Capítulo 3
Esa noche, Candy no durmió bien, asediada por sueños inquietantes hasta que por fin amaneció. Más tarde, no fue una sorpresa descubrir que la partida no tendría lugar según lo programado.
El coche llegó puntualmente con Stear, el conductor uniformado, y allí se quedó hasta que la Signora, después de un tranquilo desayuno, órdenes contradictorias, llamadas telefónicas y mensajes a los amigos, al fin se decidió a partir.
Candy no había viajado nunca en un vehículo tan lujoso como ése, aunque fue imposible relajarse sentada en el asiento trasero en compañía de la madre, en la esquina opuesta, y su antipático perro en una cesta acolchada. Había esperado otro aluvión de preguntas y se preparó para ello, pero no sucedió así. La Signora parecía perdida en sus pensamientos, y Caio, aparte de enseñarle los colmillos cuando lo miraba, también se mantuvo tranquilo.
Hubo numerosas paradas a causa del perro y Candy comprobó que la espalda empezaba a dolerse a causa de la tensión.
Se había puesto un ligero vestido suelto de algodón color crema con mangas muy cortas y un discreto escote cuadrado. El vestido hacía juego con unas sandalias planas de color marrón, y un sombrero de lino de ala ancha. Aparte de la obligatoria crema protectora, sólo se había dado un ligero toque de rímel en las pestañas y brillo de un suave tono coral en los labios.
Intentó consolarse con el pensamiento de que la Signora no podría quejarse de su aspecto, aunque la odiara. Mientras avanzaban velozmente por la autopista, concluyó que el coche no necesitaba aire acondicionado, pues la madre de Neil podría haber hecho descender la temperatura a bajo cero con una sola de sus miradas. El coste del viaje escolar de su hermano subía a cada minuto que pasaba, pensó con abatimiento.
Sin embargo, a medida que se internaban en la región de Umbría, Candy sucumbió a la alegre belleza del paisaje, y todas las otras consideraciones pasaron a un segundo lugar. Donde quiera que mirase había interminables prados verdes y la cima de cada colina aparecía coronada por pueblecitos en precario equilibrio.
Media hora después, llegaron a Besavoro, un pueblo un poco más extenso junto a un río afluente del Tíber, según le informó Neil. Alrededor de la plaza las casas y tiendas se arracimaban en torno a una alta iglesia muy ornamentada.
Cruzaron el pueblo y empezaron a ascender por un empinado camino lleno de curvas que bordeaba el valle. Candy recordó el comentario de Neil acerca de sus riesgos y, estremecida, agradeció la habilidad de Stear como conductor.
—Ya casi hemos llegado, signorina —oyó con sorpresa la voz de la madre dirigida a ella—. Sin duda, sentirá ansias por conocer el lugar donde pasará sus breves vacaciones. Espero que esté a la altura de sus expectativas.
—¿La casa ha pertenecido desde siempre a la familia? —preguntó educadamente.
—Durante generaciones, aunque ha tenido modificaciones y extensiones a través de los años. Se dice que una vez fue una ermita, un lugar solitario donde se enviaba a hacer penitencia a los monjes pecadores.
—Sé como se habrán sentido —comentó Neil por encima del hombro—. Me asombra que Albert desperdicie siquiera una hora de su vida en este lugar, aunque, con toda seguridad, nunca se ha arrepentido de nada en su vida.
La madre se encogió de hombros.
—Pasó aquí gran parte de su infancia. Tal vez le recuerde momentos felices.
—Albert, nunca fue un niño. Su pasado se remonta al día anterior y nada más. Mira, Candy mia, ahora puedes ver la casa si miras hacia abajo, entre los árboles.
Candy vislumbró una construcción de piedra de un tono rosa pálido con tejas de terracota desteñidas por el sol y retuvo el aliento presa de una súbita sensación mágica. Era como un paraje encantado, adormecido entre los árboles.
