ESTA HISTORIA ESTA PUBLICADA EN FANFIC . ES POR SU AUTORA ORIGINAL MISFITS Y ELLA ME HIZO EL FAVOR DE PRESTÁRMELA PARA PUBLICARLA AQUÍ.
ESTA HISTORIA ESTA SIENDO PUBLICADA POR LO CUAL EL TIEMPO DE ACTULIZACION ES VARIABLE
Nota de Arika Yuy Uchiha: bueno he aquí una probada de la diversión del mapache, por cierto si se preguntan en donde esta… digamos que está en bajo perfil pero lo verán pronto por aquí
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Amistad, Historias y Comida
Ese mediodía conduje hasta el Mc Donalds más cercano y Sai me siguió con su auto. Estacionamos dentro del perímetro del restaurante de comida rápida e ingresamos al lugar. El pidió una Big Mac y yo cuarto de libra con queso, me senté en una de las mesas desocupadas junto al ventanal que daba a la calle. Me solté el pelo negro dejando que este cayera sobre mi frente y cuello, mi melena casi hasta llegar a mis hombros y solo usaba esa incomoda coleta en el trabajo. Sai aun seguía parado esperando por nuestro almuerzo, él sabe que yo soy demasiado perezoso para esperar y no tiene problema en traerme el mío.
Cuando nuestra orden estuvo lista, se acercó hasta la mesa donde yo estaba, colocó la bandeja sobre la misma y se sentó en frente de mí.
-¿No planeas cortarte el pelo? –me preguntó antes de darle el primer mordisco a su hamburguesa.
-Ir a la peluquería es muy problemático –le dije abriendo la pequeña caja que contenía mi hamburguesa con queso– el viejo Onoki siempre esta de mal humor y me regaña por no haber ido antes. Además, él es fanático del futbol y solo habla de eso cuando tiene unas tijeras en las manos.
-Cuando voy hace lo mismo conmigo –me reveló Sai.
-A ti tampoco te gusta el futbol… ¿cómo lo soportas? –le pregunté curioso.
El moreno se limpió las manos con una servilleta de papel, luego abrió su portafolios y sacó un pequeño cuaderno– así es como lo soporto –me dijo entregándome la libreta.
Comencé a ojearla y no pude evitar reírme. Hoja tras hoja había personajes caricaturizados de personas que Sai conocía. Ente los que reconocí estaban su novia Samui, el barbero Onoki, Neji Hyuga, el abogado Aburame y yo mismo. Realmente era una obra de arte de humor. Cerré el borrador aun risueño y se lo devolví.
-Esa si es una buena forma de matar en el tiempo en la barbería –admití y termine mi almuerzo pausadamente.
Sai y yo nos conocemos desde hace cuatro años cuando ambos comenzamos a trabajar para la empresa Hyuga. De inmediato nos volvimos cercanos. Él y yo somos dos sujetos muy diferentes pero aun así disfrutamos de la compañía del otro. Se podría decir que su novia es tan seria como él, aunque lo divertido de Sai es que cuando más serio crees que será, él te sorprende con algún comentario extravagante los cuales resultan un tanto ofensivos a veces. Esos son los que me divierten más, cuando relaciona las cosas de una manera ilógica es gracioso también, pero cuando educadamente ofende a alguien es genial. Es muy difícil aburrirse con él y eso que la oficina es el lugar más aburrido del mundo. Samui, su novia es un caso diferente. Esa rubia bien dotada parece estar siempre enojada pero en realidad se muestra siempre predispuesta a complacer a Sai y es amable con sus amigos. Aunque creo que yo soy el único amigo que Sai tiene.
No es que yo sea una persona muy sociable tampoco. Odio a la gente, me parece problemática y estúpida. Por eso me agrada divertirme con ellos haciéndolos ver como los tontos que son. No obstante esto, Sai no es mi único amigo. Se puede decir que hay otro pecador que tiene mi amistad desde que éramos niños.
