Nota del autor: Apéndice relativo al Fanfiction "Tras los muros"


Lazos de fuego

"Como fuego en el bosque más sediento,

Sus llamas esparciéndose por su cuerpo"

Cada encuentro fue diferente al anterior de allí en adelante. Sin embargo, ella jamás olvidaría el primero. En medio de la cobardía y la desidia de los pueblos que tenían una guerra frente a sus ojos y no la querían ver. Pero eso no fue suficiente para que su prometido no se aventurara a proclamarla suya.

Se encontró sorprendida, a pesar de saber que su virginidad ya no la acompañaba en su vida real, en este mundo onírico se supo tan inexperta que todo lo que con él vivió fue algo nuevo.

Su piel comenzó a alertarse ya en la cascada del valle, aún en medio del odio y la incomprensión del concilio, cuando todos se fueron a dormir desanimados. Los besos de Elladan no eran los mismos que había experimentado hasta el momento, había en ellos una urgencia y un fuego difícil de sofocar. Más ella también cedió a la necesidad de un contacto físico más íntimo. Dejó que sus manos recorrieran con premura las curvas de su cuerpo.

Temblorosas como nunca antes, aquellas manos de guerrero experimentado, que hubieron sostenido con determinación su espada, ahora las embargaba la duda. Más no por miedo, sino por el desborde de pasión surcando sus venas. De haber sido por él, la habría desnudado allí mismo para hacerle el amor a la luz de la Luna. Pero no la obligaría jamás a hacer algo contra su decencia. Sin quererlo y sin advertirlo, ambos respiraban a unísono, agitadamente. Eso dio a Elladan la pista que necesitaba: el momento era el correcto.

La dirigió a paso firme a su habitación, guiándola entre las columnas de yeso de Rivendel, labradas de parras y uvas. De a ratos subía la mirada para conocer la dirección correcta, pero no dejaba ni por un segundo de besarla, tomándola por la cintura, en una mezcla de firmeza y suavidad.

Pronto se encontraron en la intimidad de su cuarto, de gasa y caliza adornado, y sin mirar cerró la puerta. Llevó sus pasos hacia el centro de la recamara, casi contra su lecho, sosteniéndola con dulzura y besándola con pasión. Desprendió la espalda de su vestido, revelando dos blancos y firmes pechos. Cedió él a su deseo de rozar sus pezones suavemente y una ola de calor recorrió a Nimiel de pies a cabeza, una urgencia, una necesidad de sentir más contacto.

Los besos de Elladan se desplazaron hacia abajo, hasta su cuello y ella experimentó un hormigueo que la atravesó de lado a lado. Fue en ese momento que Nimiel pudo sentir su miembro erecto haciendo presión sobre su cuerpo, y deseó como nunca que sus manos se apresuraran a desvestirla.

Pero él se tomaba su tiempo, saboreando cada milímetro de su piel, que sabía a rosas, a primavera. Eran sus manos grandes y fuertes, viajando lentamente a lugares cada vez más prohibidos, los que despertaban mayor ansiedad en Nimiel. Ansiosa por la proximidad, se congestionaba en espasmos y una sensación de vértigo recorría su cuerpo entero.

Finalmente, ya no pudo contenerse y sus propias manos comenzaron a desabrochar los botones que mantenían cerrada la camisa que Elladan llevaba sobre su torso. La abrió y la deslizó suavemente, rozando con dedos ardientes la dorada piel del elfo, pasando por su pecho, su clavícula. Dejó caer la prenda para luego recorrer los marcados músculos de su ancha y fuerte espalda, que se deslizaban entre sus dedos por los movimientos de sus brazos, que no paraban de abrazar, acariciar, palpar el cuerpo de Nimiel. En un deseo incontrolable, deslizó sus dedos temblorosos hacia adelante y abajo, hasta ese lugar entre los muslos y la pelvis, en el que la unión de los músculos deja lugar a un hueco, que a ella se le antoja de lo más sabroso. Quisiera saborearlo, lamerlo, pero temiendo ofender a su prometido, reprime sus ganas. Teme que él pueda pensar algo malo de ella.

Pero él no pudo dominar más sus deseos: se separó unos centímetros y la privó por completo de sus vestiduras, develando ante sí lo que para él es el cuerpo más bello que podría haber imaginado, y no por proporciones o distribución, sino porque estaba a punto de ser suya y de nadie más. Tomó sus pechos en sus manos, no eran excesivamente grandes, por lo que cabían de sobra en sus grandes manos. Liberó uno de ellos para saborearlo, lo recorrió con su lengua con lentitud, y ella se ruborizó, no por vergüenza, sino por el fuego que recorría su cuerpo ante el contacto.

