Primera vez
Ella era Pansy Parkinson. Una curiosa adolescente.
No sabía nada acerca de la pubertad. Sus padres no se habían molestado en explicarle en lo que esto consistía. No le habían dicho que en esa etapa atravesaría un montón de cambios físicos en el que su cuerpo de niña se convertiría en adolescente. Que esto se refería a los cambios corporales en la maduración sexual. Y cómo lo sabría, si nunca había escuchado nada parecido a eso; su madre no le hablaba de ese tipo de cosas. Y no existía nada parecido a Orientación Sexual en el mundo mágico.
Por eso lo tuvo que atravesar sola y asustada.
Notaba cómo aparecía vello indeseado donde antes no había nada: púbico, facial y corporal. También se sentía distinta por dentro y por fuera. Por dentro sentía cosas que no eran fáciles de explicar, sentía como si de pronto su cuerpo estuviera evolucionando. A veces se sentía hinchada, con dolores, rara y cambiante. Sus caderas se ensancharon, su cintura se estilizó, sus pechos comenzaban a sobresalir y pronto tuvo que dejar de usar los sujetadores de algodón por unos que brindaran verdadero soporte. Sus piernas se alargaron, sus pies también, su cuerpo también. Estuvo la menarquía, traumático episodio que implicó a algunas sanadoras de San Mungo y una larga clase de higiene.
Estaba creciendo.
Y Draco.
Oh, ella estaba asustada, pero ver a Draco atravesar por lo mismo que ella con tal estoicismo era tranquilizante. Se mostraba firme y eso era lo que le gustaba.
En él notó que le aparecía vello en las piernas y en los brazos. Notó esa línea de vello vertical que bajaba desde su ombligo hasta perderse dentro de sus pantalones. Lo observaba con curiosidad, observaba cómo se iban formando unos músculos que antes habían sido imperceptibles, cómo de un día para otro parecía más alto, cómo su voz iba de aguda a grave en las sílabas menos esperadas de algunas palabras, y cómo parecía que él empezaba a emitir un olor masculino que la atraía como una abeja a la miel.
Además, estaba este irrefrenable deseo que los embargaba a ambos cada vez que se besaban. Se sentían acalorados, ansiosos, anhelantes e insaciables. Cuando sus cuerpos se juntaban era como si una ola de calor los invadiera, porque de repente sólo un beso no era suficiente, porque juntos experimentaban el placer de una caricia, la emoción de lo desconocido.
Draco le había contado sobre unos sueños que lo asaltaban en medio de la noche, su intriga sobre lo que sentía en las mañanas y sus más íntimas pretensiones. Y ella no podía dejar de tocarlo. Por eso accedió. Por eso dejó que él la recostara en su cama y la besara de forma nada inocente. Así aprendió lo que era sentir. Aprendió con él que entregarse era una conexión que traspasaba cualquier barrera impuesta y que se sentía magnífico. Porque nunca tuvo miedo. Porque él la hizo sentir segura.
Y él. Oh, Merlín, él jamás se había comportado tan bien. No recordaba que fuera tan considerado y tan delicado a pesar de estar tan ansioso y asustado como ella. Él fue amable. Fue amable y la llenó de conscientes besos que le arrebataban los temores.
Ahí aprendió lo que era amar.
