SECUESTRO IV

André permanecía sentado en la cocina frente a un plato que no se decidía a probar. Tanto él, por su propia cuenta, como el General Jarjayes, Girodelle y los soldados de Oscar habían peinado Versalles y París buscándola. El Conde Fersen también había desaparecido y la Reina tenía los nervios destrozados pensando en lo peor.

Esa noche, a la angustia habitual de André se le sumaba una extraña desazón, como de una pérdida aun más dolorosa que la muerte. La Nana se acercó en silencio y acarició la frente de su querido nieto, ya un hombre hecho y derecho.

-¿Cuándo creciste tanto, hijo mío? – le dijo con cariño, pero André se limitó a torcer las comisuras de la boca en lo que pretendía ser una sonrisa.

-No te preocupes, André, estoy segura de que aparecerá sana y salva, mi corazón me lo dice…

-Lo sé, abuela, pero esta noche siento como que la he perdido...

-¡No digas esas cosas, chiquillo, por Dios! La niña Oscar volverá y todo será como antes.

"¿Será?" pensó André mientras besaba a su abuela en la mejilla y se dirigía al establo a buscar su caballo para otra noche de búsqueda.

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En la habitación de Fersen, el fuego moría y se asentaba la penumbra mientras él desvestía con manos de experto a Oscar. Ella sabía que esto no debía pasar, no podía olvidar que el gran amor de Fersen era la Reina y, sin saber por qué, recordó a André con algo parecido al remordimiento.

Fersen iba demasiado rápido y el temor comenzó a apoderarse de ella pero muy en el fondo de su corazón, supo que esta oportunidad no se iba a repetir y por sólo esa noche, quiso ser una mujer como las demás.

Con timidez, comenzó a quitarle la camisa a Fersen, para que por lo menos estuvieran en igualdad de condiciones. Cuando Fersen le quitó hasta la última prenda, se detuvo y se alejó un poco de ella.

-¿Qué sucede?- preguntó en un susurro.

-Nada…Es sólo que quiero mirarte.

Oscar se ruborizó e hizo el ademán de cubrirse con sus manos pero Fersen no se lo permitió. De pronto, se recostó a su lado y comenzó a seguir con dedos suaves la cicatriz de su costado, producto de un entrenamiento de espada con su padre que se había ido de las manos.

Luego, delineó con los dedos la notoria cicatriz que Oscar tenía en la parte interna de su brazo izquierdo, de cuando se lanzó del caballo para salvar a la reina el día en que quiso aprender a montar. Oscar estaba cada vez más ruborizada e iba a decir algo pero Fersen la calló con un beso. Luego la hizo voltearse y delineó la cicatriz con forma de corazón que tenía cerca del hombro derecho, de cuando fue atacada por los hombres de Madame de Polignac. Oscar se estremecía ante el contacto, a la vez que se sentía avergonzada por su cuerpo marcado de cicatrices.

-Esta eres tú, Oscar, tu cuerpo cuenta cada episodio de tu historia y quiero memorizarla como un cuento.

- Es un cuento bastante largo, entonces.-Dijo en son de broma.

Pero Fersen no rió. Siguió acariciando su espalda para luego voltearla suavemente y comenzar a besarle el cuello, los senos, el vientre.

Oscar se sentía en el cielo y también comenzó a besarlo, a retribuir algunas de las caricias ya recibidas y a explorar a este hombre por tanto tiempo amado. No sabía si después de esta noche se iba a arrepentir pero ahora nada le importaba.

Fersen comenzó a besarle el interior de los muslos y luego se inclinó sobre ella para unírsele lentamente. Oscar sintió un repentino dolor y sin darse cuenta, se le cayeron las lágrimas, que Fersen besó una a una mientras comenzaba a moverse dentro de ella. El dolor fue convirtiéndose lentamente en placer hasta que ambos cayeron exhaustos uno en los brazos del otro.

Sus respiraciones se fueron aquietando a medida que caían en un profundo sueño despreocupado.

