Capitulo 4

El Centro de Entrenamiento tiene una torre diseñada exclusivamente para los tributos y sus equipos. Éste será nuestro hogar hasta que empiecen los juegos. Cada aldea tiene una planta entera, sólo hay que subir a un ascensor y pulsar el botón correspondiente al número del tuyo. Fácil de recordar.

He subido un par de veces en el ascensor del Edificio de Justicia del Konoha, una para recibir la medalla por la muerte de mi padre, y ayer, para despedirme por última vez de mi familia y amigos. Sin embargo, aquél era una cosa oscura y ruidosa que se movía como un caracol y olía a leche agria. Las paredes de este ascensor están hechas de cristal, así que puedes ver a la gente de la planta de abajo convertirse en hormigas conforme sales disparada hacia arriba. Es emocionante y me siento tentado de preguntarle a Sakura Haruno si podemos volver a subir, pero, por algún motivo, creo que sonaría infantil.

Al parecer, las tareas de Sakura no concluyen en la estación, sino que Sasuke y ella nos supervisarán hasta que lleguemos al mismísimo campo de batalla. En cierto modo, es una ventaja, porque, al menos, se puede contar con ella para que nos lleve de un lado a otro a tiempo, mientras que no hemos visto a Sasuke desde que cerramos nuestro trato en el tren. Seguro que está inconsciente en alguna parte. Por otro lado, es como si Sakura estuviese en una nube; es la primera vez que el equipo al que acompaña causa sensación en la ceremonia inaugural. Alaba no sólo nuestros trajes, sino también nuestra conducta y, según lo cuenta, ella conoce a todas las personas importantes del Capitolio y ha estado hablando bien de nosotros todo el día, intentando conseguir patrocinadores.

--Pero he sido muy misteriosa --dice, con los ojos entrecerrados--, porque, claro, Sasuke no se ha molestado en contarme su estrategia. Sin embargo, he hecho todo lo posible con lo que tenía: que Naruto se había sacrificado por su hermano y que los dos habéis luchado con éxito por superar la barbarie de nuestra aldea. --¿Barbarie? Es irónico que lo diga una mujer que ayuda a prepararnos para una matanza. ¿Y en qué basa nuestro éxito? ¿En que sabemos comportarnos en la mesa?--. Por supuesto, todos tienen sus reservas, porque son de la aldea minera. Así que les he dicho, y ha sido muy astuto por mi parte: «Bueno, si se ejerce la suficiente presión sobre el carbón, ¡se convierte en un perla!».

Sakura esboza una sonrisa tan resplandeciente que no tengo más remedio que alabar con entusiasmo su astucia, aunque se equivoque.

El carbón no se convierte en perla, pues las perlas crecen en el interior de los moluscos. Seguramente quería decir que el carbón se convierte en diamante, aunque tampoco es cierto. He oído que en el Aldea de la niebla hay una máquina que puede convertir en diamante el grafito, pero nosotros no extraemos grafito, eso era parte del trabajo del Aldea del remolino, hasta que la destruyeron.

Me pregunto si lo sabrán las personas con las que nos ha estado promocionando; a lo mejor tampoco les importa.

--Por desgracia, no puedo cerrar tratos con los patrocinadores. Sólo lo puede hacer Sasuke --sigue diciendo ella, en tono lúgubre--. Pero no os preocupéis, lo llevaré a las negociaciones a punta de pistola, si es necesario.

Aunque tenga muchos defectos, hay que admirar la determinación de esta mujer.

Mi alojamiento es más grande que nuestra casa en la Veta; es lujoso, como el vagón del tren, y tiene tantos artilugios automáticos que seguro que no me da tiempo a pulsar todos los botones. Sólo en la ducha hay un cuadro con más de cien opciones para controlar la temperatura del agua, la presión, los jabones, el champús, los aceites y las esponjas de masaje. Cuando sales, pisas una alfombrilla que se activa para secarte el cuerpo con aire. En vez de luchar con los enredos del pelo húmedo, coloco la mano en una caja que envía una corriente eléctrica a mi cuero cabelludo, de modo que tengo el cabello desenredado, peinado y seco casi al instante. Programo el armario para que elija un traje a mi gusto. Las ventanas amplían y reducen partes de la ciudad, siguiendo mis órdenes. Si susurras el tipo de comida que quieres de un menú gigantesco en una especie de micrófono, la comida aparece calentita en menos de un minuto. Recorro la habitación comiendo hígado de oca y pan esponjoso hasta que llaman a la puerta. Es Sakura, para decirme que es la hora de cenar.

Bien, estoy muerto de hambre.

Cuando entramos en el comedor,Hinata, Obito y Rin están de pie al lado de un balcón desde el que se ve el Capitolio. Me alegra ver a los estilistas, sobre todo después de oír que Sasuke se unirá a nosotros. Una comida presidida por Sakura y Sasuke está abocada al desastre. Además, en realidad el objetivo de la cena no es comer, sino planear nuestras estrategias, y Obito y Rin ya han demostrado lo valiosos que son.

