3

"The weight of water, the way you told me to look past everything I had ever learned. The final word in the final seconds you ever learned to me was love. And I don't know where to look, my words just break and melt. Please just save me from this darkness"

Libre.

Parecía una eternidad desde la última vez que pudo sentirse de esa forma. Gracias a él, de nuevo. Demostró la sentida ofuscación por haberse metido en su vida sin avisar delante de su padre. Primero pensó que no tenía derecho ninguno a hacer tal movimiento cuando lo que estaba intentando era precisamente devolver las aguas a su cauce. Quería apartarlo de sí. Para no hacerse daño y no hacerle daño. Para no llorar por cada vez que viera sus ojos o volviera a sentir su tacto, pensando que posiblemente sería una de las últimas veces que lo haría. Su alrededor, compuesto por la solitaria mesa de la esquina, una barra con la camarera que iba y venía distraídamente, al igual que sus clientes, parecía quedarse difuso frente a la taza de té que sostenía entre sus manos. Aún no sabía cómo asimilar nada. Ni su repentina muestra de sentimientos, ni su inminente muerte, ni el hecho de que haya sido siempre su salvador. Mientras papá dormía, demasiado exhausto por las emociones como para querer volver a casa, él se frenó en el marco de su puerta. Lo agarró con más fuerza de la habitual, haciendo un esfuerzo sobrehumano por recuperar la compostura. Seguro que vio cristalino en su mirada la preocupación genuina al presenciar una de las tantas crisis que deberían darle. ¿Vas con Jude? No confirmó ni negó, simplemente exhaló un leve suspiro. Bien. Su respuesta, conocedora, la pilló de sorpresa. Quiso creer, por los dos, que lo sucedido el otro día había pasado a un segundo plano. Pero no. Estaba ahí. Implícito. En su contestación. En el beso que le dio casi a la altura de la comisura de los labios y su mirada centelleante, intimidándola, porque decía algo que no había dicho en dos años. Tanta intensidad…un cambio drástico en su actitud.

Alison se incorporó, dejándole algo de propina a la muchacha. Conforme iba iniciando el paso, coló una mano por el bolsillo de su abrigo y sacó el móvil. Dirigió un gesto pensativo a la llamada perdida que estaba ahí, esperando respuesta, suspendida en el aire, desde hacía media hora. Se dejó llevar un segundo por su alrededor, no escuchar más que el aire susurrando en su oído mientras seguía calle hacia adelante. Sin fantasmas, sin su locura, sin voces, se sentía humana.

Alguien cuya vida se estaba apagando, la necesitaba y solicitaba su presencia, aún estando así logró hacer el segundo acto heroico de su vida por alguien que tampoco lo valía tanto. Y ella en lugar de acudir, iba un paso más atrás de los suyos. No era justo. Por más que doliese, no lo era el concederle algo tan pequeño. Otra vez los dos riachuelos recorrían sus mejillas, como si sólo el pensamiento ya hiciese que su vista se tornase vítrea. Tomó aire y secó con la palma de su mano, delicadamente, ambas lágrimas. Continuó sus pasos ahora en otra dirección durante un largo trecho. Divisó el agua, su característico olor, su casa, cosas que ahora desearía memorizar con tanto ahínco, dejarlas grabadas por siempre, para volver a rescatarlas en el momento de mayor melancolía. Distinguió su figura andando acaloradamente con el inalámbrico en la mano, dando paseos frente a la puerta de su casa. Vestía muy cómodo, como casi siempre. Todo se parecía demasiado a la última vez que estuvo aquí. Dijo, algo alterado, una serie de palabras que no logró distinguir y colgó. Consternada, algo tímida incluso, dejó notar su presencia al tiempo que él iba a volverse para entrar de nuevo en casa. Sus pasos se congelaron y los de ella también.

-Hola –Dijo con simpleza, haciendo un gesto –recibí tu llamada.

Pareció costarle hacerse a la idea de que ésta vez había sido ella quien había ido hasta él sin ninguna urgencia de por medio. Incluso su saludo, en forma de disculpa, sonaba mejor que sus muchos intentos de solucionar las cosas entre ambos por cada vez que habían ido mal.

-Gracias –Respondió, una leve sonrisa asomando a sus facciones –Después de todo quería saber si estabas…

-Estoy bien, Robert –No hacía falta jurarlo. Sus ojos estaban más brillantes, de un azul tranquilo que nunca. Añadiendo esa leve mueca relajada en su boca –Debería ser yo la que pregunta…¿no crees? –Terminó con deje amargo.