Los primero rayos del sol cayeron sobre el rostro de Oscar y abrió los ojos para descubrir que no era un sueño, lo que había pasado superaba en todo aspecto sus expectativas. Fersen despertó rato después y la miró con ternura en sus ojos somnolientos. Luego recostó su cabeza en el pecho de Oscar y se dispuso a seguir durmiendo, cuando notó un cierto nerviosismo en ella.

-¿Qué sucede, Oscar?

- Fersen, ¿no estás arrepentido de lo que pasó?

-No podría…

-Pero… ¿Qué pasará de ahora en adelante?

Por toda respuesta, la besó y comenzó a hacerle nuevamente el amor como la noche anterior. Esta vez Oscar tomó la iniciativa y lo amó en forma frenética, como si fuera la última vez. Procuró darle todo el placer del mundo, en la esperanza de quedarse grabada en su cuerpo y que nunca deseara a nadie más, aunque sabía que se engañaba a sí misma pero por ese motivo, ese momento sería único e irrepetible.

Permanecieron un largo rato abrazados hasta que el reloj de la pared emitió las campanadas del mediodía.

-Creo que llegó la hora de regresar al mundo exterior.-le dijo Oscar a Fersen.

-Lamentablemente sí. Seguro que todos se han vuelto locos buscándonos.

Oscar se incorporó y Fersen la abrazó fuerte por la espalda, como si no quisiera dejarla ir.

Finalmente, la soltó y se dirigió al armario a buscar dos trajes para ambos.

-Creo que éste te quedará, es de cuando era más joven.

-¡Gracias, Conde! Creo que nos veremos muy galantes con estas pintas…

-Pero extrañaré verte envuelta de tules, mi querida comandante…

La expresión de Oscar se ensombreció. La idílica historia terminaba ahora y no sabía qué sucedería después y, lo más inexplicable, temía la mirada de André, como si él fuera a percibir debajo de sus ropas el rastro de otro hombre. "¡Maldita sea, es mi amigo de infancia, no mi esposo!"

Una vez vestidos, se quedaron mirando a los ojos largo rato y, antes de que la voluntad le fallara a Oscar, corrió hacia él, le dio un rápido beso en los labios y salió corriendo a buscar el caballo que robara la noche anterior para regresar a la Mansión Jarjayes.

El camino a Versalles nunca fue tan tedioso y largo como ahora. Oscar no podía dejar de recorrer con la memoria cada momento de la noche anterior y, a su vez, le angustiaba el futuro.

La torre de la mansión apareció en lontananza y Oscar volvió a vestir su expresión de hielo y su porte marcial que la protegía del mundo.

Antes de que terminara de descender del caballo, André llegó corriendo con los ojos fuera de las órbitas.

-¡Oscar! ¡¿Estás bien?! ¡¿No estás herida?!

-Calma, André, no tengo ninguna herida de consideración, vamos adentro y te explicaré lo que sucedió. Más tarde debo ir a darle mi informe a la Reina. -"Si le informara absolutamente todo", pensó con una pizca de remordimiento.

André notó algo distinto en Oscar, como que debajo de su eterna frialdad algo se había ablandado, como si la Oscar que llegó fuera aun más mujer que la que salió vestida a L'Odalisque hace dos noches…

-¡Niña Oscar! ¡Estáis bien! ¡Gracias a Dios!

-¡Hijo mío, has vuelto!

La Nana y el General si dirigieron apresuradamente a recibirla. La Nana la abrazó con desesperación pero el General mantuvo la distancia. Aunque se sintió morir los dos últimos días, demostró mayor angustia que si Oscar hubiese vuelto de una misión.

Todos entraron a la sala y Oscar les contó brevemente lo sucedido, lo que observó en el Palacio Real, su hallazgo del escondite del Caballero Negro y la posterior huida hacia la casa de Fersen.

Ante esta última información, André frunció el entrecejo. Presentía que la historia no terminaba allí pero no estaba seguro de si le gustaría enterarse del resto.

Oscar subió a la habitación donde la Nana le curó las heridas de la cabeza y demás magulladuras. Al conversar con ella mientras la ayudaba a cambiarse el traje casual por su uniforme, también tuvo una corazonada de que algo había cambiado en su niña, pero no se atrevió a preguntar, quizás más tarde...