Un hombre silencioso vestido con una túnica blanca nos ofrece unas copas de vino. Se me ocurre rechazarlo, pero nunca lo he probado, salvo el fluido casero que utiliza mi madre para la tos, y ¿cuándo podré volver a probarlo? Le doy un trago al líquido ácido y seco, y pienso para mis adentros que podría mejorarse con unas cucharaditas de miel.

Sasuke aparece justo cuando están sirviendo la cena. Parece que él también ha pasado por un estilista, porque está limpio, arreglado y más sobrio que nunca, al menos desde que lo conozco. No rechaza el vino, pero, cuando empieza la sopa, me doy cuenta de que es la primera vez que lo veo comer. Quizá sea de verdad capaz de controlarse lo bastante para ayudarnos.

Obito y Rin parecen ejercer un efecto civilizador sobre Sasuke y Sakura. Al menos, se dirigen el uno al otro con educación, y los dos elogian sin parar el acto de inauguración de nuestros estilistas. Mientras parlotean, me concentro en la comida: sopa de champiñones, verduras amargas con tomates del tamaño de guisantes, ternera asada cortada en rodajas tan finas como papel, fideos en salsa verde y queso que se derrite en la lengua con uvas negras dulces. Los sirvientes, chicos jóvenes vestidos con túnicas blancas como el que nos trajo el vino, se mueven sin decir nada de un lado a otro, procurando que los platos y copas estén siempre llenos.

Cuando llevo la mitad del vaso de vino, la cabeza me empieza a dar vueltas, así que me paso al agua. No me gusta esta sensación y espero que pase pronto; es un misterio cómo Sasuke puede estar así todo el rato.

Intento concentrarme en la conversación, que trata sobre los trajes para las entrevistas, cuando una chica coloca una tarta de aspecto increíble sobre la mesa y la enciende con habilidad. La tarta se ilumina y las llamas parpadean en los bordes durante un rato hasta que por fin se apaga. Tengo un momento de duda.

--¿Qué la hace arder? ¿Es alcohol? --pregunto, mirando a la chica--. Es lo último que... ¡Oh! ¡Yo te conozco!

No era capaz de ponerle nombre ni de ubicar el rostro del chico , pero estoy seguro: pelo oscuro, rasgos llamativos en especial su barba , piel de porcelana blanca y un par de ojos color marrones . Sin embargo, mientras lo digo, noto que las entrañas se me encogen de ansiedad y culpa al verlo, y, aunque no puedo acordarme, sé que existe un mal recuerdo asociado con el. La expresión de terror que le pasa por la cara sólo sirve para confundirme e incomodarme más. Sacude la cabeza para negarlo rápidamente y se aleja a toda prisa de la mesa.

Cuando miro a mis acompañantes, los cuatro adultos me observan como halcones.

--No seas ridículo, Naruto. ¿Cómo vas a conocer a un avox? --me suelta Sakura --. Es absurdo.

--¿Qué es un avox? --pregunto, como si fuera estúpido.

--Alguien que ha cometido un delito; les cortan la lengua para que no puedan hablar --contesta Sasuke--. Seguramente será un traidor. No es probable que la conozcas. --Y, aunque la conocieras, se supone que no hay que hablar con ellos a no ser que desees darles una orden --dice Sakura --. Por supuesto que no lo conoces.

Sin embargo, lo conozco y, cuando Sasuke pronuncia la palabra traidor, recuerdo de qué, aunque no puedo admitirlo, porque todos se me echarían encima.

--No, supongo que no, es que... --balbuceo, y el vino no me ayuda.

--Choihi Akimichi --salta Hinata, chasqueando los dedos--. Eso es, a mí también me resultaba familiar y no sabía por qué. Entonces me he dado cuenta de que es clavada a Choihi.

Choihi Akimichi es un chico regordete de cara mustia y pelo marron que se parece a nuestra sirvienta tanto como un escarabajo a una mariposa. También es probable que sea la persona más simpática del planeta: sonríe sin parar a todo el mundo en el colegio, incluso a mí. Nunca he visto sonreír al chico de barba, pero recojo con gratitud la sugerencia de Hinata . --Claro, eso era. Debe de ser por el pelo --digo.

--Y también algo en los ojos --añade Hinata.

--Oh, bueno, si es sólo eso --dice Obito, y la mesa vuelve a relajarse--. Y sí, la tarta tiene alcohol, aunque ya se ha quemado todo. La pedí especialmente en honor de vuestro fogoso debut.

Nos comemos la tarta y pasamos a un salón para ver la repetición de la ceremonia inaugural que están echando por la tele. Hay otras parejas que causan buena impresión, pero ninguna está a nuestra altura. Hasta nuestro equipo deja escapar una exclamación cuando nos ve salir del Centro de Renovación.

--¿De quién fue la idea de cogeros de la mano? --pregunta Sasuke.

--De Obito --responde Rin.

--El toque justo de rebeldía. Muy bonito.