Cuando terminamos de almorzar nos despedimos. Ese fin de semana Sai y Samui irían a Sendai a visitar a Atsui, el hermano de Samui. Así que no lo vería hasta el lunes pero, de todas maneras, intuía que mi fin de semana sería entretenido. Me subí a mi automóvil y prendí la radio antes de encender el motor, cambié de estación una y otra vez pero solo música para fangirls o pop de moda aparecía. Me resigne, la radio ya no era lo que había sido cuando yo era niño. Tomé uno de los CDs que tenía en la gaveta y lo puse en el reproductor. El hombre a quien yo consideraba Dios comenzó a cantar "Ace of Spades", siempre me había gustado ese tipo de música y para mí, Lemmy era el mejor bajista de todos los tiempos.
Sonreí al seguir la letra en mi mente mientras conducía hasta mi departamento. Eran cerca de las dos de la tarde cuando llegue a mi hogar. Me quite el fino traje y me puse unos jeans azules y una camiseta negra de mangas largas. Salí al balcón de mi acogedor departamento y me acosté en el suelo para mirar a las nubes pasar.
Es tan relajante recostarse y no hacer nada. Creo que dormí poco más de dos horas cuando mi celular sonó. Lo extraje de mi bolsillo con pereza y aun medio dormido lo conteste.
-¿Hola? –dije aun adormecido.
-¿Qué hay Shikamaru? –me preguntó una voz muy familiar.
-Chouji… ¿cómo estas amigo? –respondí a quien había sido mi amigo de toda la vida.
-Bien trabajando como de costumbre, pero esta noche abre un restaurante de mariscos con barra de sushi… ¿quieres ir? –me invitó emocionado. Hacía ya casi una semana que no lo veía así que accedí gustosamente.
-Pásame a buscar a las ocho –le pedí, no tenía muchas ganas de conducir que digamos.
-De acuerdo, nos vemos a la noche –concluyó el Akimichi colgando el teléfono.
Miré la hora en mi celular y note que eran ya las cuatro de la tarde. Me levante lentamente del suelo y estiré mis brazos desperezándome. En eso sonó el timbre de mi departamento, levanté el tubo del timbre para preguntar quién era y al reconocer la voz de la ama de llaves presioné el botón que abre la puerta principal de abajo. La mujer morena de treinta años y suaves palabras golpeo a mi puerta una vez que el ascensor la trajo hasta el piso nueve.
Abrí la puerta y la deje pasar. Me miro con esa sonrisa amable que le regala a todo el mundo y me saludó– buenas tardes señor Shikamaru.
-Hola Shizune –le devolví el gesto y tomé mi notebook para volver al balcón y dejarla trabajar. Su rutina era siempre la misma. Lavaba mi ropa, aseaba los pisos, limpiaba el baño, regaba esa horrible planta que mi madre me había regalado y si había basura la sacaba al cesto de la calle.
Yo me sentaba en uno de los dos pequeños y cómodos sillones que tengo en el balcón y navegaba un rato por internet para no interrumpirla. Esa tarde encendí un cigarro, me coloqué los parlantes y comencé a ver una película inglesa del año 1982, The Wall había sido la pieza de arte elegida por mí aquella tarde de Marzo.
La película tenía un contenido histórico mostrado de una manera metafórica, abundante en simbolismos, acordes y sonidos que realmente provocaban que te interesaras solo en la trama olvidando todo lo que te rodea. El film casi terminaba cuando Shizune se acercó a mí sin atravesar el marco de la puerta del balcón. Pause la película y retire los auriculares de mis oídos para escucharla.
-Ya termine señor –exclamó y luego me preguntó con extraña curiosidad– ¿ha ido usted a la playa últimamente?
-No, ¿por qué?
-Porque había un poco de arena en su alcoba –explicó y luego supuso– de seguro ha quedado en la suela del calzado que usted ha vestido el día de hoy.
-Debe ser eso –mentí mientras todo el asunto volvía a mi mente una vez más.
-Bueno hasta el martes señor –habló antes de marcharse. La verdad es que ni siquiera recuerdo si le conteste en ese momento.
