Notas de autor: Como siempre, gracias a los lectores, a los que se manifiestan con sus opiniones y a los que marcan favoritos. No seáis tímidos.
Penúltimo capítulo.
4. Sin frenos
Un atribulado Draco Malfoy golpeaba la mesa de roble maciza en Grimmauld Place, mientras trataba de normalizar su respiración.
—Mi hijo no es un cobarde, así que dime por qué ha decidido interrumpir sus clases.
Harry, con una postura cómoda, estaba sentado de lado en la enorme mesa que servía a su familia como momentos de desconexión mientras comían o desayunaban.
—¿Has hablado con él?
—¿Qué insinúas?
—Si te ha dicho que le da miedo, ¿por qué iba a ser por otro motivo? Qué desconfiado eres, Draco. Es tu propio hijo.
—Scorpius es el Malfoy más impulsivo que conozco. ¿Por qué iba a darle miedo conducir?
—No lo sé, la verdad. Él solo me dijo que quería dejarlo —Harry omitió la pregunta de después, "¿tan mal profesor soy?", a la que Scorpius contestó con una enorme sonrisa.
—Sírveme más té —Harry se levantó para poner más té a hervir—. Seguro que lo sabes pero no lo quieres decir. Eres ese tipo de persona.
—¿Disculpa? ¿De qué tipo hablas?
—Ya sabes, del… papá enrollado al que sus hijos le cuentan todo —Harry estalló en carcajadas.
—Ay, Draco, no tienes ni idea… es más probable que Scorpius te cuente a ti cualquier cosa a que Albus me diga cómo ha pasado el día.
Draco quedó pensativo.
—Están en una edad muy mala, pero supongo que antes siempre fue así.
—Ja, ja. Bueno, Draco, me alegra que me idolatres.
Draco gruñó algo por lo bajo justo en el mismo momento en el que Ginny Potter hacía su aparición.
—Oh, Draco, buenas tardes. ¿Hace cuánto que has llegado? ¿Cómo no me avisaste, Harry?
—Creí poderle atender yo mismo, de momento no se ha cansado. Aunque no descarto que lo haga en los siguientes cinco minutos.
Ginny se sirvió una taza, se sentó frente al rubio y tomó un sorbo, regodeándose en el sabor delicioso de los rooibos.
—¿Algo anda mal con Scorpius?
Draco repitió nuevamente la historia, a saber: que no creía que Scorpius tuviera miedo a conducir, porque era un Malfoy, como tampoco parecía estar pasándolo bien, a la vez que le notaba demasiado maduro repentinamente (esto no se lo dijo a Ginny, claro). Ah, y había dejado de tomar Custard, su postre favorito. La pobre elfina Hayne había atentado contra su vida, hasta que vio a Scorpius convenciéndola de que no había cocinado mal.
Se mesó las sienes. La adolescencia era una mierda.
—Tal vez sea un plan —Ginny pareció haber dicho lo que en ese instante el rubio quería oír. Sus ojos se abrieron, contemplando esa posibilidad.
—No me digas que nunca creíste que Ginny podría ser más Slytherin que tú —se carcajeó Potter aún apoyado en la encimera. Draco quiso lanzarle un crucio, pero era un adulto ya, esas cosas no procedían, siendo además Harry, con ese permanente toque de persona molesta. Dejó actuar a su lengua afilada… siempre había sido sobresaliente.
—Adelante, Ginny. Es obvio quién lleva los pantalones en esta casa.
—Eso no lo puedo ni lo voy a negar.
—Sois más infantiles que los niños, de verdad… no sé cómo os aguantamos…
—Yo soy el Héroe del mundo mágico, y Draco… bueno… es un Malfoy.
El rubio se incorporó en la silla, listo para contraatacar, pero visto que aquellos podrían estar horas echándose puyas, la señora Potter, con las manos alrededor de la taza de té, a pesar de la temperatura veraniega, declaró:
—Dejadles ser. Es posible que cada uno tenga su modo de conquistar a la chica…
—O al chico —añadió Harry—, recuerda que hay que hablar en unisex, solo por si acaso.
