Emma repitió tres platos a rebosar de macarrones. Comía con la misma agonía con la que se había tomado el desayuno. Mary Margaret y David la observaban con disimulo engullir cucharadas enteras.

—Puedes comer más lento, Emma —le dijo Mary Margaret dulcemente.

La niña, con la cuchara a medio camino de la boca, la miró casi avergonzada.

—Perdón —musitó, dejando la cuchara de nuevo en el plato.

—No pasa nada —la tranquilizó la mujer. —Nadie te va a quitar la comida, tranquila.

—Pero… —Emma miró a Henry, que estaba a su lado, con desconfianza.

Entonces Mary Margaret lo comprendió. Sí que le habían quitado la comida, y posiblemente más veces de las que le hubiera gustado pensar. Emma tenía miedo de volver a pasar hambre. Sintió como si le diesen un puñetazo en la boca del estómago. ¿Qué clase de adulto no se preocupaba de que una niña en pleno desarrollo comiese adecuadamente?

No hubo demasiada conversación el resto de la comida. Un par de veces intentó David que Emma les contase algo sobre ella, pero la niña se cerraba y se quedaba mirando fijamente el plato, así que decidieron no presionarla demasiado. A la hora de recoger, sin que nadie le dijese nada, la pequeña llevó su plato y sus cubiertos al fregadero. Mary Margaret vio como buscaba el paño para limpiarlo, y se adelantó a sus movimientos:

—No hace falta que lo friegues, hoy le toca a David.

—Yo sé hacerlo —repuso la niña. —Yo lo hago siempre.

—Pero hoy no hace falta —Mary Margaret le quitó el trapo de entre las manos. —Puedes irte al salón si quieres.

Emma se encogió de hombros pero le obedeció.

Mary Margaret terminó de recoger la mesa con la ayuda de Henry y luego dejó que David se encargase de la vajilla mientras ella volvía con su hija. Emma se había sentado de nuevo en el sofá, con el libro de cuentos, y pasaba las páginas observando las ilustraciones. Mary Margaret escrutó su perfil infantil con la mirada. La forma en la que fruncía el ceño, concretada. Su naricilla arrugada, la boca entreabierta.

—¿Te gusta ese libro?

—Ajá… —Emma asintió distraídamente con la cabeza. —Pero es un poco raro.

—Eso parece —sonrió Mary Margaret. —¿Qué estabas leyendo antes con Henry?

—La historia de Blancanieves. Pero era diferente —Emma pasó las páginas hasta llegar a la ilustración del Príncipe Azul despertando a la princesa. —Pero me gusta más. Esta Blancanieves es mejor.

—¿Tú crees? ¿Por qué? —Mary Margaret no pudo disimular una sonrisa bobalicona al escuchar aquello.

—Porque es una guerrera —explicó Emma. —Lucha con espalda, ¡eso es genial! Y hace un montón de cosas chulas. Es mejor que la princesa tonta.

—Sí, definitivamente es mejor —Intercambió una mirada cómplice con David, que desde el fregadero las miraba felizmente. —¿Sabes cómo sigue la historia? —Emma negó con la cabeza. —¿Quieres que te la lea?

—Bueno…

Y Mary Margaret le estuvo leyendo la historia de Blancanieves y el Príncipe, de todas sus aventuras. Henry, se había mantenido en un segundo plano, dejando a madre e hija solas en el salón y se había subido a terminar algunos deberes. David estaba en uno de los taburetes observando cómo se desarrollaba la escena, preguntándose si por algún asomo Emma era capaz de relacionar todo aquello con ella.

—¿Blancanieves tuvo un bebé?

—Eso es.

—Vaya… ¿y qué pasó después? —se interesó la niña, pasando las hojas del cuento. Pero sólo quedaban los restos de las páginas que Henry había arrancado hace mucho tiempo.

—Pues… —Mary Margaret y David se miraron. —Cómo Blancanieves no quería que la Reina Malvada le hiciese daño a su bebé, le dijo al Príncipe que la pusiese en el armario mágico para que se salvase.

—¿Y qué pasó? ¿Dónde fue?

—La niña llegó hasta otro mundo. El armario era un portal mágico.

—Oh —Emma abrió mucho los ojos. —¿Y nunca más vio a Blancanieves y al Príncipe?

—Sí, por supuesto que se volvieron a ver —la tranquilizó Mary Margaret. —Pero tuvieron que pasar muchos años.

—Entonces el bebé conoció a sus padres…

—Así es.

—Vaya…

Emma se quedó dubitativa, mirándose las manos. Mary Margaret la vio morderse el labio inferior y se dio cuenta entonces de que era un tic que tenía cada vez que algo no le encajaba, o no le gustaba, o simplemente se sentía incómoda. Con suavidad, la rozó la comisura de la boca con la yema del pulgar para que dejase de hacerlo.

—¿Qué te ocurre?

—El bebé de Blancanieves tiene suerte —musitó Emma. —A mí me dejaron en la carretera, cuando yo también era un bebé. Mamá Pickles me dijo que mi madre tenía que ser una pu…

—Esa mamá Pickles es una bocazas —zanjó Mary Margaret, ofendida.