Mi intelecto recordó sin temor ese encuentro con el diablo. Su figura era fascinante, su cintura era pequeña y su cadera se ensanchaba para contener esas firmes nalgas. Desabroché el botón de mis jeans y baje el cierre, ya que de pronto, sentía cierta presión en esa zona y continúe con esa agradable imagen mental que había comenzado hacía instantes. Su redondo busto era visible por aquel escote que ese modelo de kimono dejaba a la vista. Pensé entonces que su piel tersa se veía muy suave y sus ojos verdes me habían mirado con sensualidad. No fui consciente del momento en que tomé mi miembro y comencé a acariciarlo suavemente.
Pude ver sus seductoras piernas cruzarse mientras yacía en mi cama, al igual que pude oler el aroma de su cabello cuando se aproximó hasta mi para tatuar mi hombro. El recuerdo erótico, me obligó a masturbarme con mayor intensidad y sentí como le frenesí recorría mi cuerpo. Pensé en sus carnosos labios y me imagine probándolos, ¿qué se sentiría besar a la Reina del Infierno? Me preguntaba mientras sentía como mi pene palpitaba y yo lo seguía moviendo rítmicamente con fuerza hacía arriba y hacia abajo. La criatura más hermosa, exótica y apetecible que había visto la mismísima Lucifer y cuando la idea de penetrarla cruzó por mi mente me corrí sobre mi mano. Comenzaba a entender porque el lado oscuro era tan seductor y tentador, pero no debía olvidar que también era peligroso.
Me dirigí al baño un poco avergonzado de mis actos y me asee. Acomodé mi ropa y salí del lugar rascando mi nuca como incrédulo del impulso adolescente que me había corroído. Suspiré por todo aquello y cuando levanté la vista me encontré con el demonio de arena en versión Chibi sentado sobre mi sillón mirándome.
-Shukaku –exclamé sorprendido por la presencia del Ichibi.
-¿Por qué esa cara? –Me preguntó sínicamente– pareciera que hubieses visto a un fantasma.
-No pensé que te vería hasta el lunes –le respondí recordando las palabras de Temari.
-Es verdad… no debería estar aquí pero quería conocer mejor a mi nuevo juguete.
Era el colmo. Ahora hasta la mascota del Demonio me subestimaba. Discutir con la bestia sería imposible, además si la leyenda era cierta, este mapache de arena era altamente incoherente e impulsivo y además de todo sumamente inteligente. Suspiré cansado y sacando mi paquete de Marlboro de mi bolsillo, extraje el último cigarro que me quedaba y lo encendí mientras me sentaba frente al Ichibi en otro sillón.
-¿No se supone que tú sabes todo de mi? –le pregunté mirándolo mientras él movía su cola.
-Es verdad lo había olvidado, para eso están los archivos infernales. Solo debo amenazar a esa estúpida niña que Temari tiene como asistente y ella me lo dirá todo –resolvió él como si antes hubiese estado divagando.
-¿Hay algo más que quieras? –le pregunté cortésmente esperando que se retirara a la brevedad.
-No, creo que eso es todo… oh espera… –se corrigió a sí mismo y luego manifestó– cuídate de los ángeles caídos. No quiero que esto termine tan rápido.
-¿Ángeles caídos? –Repetí sin entender bien– ¿qué no es Temari el único ángel caído?
-Si serás tonto humano –me reprendió y luego restableció la idea mientras daba vueltas sobre su espalda frotando su lomo en mi sillón– Temari es el único ángel que ha sido expulsado del paraíso, pero existen dos más…
-¿Dos más? ¿Pero cómo? –pregunté al desconocer tal información.
-Ellos volvieron del paraíso por decisión propia, quisieron seguir a Temari, cayeron literalmente del cielo y son los únicos que sin ser enviados por ella pueden caminar por las calles entre los mortales –me explicó con calma el demonio de arena aunque no me prestaba mucha atención que digamos.
-¿Ellos son los demonios más poderosos del infierno entonces? –indagué intentando recaudar un poco de información, nunca se sabe cuándo podría ser útil. Además ya estaba envuelto en un embrollo bastante importante como para darme el lujo de descartar cualquier dato del infierno que pudiese obtener.
-Ciertamente lo son, aunque los dos combinados no llegarían a estar ni cerca del nivel de Temari. No obstante, existe un trato entre Dios y el Diablo, que les permite a estos otros dos demonios esconderse entre las sombras, son guardianes de la noche –reveló Shukaku llamando cada vez más mi atención.