Oscar tomó desayuno y, junto a André, se dirigieron a Palacio.

El Chambelán anunció que la Reina recibirá a Oscar de inmediato. Al entrar al salón, notó, para su sorpresa, que Fersen se encontraba allí de uniforme impecable y evitaba mirarla.

Una punzada de dolor atacó el corazón de Oscar al darse cuenta de que el Conde estaba tan avergonzado como para dirigirle una mirada. La Reina se levantó corriendo de su silla y la tomó por ambas manos.

-¡Amiga mía! Fersen me ha contado todo, ¡estoy tan tranquila de que estén a salvo! Ya he enviado la orden de que se organicen cuadrillas para darle caza al famoso Caballero Negro, ¡no sé cómo se atrevió a hacerles eso a dos miembros de la alta aristocracia!

-Majestad, no os preocupéis de más, yo misma dirigiré la cuadrillas para encontrarlo, estad tranquila. Ahora, en vista de que el Conde Fersen os puso en antecedentes, me retiro.

Dicho esto, hizo una reverencia y salió con André a su lado.

Mientras se dirigían a buscar los caballos, André detuvo a Oscar tomándola del brazo.

-Oscar, ¿qué te sucede? Desde que llegaste casi no has abierto la boca, ¿hay alo más que no hayas contado?

Oscar se quedó helada, pero recuperó la compostura para contestar.

-Pero André, ¿qué dices? Es sólo que nunca había estado prisionera y la verdad es que tuve miedo, por primera vez en mi vida…

Esa tarde, a Oscar le tocó hacer una ronda por los jardines para un espectáculo de fuegos artificiales que tendría lugar esa noche con motivo del cumpleaños del Rey.

Oscar agradeció la soledad que le proporcionaban los árboles y arbustos para pensar. En realidad debió esperarse que Fersen se arrepintiera de lo que sucedió, lo que le dijo mientras estaban en la cama fue en un arrebato de pasión, ella debió saberlo, pero aun así le dolía enormemente. Llegó hasta una glorieta y entró a observar un momento el tranquilizador paisaje.

De pronto, sintió pasos a su espalda y, en forma refleja, se llevó la mano a la pistola y se volteó apuntando sólo para encontrar a Fersen.

-Espera, Oscar, soy yo, no dispares.

Oscar bajó la pistola y también la vista, pero Fersen se aproximó a ella y levantándole la barbilla con un dedo, la besó suavemente en los labios.

-Fersen, cuando te vi esta tarde, ni siquiera me miraste, pensé que ya estabas arrepentido de lo que sucedió…

-Pero, Oscar, ya te dije que jamás podré arrepentirme y si me rehusé a mirarte fue sólo porque mis ojos me pondrían en evidencia. Creo que te amo y...

-¿"Creo"? ¿Cómo es eso de que "creo"? Pensé que esto para os no era un juego, que estábais claro en vuestros sentimientos, no puedo creerlo… - dijo volteándose para apoyarse en la baranda. Sus ojos se estaban llenando de lágrimas pero no quería llorar, no frente a él, debía mantener la dignidad hasta el fin.

-Oscar, ¿qué estás pensado? ¿Que jugué contigo? Jamás podría hacerlo, pero debes comprender que estos sentimientos son nuevos para mí, hace muy poco que terminó lo de María Antonieta…

-Y supongo que me usaste para llenar ese vacío, ¿no es así?

-¿Usarte? Oscar, yo te quiero, no podría…

-Me quieres, pero no me amas, con esto ya me queda todo claro. Creo que no tenemos más de que hablar.

-Oscar, yo…

-Por favor, olvidemos lo que pasó, pues yo me esforzaré por hacerlo. En lo que a mí respecta, quedáis libre de hacer lo que os plazca, Fersen.

Dicho esto, se alejó corriendo de la glorieta, mientras un atribulado Fersen la veía alejarse sabiendo que sólo podría volver a acercársele cuando pudiera decirle con propiedad "Te amo".

Todos los derechos a su autora original hasta el capitulo numero 4 que es desde donde continuare la historia. Lady Aone es su autora original.