I.Como dos estrellas

Sí la vida se componía de sucesos nefastos y autodestructivos también se componía de eventos tan hermosos como miles nubes en el cielo en un día despejado. Draco sabía de esto, por eso cuando tocó la puerta de madera del apartamento de Harry, se propuso darle una nube de momentos felices que pudiera hacerlo olvidar sus amarguras.

— ¿Quieres café? — le interrogó el moreno cuando le ofreció a entrar. El dueño de las pupilas plateadas como el cielo lleno de constelaciones le asintió.

— ¿Tienes caramelo? — preguntó con voz suave, y con su vista fija en el tablón

Harry le sonrió. Y Draco sintió en su interior el estallido de miles de supernovas.

—Si no tuviera no te hubiese ofrecido.

Esta vez fue el turno de Draco de sonreír. Y él turno de Harry de sentir que su interior se volcaba cuando vio la resplandeciente sonrisa del más alto.

—Vamos a la playa Harry. Toma tu auto. El cielo estrellado en la playa debe de ser maravilloso— susurró con una sonrisa. Cuando observó la ceja alzada del moreno agregó —aquella vez no le tomamos atención al cielo.

Ninguno de los dos agregó nada más. Solo fueron hasta el auto y el moreno comenzó a conducir.

Cuando el más alto llegó al mar extendió sus brazos, cerró los ojos y aspiró el aroma que llegaba hasta sus fosas nasales.

Harry sintió la brisa marina golpear su rostro, pero no le importó. La paz que le transmitía el lugar más el rostro con facciones imperturbables de Draco, lo hacían rebosar de infinita alegría.

—Te amo— susurró. Era la primera vez que lo decía en voz alta. Y era suficiente para liberar el sentimiento que comenzaba a quemarle por dentro. Para su sorpresa el de irises consteladas le sonrió.

—También yo.

Y aquellas dos palabras lo hicieron tan inmensamente feliz que sintió que podía tocar el firmamento infinito con los dedos.

Estaba tan enamorado.

Y Draco estaba tan enamorado como él.

Llegó el momento del atardecer y el moreno observaba la emoción y el amor con la que el de ojos grises observaba el espectáculo natural. Y suspiró porque cada día reafirmaba que la belleza de Draco Malfoy no era de este mundo.

—Ya va a anochecer— espetó con la voz impregnada de emoción lo que hizo sonreír a Harry.

— ¿Quieres que sólo veamos las estrellas? — cuestionó con un toque de picardía en su tono de voz.

El otro lo miró frunciendo el ceño.

— ¿Te estás insinuando? — cuestionó divertido.

—Quisiera grabarme cada estrella, cada luna, cada planeta de esa piel blanca. No es un pecado.

Y contempló el cielo noctámbulo iluminado por miles de pequeños faros, y luego el oscuro mar. Y supo que Draco tenía razón. Era maravilloso.

Podía simplemente tratarse del cielo de noche. Pero para él era algo mucho más profundo. Iba aún más allá, sintió que el universo de alguna forma le demostraba que, si el destino existía el suyo está al lado de Draco.

— ¿Morirías por mi Draco?

Negó. Y antes de que el moreno pudiese sentirse mal por ello, el de irises consteladas comenzó a hablar.

—Viviría por ti. Morir es fácil en cambio la vida, no. Por ti dejaría de observar como mi vida pasa y comenzaría a vivir.

Harry sintió como su corazón galopeaba entre su cavidad con tanta fiereza que estaba seguro que tendría un ataque. Y permitió que Draco lo llevase a tocar las constelaciones más lejanas con solo rozar su piel.

Era noviembre y la locura por las fiestas de fin de año comenzaban a realizar su aparición. Los adornos, las luces. Y Draco parecía aún más emocionado que un niño pequeño.

—No. No lo entiendes, Harry. Navidad es mi época favorita del año debemos decorar este lugar— comentó con entusiasmo el mayor.

—Comprendo tu entusiasmo amor, pero aún no es diciembre.

—Tú no entiendes nada— murmuró entrecerrando los ojos. Harry rio, Draco le hacía tan bien. —Salgamos de aquí. Está anocheciendo, podemos ver el cielo cubrirse de estrellas y las casas de luces de colores.

Todo parecía indicar que Draco estaba viviendo. Todo parecía indicar que, aunque creía firmemente en el destino, comenzaba a tomar las riendas de su vida. Y como le dijo a Harry ese anochecer en el mar… empezaba a vivir.

— ¿Recuerdas cuándo te dije que a veces nosotros mismos debemos cubrir el cielo con estrellas? — preguntó posando sus ojos plata desde el cielo mínimamente estrellado a una de las casas que poseía un reno con luces de coloraciones cálidas.

Harry asintió con la vista puesta en el mismo lugar que el más alto.

—Llegaste a llenar mi cielo de estrellas.

Nunca, en sus veintiocho años de vida, una frase se había calado tan fuerte entre sus vísceras. Dicen que existen personas que marcarían el transcurso de la vida y Harry sabía que Draco sería esa persona que se tatuaría entre sus recuerdos hasta el lecho de su muerte.

Sabía, que si algo que tenía que agradecer era la llegada de aquella brillante nebulosa a su vida. Tenía claro que la vida era tan impredecible que podía tenerlo ahí junto a él observando la majestuosidad de las calles llenas de luces navideñas y al día siguiente desaparecer de su vida.

Draco creía fielmente en el destino y en qué las cosas no se debían forzar si algo debía pasar, lo haría tal y como estaba previsto. Para él la vida no era una ruta con un sinfín de eventos impredecibles todo estaba previamente dispuesto por algo mucho más grande que ellos mismos. Y, aunque el moreno creía que la vida era un sinfín de sucesos imprevistos… él creía en Draco y la inocencia que irradiaba de sus ojos claros.

Había oportunidades en qué aquel espacio finito que era la existencia de los seres vivos, los sorprendían con sucesos nefastos para premiarlos con eventos dichosos que marcarían para siempre el transcurso de los cometas. Para el pelinegro, aquel capitulo en su vida se traducía a la muerte de Cedric seguida a la llegada del rubio con ojos de estrella. Estaba tan enamorado de él que suponía que jamás había estado enamorado de Cedric, posiblemente después de Draco era difícil que alguien más pudiese entrar en su corazón con tanta facilidad.

Él era tan brillante, tan lleno de vida, era como polvo de estrellas que llegó hasta su órbita para hacerlo comprender que aún le faltaba un poco para ser una estrella brillante en el firmamento infinito.

—Somos polvo de estrellas— murmuró.

Draco negó con dulzura apretando la mano que mantenía unida a la de Harry.

—Somos más que polvo de estrellas… somos como dos estrellas. Estamos llenos de vida y brillamos en conjunto. Antes de conocerte era polvo de estrellas… ahora soy como una estrella.

El moreno asintió. Él creía que aún quedaba camino por recorrer para llegar a ser una estrella brillante en el cielo… para él aún eran polvo de estrellas. Pero creía en Draco Malfoy aún más de lo que creía en él mismo.

—Como dos estrellas.