-¿Quieres decir que antes de este trato los demonios podían caminar por las calles?
-Y los ángeles. Por supuesto que debían ocultar sus identidades pero vagaban libres por este mundo –acotó nostálgicamente como recordando viejos tiempos.
-¿Qué sucedió para que esto ya no fuese así? –pregunté curioso.
-Cuando nació el hijo de Dios todo cambió.
-¿Te refieres a Jesús? –pregunté ingenuamente provocando que los ojos del Bijū se llenaran de ira.
-¡Jesús no era el hijo de Dios! –Replicó molesto y luego me contó– Jesús era tan solo un pobre y demente muchacho y los doce apóstoles eran tan solo fumadores de opio que hubiesen seguido a cualquiera que les hubiese dado más hierva y vino.
-Vaya… pero entonces la Biblia…
-La Biblia es el cuento de hadas más leído por los humanos, pero no todo ahí es cierto –soltó burlándose de ese libro que era el más conocido y famoso en todo el mundo. Confieso que esta información no me molesto, nunca fui muy devoto que digamos.
Todo lo que las instituciones nos habían enseñado estaba mal. Es gracioso pero cuando tantas cosas extrañas te pasan en poco tiempo comienzas a aceptar la verdad de las cosas más rápidamente.
-Pero entonces ¿quién es el hijo de Dios?
-No puedo revelar esa información pero vive en este mundo desde hace veinte tres años –contó mientras se rascaba la oreja con la pata delantera.
-¿Su madre es humana? –indagué para ver qué tanto de lo que conocíamos era cierto.
-Oh no, claro que no, ni que Dios estuviese loco para involucrarse con una humana –refutó mi teoría y luego detallo– su madre es un ángel por supuesto, no es el más hermoso, no es el más listo, pero tiene un carácter fuerte. Eso contrasta bastante con Dios que tiene un carácter asquerosamente amable y despreocupado.
-¿Así que para proteger a su hijo prohibió que los demonios y ángeles asecharan este mundo? –pregunté intentando atar cabos.
-La vida mortal es débil y no puede detener a los demonios, pero Dios tampoco tiene tanto poder como para detener al Diablo, están bastante balanceados –manifestó mientras jugaba con un hilo suelto del sillón, sin darle importancia al tema– por eso es que a veces se reúnen para realizar acuerdos, aunque el último gran convenio resulto un tanto desfavorable para uno de esos dos demonios de los que te hable antes.
-¿En qué sentido?
-El nombre de ese demonio es Gaara, aunque ustedes los humanos lo conocieron con otro nombre, Sun Tzu – mencionó el Bijū y mi mundo dio un giro. Yo conocía ese nombre, había leído su libro gustosamente.
-¿El general Sun Tzu? –Pregunté para asegurarme– ¿el escritor del Arte de la Guerra?
-Veo que lo conoces –acotó levantando la mirada y prestándome atención por vez primera desde que nuestra conversación había comenzado. Creo que a partir de ese momento el Ichibi comenzó a darme más importancia.
-Claro… su libro es prácticamente un manual de cómo ser éxitos en la vida, no solo en la guerra, sino en los negocios, los deportes y demás actividades –dije aun sin poder creer que semejante filosofo haya sido un demonio al servicio del infierno, aunque presentía que pronto Shukaku me explicaría por qué desapareció tan misteriosamente de la historia.
-Dios pidió explícitamente que los tiempos de estadía de los demonios en este mundo sean limitados, temía lo que Gaara provocaría si las guerras se volvían tan planificadas, perfectas y extensivas, le temía al caos –relató mientras yo seguía cada una de sus palabras imaginando la situación como un niño imagina el cuento que su madre le lee– Temari se opuso, era de su hermano menor de quien estábamos hablando, entonces Dios hizo le propuso un trato que ella no pudo rechazar. Él se llevaría todos los ángeles de la tierra de vuelta al cielo y le permitiría a ella conservar los demonios que ya había puesto allí, entre ellos los nueve Bijū; además permitiría que otros demonios pisaran esta tierra por tiempo limitado sin que él mandara a un solo ángel a confrontarlos, incluso nos dio a la muerte quien antes era imparcial, pero Sun Tzu debía volver al infierno.
