Capitulo 4

¿Quién quiere comprobar si se está tirando un farol?

Saliste de la cuneta y pusiste un pie en el jardín. Mi padre había tenido el sistema de riego encendido durante toda la mañana, así que el césped estaba mojado y te resbaló el pie, con lo que te quedaste haciendo el spagat. Jimmy estaba mirando para la ventana, intentando ver mejor a la nueva amiga de Dorothy (una servidora) y tropezó contigo, con lo que aterrizó a tu lado sobre el bordillo.

Le empujaste y te pusiste de pie. Después se levantó él, y los dos os mirasteis, sin estar seguros de qué hacer. ¿Y qué decidisteis? Os largasteis corriendo calle abajo mientras Dorothy y yo nos reíamos como locas en la ventana.

Recuerdo aquello. Dorothy creía que había sido tan divertido... Me lo había contado en su fiesta de despedida aquel verano.

La fiesta en la que había visto a Candice White por primera vez. Dios. Me había parecido tan guapa. Y nueva en la ciudad, aquello fue lo que realmente me llegó. Cuando estoy cerca del sexo opuesto, especialmente en aquella época, la lengua se me traba, se me hacen unos nudos de los que huiría incluso un scout. Pero cuando estaba cerca de ella podía ser el nuevo y mejorado Terry Granchester que haría su primer año en el instituto.

Dorothy se fue de la ciudad antes de que comenzase la escuela, y yo me enamoré del chico que había dejado atrás. Y no pasó mucho tiempo hasta que aquel chico comenzó a mostrar interés por mí. Lo cual tendría algo que ver con el hecho de que parecía que yo siempre aullaba por allí cerca.

No estábamos juntos en ninguna clase, pero nuestras aulas durante la primera, la cuarta y la quinta clase por lo menos estaban cerca. Vale, la quinta clase a veces se alargaba y yo llegaba cuando tú ya te hablas ido, pero la primera y la cuarta clase por lo menos estaban en el Mismo pasillo.

En la fiesta de Dorothy todo el mundo andaba por el patio exterior, a pesar de que hacía frío. Seguramente había sido la noche más fría del verano. Y yo, por supuesto, me había dejado la chaqueta en casa.

Después de un tiempo, conseguí saludarte. Y un tiempo después, tú conseguiste devolverme el saludo. Entonces, un día, me encontré caminando a tu lado sin decir nada. Sabía que no podrías soportarlo, así que aquello nos llevó a nuestra primera conversación de varias palabras.

No, no es cierto. Me había dejado la chaqueta en casa porque quería que todo el mundo viese mi camisa nueva. Qué imbécil era.

—¡Eh! —me dijiste—¿Es que no vas a decirme hola?

Sonreí, tomé aliento y me di la vuelta.

—¿Por qué debería hacerlo,Albert?

—Porque siempre me dices hola.

Te pregunté por qué pensabas que eras un experto en mí. Te dije que seguramente no supieses nada de mí.
En la fiesta de Dorothy yo me había agachado para atarme el zapato durante mi primera conversación con Candy. Y no había podido. No me había podido atar el dichoso cordón del zapato porque tenía los dedos agarrotados del frío.

En honor a Candy, he de decir que ella se ofreció a atármelo. Por supuesto que no le había dejado. Esperé a que Jimmy se metiese en nuestra torpe conversación para colarme dentro y poner los dedos en agua corriente. Qué vergüenza.

Antes, cuando le había preguntado a mi madre cómo podía llamar la atención de un chico, me había dicho "hazte la dura". Y eso era lo que estaba haciendo. Y está claro que funcionó. Comenzaste a aparecer por mis clases, esperando por mí. Parecía que habían pasado semanas hasta que por fin me pediste el teléfono. Pero yo sabía que acabarías haciéndolo,Albert,así que ya lo había practicado en voz alta.

Muy tranquila y con confianza, como si en realidad no me importase. Como si lo diese cien veces cada día. Sí, muchos chicos en mi antigua escuela me habían pedido el teléfono. Pero aquí, en mi nueva escuela, tú eras el primero.

