Harry cogió aire y con algo más de calma volvió a leer desde el principio. Necesitaba saber toda la información que le estarían dando con tal de poder llegar bien a su nueva escuela.
"Estimado señor Potter:
Después de haber leído su carta y tras una cierta deliberación, he decidido permitirle ingresar a nuestro cuerpo de estudiantes, aquí en El Santuario.
Después que esta escuela fue fundada hace setecientos años heos tratado de ser un lugar seguro para todos los magos y brujas, donde pudieran crecer tanto como usuarios mágicos y como personas. Es por ese motivo que tras haber investigado su caso, hemos llegado a la conclusión que está siendo perseguido y vilipendiado por el Ministerio Británico de Magia. Hacer tal cosa a cualquier persona, mucho menos un niño, nos parece despreciable.
Así pues, tras mediarlo se ha decidido que se le ofrece una plaza con opciones a distintos seminarios que ofrecemos durante los meses de julio y agosto, si así lo desea.
Es por este motivo, que nos gustaría que llegara a nuestras instalaciones, lo antes posible, y así poder ayudarle en la adaptación a nuestro sistema educativo, idioma y costumbres, así como ayudarle a adquirir el material escolar necesario.
Adjunto a esta carta podrá encontrar un billete de avión para el próximo día 20 de agosto, así como un minitraslador de objetos. Le rogamos que use el ministraslador antes de llegar al aeropuerto para no llamar así atención no deseada, y sus objetos personales serán debidamente seguros en nuestras instalaciones.
Una vez llegue al aeropuerto de Barcelona, uno de nuestros maestros le estará esperando con tal de llevarlo hasta nuestra instalación.
Con la esperanza de verlo pronto,
El Abad"
El muchacho estaba entusiasmado ante la posibilidad de irse de casa de sus parientes y la forma en la que le era posible no volverlos a ver. En muy poco tiempo se embarcaría en una nueva aventura, y en esta ocasión pensaba sacar el mayor provecho posible de todo lo que se presentara.
Pero ahora debía de preocuparse de otras cosas, después de todo su avión saldría en cinco días… todo eso era muy poco tiempo, ¡sobretodo porque ni siquiera tenía pasaporte!
Bien, lo primero era lo primero y debía arreglar lo que eran asuntos financieros. Como al no tener varita, ya no era capaz de llegar al Callejón Diagon por su cuenta y no tenía ganas de pedirle ayuda a nadie viendo que nadie parecía querer ayudarle, tendría que conformarse al realizar todos sus trámites a través de lechuza. Así pues, tendría que escribirle a Gringotts explicando la situación así como solicitar una forma de acceder a su dinero desde el extranjero, así como si había alguna forma en la que pudiera adquirir fácilmente los documentos necesarios para poder viajar de forma muggle.
Esperaba que los gnomos pudieran darle una solución satisfactoria. Además, necesitaría algo de dinero muggle, puesto que lo que tenía entendido había que llegar con una cierta cantidad de tiempo antes que saliese el avión y podía darle hambre; al menos eso era lo que sus tíos habían comentado todas las veces que se iban de viaje, eso o querían deshacerse de él mucho antes.
También iba a necesitar algo de ropa muggle decente si iba a volar, con el estado de su ropa actual podrían pensar que no iba a hacer nada bueno y no permitirle la entrada al avión. Así pues tendría que ir en algún momento a algún sitio donde comprar ni que fuera un juego de ropa decente.
Después de eso, ya solo quedaría escribir a Sirius y lograr que los Dursley le llevaran hasta el aeropuerto, aunque esto último no sería tan complicado si decían que no, solo tendría que salir más temprano e ir en transporte público.
Sí, con una idea más o menos estructurado sobre como debían darse los próximos días, lo que debía hacer era ponerse manos a la obra, después de todo tenía demasiada energía nerviosa como para ponerse a dormir.
Así pues, cogió pluma y pergamino, y comenzó a redactar la carta para los gnomos. Lo hizo con muchísimo cuidado, ya que si algo había aprendido de Binns, es que éstos se ofendían con muchísima facilidad y podían ponerte penas monetarias, llegando incluso a ponerte trampas que te dejarían en bancarrota, que si no se equivocaba, fue lo que le pasó a los Weasley en su día.
Le fue necesario más de una hora para poder redactar una carta de la que estuviese satisfecho y que pusiera de manifiesto todo lo que quería explicar y preguntar. Luego se acercó hasta Hedwig, que n ole había quitado la vista de encima desde que viera que cogía la pluma y el pergamino, y quien ya le estaba ofreciendo su pata con tal de atar la carta.
- Esta carta es para Gringotts, ¿de acuerdo, Hedwig? Debes ser lo más rápida posible porque vamos a estar muy ocupados en los próximos días.
La lechuza ululó y tras mordisquearle los dedos cariñosamente, alzó el vuelo rumbo a Londres.
Después de eso, viendo que su lechuza estaría ocupada durante el futuro más inmediato y no iba a poder hacer nada más hasta su regreso, se fue a la cama dispuesto a soñar con lo que el futuro le estuviese deparando.
Al día siguiente siguió como si la noche anterior no se hubiese llegado a dar, al menos por parte de los Dursley que seguían ignorantes de todo lo que el joven mago había estado haciendo durante los últimos días. Para Harry fue un poco distinto, porque su entusiasmo no había disminuido en lo más mínimo y eso hacía que estuviese bastante distraído y estuviese mucho más pendiente de mirar al cielo en busca de su lechuza que no en las muchas tareas que sus parientes le habían ido dando no que éstos lo llegaran a notar, tan inmersos como estaban sus insulsas vidas.