-Entonces Gaara volvió al infierno y abandono el personaje de Sun Tzu, sin poder volver a disfrazarse nunca más…
-Exacto, y aunque ya no podría disfrazarse, podía tomar el cuerpo de algún humano, aunque fuese por tiempo limitado, y así lo hizo varias veces… fueron días divertidos –acotó pensativamente con una sonrisa perversa en el rostro –como sea, él es uno de los que apostó por ti y aunque no se le tiene permitido interferir en la apuesta, no por nada somos demonios.
Las palabras del Bijū eran más que claras: Cuídate de los ángeles caídos. Su insinuación claramente me advertía de la alta probabilidad que había de que alguno de ellos intentara inducirme hacia un lado u otro de la apuesta. Aunque contaba con la ventaja de que el Diablo era el árbitro así que podía decir que estaba de mi lado y, si un demonio del calibre de Gaara estaba subordinado a ella, de seguro la carta más importante estaba en mi mano.
-Por cierto, el otro demonio que aposto por ti… bueno él –comenzó a describir Ichibi pero de inmediato una nube de humo negro se hizo presente en el lugar.
-Te dije que no era buena idea Shukaku –se quejaba la cabeza castaña de una dama de ojos negros y voz chillona. Dicha cabeza era sostenida desde los pelos por la princesa de las tinieblas en persona.
-Media hora… –habló Temari molesta mientras le gritaba a la castaña– ¡te digo que cuides a Shukaku media hora y cuando regreso me encuentro con que no sabes donde esta!
-¡La decapitaste! –exclamó el demonio de arena con una sonrisa amplia como contento por la acción.
-¡Mejor cállate! Sabes que te castigaré por esto –anunció el Diablo regañando a su mascota.
Shukaku se acurrucó como un gato lo haría, cubriendo su cuerpo con su cola y mirando a Temari por sobre esta con ojos de cachorrito abandonado– lo siento –dijo intentando conmover a Satanás.
-Ah… ya qué –resolvió ella como cansada de ese soborno barato –volvamos al infierno para que pueda colocarle la cabeza de nuevo a esta niña boba.
Shukaku saltó hacía su abdomen, ella lo atrapó con su mano libre y sin siquiera dirigirme la palabra los tres… bueno, dos y medio, desaparecieron de mi sala en esa nube de humo negro que ya caracterizaba a los endemoniados seres.
La situación es cada vez más problemática pensé, pero ni tiempo a reponerme tuve que mi celular sonó. Atendí dicho aparato y hablé.
-¿Hola?
-Shikamaru ya estoy abajo, te espero en el auto –dijo Chouji del otro lado. Incrédulo del colosal avance de las horas mire el reloj de pared y comprobé que mi amigo no llegaba antes sino que a tiempo.
-Ahora bajo –le respondí tomando mi chaqueta negra, mi billetera y las llaves de mi departamento.
Que extraños son los demonios pensé mientras bajaba por el ascensor. Pero Shukaku me había revelado información valiosa la cual debía utilizar para evitar que el Diablo se enfadara conmigo, esto se había convertido en mi prioridad desde que el demonio de arena me había dicho que la muerte estaba a su servicio.
Cuando salí del edificio, vi el automóvil de Chouji estacionado del otro lado de la calle así que me cruce y abrí la puerta del lado del acompañante para sentarme allí y saludar a mi amigo.
-¿Cómo has estado? –le pregunté intentando olvidar todo lo que había sucedido en mi casa hacía un rato.
-Fue una semana ajetreada ya sabes lo difícil que se pone durante los fines de semana –me contestó y realmente podía imaginarlo.
Chouji Akimichi era, es y siempre será mi mejor amigo. Nos conocemos desde niños, nuestra amistad comenzó cuando lo defendí de un grupo de niños bobos que se burlaban de él por ser… bueno un poco gordito y querían quitarle sus golosinas. Desde entonces siempre estuvimos juntos, en la secundaría no le fue mucho mejor pero ahora las cosas eran muy diferentes.