«Gracias a este aire tan diáfano es imposible no oír el ruido de un vehículo que se aproxima», pensó Albert.
Llegaban los huéspedes no deseados. Con un suspiro irritado, se levantó de la tumbona, recogió unos viejos pantalones de tenis del suelo de mármol y se los puso a regañadientes. Durante los últimos días había disfrutado de su solitaria libertad. Entre otras cosas, se había dedicado a nadar desnudo y a tomar el sol al borde de la piscina a sabiendas de que George y Dorothy, encargados de la villa, nunca perturbarían su intimidad.
Pero, a partir de ese momento, su soledad había acabado. Tras ponerse unas gastadas alpargatas, se encaminó a la casa a través del jardín dispuesto en terrazas.
Hasta el último minuto, había rezado para que esa pesadilla no ocurriera. Deseó que Neil y su ragazza hubieran reñido o que zia Elroy se hubiera encariñado con ella como una madre olvidando todas sus objeciones. Cualquier cosa que lo sacara de ese horrible atolladero.
Pero la llamada telefónica de la dama había destruido sus esperanzas. Recordó con disgusto su voz histérica despotricando contra la chica. Para ella, no era más que una fulana. Una aventurera ordinaria, proveniente de la clase social más baja, aunque muy lista, ya que estaba claro que intentaba atrapar a Neil con fines matrimoniales, y el pobrecillo de su hijo no se daba cuenta del peligro en que se había metido. Al mismo tiempo, había dejado muy claro que su amenaza de sacar a la luz su aventura con Sussane continuaba vigente si no mantenía su palabra.
«Quiero que destruyas a la inglesa. Nada menos que eso me servirá», había sentenciado antes de cortar la comunicación.
Albert sintió la tentación de replicar que prefería destruir a Sussane, que se mostraba vergonzosamente tenaz bombardeándolo con llamadas telefónicas y breves mensajes. Si continuaba comportándose con tanta indiscreción, Anthony y su madre no tardarían en descubrir el asunto sin la intervención de zia Elroy.
Y en ese momento iba a enfrentarse a una calamidad peor: esa chica desconocida e indeseada a la que tendría que inducir mañosamente a abandonar el lecho de Neil para ir al suyo. Probablemente tendría que emborracharse para llevar a cabo su propósito.
«Si salgo vivo de este lío, haré votos de castidad», pensó malhumorado cuando George ya abría el pesado portalón de madera de entrada a la villa y Dorothy se movía ansiosamente de un lado a otro. Sabía que sus disposiciones y últimos detalles se habían realizado a la perfección y que la comida sería excelente. No solía recibir visitas en la villa y los sirvientes estaban acostumbrados a su trato relajado, así que la presencia de zia Elroy sería agotadora para todos ellos.
Albert salió del sombreado vestíbulo a la luz del sol. El coche estaba estacionado a unos cuantos metros y el chófer ayudaba a bajar a la Signora mientras Caio lanzaba agudos ladridos desde sus brazos.
La atención de Albert, sin embargo, se concentró en la joven, un tanto apartada, que contemplaba la fachada de la casa.
Su primera reacción fue que no era su tipo, ni tampoco el de Neil, cosa que lo desconcertó un tanto. De hecho no se ajustaba a la imagen preconcebida que habían engendrado en su mente las acusaciones de su tía, pensó críticamente. Era casi tan alta como Neil, de rostro claro y pálido. Una nube de cabellos rubios rojizos le caía hasta los hombros, sus ojos eran de un tono verde esmeralda y la boca bien dibujada.
Era mas que una belleza convencional, y sí ,curiosamente seductora. Probablemente demasiado esbelta, aunque el vestido barato que llevaba revelaba muy buenas curvas y detalles, pensó divertido.
Y entonces, como respuesta a un silencioso deseo, una leve brisa desde las colinas detrás de ellos removió la tela del vestido contra su cuerpo revelando unos pechos erguidos, la leve concavidad del estómago, los muslos y caderas muy redondeados y las largas y esbeltas piernas.