—Bueno, la hija de Blancanieves y el Príncipe Azul tardó muchos años en saber la verdad, a lo mejor en un tiempo descubres algo bueno —la animó David desde la zona de la cocina.


A media tarde, cuando Mary Margaret estaba pensando que Emma iba a necesitar ropa más adecuada, Killian volvió al apartamento.

Aye, Regina tenía razón —dijo nada más entrar.

A ninguno de los adultos se le pasó por alto su expresión compungida. David quería, por todos los medios, que Emma no se enterase de lo que estaba pasando. No sabía hasta qué punto la confundiría, y ya era lo suficientemente vulnerable como para exponerla a algo así. Por suerte, Killian era lo bastante avispado como para darse cuenta de ello.

—Hola, Swan —saludó a la pequeña, acariciándole la cabeza.

—Hola, señor —respondió la niña precavidamente.

Aye, no hace falta que me llames señor. Con Garf… Killian va bien —se corrigió en el acto.

—Vale, señ… Killian —Emma esbozó una sonrisita.

—Lo único útil que Belle y yo hemos encontrado —dijo, dirigiéndose a David y Mary Margaret: —es que el tiempo pondrá todo en su lugar. Sólo hay que esperar que se pase el efecto.

David y Mary Margaret suspiraron aliviados al saber que la Emma adulta volvería al cabo de unos días. Pero Killian tampoco supo decirles con exactitud cuántos, así que Mary Margaret pensó que definitivamente necesitaba conseguirle prendas a Emma. Cómo sabía que su hija nunca le perdonaría si la llevaba de paseo por Storybrooke en aquellas condiciones –aunque le hubiera encantado poder llevarla de la mano por las calles del pueblo –la dejó en el apartamento con David y Killian. Henry la acompañaría, seguro de que sería divertido comprarle cosas a su madre.

Emma llevaba un buen rato observando la mano de Killian, o mejor dicho, el lugar que debería haber ocupado la mano de Killian. Lo intentaba hacer disimuladamente, pero sus ojitos verdes estaban clavados en el muñón. El pirata esbozó una sonrisa.

—Un cocodrilo se la llevó —le dijo con sorna, aunque David arqueó una ceja al oírle.

—Como al capitán Garfio —dijo la niña con una sonrisita.

—¿Tengo yo pinta de pirata?

Emma estudio al hombre. Tenía que ser igual de mayor que David. El pelo oscuro, corto y desordenado. Unos ojos muy azules que la miraban divertidos. Una sonrisa ladeada que en cierto modo le gustaba.

—Te falta el bigote, y el pelo largo —bromeó. —Y el garfio.

Killian se dio un golpecito en la sien, como si se hubiese olvidado de algo.

—Por supuesto, el garfio. ¿Crees que podría conseguir uno?

Emma se encogió de hombros y miró a David en busca de ayuda. El hombre, que estaba preparando tres tazas de chocolate caliente dijo:

—No le eches cuenta, Emma. Killian está loco.

—¿Te parezco yo un loco?

—Un poquito —respondió Emma con una carcajada, tan sincera y despreocupada, que los dos hombres sonrieron.

—Aquí traigo chocolate caliente, con nata y canela para Emma —David dejó una bandeja con las bebidas en la mesita del salón.

—¿Cómo sabes que me gusta así? —se sorprendió Emma.

—Yo sé muchas cosas sobre ti.


Mary Margaret intentó ser razonable, pero el hecho de verse rodeada de un montón de ropita de niña la emocionaba en cierto modo. Sabía que no era precisamente algo que hubiera podido haber hecho en el Bosque Encantado, por lo que no debería ser una de las cosas que tendría que echar de menos de la infancia de Emma. Habría tenido vestidos a medidas, pero no un centro comercial donde comprarle vaqueritos, ni vestidos con flores.

Cogió un par de vaqueros sencillos –sabiendo que Emma no era el tipo de niña coqueta que quisiese cosas femeninas –y varias camisetas básicas, también un jersey y un par de zapatillas, además de ropa interior y un pijama. Lo pagó todo intentando ignorar la mirada curiosa de la dependienta. No hacía mucho que había ido por ropa de bebé para Neal, y era perfectamente conocido por todo el pueblo que la única hija que tenía era ya una mujer adulta. No por nada era, a fin de cuenta, la reina.

—Abuela…

—¿Sí?

Iban camino del apartamento, cargados con las bolsas de la compra. Henry se había parado frente a un escaparate, la juguetería como se fijó Mary Margaret. Creyó que su nieto iba a pedirle algún capricho, y se dijo a si misma que no le haría mal. Tenía doce años, seguía siendo un niño y nunca pedía nada. Podía darle aquel antojo. Pero la respuesta de Henry la sorprendió:

—¿Crees que podríamos llevarle algo a mi madre? En casa no hay nada para ella. Están mis videojuegos y los muñecos para bebé de Neal, pero nada para ella.

—Oh, Henry —Mary Margaret se llevó una mano al pecho, conmovida. —Me parece una idea estupenda.