-No han cambiado demasiado las cosas en las últimas horas –En un paso, abrió la puerta para que pudiera pasar. Alison pasó dentro, procurando no tropezar. Él la siguió. Se encontraba en mitad de su cocina, como una pieza fuera de lugar.

-Parecía lo contrario… –Concluyó, con paciencia, sentándose en la misma balda donde lo hizo la primera vez que el caso los había llevado hasta allí. Reciente pero a años luz al mismo tiempo. Se despojó del abrigo con cuidado. Lo miró desde su posición.

Robert tomó asiento a su lado, sin saber exactamente cómo empezar a decir todo cuanto debía a la mujer que tenía en frente. Su razón le decía que sería injusto y aún más doloroso dejarla entrar en su vida…pero lo que el sentimiento dictaba era diferente. Era lo que había aprendido estos días. A no mirar a mañana, a no mirar al qué-podrán-pensar o el qué-consecuencias-tendrá. Sentir. Vivir. Con quien se desea, mientras se pueda.

-Era Jude. Quería verme. De nuevo –Vio su expresión cambiar, volverse afligida. Y no por ella.

-Se revolvió en el sitio durante un momento, algo incómoda –¿Piensas mudarte? Con ella, quiero decir, si no… -Miró a su alrededor, no había rastro de caja u objeto de mudanza alguno. Alegraba –o consolaba, al menos, en grado mínimo –pensar que aún continuarían ahí sus pertenencias, toda esencia que le compone a él, durante un tiempo.

-He decidido no irme a ninguna parte –Contestó, con determinación y obligándola a mirarle a los ojos –Dije lo que tenía que decir.

-Alison suspiró –Estará muy enfadada. Todo... –Empezó a alterarse, movía sus manos con brío, intentando llegar a una conclusión consigo misma. Luchando entre lo que quería y lo que debía decir como amiga, más que como amante, cosa que jamás podría permitirse ser –es un error, Robert. No…no debí haber venido –Se incorporó –Lo siento, de veras.

Éste avanzó unos cuantos pasos, tomándola por la cintura hasta volver a tenerla de nuevo frente a frente. Cansado. Físicamente, psicológicamente. De estar siempre rondando el mismo punto como si fuesen órbitas.

-¡Por Dios Alison! –La exclamación de su compañero al levantarse a su vez no la esperaba–Deja de correr por un segundo, ¿de acuerdo? –Notó la impotencia, sus ojos apunto de expulsar lágrimas. Inconscientemente, tomó con más fuerza la mano de él que la tenía sujeta –Lo quiero así. Que ella entienda o no mis actos es cosa suya porque sólo hemos estado interpretando un circo estos últimos meses, ahora, más que nunca lo tengo claro.

Se sentó de nuevo, casi mareado, con la cabeza enterrada entre sus brazos con actitud impotente. Y su corazón se partió en el mismo momento en que se dio cuenta de que estaba llorando. Una inocente gota había ido a parar justo delante de sus pies, sobre el parqué. Alison fue hasta él, acuclillándose. Quiso hablar, escuchó cómo tomaba aire para ello, pero en su lugar cogió su cara entre sus manos, haciendo gesto de negación. Dejó una mano libre para poder apoyar un dedo sobre los finos labios que observaban la escena con tanta preocupación como la dueña de ellos.

-Quiero pedirte un pequeño favor –Enunció, a centímetros de ella, sintiendo su aliento. Las lágrimas frustradas seguían brotando incesantes –sólo uno –Asentía, intentando calmarle –Mírate. Mírame. Piensa en nosotros, si tanto buscas mi felicidad –Su voz se quebró en desesperación

Para el momento en que quiso asimilar esas palabras en forma de declaración agridulce se dio cuenta de estar rodeando con sus brazos a un Robert que la abarcaba entera, descargando todo su miedo. Miedo a lo que estaba pasando. Miedo a que esa hora, la hora pudiera haber empezado ya su contador y sin embargo ahí estaban, perdiendo el tiempo con absurdas palabras cuando darle su calor era lo máximo que podía hacer y además lo estaba exigiendo con tanta fe derrotista. Podría haber esperado escuchar esas palabras, quizá, en un momento más propicio, más calmo y menos angustioso para ambos, pero tampoco podía evitar recibirlas de brazos abiertos, como un bálsamo para su ya bastante cicatrizada alma.

-Gracias –susurró él en su oído, calmando su llanto–por todo. Creo que nunca te las he dado.

Aquello sonaba tan terriblemente a adiós que su estómago se hizo un nudo. Fue separándose, dejando enredados sus dedos con los de él.

-¿Por qué darlas –hizo una pausa, conteniendo las lágrimas –cuándo soy yo la que debe tanto? –Volvio a mirarle a los ojos –¿Era eso lo que me decías todos los días cuando venías a verme?

