Katniss se encogió ante la mirada penetrante de Peeta. Miró hacia la dirección donde los ojos de su esposo se fijaban, e hizo una mueca al ver las manchas de sangre en sus muslos. Él le apretó el hombro.
– Quédate acostada. Tengo que cuidar de tí primero.
– ¡No! – Exclamó ella parpadeando. El calor la recorrió de la cabeza a los pies.
– Sí, Katniss – Replicó él. – Yo te he hecho daño y voy a ocuparme de ti.
Katniss retuvo el aliento, observándolo caminar a grandes zancadas hacia la jarra y el cuenco de estaban encima de la mesa que apoyada contra la pared. Katniss había visto entrenar a muchos guerreros, había cuidado de su marido enfermo durante la larga primavera anterior a su muerte, sabía como se seducían los hombres y las mujeres. Pero nunca había visto uno con el poder y la belleza de este líder vikingo.
Ella había memorizado la forma de su espalda anteriormente. Ahora, mirando sus piernas, sus ojos se fijaron en los poderosos muslos que se tensaban cuando caminaba. Katniss se lamió los labios cuando divisó las marcas rojas de sus uñas en su espalda.
Un escalofrío se deslizó por su pecho. Tocando los cordones de su vestido, logró encontrar tres enteros y los ató juntos. Aunque la seda tenía una raja en el medio, sus pechos estaban cubiertos y levantando la vista, lo encontró agachado junto al fuego con un paño en la mano. Su saco colgaba debajo de sus nalgas.
Cuando Peeta se puso de pie y se volvió, ella abrió la boca y comprendió la causa de su incomodidad inicial, cuando su marido llenó su vagina. Su pene sobresalía orgulloso y erecto desde un nido de rizos oscuros, con una corona lisa y roja y una pequeña abertura brillante y húmeda. Fascinada por su miembro, que se balanceaba al caminar, Katniss obedeció sin dudar su orden de extender las piernas. Cuando Peeta se sentó en el colchón, ella notó su sangre en él y le dijo.
– ¿Y quién cuidará de ti?
Él se rió y su risa expandió, rasgando el silencio de la habitación. Levantándole la barbilla con un dedo, Peeta la obligó a apartar la mirada de su sexo.
– Será un placer para mí si tú deseas hacerlo, esposa.
Katniss sabía que había enrojecido y sus ojos se abrieron cuando él presionó un paño húmedo sobre su montículo.
– Está caliente.
– No. Eres tú que estás ardiendo. – Ella frunció el ceño y apretó los labios. – Es una broma obscena, Katniss.
La tela estaba demasiado caliente, y Katniss suspiró por el placer de tener a alguien cuidando de ella para variar. Sus músculos se relajaron y se hundió todavía más en el colchón de paja. Una broma obscena... Ella estudió su rostro. ¿Las arrugas en las esquinas de sus ojos significaban que reía a menudo? Según su experiencia, las sonrisas no eran muy comunes en los labios de los guerreros. Peeta había sido paciente, no la había golpeado cuando descubrió que aun era virgen y ahora limpiaba su cuerpo. La esperanza volvió a crecer en ella haciendo que su corazón se acelerara.
Él le traería a sus hijos, y era maravillosamente fácil estar caliente y dispuesta en su cama.
Tengo que encontrar otras maneras de agradarlo. Si no fuera por Helga, podría ser feliz aquí.
Cuando Peeta le bajó la falda y se puso de pie, Katniss se levantó detrás de él.
– No – Dijo él girandose. – Katniss, te duele...
– Fue sólo un momento. Estoy dolorida, pero no me has herido.
Katniss tomó el paño de sus mano.
– Es mi turno de cuidarte, mi señor.
Él le cogió la cara y la miró a los ojos.
– ¿Estás segura?
– Sí – Respondió ella, sin poder contener una sonrisa. – Estoy bien, mi señor.
– Peeta. Mi nombre es Peeta.
– Estoy segura, Peeta.
Katniss mojó en el cuenco el paño y lo retorció copiando los movimientos de Peeta, mientras sus labios se curvaban hacia arriba, cuando él se dejó caer en el colchón y una ola de partículas de polvo se extendió a la luz de las velas. Con la cabeza apoyada en sus manos, él estiró sus largas piernas, y sonrió cuando la pilló mirándolo. Katniss fue hasta el fuego, se inclinó, y acercó el paño, manteniéndolo lejos de las chispas.
