El retrato de Dorian Gray
Si se presenta una idea a un inglés auténtico (lo que siempre es una imprudencia), nunca se le ocurre ni por lo más remoto pararse a pensar si la idea es verdadera o falsa. Lo único que considera importante es si el interesado cree lo que dice. Ahora bien, el valor de una idea no tiene nada que ver con la sinceridad de la persona que la expone.
Oscar Wilde, fragmento de "El retrato de Dorian Gray"
"Concentrarse. No sentir. Concentrarse. Respira hondo. No pienses. Concéntrate. No existes. No sueñes."
Albus recordó por un momento la primera vez que creó un autómata. Tomó una muñeca, la más grande de su hermana, y le encantó para que pudiera bailar. La muñeca bailó con gracia y eficiencia, sin importarle que su dueña, Arianne, en vez de mirarla se sentó en un rincón del cuarto para balbucear mientras acariciaba al sapo de la familia. La muñeca siguió su danza sin fin ni propósito, pues no era capaz de sentir la intención de sus actos por varios días, hasta que se rompió.
Ahora, él mismo se sentía así: no era más que un autómata, un muñeco insensible que actuaba tal cual debía hacerlo, cumplía con sus obligaciones de forma desapasionada y distanciada. Alguien (estaba seguro que no era él) se encargaba de reunir la fuerza suficiente para salir de la cama, hacer el desayuno y cuidar a Arianne de forma metódica y sin pausas. Albus de habría entregado a su propio dolor de no ser por su familia, por ella existía. Se había convertido en un ente sin voluntad ni sentimientos.
Se sentía vacío, seco. Incapaz de sentir placer alguno. Su corazón se había ido a quién sabe dónde y lo había dejado solo con el peso de su existencia. El único consuelo era no pensar, seguir así. Y la única forma de hacerlo era trabajar de día en la reconstrucción de la casa y pasar las noches sentado frente a una botella de whisky de fuego.
Mientras se recargaba en el piso de la sala (el único sitio de la planta baja que había logrado limpiar de hollín) miró hacia la pared. Colgado de nuevo en su lugar, el cuadro de Arianne miraba perdido hacia el infinito. Albus recordaba bien, pero se obligaba a no pensar en lo que había pasado durante el incendio. Sabía que si rompía el dique de sus recuerdos con ellos volverían el dolor y la culpa. NO. Era mejor quedarse así. En blanco.
La mirada perdida de la Arianne del cuadro se puso de perfil, buscando sin duda el camino al retrato de su madre. Al mismo tiempo, la puerta se abrió, y Arianne entró de sopetón con actitud de búsqueda. Después de mirar a ambos lados, reparó en la ausencia de mobiliario, miró a su hermano, y se volvió a su cuarto, desilusionada.
Dumbledore cerró los ojos de nuevo y mientras buscaba con urgencia la última botella que había en la casa repitió su mantra de los últimos días. "Concentrarse. No sentir. Concentrarse. Respira hondo. No pienses. Concéntrate. No existes. No sueñes."
Sin importar cuán aislado estuviera del mundo, Albus debía salir de vez en cuando a hacer las compras, así que decidió salir al pueblo para resurtirse. Ahora que se daba cuenta, estaba siguiendo los hábitos de su madre (tan despreciados en otro tiempo) al pie de la letra. No se detuvo mucho en la tienda de comestibles, y apenas y usó el tiempo necesario para comprar ingredientes para las pociones calmantes de su hermana. Subió a grandes zancadas por el empedrado que iba a su casa, cuando se detuvo de pronto frente a un pequeño local.
–¡Hola, Albus! –dijo una anciana que tejía desde el mostrador de la pequeña mercería– Saluda a tu madre, hace días que no la veo.
Ignorando el doble nudo que se hacía en su garganta, Albus se detuvo, y volvió sobre sus pasos para entrar.
Horas más tarde, se peleaba con el par de agujas y el manual básico de tejido de punto que acababa de comprar con la señora Chellew.
Albus caminó a paso marcial por el sendero que conducía hacia la casa de Bathilda. Iba a desgano, pero con el firme propósito de que mientras más pronto llegara, más rápido saldría de ahí. No iba por su gusto, era una orden tonta hecha por el señor Flamel.