-Quedó parado por un segundo. Medio sonrió –Pensé que no recordabas nada

-A veces me parecía oír tu voz, sólo quería confirmarlo –Una débil sonrisa se dibujo en su cara. Más conforme ahora que conocía la verdad, pero entristecida porque duraría muy poco tiempo.

Un roce que emergió de la más pura intención de una caricia hizo que quisiera capturar esa sonrisa consigo. Para siempre. Recordarla. Memorizarla si era preciso. Lo intentó con el recorrido que iban siguiendo sus labios, afanándose en saborear de nuevo esa sensación añeja como si la hubiera estado echando de menos durante días. Sus lenguas ya se invadían sin compromiso o previo tanteo de terreno. Caricias curiosas iban surgiendo, manos que se morían por ir recorriéndose el uno al otro pero que no estaban hechas a tal situación. Las de Alison comenzaron a revolver los rizos castaños de Robert con cariño mientras continuaba perdiéndose en la sensación de ensueño y notaba, entre bocanadas de aire para recuperar el aliento, cómo las de él la mantenían bien sujeta contra su cuerpo, trepando poco a poco con sus dedos entre su blusón oscuro. El deseo que despertaba enardecido al principio del fin.

Una separación breve, una sonrisa cómplice y un paseo silencioso hacia el altar privado donde ya empezaba a oscurecer. Reinado por una solitaria cama doble que les esperaba con reclamo. Y la escasa claridad recortó la silueta de ellos, que se observaban invadidos por miles de cosas al mismo tiempo. Dos corazones latiendo al ritmo que lo haría una bomba de relojería, más besos, el primer contacto al sentir el abdomen de Robert bajo la palma de sus manos, su vello suave, como seda y lo canela que era su piel. Tampoco quería olvidar esto. Ni el modo en que la ayudó a quitarle la camisa, recostándola poco a poco, cuidándola mucho, casi pidiendo permiso por cada vez que osaba tocar a quien se había convertido en objeto central de su ordenado mundo, y él en el desorden ordenado del suyo. No pudo evitar volver a perderse en el mar –ahora más azul que nunca –que lo esperaba para que se sumergiera sin tapujos. Siempre tan blanquecina, salvo sus mejillas, dos señoritas q llevaban un buen rato ligeramente encendidas por el agradable calor. Cerró por un momento los ojos, como queriendo sacar una foto, y al volver a abrirlos se aproximó hasta ella. Entonces, se dijo, ahora, podría tomar posesión de Ella. Cuando esté muriendo, querría ver esto. Querría sentir esto. Su boca continuó deslizándose sin disciplina alguna entre los pliegues de su piel, de su cuello, pasando por clavícula y hombros, descubiertos despacio. Vientre suave y algo tembloroso que quiso entregarse también a él. Ropa que acabó en algún rincón de aquella tarde medio nublada, quedando únicamente dos cuerpos desnudos. Más caricias, mordiscos, senos, los leves gemidos, las uñas yendo arriba abajo por el camino de su espalda mientras rodeaba con ambas piernas su cadera. Un baile incesante que los envolvió en sudor haciéndoles perder la noción del tiempo hasta primera hora de la mañana que les dejó meciéndose entre un traqueteo agradable, con lluvia y bastante bruma fuera. Al menos, así aguardó a una Alison soñolienta que iba incorporándose despacio, mirando a su alrededor, extrañada por haber pasado una noche entera dormida. Sin más interrupción que el sonido de su respiración acompasada sobre su cuello. No vio a nadie pero sí percibió un olor a café que abría demasiado el apetito. Tras una ducha rápida se colocó una muda y sus vaqueros. Miró con cierta nostalgia la camisa a rayas de Robert que había quedado en un estado lamentable sobre la silla. La apretó contra sí un segundo y decidió ponérsela.

Cuando bajó las escaleras con pies descalzos, pensó que no se daría cuenta de que había bajado, pero lo hizo inmediatamente. Estaba en una esquina, terminando con su labor. Sobre la mesa –pequeña e insuficiente –desayuno para dos. Zumo, pan, mantequilla, un vaso de agua con una píldora al lado…

-¿Imagino que querrás café? –Admiraba divertido su aspecto, juzgando por qué si tenía su propia ropa, encima, robaba la suya.

Alison asintió, como si todas esas atenciones le vinieran grandes y tomó asiento sin más. Podría bucear en esta humanidad, en estar así los dos todos los días.

En el pequeño descanso para dos almas que esperan a los cuatro jinetes del Apocalipsis.