorbos del jugo de naranja y comenzaron a separar las hojuelas de maíz por tamaños y grosores), Mokona parecía ser la única que disfrutaba de su comida, como eso solía ser el preludio de una pregunta que exaltaba a la pareja de la casa, los tres hombres se prepararon:

—¿Qué nombre le pondrán a su bebé? —saltó la diminuta criatura, empinándose el vaso de jugo contra la boca. Fai y Kurogane intercambiaron sendas miradas que claramente querían decir "¿La ahorcas tú o lo hago yo?".

Syaoran pareció querer meterse debajo del mantel: tenia un limite de tolerancia ante comportamientos extraños y aquellos dos (A Mokona la había superado hace mucho) ya lo estaban cansando.

Fai quiso recuperar el hilo de la conversación, pero quedaba más que claro que las cosas no le estaban yendo muy bien, pues sus manos aferraban el mantel con fuerza, como si se imaginara que era el cuello de Mokona.

—No lo hemos pensando. Ni siquiera sabemos si será niño o si será niña. ¿Qué prefieres tú, Kuro-sama? —hablaba con sonsonete, como el personaje de una caricatura.

Kurogane se aclaró la garganta y habló con una voz peculiarmente aguada para su común timbre de voz.

—No lo sé. Tal vez un varón.

Fai apretó aún más el mantel. Tenia la cara verde otra vez.

—Sí, un niño sería agradable. Pero tal vez se parecería mucho a Kuro-sama. Una niña sería más bonita.

—¿Y si fueran gemelos?

Syaoran tuvo que apresurarse a retirar a Mokona de la mesa porque Fai le tiró un puñetazo.

Durante toda la mañana, ningún cliente pasó por la pastelería que atendía el mago porque se habían corrido los rumores de que había estado lanzando muffins a todos aquellos que se los pidieran "con mala cara", así que estuvo toda la mañana colgado del mostrador, siguiendo el movimiento de volutas de polvo con la mirada.

Mokona había ido a trabajar con Syaoran y Kurogane para prevenir un nuevo ataque de parte del mago, que había jurado y perjurado que su intención no había sido golpearla (cosa que había evitado el joven Syaoran), sino darle una palmadita dulce en la cabeza.

Kurogane tenia razón, ese nunca había sido su comportamiento habitual. Ni siquiera cuando estaba en Celes o en Valeria, en donde verdaderamente tenía motivos para enojarse. Pero no había podido evitarlo: ni romper cosas, ni gritar ni ponerse a llorar como el niño a quien Santa Claus no le ha dejado los regalos correctos en navidad. ¿Qué diablos le estaba ocurriendo? Esa parecía ser la posible pregunta recurrente que lo aquejaría a partir de ese momento.

Todo iría bien si fuera una mujer. Las mujeres pueden embarazarse libremente y nadie les dice nada si se ponen a llorar o a romper un par de cosas.

Mejor dicho, todo iría muchísimo mejor si fuera un hombre, porque, si los hombres lloran, pueden soltar puñetazos sin compromisos cuando se burlan de ellos.

El problema era que en esos momentos no tenía una sola idea de qué se suponía qué era. Y eso sí que era estar jodido.

Lo peor de todo era que Kurogane parecía haberle ofrecido la mejor de todas las soluciones (porque él, preocupado como estaba, no podía pensar de manera correcta y refutarle esas descabelladas ideas). Era sólo que fingir esperar con cariño la llegada de un crío era tan…

Se sentó en el suelo y se alcanzó uno de los muffins con relleno de chocolate que le había lanzado a un cliente (que, para su suerte, había huido a tiempo), le dio una mordida y se lo acabó con otras dos. Estaban tan buenos. No se privó del privilegio de comerse otro… y otro… otro más… ¿qué tal un pastel? ¿Sería cierto que tenia antojos? ¿O sería que quería llenarse el cuerpo de azúcar para no pensar que se llenaría de otras cosas?

No le importó y fue a saquear el mostrador de pasteles recién decorados con flores de caramelo violeta.