Draco frunció el ceño, gruñendo algo como "Aleluya, Potter ha leído".
—Pues eso. Tal vez Albus prefiera impresionarle conduciendo y Scorpius esté pensando en otra forma de hacerlo. En cualquier caso… Draco, no puedes preocuparte por la rivalidad. Los niños hacen cosas según su personalidad, es lo que los hace únicos.
Draco suspiró, nada convencido, y así salió de la casa de los Potter. De acuerdo, no era necesario competir, ya no. Justo cuando los prejuicios de sangre puras y antiguos Slytherin apoya-señor-tenebroso se desvanecían como humo, gracias a Merlín. Pero no podía dejar de pensar en un Scorpius desalentado y derrotado, como si Albus fuese a relegarlo a algún lugar lejos de él. Después de todo, la amistad con los Potter era muy conveniente e interesante.
Scorpius parecía haber recuperado la confianza en sí mismo, se dijo Albus, cuando lo vio de pie ante los hermanos Scamander, entregando sendos regalos a los cumpleañeros. Había mucha gente de Hogwarts en los aledaños a la casa de Luna, la mayoría de su curso, pero también de otros inferiores, siendo que los gemelos eran dos años menores que él; todos sus primos estaban allí. El chico paseó la vista por la carpa elevada por sus tíos, padres y primos. Rolf Scamander revisaba con su varita cualquier rincón que pudiera considerarse peligroso. Por lo demás, y a ojos de los muggles, podría haber pasado como cualquier fiesta de cumpleaños de jóvenes adolescentes. Los adultos se alojaban en la casa de campo que servía de vivienda a los Scamander, la mayoría dejó el lugar para dar libertad a sus hijos/nietos tras tomarse un té con los Scamander.
Luna había permitido consumir agua alegre, tras pedir confirmación a los padres; la mayoría dio luz verde porque conocían los métodos de Luna de educación con sus hijos; otros tantos dieron su negativa, pero no por ello sus hijos habían dejado de acudir. Albus pestañeó, mirando su bebida sin saber qué pensar.
—Si necesitas ayuda, podemos hacerlo juntos —Albus despertó de su ensoñamiento con la palpitación de que algo había interpretado mal.
A su lado, el encantador Scorpius (¿era su problema, o le estaba viendo encantador antes de emborracharse?) le sonrió con su vaso en alto. Asintió, ambos tragaron el líquido, esperando a continuación una reacción.
—Me siento raro sin mi varita —anunció Albus, entre los sonidos del campo.
—Luna y sus ideas raras de dejarnos divertirnos desnudos —suspiró Scorpius, algo apesadumbrado, haciendo alusión a la desnudez como apelativo para ir por la fiesta sin varita.
—¿Por qué? ¿Esperabas maldecir a alguien esta noche?
—Depende de quién ponga las manos en dónde —Albus lo miró esperando una aclaración: al ver a su amigo mirando al horizonte, supuso que no habría ninguna. Lo siguió hacia uno de los grupos formados en la carpa, la mayoría alumnos de Hufflepuff. Scorpius parecía distinto entonces: exudaba seguridad. No solo su atuendo, obviamente exquisito, sino su forma de caminar. Se preguntó si su conquista estaría en la fiesta, y se hizo nota mental de observarlo mejor. Poco después se preguntaría por qué tanto interés en Scorpius cuando la fiesta de los Scamander siempre le dejaba satisfecho. Comida, bebida, baile… en esta parte Albus solía retirarse; como su padre, no gozaba mucho bailando. Prefería quedarse a mirar mientras bebía, aunque otro sorbo de agua alegre no era buena idea. Para él, la bebida alcohólica no era un aditivo para visitar a los Scamander, como muchos de los estudiantes que allí pululaban. Scorpius, sin embargo, sí había bebido varios tragos, porque no paraba de reír con los demás.
