Era exactamente un día perfecto. El clima agradaba, los cielos estaban despejados, y en el camino pudo darle caza a un par de conejos gordos. Además, se había aventurado hacia una parte del desierto que aún no había sido visitada en mucho tiempo, porque halló un templo donde habían varias armaduras para caballos, libros y una montura. Cuando bajó la tarde, se dirigió al poblado de aldeanos, donde le esperaba el aldeano jefe, un carnicero viejo pero fornido a sus años. Dicho viejo intentó disimular su interés por la montura.
-Je, veo que hoy tuviste suerte en tus andanzas. Se te nota en la cara.
-No tan así- dijo Benjamin aún alegre-, puede que a ustedes sólo le interesen los libros. Encontré también armaduras para caballos, pero creo que esas las regatearé con la gente de la ciudad.
En efecto, aquel era un pueblecito de paso, el que quedaba al medio de un desierto tan grande que era casi obligatorio para todo jugador hacer una parada en ese pueblo perdido.
-¿Y qué harás con la montura?- indagó el aldeano de delantal negro y hacha carnicera en mano. El muchacho no había notado que tenía la montura seleccionada, visible para todos.
-Ah, la montura... Creo que la conservaré.
-¿Estás seguro?- le dijo el viejo sonriendo-. Sabes que las monturas valen al menos cuatro o cinco veces más que las armaduras, y no querrás perderte ese dinero. Además, conozco a algunos aldeanos que pagarían más que un jugador por ella.
Benjamin se encogió de hombros. El aldeano hablaba del pueblo a ratos como si fuese un mercado negro, pero la verdad es que como no había ley, cada quien hacía lo que consideraba bueno bajo juicio propio, y naturalmente proliferaban los bandidos.
-Sí, estoy seguro. La voy a tener al menos por unos días hasta que decida si la voy a vender, cambiar o conservar.
-Eso espero- dijo el aldeano en voz gruesa y baja. El muchacho no pudo oírle.
-¿Eh? ¿Qué has dicho... ?
Pero el jefe ya se había marchado. Benjamin se sentó un rato. Había salido la luna y hacía algo de viento, pero pese a ello aún había gente en pie. Jugadores y aldeanos regateaban mercancía entregada por granjeros, soldados y cazadores de tesoros hasta altas horas de la noche. Y Benjamin a su corta edad era uno de ellos. Esporádicamente solía perderse por semanas hasta que aparecía en distintos pueblos intercambiando objetos, minerales e historias al fuego.
Se levantó conforme y se escabulló entre las calles estrechas del poblado hasta alcanzar el portal que daba al nether. Una vez estuvo allí echó a correr a través de un gran pasillo construido por todos que daba a distintos portales. Luego de correr varios kilómetros se detuvo.
-Bien, este debe ser un buen lugar.

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Agarró su fiel pico de diamante y le hizo un buen agujero a una de las paredes, para luego comenzar a cavar hacia adelante avanzando un buen tramo y saliendo al aire libre del nether. Sacó un puñado de obsidiana y construyó un portal, bailando un buen rato cerca de él para activarlo con las cargas de los ghasts. Al salir de él, estaba en otra parte, pero aún en el mismo desierto. Desierto hacia donde quiera que mirase.
-Esto es ridículo... ¡este desierto es enorme!
Resignado, dio la media vuelta, sólo para encontrarse con un bandido que nunca había visto antes, blandiendo una afilada espada de hierro saliendo del portal. Ambos vestian muy parecido, pero el ladrón venía con la cara cubierta.
-Este, hola...- dijo Benjamin temeroso. No quería pensar mal de nadie, pero el hecho de que al bandido lo hubieran enviado para asaltar a Benjamin era más que posible. En efecto, el sujeto se lanzó al ataque y Benjamin apenas le esquivó recibiendo un golpe en el hombro, pero cuando le tuvo cerca, entre todos sus cachivaches sacó una espada con aspecto ígneo, y con ella le propició dolor y fuego al bandido.
-¡No tienes idea de la cantidad de trucos que todavía poseo bajo la manga! ¿Qué más esperabas de un caza tesoros?
Apenas terminó de hablar tuvo que interrumpir su discurso y volver a apartarse puesto que el hombre arremetió nuevamente contra él. Ambos estaban mirándose cada uno con espada empuñada, con el portal cerca de ellos.
-¿Qué? ¿Vas a decirme quién te ha enviado?
El ladrón calló. Estaba listo para atacar a Benjamin, pero de pronto su cara reflejó mucho miedo. Benjamin no entendía qué le estaba ocurriendo. Entonces Benjamin fue levemente empujado por nada más y menos que un creeper que iba pasando por su lado, para ir por el hombre. Este rápidamente se dio vuelta para correr hacia el portal golpeándose con uno de los pilares y recibiendo de lleno la explosión muriendo en el acto. Benjamin salió casi ileso, pero aún no terminaba de creerse la suerte que había tenido al ser ignorado por el creeper. El asesino no había soltado muchas cosas de valor, así que Benjamin cogió apenas un arco encantado con infinidad, y se dirigió hacia el portal.
Grande fue su sorpresa cuando lo vio desactivado.
-¿Qué... ?
No lo había notado, pero el estallido del creeper había ocurrido demasiado cerca del portal, causando una desestabilización, y por ende la desactivación de este.
-¿Q... qué ocurrió?
Lo primero que hizo fue calmarse a sí mismo. Buscó entre sus cosas a ver si traía un chispero, pero al percatarse de que no tenía ninguno, empezó a coger pánico. Buscó de nuevo, esta vez comprobando si es que tenía alguna barra de hierro como para armarse uno nuevo. Pero nuevamente notó que tampoco tenía. Corrió hacia donde yacían los objetos del bandido, y este tampoco tenía nada valioso. De todas las herramientas útiles que siempre llevaban consigo, ambos habían olvidado el chispero.
Benjamin lentamente levantó la vista. Era de noche, se veían algunos enemigos a lo lejos y no había el menor rastro de que hubiera pasado alguien por esas tierras alguna vez.
Estaba completamente perdido.