–Me estás preocupando, muchacho –le había dijo en la mañana con su cabeza asomando a través de la chimenea– No pienso aceptar tu último artículo para Transformación Actual.
–¿Acaso está mal lo que escribí?
–En absoluto –el anciano miró con preocupación a Albus–. Sólo que creo que fuiste demasiado ortodoxo. Siempre traes ideas atrevidas e innovadoras. ¿Cómo decirlo? No estás en tu elemento.
–Bueno, renuncié a la plaza que me ofrecían en el laboratorio del Ministerio. Por ahora me limitaré al estudio teórico. Pero mi trabajo sigue siendo publicable, ¿no es así?
–El problema no es la calidad –sentenció Flamel– Déjale las viejas ideas a los viejos como yo. Date un tiempo para pensar las cosas, no olvides que ahora eres un joven. Eso no cambia aunque haya muerto tu madre.
De pronto, el rostro de Nicolás Flamel, se suevizó, así como su voz.
–Sé que ha sido duro, Albus. No intentes ocultar eso.
–Mi vida personal no tiene porqué…
–Se cuán profesional eres, muchacho. Pero cuando pasa algo así necesitas tiempo para aceptar lo ocurrido. Yo mismo he perdido a tanta gente… no te cierres muchacho, o la herida sanará mal. Bathilda me ha dicho que está hospedando a su sobrino, ¿por qué no los visitas?
Albus bajo la mirada. Era difícil negarse al viejo y querido Flamel, pero no quería concederse ni un segundo de relajamiento. Sentía que si lo hacía, sus emociones volverían y se desmoronaría.
–Estoy atrapado. No puedo seguir aspirando a las grandes cosas que soñé. Usted me ha dicho tantas veces lo capaz que soy, tengo una vida por delante. Pero también tengo responsabilidades. Quisiera hacer muchas cosas pero…
–Sin peros. Ve y habla con él un rato. Quiero ver que entiendas que la vida continúa.
Albus se quedó de pie, mirando desesperado hacia la chimenea mientras el rostro de Flamen desaparecía a través de la Vía Flu.
Bathilda parecía esperarlo. "Seguro el viejo le envió una lechuza" pensó para sí Albus. La casa estaba como siempre, llena de libros amontonados aquí y allá, había pergaminos antiguos y cuadros por todo el lugar mientras curiosos artilugios traídos de todos los rincones del mundo mágico estorbaban y saltaban a la vista entre el desorden general.
–Pasa, Albus, siéntete como en tu casa. Esta muy desordenado, ¿porqué no subes a la habitación de Gellert? Es la segunda a la derecha. Les llevaré té.
Albus hubiera preferido hablar con ella. No le agradaban mucho los chicos de su edad. Se la pasaban cotilleando sobre asuntos sin importancia y no solían entender las cosas que a él le interesaban. Tocó la puerta entrabierta.
–Pasa, tía –Gellert se encontraba sentado junto a la ventana, hojeando lo que parecía ser un libro infantil. Tardó unos segundos en alzar los ojos de su lectura y darse cuenta que quien entraba no era su tía, sino Dumbledore, pero cuando lo reconoció dejó de inmediato su lectura y estrechó su mano jovialmente–. Buenas tarrdes, Albus. ¡Me da mucho gusto que vinierras!
–Buenas tardes, er…
–Gellert Grindelwald –dijo, entusiasta–. Ya nos habíamos visto antes, ¿recuerdas? –Como si necesitara que le recordaran el entierro de su madre, pensó Albus–. He leído muchos de tus arrtículos. Son realmente fantásticos, en especial aquellos de transformación.
Albus se sorprendió de que alguien de su edad se interesara por sus publicaciones. De hecho el nombre le sonaba ligeramente familiar.
–¿Grindelwald? ¿Serás acaso hijo de G. Grindelvald, el que publica en Tränke und Macht*?
–¿Hijo? Nein**… YO soy G. Grindelwald.
–Increíble… eres demasiado joven…
Gellert fingió ofenderse
–Ya tengo 16 años. Además, ¿acaso no eres tú muy joven también?
Dumbledore rió. Algo que no había hecho en semanas.
–Cierto, también soy muy joven. En ese caso debes estar de vacaciones con tu tía, ¿cierto?