Albert, atónito, de improviso sintió que le faltaba el aliento y, contra su voluntad, descubrió que su cuerpo se estremecía con inesperada anticipación.
«He cambiado de opinión. Después de todo, no hará falta que me emborrache. Al contrario, creo que esta ragazza no merece menos que mi completa y sobria atención», pensó burlándose de sí mismo.
En ese instante, se dio cuenta de que la Signora se acercaba con una mirada reprobadora en los ojos oscuros.
—¿Es así como te vistes para recibir a tus invitados, Albert?
Con una fría sonrisa, el conde le tomó la mano y se inclinó.
—Hace diez minutos estaba desnudo, zia Elroy. Esta es una concesión a mis invitados —dijo al tiempo que miraba a Caio con severidad—. Veo que has traído a tu perro. Espero que haya aprendido mejores modales desde la última vez que nos vimos —reprochó antes de echar una mirada a Neil.
—. Ah, Neil, come stai.
Neil lo miró con suspicacia.
—¿Qué haces aquí?
—Estoy en mi casa, lo que te convierte en mi huésped —replicó con cierta sorpresa—. Naturalmente que deseaba estar presente para ocuparme de que estéis a gusto.
—Nunca te preocupas tanto —murmuró Neil.
—¿No? Tal vez haya aprendido de mis errores. La casa dispone de habitaciones suficientes para todos. No tendrás que compartir dormitorio conmigo, primo —replicó y entonces miró a la joven como si la viera por primera vez—. ¿Cuál es el nombre de tu encantadora amiga? —preguntó con deliberada cortesía más que entusiasmo en tanto notaba la ansiedad en los grandes ojos verdes esmeraldas bordeados de oscuras pestañas.
Neil tomó la mano de Candy en un gesto defensivo.
—Ésta es la signorina Candy White, que ha venido conmigo de Londres. Candy, permíteme presentarte a mi primo, el conde Albert Andley.
—Encantada de conocerlo, signore —saludó con una voz clara y tranquila, aunque sin mirarlo a los ojos, detalle que a Albert no le pasó inadvertido.
—Sea bienvenida en mi hogar, signorina —dijo inclinando la cabeza con formal cortesía antes de guiarlos a la casa.
—. Dorothy, por favor, enseñe a las señoras sus respectivas habitaciones. George, ¿quiere llevar a mi primo a la suya?
Cuando se volvía para alejarse, Neil le aferró un brazo.
— ¿Qué es esto? ¿Dónde has puesto a Candy? —siseó.
—Por exigencia de tu madre, en una habitación junto a la suya —respondió encogiéndose de hombros—. Siento desilusionarte, pero bien sabes que nunca va a permitir que duermas con tu novia bajo el mismo techo que ella. Por lo demás, si te acercas a esa parte de la casa, esa rata peluda que tiene tu mamma te sentirá y se pondrá a ladrar —explicó con una sonrisa levemente maliciosa—. Como los antiguos monjes, tendrás que practicar la castidad.
—Una lección que tú todavía tienes que aprender —replicó Neil con acidez.
—Puede ser, aunque nunca he traído una mujer aquí —observó Albert suavemente.
—A propósito, ¿qué piensas de mi pequeña innamorata inglesa?
—¿Quieres mi opinión? —respondió en tanto le sostenía la mirada—. Si es de tu agrado, debería bastar con eso, primo. Aunque normalmente te gustan con mucho más ... — se detuvo con un gesto elocuente de las manos.
—Sí —Neil convino con lascivia—. Pero esta chica tiene...muy buenas zonas , si entiendes lo que te digo —añadió antes de echarse a reír.
A Albert no le gustaba mucho Neil y, en ese momento, gustosamente le habría propinado un puñetazo en la boca.
En cambio, le dijo que se sintiera como en su casa y se marchó a su habitación a ducharse y cambiarse de ropa.