Nimiel cerró los ojos, con el fin de sentir en detalle todas las sensaciones que la recorrían. Pero de pronto sintió la presión de dos manos que suavemente la impulsaban hacia el lecho que hasta hacía unos momentos estaba detrás de sí. Sintió los labios del elfo recorrer su vientre, su pubis…

Elladan se detuvo y la miró con expresión divertida. Ella dirigió una mirada atemorizada hacia él, expectante, temiendo haber dado un paso en falso y que él se burlara en pleno momento de intimidad. Él tomó aire, como quien va a decir algo.

-¡Häun tye-meláne! (Te amo) –Pronunciaron sus labios mientras sus dedos recorrían los pliegues de la parte más íntima de Nimiel, explorando, descubriendo.

Su expresión había cambiado a la de un niño, ansioso, travieso. Tan diferente a la del estoico y gallardo soldado de Rivendel. Nimiel no pudo evitar lanzar una risita, la expresión se le hizo divertida pero también de lo más tierna. Viéndolo así, el elfo se sentía más cercano, más real. Ya no era para Nimiel una obligación estar allí, a su lado. Divagaba en pensamientos de días pasados. Pero enseguida y sin previo aviso, una ola de placer y adrenalina la invadió: Elladan estaba recorriendo su intimidad con sus labios, con su lengua. Bebía de ella, tratando de saciar la sed que el deseo por ese cuerpo había alimentado durante largos años, desde que ella llegara al valle.

Nimiel no pudo refrenar por más tiempo la sensación en su interior. Comenzó a gemir, tímidamente al principio, pero luego con energía, con fuerza, liberando todo el deseo contenido en su cuerpo. Tan pronto Elladan advirtió que se encontraba pronta al éxtasis, se detuvo. Ella le dedicó una mirada que en el fondo contenía algo de reproche.

Él se puso de pie y desprendió las tiras de su cinto, liberando aún más ese huequito tan apetecible para ella, haciendo incontrolable su deseo. La erección era ya más que evidente. Elladan se deslizó etéreamente sobre Nimiel, entre sus temblorosas piernas. Ella no dudó ni un instante en bajar su pantalón con sus manos y al llegar a sus nalgas firmes, fibrosas, no pudo más que palparlas, disfrutarlas: ahora eran sólo para ella.

El elfo tomó una de sus manos y la dirigió hasta su miembro para que le proporcionara caricias. A Nimiel se le antojó delicioso sentir la rigidez y suavidad de su prometido en sus manos. Ahora era él quien gemía suavemente, mientras volvía a recorrer su cuello, sus orejas, su mandíbula, todo, colmándola de besos.

Pronto los dos suplicaban por más. Se amaban, sí, pero tanto más se deseaban. Sabían que para un elfo, el sexo no era cuestión de placer, sino de deber. Sin embargo, ambos se regocijaban en aquel placer culpable e incontenible, teniendo muy en claro lo que ambos sentían por el otro.

Por fin, Elladan entró en ella. Primero presionó suavemente, tratando de no lastimarla. Luego conforme la fricción aumentaba, también exigía mayor frecuencia e intensidad. Elladan se aventuró: presionó con mayor fuerza y a Nimiel no pareció incomodarle. Por el contrario, un gemido desesperado, sediento, atravesó su garganta.

-¡Häun tye-meláne, melmenyanen! (Te amo, mi amor) –Dijo ella con voz ronca, casi un graznido. Pero para él fue como la voz de un ángel, haciendo una declaración de eternidad.

Presuroso estaba él, ya casi alcanzando el clímax y esperó, casi desinteresado por su propio placer. Fue hasta que notó los signos en su amada, que cedió: pupilas dilatadas, contracción en los dedos de los pies, cintura arqueada. Todo indicaba que el fin estaba cerca. Entonces en un último impulso, él se relajó y ambos alcanzaron juntos el final del camino. Néctar de su cuerpo la inundó y fue como una ofrenda de amor, junto con los últimos movimientos frenéticos. La respiración se les hacía ya prácticamente imposible, junto con un estremecimiento en su interior, el esfuerzo les demandaba mayor cantidad de aire. Poco a poco se fueron relajando, pausando su respiración.

Elladan tomó con ambas manos el rostro de Nimiel, ahora perlado por el sudor y con una tierna expresión, mezcla de satisfacción y entrega, y la besó, larga y tiernamente.

Todo había terminado, ¿o acaso recién comenzaba? Él dedicó largas horas a besarla y acariciarla, hasta que el sol estiró sus rayos hacia el interior del valle. Nimiel sentía culpa por haber deseado yacer en el lecho de Thranduil, pero también agradecía el destino que le tocó, por haberla puesto en el camino de Elladan.

El sol siguió alzándose en el cielo azul, a mitad de una Tierra Media que clamaba guerra y sangre. Pero ellos se concedieron un permiso, abrazados y con sus piernas entrelazadas, sintiendo su piel y acariciándose mutuamente hasta quedar dormidos por el agotamiento. Y luego amanecer ya entrada la mañana y presentarse a los concurrentes para declarar a viva voz que ahora estaban unidos para siempre por lazos que no pueden cortarse fácilmente. Aunque el mundo se derrumbe…