Esta vez, su interlocutor desvió la mirada.
–Podría decirrse… aunque no volverré a la escuela. Me… expulsaron.
–¿Porqué expulsarían a un genio como tú?
–¡Eso mismo me pregunto! –dijo Gellert con ímpetu– Esos viejos taimados, que ven en la innovación un puño de tonterrías, no quisierron que continuara mis investigaciones, pero, ¡Ja! No saben que ahorra puedo continuarr mis prropósitos desde otro lugarr…
Dumbledore miró con curiosidad a Grindelwald. El joven lucía una mirada brillante, afiebrada, ambiciosa. Le recordó un poco a su propia mirada cuando todavía construía los sueños quiméricos de gloria y libertad.
–¿Y qué clase de investigación estás realizando?
Gellert miró a Albus, como juzgándolo. Y luego, con un relámpago de complicidad, susurró.
–Una búsqueda. Busco a las tres Reliquias de la Muerte.
–¿Reliquias de la Muerte?
Gellert tomó el libro que había estado leyendo. Cuando Albus lo observó con detenimiento se dio cuenta que era muy, muy antiguo, y que estaba escrito con runas.
–¿Los cuentos de Beedle el Bardo? Claro que los conozco. Pero esta edición es muy especial… escrita en runas, debe ser una versión académica.
–Lo es. Supongo que conoces el cuento de los Tres Hermanos… ¿Qué dirías si te dijera que esas tres herramientas mágicas, la capa, la piedra y la varita, fueran reales?
–¿Reales? Bueno, sé que estaban basados en una antigua leyenda, pero de ahí a que todavía existan…
–Si, Albus. Tengo evidencia –dicho esto sacó un fajo de antiguos pergaminos, eran cartas escritas entre los hermanos Peverell– de que esos artículos existen en realidad. Piensa en las posibilidades. Juntos, un par de Amos de la Muerte ¡un par de jóvenes magos podría cambiar el mundo! Nosotrros mismos crearríamos las reglas del mundo mágico… no, más bien, ¡las reglas de todo el mundo!
–¿Cambiar las reglas? Bueno, pero habría quien se oponga… los demás, todos querrían tenerlas…
–¿Quiénes son los demás? ¿Qué es lo aquello y que es lo nuestro? ¿Quiénes somos para separar y juntar lo existente? Para vivir sueños, romper similitudes, mezclar realidades ¿Quién forja los límites del mundo? Sólo los ambiciosos, Albus. Como tú y como yo.
Albus ya no escuchaba, recordaba mentalmente el cuento. La piedra que resucitaba a las muertos, eso es lo que querría. Su madre volvería, podría deshacer su error, y además liberarse de la responsabilidad de su hermana. La varita los haría invencibles, claro. Y la capa… bueno, el podía hacerse invisible por sus propios medios, tal vez pudiera dársela a Arianne…
–He localizado una de las reliquias, pero aún no me hago de ella –dijo Gellert, entusiasmado– Aún me falta la piedra y la capa. He venido porrque todo indica que la leyenda se inició aquí, en el Valle de Godric.
Dumbledore no cabía en sí de la emoción. Esa tarde volvió a su casa con el corazón ligero. Estaba seguro de que ahora había algo por lo que podía luchar, no sólo subsistir. Ahora entendía realmente lo que le había dicho Flamel. Aún era su tiempo, y no iba a dejar que se lo arrebataran. Subió a su recámara, sin saludar a sus hermanos, tomó pluma y pergamino y se puso a redactar una atrevida y locuaz idea para que la publicaran en el próximo tomo de Transformación Actual, y en la noche, soñó con su madre de vuelta a la vida.
En primer lugar, ¡Perdón por el retraso! En verdad, me costó mucho trabajo terminar este capítulo en parte por la escuela y en parte porque la inspiración se me fue de improviso.
Gracias a ChabeMica una vez más por sus atinados consejos, y a mi novio, Miembro Honorario de la Gran Nacademia de Fics y Caballero de la Orden de Merlín, clase platino, por echarme porras cuando mi nivel de "inspirancia" cayó por los suelos.
Esta parte la tuve que empezar una y otra vez (tres veces en total), pero espero que el resultado les guste.
Frases en alemán:
*Pociones y Poder
**No