Candy siguió a Dorothy y a la Signora por una serie de galerías. La Villa Pauna era una extensa construcción de una planta. Pero en ese momento no se sentía con ánimo para apreciar lo que la rodeaba. No todavía.
¿Así que ése era el conde Andley, la augusta cabeza de la banca Andley? ¿Ese individuo medio desnudo de rubios y dorados cabellos y sin afeitar?
Al principio pensó que era el conserje o el jardinero. Había esperado una versión mayor y más formal de Neil, convencionalmente apuesto y con una figura más gruesa a causa de la edad. Pero el conde era muy alto, con un cuerpo admirable. Esbelto, musculoso y de piel bronceada. Los pantalones cortos, flojos en las estrechas caderas casi pecaban de indecentes. Candy juzgó que tendría unos treinta años. Su rostro era mucho más impresionante y apuesto, la nariz aquilina, una boca francamente cínica y oscuros azul-celeste que miraban al mundo con aburrida indiferencia bajo los gruesos párpados. O al menos, Candy se corrigió, ése fue el modo en que él la había mirado.
Tal como Neil había sugerido, tampoco profesaba gran admiración por su tía. No había entendido el breve intercambio de palabras entre ellos, aunque había detectado una cierta dosis de tirantez.
Pero si sus visitas no le agradaban, ¿por qué estaba allí, donde no se le esperaba, si disponía incluso de sitios mejores para pasar sus vacaciones? No tenía sentido.
Como fuere, no se lo imaginaba muy complacido si descubría que tendría que entretener a una de las piezas menores de la máquina de Relaciones Públicas de la sucursal londinense del banco Andley. Mayor razón para guardar el secreto sobre su trabajo para la empresa Harman Grace. Así que decidió que continuaría siendo la chica que Neil había conocido en un bar.
—Ecco, signorina —anunció Dorothy con una radiante sonrisa al tiempo que abría una puerta.
Los ojos de Candy se agrandaron, deleitados. La habitación no podría haber sido más diferente a la estancia cerrada que había ocupado el día anterior. Era más amplia que la otra, con suelos de mármol en un tono rosa pálido, y en las blancas paredes todavía había trazas de antiguos frescos que pronto iba a examinar a su placer. Y esos eran todos los indicios de que se trataba de una antigua mansión. Una gran cama con dosel del que colgaban cortinas blancas y transparentes iguales a las que decoraban las ventanas, una cómoda y una mesilla de noche comprendían todo el mobiliario. Una puerta se abría a un lujoso cuarto de baño con suelos del mismo color que los de la habitación. Por todo adorno había una lámpara en la mesilla junto a la cama y un florero con rosas frescas sobre la cómoda.
Candy se volvió a Dorothy.
—Perfecto —dijo con una sonrisa.
Cuando estuvo sola, se acercó a las puertas francesas y las abrió de par en par. Daba a un patio con soportales flanqueados de columnas, como un claustro medieval. Candy entró en el claustro contemplando lo que la rodeaba. Había una pequeña fuente en el centro de la zona adoquinada, con un querubín medio roto que arrojaba agua desde una concha a la fuente baja junto a la que había un banco de piedra. Descubrió que el patio se abría a un prado bañado por el sol que formaba parte del jardín, El verde césped formaba parte del jardín y estaba cuajado de flores. No lejos de allí oyó el arrullo de unas palomas.
Pero no todo era paz y quietud. Desde muy cerca le llegó la autoritaria voz de la Signora y las suaves réplicas de Dorothy.
Un recordatorio de que en ese jardín del Edén también había serpientes.
De pronto se sintió cansada, pegajosa y un poco desalentada. En el cuarto de baño, había visto un juego de toallas junto a una serie de artículos de tocador y decidió utilizarlos.