Afortunadamente, ni bien salió de la secundaria consiguió trabajo como ayudante de un importante representante de estrellas quien lo incitó a convertirse en organizador de eventos. Ahora, seis años después, Akimichi Organizadora de Eventos, es la compañía de eventos más importante de todo Tokio. Así que podía entender a lo que se refería cuando decía que los fines de semana eran un tanto problemáticos.
Llegamos al restaurante y tomamos asiento, bueno yo tome asiento. Chouji fue directamente a la barra de sushi y volvió con el plato lleno de bocadillos apetitosos. Si existía algún pecado adjudicable a este bonachón, simpático y amable sujeto, ese era la gula. No podía parar de comer, no era ansiedad o depresión lo que lo motivaba, simplemente disfrutaba de colosales cantidades de comida todos los días.
-¿Pasa algo? –me preguntó al observar mi rostro. El podía leerme y yo a él. Después de tantos años de amistad unos desarrolla ciertos sentidos que te ayudan a percibir cosas del otro.
Éramos un dúo singular. Siempre lo habíamos sido y jamás nos habíamos ocultado nada pero, por alguna razón, no podía decirle de mi acuerdo con el Diablo. Esa tentadora idea era simplemente rechazada por mi mente una y otra vez. Mi relato sería poco creíble, sin mencionar que yo no tenía ninguna prueba más que un poco de arena sobre mi sillón. Incluso si él me creyese no ganaría nada con decirle, el no podía ayudarme y, peor aún, quizás el poseer esa información lo podría en peligro de algún tipo.
-No es nada, solo tengo sueño.
-Que novedad, tú siempre tienes sueño –me dijo sin creer mi excusa.
-¿Cómo está Karui? –indagué intentando desviar el tema.
Eso siempre funcionaba. Karui era una mujer de tez morena, ojos color miel y cabellera pelirroja. La razón por la cual ella se convertía en la excusa perfecta era tan simple como compleja. Esta paradoja se entiende si tenemos en cuenta que la morena de horrible carácter era la única mujer que se había fijado en Chouji antes de que este se volviera exitoso.
Así es, Karui podía ser muy problemática y gruñona pero, si algo había que reconocerle, era su infinito amor hacia el Akimichi. Otro detalle de Karui era que ella reprobaba fehacientemente mi modo de vida. Ella era, por sobre todo, una mujer de firmes principios así que un vago mujeriego como yo no estaba dentro de sus estándares del amigo ideal para su novio. Chouji no compartía ni defendía mi estilo de vida, pero si mi decisión y esto es lo que a Karui la sacaba de quicio.
-Creo que quiere que nos casemos –soltó mi amigo mientras se llevaba a la boca el último rollo de futomaki.
-¿Y te vas a casar? –inquirí aunque estaba seguro de la respuesta.
Chouji termino de masticar ese rollo de sushi y me respondió– no tengo problemas en casarme con ella, hemos sido novios desde hace siete años, hemos vivido juntos desde hace tres pero creo que sería mejor que primero ponga esa pastelería que quiere, aun somos jóvenes y podemos esperar un año más.
A veces no sabía si el amor del Akimichi por esa mujer se basaba en el aspecto, la personalidad y el intelecto de esta ó por el mero hecho de que cocinaba muy bien. Pero cuando recordaba que era de mi amigo de quien estaba dudando, toda mal intensión se volvía nula. Sí había alguien en quien yo confiaba en este mundo, ese era Chouji.
Termine de comer y medio arrastre a Chouji a que hiciera lo mismo. Ya era tarde y si el bonachón llegaba después de la una de la mañana a su casa de seguro la culpa sería mía, según Karui. Creo que esa mujer pensaba que yo lo empujaba hasta los más bajos cabarets de la ciudad y lo incitaba a tomar sake hasta desmayarse. Lo que la pelirroja desconocía era que, muy por el contrario, los cabarets siempre me parecieron lugares decadentes, donde hombres desesperados y sin estilo recurren por nueve minutos de sexo pago. Cuando tienes ingenio, presencia y carisma, dirigirte a un lugar así es casi un insulto a tus habilidades de seducción como hombre.
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