La excitación mezclada con una pizca de miedo volvía sus dedos temblorosos, y estuvo a punto de dejar caer el paño húmedo en las llamas.
¿Cuando me lo preguntará?¿Debería decirle todo? ¿Me abandonará despues?
Tragando saliva, se levantó y se acercó a la cama, el suave sonido de sus botas, fue silenciado por las pieles que se extendían por el suelo de madera. Su valor flaqueó cuando se sentó en el colchón, y mantuvo los ojos fijos en sus musculosos brazos.
– Adelante, Katniss, puedes empezar. – Dijo con voz suave.
Él le rodeó la muñeca y llevó su mano hasta su sexo, enrollando sus dedos alrededor de su rígida erección. Katniss miró sus manos unidas. Su pene saltó con su toque y poco a poco, suavemente, le limpió la sangre. Su sexo pulsó una, dos veces, contra la mano de Katniss y ella exclamó.
– ¡Se mueve solo!
– Si, lo hace a menudo – Él afirmó tomando el paño de su mano. – Suficiente esposa. No puedo soportar que me limpies más. Eres muy suave, pero mi estómago está rugiendo. Vamos a comer.
Peeta se puso los pantalones, sin molestarse en ponerse las botas o una túnica, y después de que Katniss terminó de enderezar su arrugado vestido, insistió en llevarla en brazos a la habitación principal. Katniss descubrió que le gustaba estar en sus brazos. Su nariz tocó el pecho de Peeta, haciendo que el suave vello le hiciera cosquillas en la punta. Él olía al humo del fuego, y ella no pudo resistirse a inhalar profundamente, bajando los párpados mientras saboreaba la fuerza de su abrazo, la seguridad y el calor que Peeta irradiaba.
Peeta la sentó en la silla que había ocupado antes. El fuego de la sala se había apagado y las brasas brillaban en tonos rubí. Ella se estremeció y se abrazó a sí misma.
– Otra vez tienes frío. – Dijo Peeta mientras se acercaba al fuego. – El clima es más suave en Cumbria que aquí en Stjórardalr.
– Ya me acostumbraré. – Contestó Katniss irguiendose en la silla de respaldo alto. – No me estoy quejando.
Katniss no entendía cómo él no sentía el frío de la habitación, desnudo como estaba excepto por los pantalones de lana. Ella lo observó arrojar troncos en las brasas de la chimenea y revolver hasta que las llamas surgieron. Los troncos de pino al quemarse desprendían un delicioso aroma en el aire.
Ella miró al banco donde estaba la jarra de vino y divisó una bandeja en un extremo. Inmediatamente, se levantó.
– ¿Es la comida de la que hablabas, mi señor? – preguntó Katniss, levantando la bandeja.
– Sí – respondió él, poniendo el atizador con el que había movido la leña en la repisa de la chimenea de piedra y se acercandose a ella. Tomando la bandeja de sus manos, Peeta la colocó en una esquina de la mesa. Luego levantó a Katniss del suelo, se sentó en una silla, y la puso en su regazo.
– ¿Te gustan las aves, Katniss?
– Sí – Respondió ella, tratando de no moverse o contornearse, ya que nunca antes se había sentado en el regazo de un hombre y era muy consciente de su abultada polla empujando contra sus nalgas. Peeta le puso en los labios una copa de vino.
– Bebe – Le ordenó.
Obedeciendole, Katniss bebió un trago de vino dulce. Su corazón latía como los tambores de guerra. Tensa bajo su intenso escrutinio, algunas gotas de vino se derramaron por su barbilla.
Peeta aprovechó esa oportunidad, su lengua lamió el vino de su piel y la caricia le envió un escalofrío por toda su columna.
Después Peeta le acercó un pedazo de ave a la boca.
– ¡Ábrela!
Katniss miró nerviosamente hacia la silla del otro lado con anhelo, pero al final abrió sus labios y tomó la comida que le ofrecía.
– Te casaste con el Conde de Northman hace cuatro inviernos. – Comentó él partiendo una zanahoria y una naranja por la mitad. – ¿Cómo es que has llegado virgen a mí?
Sorprendida, ella se apartó un poco con la mente dandole vueltas y notando el calor que le subía al rostro. La verdad salió finalmente de sus labios.
– Hadrain no podía... Le sucedió algo hace 10 veranos y su hombría ya no se pudo levantar más.