Estuvo un rato bajo el chorro de la ducha caliente y luego se enjabonó con una pastilla que olía a lilas y rosas. Muy pronto, se sintió fresca, renovada y con nuevas energías. Cuando se hubo secado, se envolvió en una suave toalla y regresó a la habitación, donde se dedicó a deshacer el equipaje que esperaba sobre la cama. Nada de lo que había llevado era suficientemente elegante ni formal para alguien que, como ella, se hospedaba en la villa de un conde.
Lo más apropiado era un vestido de una tela sedosa en tono plateado que decidió ponerse para la cena de esa noche. Sabía que de todos modos la Signora iba a desaprobar cualquier cosa que se pusiera. Sin embargo, por alguna razón que no supo explicar o admitir, no quería que el conde Andley la mirara con el mismo desdén.
Quería que aceptara la ficción de que Neil y ella eran una pareja y que, de alguna manera, llegara a aceptarla como una novia adecuada para su primo.
Sin saber qué hacer hasta la hora de la cena y sin atreverse a explorar los alrededores, decidió tenderse en la cama con un libro hasta que la llamaran.
En ese momento, oyó unos golpecitos en la puerta. Pensando que era Neil, abrió con cautela y descubrió a Dorothy con una bandeja.
Con una resplandeciente sonrisa, la mujer mayor se la puso en las manos mientras le informaba que Su Excelencia había pensado que a la signorina podría apetecerle tomar algo tras el viaje.
Una vez sola, Dorothy se sentó al borde de la cama y examinó el contenido. Había una tetera, un plato con sándwiches de paté y un cuenco de cerezas.
Sorprendida, pensó que era una gentileza no esperada. Al parecer, el conde Andley era una caja de sorpresas.
Tras dar cuenta de los sándwiches y de dos tazas de té, se tendió en la cama con su libro mientras saboreaba las cerezas.
Despertó cuando empezaban a caer las sombras en el patio.
Tras ponerse una braguita y un sujetador de encaje, se maquilló con más cuidado de lo habitual antes de cepillarse vigorosamente el pelo y ponerse unos pendientes plateados. Luego, se roció la piel con el delicado perfume que solía usar antes de ponerse el vestido, atar el cinturón en su esbelta cintura y calzarse unas sandalias bajas en honor de Neil, muy susceptible en cuanto a su baja estatura, a diferencia del conde Albert. Aun con sandalias muy altas apenas le habría llegado a la barbilla, pensó sin saber por qué.
Era tiempo de concentrarse en Neil y en la tarea que debía llevar a cabo.
Candy salió de la habitación y, en su camino, observó que había muchos patios, algunos cerrados, y cada uno con su fuente o una estatua. En un momento, se sintió perdida en esos laberintos pero, para su alivio, el sirviente con chaqueta blanca que los había recibido en la entrada apareció como por arte de magia y amablemente le indicó que lo siguiera.
La dejó en una enorme estancia con una gran chimenea de piedra sobre la que había un despliegue de armas. La habitación estaba vacía, así que se dedicó a contemplar los frescos de las paredes. En un extremo, unas puertas francesas se abrían a una terraza con una escalinata que descendía al jardín.
Había pocos muebles en el salón. Unos cuantos sofás, un armario de madera tallada y un piano de cola.
Estaba abierto. Candy, intrigada, se sentó en el taburete y de pronto sus dedos recorrieron suavemente las teclas, que producían un sonido maravilloso.
Con un suspiro recordó a su padre y los tristes sucesos tras su muerte, entre ellos la pérdida de su amado piano.
Candy pulsó algunas teclas y, consciente de que estaba sola, se puso a tocar una moderna canción de cuna que una vez había estudiado como tema para un examen.
Tal vez porque siempre había sido una de sus piezas favoritas, sus manos se deslizaron con toda facilidad y sin errores sobre las teclas. Más tarde, suspirando, tocó las tristes notas finales, perdida en su propia nostalgia.
Candy se sobresaltó al oír que al último compás le seguían unos aplausos. Bruscamente se volvió hacia la puerta y miró con aprensión.
—¡Bravo! —exclamó el conde Andley, que lentamente se acercaba a ella.