Localizó a Melinda Goldstein de Gryffindor, ella siempre parecía estar pendiente de Scorpius; si bien era de la edad de los Scamander, ¿tal vez tenía posibilidades? ¿Quién sería la conquista de Scorpius? El chico hablaba con todos por igual… era complicado discernir quién sería su persona especial… ¿quizá se cortaba por saber de su presencia en la fiesta? ¿Tal vez no estaba presente en ese grupo? ¿Y si se trataba de alguien de su familia? Sonrió, sería muy chistoso ver a Scorpius saliendo con Rose.
—¿Qué planeas, Albus? —el joven se giró para encontrar al mayor de los Scamander. Albus nunca le confundía con su hermano; a pesar de ser gemelos y estrictamente idénticos, la piel de Lysander era ligeramente más oscura, visible aún porque todavía no caía la noche. No era ese, no obstante, el rasgo predominante. Para Albus, los ojos de Lorcan eran de un azul misterioso, como si mirándolo perdiera la noción del tiempo. Con Lysander no le ocurría lo mismo. Lysander era más parecido en personalidad a su padre: relajado, menos cauto a la hora de hablar, honesto, generoso, con una curiosidad desmedida.
Le hizo una seña y tras echarle un último vistazo a Scorpius, que seguía riendo con el grupo, siguió a Lysander un poco más allá de la carpa, entre unos árboles. El chico sacó una gragea de Bertie&Boot, ofreciendo a su amigo a la vez que la metía en la boca.
—No, gracias.
—Supongo que no hemos invitado a esa chica que tanto te gusta —tanteó Lysander, poniendo en guardia al chico.
—¿Cómo?
—Sí, estoy enterado de que estás haciendo algo para impresionarla —Albus frunció el ceño, dejó de respirar y se giró para marcharse—. ¡Espera! No… no quería molestarte.
—Nadie sabe quién me gusta, Scamander —dijo Albus, y el tono frío del chico sorprendió al rubio—, y nadie lo va a saber.
Lysander optó por abrir las manos, conciliador.
—No es mi intención averiguarlo. Es solo que si no está aquí… estaré decepcionado.
—Los adultos hablan demasiado —fue el ataque directo de Albus—, nuestros padres se conocen, seguro que se han ido de la lengua.
Lysander calló, mirando a las estrellas, tal vez lamentando haber sido tan directo.
—¿Qué os ha regalado Scorpius?
—Ah. Cometas. ¿Quieres que las saquemos? —Albus sonrió. Los chicos corrieron hacia la casa, el mayor dando gracias por no haber bebido más. Volar cometas requería mucha habilidad: dudó que Scorpius estuviera en condiciones para hacerlo.
—Son impresionantes —observó Lysander mientras las preparaban. Aquella tenía la forma de un cangrejo de fuego. La desdoblaron con cuidado. No había suficiente viento para hacerlas subir, pero podían hacer una pequeña trampa y pedirle a Rolf usar su varita.
—Voy a buscarlo —Albus salió corriendo bordeando la casa, llegando a la carpa, cuando algo captó su atención por el rabillo del ojo. Instintivamente, trató de sacar su varita, para darse cuenta de inmediato que no podría defenderse de algo así, no porque Luna le hubiera privado de su única defensa, sino porque a pesar de que horadó su corazón, nadie en ese momento hubiera entendido su atribulación por su simpleza: algo iluminaba a unos jóvenes ocultos tras unos árboles. Hubiera sido un buen escondrijo de no ser por la luz del atardecer y el radar de Albus Potter por controlar su conquista. En algunas sociedades, decían que con el entrenamiento adecuado podías sentir lo que sentía otra persona, y que le perdonaran todos los dioses y magos, pero Albus sintió cómo Scorpius le agarraba de la nuca y depositaba un beso suave pero seguro en sus labios, para dejarlo después al amparo del frío que comenzaba a sentirse en la zona.
—No… —apenas pronunció, antes de que sus puños y rabia tomaran el poder de su cerebro y se dirigiera con absoluta convicción y certeza a romperle la cara a aquél que había osado poner las manos donde no debía… porque, por Merlín, había estado preparándose todo el verano para eso.