– El matrimonio nunca se consumó – Afirmó Peeta, entrecerrando los ojos. – ¿Por qué te casaste, entonces?
Katniss fijó su su mirada en sus manos.
– Mi padre y Hadrain se criaron juntos y eran grandes amigos. Mi padre murió cuando el Rey Malcolm reclamó Northumbria. Hadrain descubrió que el Conde de Northman pretendía enviar una petición al Rey para pedir mi mano en matrimonio. Nos casamos antes de que el mensajero partiera a la corte del Rey.
Peeta frunció el ceño, sus negras cejas se juntaron.
– Conozco al Conde Gale de Northman. Sus tierras están cerca de las tuyas y de las de Hadrain.
Ella asintió con la cabeza.
– Hadrain no le tenía mucha simpatía a Gale, pero no podía negarle una habitación o una comida cuando el visitaba Cumbria. – Katniss estudió sus uñas cortas. – Sigrid es un hombre lascivo. Él tomó a mi doncella, Madge, y la llevó a su cama. No estuvo con él voluntariamente.
Alzándole la barbilla, Peeta la obligó a encontrar su mirada. – ¿Los niños son de ella?
– Sí – susurró Katniss. – Madge murió en el parto.
– ¿Por qué Hadrain reconoció a los niños como si fueran suyos?
– Los hijos del primer matrimonio de Hadrain murieron en la batalla, junto con mi padre, dejándolo sin herederos vivos. Él temía que Gale se hiciese con el control de sus tierras y de mí después de su muerte. Madge estaba embarazada de Gale y Hadrain pensó que eso sería una buena manera de mantenerme a salvo.
Las lágrimas llenaron sus ojos al recordar la lucha de Madge durante el nacimiento de los gemelos y la larga enfermedad de Hadrain.
– Anunció que yo estaba embarazada y que necesitaba cuidados especiales. Y envió a Madge, a mi y a algunos sirvientes de confianza a sus tierras de Gales.
– ¿Quién conoce este secreto? – El severo arco de la boca de Peeta, hizo que su corazón saltase como un bufón de la corte entreteniendo a una multitud.
– Sólo viven dos personas que lo saben. El siervo que nos acompañó a Gales, Robyn Lancaster, y su esposa, Eileen. Son leales a mí. – Respondió Katniss en un tono apagado.
Peeta observó a la mujer que había deseado desde hace dos estaciones. Un jarl tenía que ser capaz de discernir la verdad de la mentira, y él había liderado a su pueblo durante muchos años para no notar sus manos temblorosas o el rápido pulso de su garganta. Katniss le estaba contando sólo una parte de la historia.
Katniss no sabía que Gale había sido su rival en la petición de su mano. Peeta había pasado una temporada completa en la corte del Rey Haymitch para influir en la decisión del Rey a su favor. Si Gale descubriese la verdad, reclamaría no sólo a sus hijos, sino también a Katniss.
Incluso las sábanas ensangrentadas de esta noche no convencerian a nadie de que él había tomado su virginidad, ya que Katniss había reclamado a los niños como suyos, tres inviernos atrás.
– Voy a traer aquí a ese sirviente y a su esposa. – Afirmó Peeta – Mi administrador es viejo y necesito encontrar un sustituto pronto. – Él alisó las arrugas de la frente de Katniss. – No te preocupes Katniss, todo va a salir bien. – En realidad, sus mentiras le suministraban una buena razón para que ella se quedara allí, ese secreto la ligaba a él. – Gale y yo no somos aliados, y él no tiene ninguna razón para desviarse tan hacia el norte. – Partiendo un pedazo de perdiz, añadió. – Y si nuestra unión funciona, no es necesario que me acompañes a la corte de Haymitch.
El miedo llenó los ojos de ella, ampliando sus pupilas oscuras y profundizado los círculos verdes, recordándole a un prado.
– ¿Qué te preocupa?
– ¿Vas a enviar a mis hijos de vuelta? – La voz de Katniss vaciló, desviando la mirada hacia otro lado.
– No – Respondió él poniendole un trozo de comida en sus labios. Su erección se hinchó cuando ella lamió una gota de vino que amenazaba con caer por su barbilla. – Los criaremos como si fueran nuestros hijos.
Dándole una mirada de reojo, ella terminó de masticar y tragar.
– Te lo agradezco, mi señor.