Pasaron un buen rato dando vueltas por entre las estanterías, decidiendo qué podía gustarle a la pequeña Emma. Las muñecas quedaron descartadas muy pronto, aunque Mary Margaret no se resistió a un pequeño peluche de unicornio. Le recordaba al móvil que una vez había colgado de la cuna que Emma nunca ocupó. Henry apareció con un par de puzles y un libro para colorear, y algo parecido a un juego de construcciones.

—He pensado que algo de esto le gustará.

—Llevémosle todo —Mary Margaret le guiñó un ojo. —Neal podrá usarlos en un futuro.

—¡Genial!


Cuando regresaron a casa, Killian estaba preparándose para irse. Le ofrecieron quedarse a cenar, pero el pirata declinó la invitación amablemente. Regina había llamado a media tarde para confirmar lo que todos ya sabían, y luego había hablado con Henry para quedar que al día siguiente, iría a por al colegio y luego comerían en su casa.

—¡Mira, Emma, todo lo que te hemos traído! —Henry corrió a enseñarle los nuevos juguetes, y cuando sacó la caja con las piezas de construcciones, los ojos de la niña se iluminaron.

—¿Esto es para mí? —miró a Mary Margaret, que estaba dejando las bolsas sobre la mesa del comedor, sin poder creérselo.

—Y esto también —le acercó a la niña el resto de los juguetes, que la pequeña recibió sin salir de su asombro. Cuando sacó el peluche de la bolsa, la mujer vio anonadada como una lágrima furtiva asomaba por el lacrimal de la pequeña. —Eh, está bien —le dijo, limpiándole la majilla con el dedo.

—Gra-gracias —tartamudeó la niña, mirando sus nuevos juegos. —Muchas gracias.

Emma y Henry estuvieron lo que quedaba de tarde entretenidos con los puzles, mientras que Mary Margaret llamaba a una profesora suplente para que se encargase de su clase al día siguiente –no podía ni quería dejar a Emma con otra persona –y David terminaba algo de papeleo de la estación. Neal, en su sillita portátil, hacía ruiditos alegremente.

Sobre las ocho y media, mientras David preparaba sándwiches de queso para cenar, Mary Margaret llamó a Emma para que fuese a su habitación a ver la ropa que le había comprado.

—Mira, aquí tienes pantalones y camisetas. Y toma, pensé que te vendría bien un pijama —se lo tendió para que lo cogiese.

—Muchas gracias —repitió la niña por enésima vez esa tarde.

—No hay de qué, Emma. Luego subiré a colocar la ropa, pero por ahora te puedes poner el pijama, antes de cenar, ¿bien?

Emma asintió con la cabeza y comenzó a desnudarse. Mary Margaret mientras dobló bien las camisetas y la ropa interior, sin quitar un ojo de la niña. La pequeña dejó con cuidado el chándal de Henry sobre la cama de matrimonio. Mary Margaret volvió a ver su cuerpecito magullado, y decidió preguntar:

—Emma, ¿qué te ha pasado en los brazos? —le preguntó, mientras rodeaba la cama para estar más cerca de ella.

La niña retrocedió un paso hacia la mesita de noche y se puso rápidamente el pijama, pero los nervios le jugaron una mala pasada y dio un golpe a un vaso vació que Mary Margaret acostumbraba a dejar allí.

—¡Emma! —se asustó Mary Margaret.

—¡NO! —chilló la niña. —¡LO SIENTO! ¡NO ME PEGUES!

—Emma… —musitó Mary Margaret, con el corazón roto.

La pequeña había comenzado a temblar violentamente, y sus ojos se habían llenado de lágrimas de terror. Mary Margaret se apresuró a alzarla en brazos para que no se cortase con los trozos rotos, ya que iba descalza, pero la niña intentaba deshacerse de su agarre con ímpetu.

—¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡LO SIENTO!

—Emma, no pasa nada, Emma, mírame —Mary Margaret luchó contra la niña y la abrazó aún más fuerte contra su pecho, Emma seguía sacudiéndose descontroladamente, y ahora era sólo un lío de extremidades que se sacudían con fuerza, intentando huir.

¿Cuántas veces le habían pegado para que reaccionase de aquel modo? ¿A qué clase de barbaridades había estado expuesta su pequeña? Mary Margaret quería ir a donde fuese a pedir explicaciones, a buscar culpables. Quería encerrar en las mazmorras más lúgubres a todo aquel que alguna vez hubiera hecho sufrir a aquella niña inocente, pero a la vez, y con más fuerza, deseaba que Emma confiase en ella, que entendiese que jamás le pegaría. Que ella era diferente. Que era su madre y que sólo quería verla feliz y sonriente, como minutos antes en el salón.

—¡DAVID! —llamó cuando se dio cuenta de que ella sola no podría controlar la situación.

—Por favor, por favor, por favor, por favor —repetía incesante Emma contra su pecho. —No más, por favor.

Mary Margaret la apretó contra ella, y se meció adelante y atrás para calmarla. David llegó raudo; había oído los gritos y sobreentendía la situación. Todavía tenía el trapo de cocina al hombro.

—Aquí estas a salvo, Emma —le prometió Mary Margaret al oído.