Cuando Kurogane llegó a la casa en compañía de Syaoran y Mokona, no la encontró patas arriba como el día anterior, sino que todo estaba pulcramente ordenado y limpio. Todo en su sitio. Fai no estaba ahí, pero era obvio que todo aquello era obra suya, a lo mejor como muestra de disculpa por lo que había hecho el día anterior y lo que había intentado hacer durante la mañana.

Sobre la mesa de la sala había un montón de caramelos ácidos, galletas saladas y rebanadas de pastel de todos los tamaños y sabores a medio comer. Parecía que Fai había preparado también chocolate caliente y se había hecho con demasiadas latas de soda.

Kurogane pensó que hubiera sido mejor que destruyera todas las cosas de la sala otra vez. No quería ni hacerse una idea de lo que le estaba pasando al mago por la cabeza esta vez.

—¡Fai-san! —Exclamó Syaoran, dejando a Mokona sobre la mesa, al lado de los dulces y los pasteles—, ¡ya hemos vuelto!

Escucharon una puerta abriéndose en el piso superior y más pasos de los que deberían ser. Cuando Fai apareció en el salón por medio de la escalera de caracol, una mujer bajita, de pelo castaño y sonrisa bonachona apareció detrás de él. Llevaban en los brazos un montón de catálogos.

—Oh, Syaoran-kun, Kuro-sama, les presentó a nuestra vecina la señora… a nuestra vecina —soltó una sonrisa cantarina que a los otros dos les heló la sangre mientras la mujer le daba unas palmaditas en la espalda al mago y murmuraba "Que pillo". Pero a Kurogane le parecía que Fai era poco más que "sólo un pillo" —, da la casualidad de que ella vende artículos para bebé —abrió un catálogo y les mostró un montón de cunas con todo tipo de diseños, colores y aspectos—, ya le he pedido la cuna.

Entonces, la vecina los observó como si acabara de percatarse de algo evidente.

—Chicos, ¿y la muchacha? Ahora que recuerdo, ustedes tres viven solos, ¿no es así?

Fai la guió hasta la puerta con nobles empujones, pero quedándose con la mayoría de los catálogos.

—Kuro-sama, ven y dime cuál te gusta más, aún podemos pedirle otra —se recargó sobre la mesa, apartando los dulces y comenzó a observar los catálogos, hoja por hoja, con displicente jovialidad. Kurogane y Syaoran no se movieron de su sitio.

—¿Y yo por qué?

—Porque, obviamente, Kuro-papi la va a pagar.

—¡¿Y yo por qué?!

—Syaoran-kun, si tú también quieres algo, sólo pídelo, tus papis te lo van a comprar.

—¿Mis…? ¿Qué?

—¡Mokona quiere un sonajero! —exclamó la pequeña criatura desde su sitio.

Fai la ignoró.

Kurogane lo observó con claros signos de preocupación. Se acercó a él y le puso la palma de su mano sobre la frente, angustiado.

—Te has vuelto loco. Es decir, no es como si antes no lo estuvieras, sólo que ahora se te nota más. Yo… ¿puedo hacer algo por ti? ¿Quieres ir otra vez al médico?… ¡Te has vuelto loco!

Fai le dio una palmadita amable en los pectorales, pero, a pesar de eso, Kurogane salió despedido un par de metros hacia atrás, impactándose contra el alfeizar de la ventana que daba hacia el patio delantero.

—¡Por supuesto que no! —y comenzó a reír.

Una risa fría y escalofriante que recordaba a las películas de terror del cine ochentero. Tomó los catálogos y fue de nuevo a su habitación.

Kurogane, Syaoran y Mokona guardaron un silencio gélido. Tan gélido como lo había estado la cara de Fai todo ese tiempo a pesar de la sonrisa falsa.

—¿Y si viajamos a otro mundo ahora mismo y lo dejamos aquí? —Masculló, para sorpresa de todos, hasta de él mismo, Syaoran—, es que ya no me preocupan tanto los clones.