Por desgracia para el muchacho no podía llevar nada más a cabo sin el regreso de su lechuza, ya que no podía tener dinero hasta que Gringotts contestase o no podía escribir a Sirius hasta tener un método de enviar la carta. Había pensado en explicarle a los Dursley sus planes, pero había decidido muy rápidamente no hacerlo; si sus parientes se enteraban que estaba en posesión de algo de dinero, no dudarían en arrebatárselo, no lo mejor era que ellos no supieran nada hasta el día antes de su marcha.
Así pues, no le quedó otra que esperar, algo que no le gustaba pero que por desgracia a lo largo de los años había tenido que adquirir mucha práctica; después de todo parecía que a todo el mundo le gustaba hacerle esperar. Y de mientras siguió con su rutina en los Dursley, ser su propio elfo doméstico.
No fue hasta el ocaso que Harry tuvo la respuesta de los gnomos. Estaba recogiendo los utensilios del jardín después de haber estado trabajando en las flores de su tía, cuando Hedwig hizo acto de presencia con lo que parecía ser un pequeño paquete atado a su pata.
- Hola muchacha, ¿ha ido todo bien? Sí, claro que ha ido bien.- Corrió a contestar tan buen punto vio como el ave erizaba las plumas.- No quiero que te vean mis tíos, así que sube a mi habitación y tan buen punto pueda miraré cual es la respuesta de los gnomos.
El ave dio un ligero ulular, antes de alzar otra vez el vuelo y entrar a su habitación, y justo a tiempo también, porque justo en ese momento su tía se asomó con tal de ver por qué estaba tardando tanto.
La cena con sus parientes resultó ser una lenta tortura para el muchacho, que estaba deseando poder subir a su cuarto y ver que era lo que Gringotts le había enviado, pero el tener que disimular le impedía hacer nada precipitado. Fue necesario casi dos horas hasta que su tía estuvo satisfecha con su trabajo y le permitió retirarse para el día.
Una vez en su habitación con la puerta cerrada, el muchacho suspiró y permitió que se formara una sonrisa antes de liberar a la lechuza de su carga.
Observó el paquete con cuidado, no era muy grande, apenas ocupaba la palma de la mano, pero si algo había aprendido ene l mundo mágico, es que nada era lo que parecía. Así que lo dejó en su cama antes de romper el sello lacre distintivo del banco. Al hacerlo, notó un ligero pinchazo en el dedo, y una gota de sangre cayó en la cera. Se dio cuenta, estupefacto que el paquete le había pinchado, eso sí que no se lo había estado esperando.
Tan buen punto la sangre tocó el sello, el paquete comenzó a crecer hasta transformarse en un pequeño baúl de nos treinta por veinte centímetros. No muy grande, pero y ano minúsculo. Con una fuerte sensación de sorpresa, lo abrió para encontrarse con varios papeles y objetos dentro.
Cogiendo lo que parecía ser una carta la abrió y la comenzó a leer, haciendo que poco a poco, a medida que leía se fuera formando una fuerte sonrisa en su rostro. Se podría decir muchas cosas de ellos, pero si una cosa era cierta, era que los gnomos eran exhaustivos en su trabajo.
Dentro del pequeño baúl había no solo un pasaporte muggle (no quería saber como habían logrado hacerlo tan rápido, n de donde habían sacado su foto reciente de carnet) sino también todo el papeleo necesario como para tener un visado de estudiante, por lo que no tenía que preocuparse por nada en lo que llamaban aduanas. Además, también le explicaban que si bien no había problemas para que ellos realizaran los pagos a su nueva escuela, si que era cierto que no podría acceder a su dinero desde Gringotts España, pero que le proporcionaban algo llamado la bolsa del viajero. De lo que explicaban, se trataba de una bolsa de monedas que estaba conectada directamente a su bóveda, por lo que le permitía sacar el dinero que necesitase sin ningún problema; en otras palabras, era la versión mágica de un cajero automático.
Y para rematar la jugada también le enviaban en la caja cincuenta galeones en libras, que eran ni más ni menos que quinientas libras. ¡Con ese dinero podía comprar mucho más que un juego de ropa! Sí, Gringotts había hecho muy bien su trabajo.
Así pues, esa parte ya la tenía cubierta, ahora solo le quedaba todo lo demás. Tenía que escribirle a Sirius y o mejor era que enviase la carta lo antes posible. Si quería hacerlo bien, lo mejor era escaparse al día siguiente e ir a comprar ropa muggle, para luego el día antes solo tener que preocuparse de preparar su equipaje.
Por primera vez desde que se iniciara ese maldito torneo, parecía que las cosas le iban bien.
Sin pensárselo mucho, volvió a coger las herramientas de escritura y volvió a escribir una carta, pero en esta ocasión a su padrino. Le había prometido que le diría que era lo que había decidido y además necesitaría ayuda para evadir sus vigilantes hasta que fuera demasiado tarde, eso sí aún tenía vigilantes, claro está.
Una vez tuvo la carta lista la dejó esperando para el día siguiente. Hedwig acababa de llegar y era necesario que primero descansara un poco. La enviaría al día siguiente bien temprano, después de todo si quería esquivar a sus tíos y sus muchas tareas, tendría que levantarse antes que incluso su tía.