No, eso no es cierto. Pero tú fuiste el primero que consiguió tener mi número. No es que no te lo hubiera querido dar antes. Solo estaba siendo precavida. Una ciudad nueva. Una escuela nueva. Y esta vez, iba a tener control sobre cómo me veía la gente. Después de todo, ¿cuántas veces se tiene una segunda oportunidad? Antes de ti, Albert Andley, siempre que alguien me lo pedía decía los números correctos hasta el último. Y entonces me asustaba y me confundía... así como por accidente, pero a propósito.

Me coloco la mochila en el regazo y después abro el bolsillo más grande.

Me estaba emocionando demasiado al verte escribir mi número. Por suerte tú también estabas demasiado nervioso para darte cuenta. Cuando por fin conseguí escupí el último número —¡el número correcto!—sonreí muchísimo. Mientras tanto, la mano te temblaba tanto que creía que te lo ibas a cargar todo. Y no iba a permitir que aquello ocurriese.

Saco el mapa y lo desdoblo sobre el banco de herramientas.
Señalé el número que estabas escribiendo.

—Debería ser un siete —dije.

—Es un siete.

Con una regla de madera le aliso los extremos.

—Oh. Vale, mientras tú sepas que es un siete.

—Lo sé —me dijiste. Pero repasaste igualmente para hacer que fuese un siete todavía más tembloroso.
Me estiré el dobladillo de la manga sobre la palma de la mano y casi me acerqué a secarte el sudor de la frente... algo que mi madre habría hecho.

Pero, por suerte, no lo hice. Nunca le hubieras vuelto a pedir el teléfono a una chica.
A través de la puerta lateral del garaje mamá me llama. Bajo el volumen, preparado para darle al botón de Stop si la puerta se abre.

—¿Sí?
Cuando llegué a casa, ya habías llamado. Dos veces.

—Quiero que continúes trabajando —dice mamá—. Pero necesito saber si cenarás con nosotros.

Mi madre me preguntó quién eras, y le dije que íbamos a clase juntos, que seguramente llamases para preguntarme algo sobre los deberes. Y ella me dijo que era exactamente lo que tú le habías dicho.

Bajo la vista y miro la primera estrellita roja: C—4. Sé dónde es. Pero ¿debería ir allí?

No me lo podía creer. Albert, le habías mentido a mi madre. ¿Y por qué me hizo aquello tan feliz?

—No —digo—. Me voy a casa de un amigo. Para hacer lo del proyecto.
Porque nuestras mentiras coincidían. Aquello era una señal.

—Está bien —dice mamá—. Te guardaré algo en la nevera y te lo puedes calentar más tarde.
Mi madre me preguntó qué clase teníamos juntos y yo le dije que mates, lo cual no era totalmente una mentira. Los dos hacíamos clases de mates. Solo que no estábamos juntos. Y no eran del mismo tipo.

—Bien —dijo mi madre—. Eso es lo que él me ha dicho.
La acusé de no confiar en su propia hija, le arranqué el trozo de papel con tu número de la mano y corrí al piso de arriba.

Iré. A la primera estrella. Pero antes de eso, cuando se acabe esta cara de la cinta, iré a casa de Anthony.

Tony nunca ha cambiado el equipo de música de su coche, así que todavía puede escuchar casetes. Así, dice él, puede controlar la música. Si lleva a alguien a un sitio y trae su propia música, hay un problema. "El formato no es compatible", les dice.

Cuando respondiste al teléfono, dije:

—¿Albert? Soy Candy. Mi madre me ha dicho que me has llamado por un problema de mates.

Anthony tiene un viejo Mustang que ha heredado de su hermano, que a su vez lo heredó de su padre, que seguramente lo heredase también del suyo. En la escuela hay pocos amores comparables al que hay entre Anthony y su coche. Le han dejado más chicas, porque sentían celos de su coche, de las que han besado mis labios.

Estabas confundido, pero al final recordaste que le habías mentido a mi madre y, como buen chico, te disculpaste.

Aunque no puedo considerar a Anthony un amigo cercano, hemos hecho juntos un par de trabajos, así que sé donde vive. Y, lo más importante de todo, tiene un walkman viejo en el que se pueden escuchar cintas. Es amarillo y tiene unos auriculares de plástico finitos, y estoy seguro de que me lo dejará.

Me llevaré unas cuantas cintas y las escucharé mientras camino hasta el antiguo barrio de Candy, que solo está a una manzana o dos de la casa de Anthony.

—Entonces, Albert, ¿cuál es el problema de mates? —pregunté. No te ibas a librar tan fácilmente.