– Peeta, Katniss – Le recordó él, más centrado en la palidez de la joven que en la mención de que serían padres. Cortando una rodaja gruesa de queso la partió en dos y la alimentó con un pedazo pequeño, mientras reflexionaba sobre la reacción de Katniss. Sus párpados se entrecerraron mientras ella masticaba.
– Es delicioso – Dijo ella después de tragar. – Nunca he probado un queso de este tipo antes.
– Es de Verona. Lo compré en los mercados de allí – Explicó Peeta incapaz de apartar los ojos de su boca, de color rojo brillante, cuando Katniss se lamió los labios.
Su saco se hinchó, tenso, y el hambre de su estómago desapareció cuando una idea le rondó por la mente.
– ¿Sabes nadar?
Ella parpadeó.
– Como una trucha – Respondió, con los ojos brillantes y sus labios curvándose. – Mis hijos también. Es mi secreto para pasar el tiempo cuando el sol calienta demasiado.
Peeta sonrió, empujó su silla hacia atrás y se puso de pie, sosteniéndola en sus brazos.
– Mis hermanos llegaran pronto, y celebraremos nuestra boda con una fiesta. – Dijo Peeta caminando a traves del cuarto.
– ¿Tienes más, además de Ruard y el que está trayendo a los niños?
– Sí. Cuatro en total. Ruard, Magnus, Njal y Jarvik, que es el que trae a los gemelos. – Peeta extendió una mano para abrir la puerta trasera de su cabaña.
– ¿Annie es tu única hermana?
Al oír la ansiedad en su voz, él la miró mientras salía fuera de la cabaña.
– Ella es mi media hermana. ¡Gracias a Odin, que sólo tengo una!. Annie partirá pronto para casarse con su prometido.
Se anotó mentamente que tendría que averiguar cuál era el tratamiento que Helga le había dado a Katniss. Continuo caminando hacia su sala de baño privado, situada en la ladera de la montaña. Su aliento calentó su pecho cuando ella suspiró, y sus rígidos miembros se relajaron en sus brazos.
Sonriendo cuando Katniss jadeó al entrar en la cabaña de madera, Peeta encendió dos lámparas colgantes de piedra, dejándole ver la pila de leña al lado del pozo de piedra y la bandeja de hierro llena de piedras lisas. El vapor que se elevaba calentaba la estancia y Peeta deslizó a Katniss a lo largo de su cuerpo. Peeta se arrodilló, y le desató sus botas, quitándole las medias de color marfil y las ligas verdes, deleitandose con la vista de sus finos tobillos y recorriendo con los dedos la suave piel de sus piernas.
Ella suspiró y apoyó las manos en los hombros de Peeta, apretando más cuando repitió la caricia. Él reprimió una sonrisa mientras se levantaba y cogiéndole una mano se la llevó a sus labios, besándole cada uno de sus dedos, antes de preguntarle.
– ¿Te gusta?
– Es maravilloso – Murmuró ella, moviendo los dedos de los pies. – El suelo no tiene el frío del invierno.
– Ni el de la primavera. La poza es poco profunda en las orillas, pero más honda en el centro. – Peeta le explicó desatando los cordones de su vestido mientras hablaba, suspirando cuando sus pechos quedaron libres, con las puntas de sus pezones pidiendo por su boca.
– ¡Mía! – Cubriendo sus pechos con las manos, él los sopesó probando uno detras de otro. – Durante dos estaciones he soñado con esto.
– ¿Mi señor?
Peeta maldijo su lengua suelta.
– Te vi por casualidad cuando fui a la corte de Haymitch para negociar un rescate. – Ayudandola a desnudarse, continuó. – Fue entonces cuando supe que eras viuda y le pedí tu mano al Rey.
Sus ojos se volvieron tan grandes como los de una cierva. Ella negó con la cabeza.
– No nos conocimos, yo nunca me hubiera olvidado de ti.
– Estabas cuidando a Aelfgifu, la esposa del Rey. Pero es bueno saber que piensas que soy inolvidable.
Un tono rosa se apoderó de su cuello y sus mejillas cuando Peeta se bajó los pantalones y su polla saltó rígida.
– Es hora de cumplir con nuestro acuerdo, Katniss. Yo besaré tu herida y tú besarás la mía. Me temo que serán necesarios muchos besos antes de que cualquiera de nosotros esté curado.
Y levantándole la barbilla, posó su boca sobre la de ella y la besó profundamente.