¿Rebeldía? Me paro a pensarlo un momento y lo entiendo cuando me acuerdo de las otras parejas, distantes y tensas, sin tocarse ni restarse atención, como si su compañero no existiese, como si los juegos ya hubiesen empezado. Al presentarnos no como adversarios, sino como amigos, hemos destacado tanto como nuestros trajes en llamas.

--Mañana por la mañana es la Primera sesión de entrenamiento. Reuníos conmigo para el desayuno y les contaré cómo quiero que se comportén --nos dice Sasuke a Hinata y a mí--. Ahora ir a dormir un poco mientras los mayores hablamos.

Hinata y yo recorremos juntos el pasillo hasta nuestras habitaciones. Cuando llegamos a mi puerta, se apoya en el marco, no para impedir que entre, sino para captar mi atención.

--Conque Choihi Akimichi . Qué casualidad encontrarnos aquí con su gemelo.

Me está pidiendo una explicación y siento la tentación de dársela. Los dos sabemos que me ha encubierto, así que vuelvo a estar en deuda con élla. Si le cuento la verdad sobreel chico , quizá estemos en paz. ¿Qué daño puede hacerme? Aunque repita por ahí la historia, no podría hacerme mucho daño, porque sólo era algo que vi hace tiempo. Además, él había mentido tanto como yo al decir lo de Choihi.

Me doy cuenta de que quiero hablar con alguien sobre el muchacho, con alguien que pueda ayudarme a averiguar su historia. Kiba habría sido mi Primera elección, pero no es probable que vuelva a verlo. Intento decidir si contárselo a Hinata le daría alguna ventaja sobre mí, aunque no veo cómo. Quizá compartir una confidencia lo haga creer que lo considero un amigo.

Además, la idea del chico con la lengua cortada me asusta, me ha recordado por qué estoy aquí. No es para lucir modelitos sorprendentes y comer manjares, sino para morir de forma sangrienta mientras la audiencia anima al asesino.

¿Se lo cuento o no se lo cuento? Todavía tengo el cerebro embotado por culpa del vino, así que miro al pasillo vacío, como si la decisión estuviese allí mismo.

Hinata nota mi vacilación.

--¿Has estado ya en el tejado? --Niego con la cabeza--. Obito me lo enseñó. Desde allí se ve casi toda la ciudad, aunque el viento hace bastante ruido.

Traduzco su comentario como: «Allí nadie nos oirá hablar». La verdad es que yo también tengo la sensación de estar bajo vigilancia.

--¿Podemos subir sin más?

--Claro, vamos --responde HInata. La sigo escaleras arriba hasta el tejado. Hay una salita con techo abovedado con una puerta que da al exterior. Cuando salimos al frío aire nocturno, la vista me quita el aliento: el Capitolio brilla como un enorme campo lleno de luciérnagas. La electricidad del Konoha viene y va; lo habitual es que sólo tengamos unas cuantas horas al día. Es normal que por las noches nos iluminemos con velas, y sólo puedes contar con ella cuando televisan los juegos o algún mensaje importante del Gobierno, que hemos de ver por obligación. Sin embargo, aquí no tienen escasez nunca.

Ambos caminamos hasta el borde del tejado, y yo inclino la cabeza para observar la calle, que está llena de gente. Se oyen los coches, algún grito de vez en cuando y un extraño tintineo metálico. En el Konoha estaríamos ya todos pensando en acostarnos.

--Le pregunté a Obito por qué nos dejaban subir, si no les preocupaba que algunos tributos decidieran saltar por el borde --me dice ella.

--¿Y qué te respondió?

--Que no se puede. --Alarga la mano hacia el borde, que parece vacío; se oye un chasquido y la aparta muy deprisa--. Es algún tipo de campo eléctrico que te empuja hacia el tejado.

--Siempre preocupados por nuestra seguridad --digo. Aunque Obito le haya enseñado a Hinata el tejado, me pregunto si podemos estar aquí a estas horas, solos. Nunca he visto a los tributos en el tejado del Centro de Entrenamiento, pero eso no quiere decir que no nos estén grabando--. ¿Crees que nos observan?

--Quizá. Ven a ver el jardín.

Al otro lado de la cúpula han construido un jardín con lechos de flores y macetas con árboles. De las ramas cuelgan cientos de carillones, que son los culpables del tintineo. Aquí, en el jardín, en esta noche de viento, bastan para ahogar la conversación de dos personas que no quieren ser oí miro con expectación y ella examina una flor. Asi que comienzo con el relato.

--Un día estábamos cazando en el bosque, escondidos, esperando que apareciese una presa --susurro.

--¿Tu padre y tú?

--No, con mi amigo Kiba. De repente, todos los pájaros dejaron de cantar a la vez, y derepente solo quedo el sildibo de algo,Kiba me dijo que posiblemete un Kuibi repetia algo pero no supimos que pero parecía estar cantando una advertencia. Entonces la vimos. Estoy seguro de que era el mismo chico. Una chica iba con el, y los dos llevaban la ropa hecha jirones. Tenían ojeras por la falta de sueño y corrían como si sus vidas dependieran de ello.

Durante un instante guardo silencio, mientras recuerdo cómo nos paralizó la imagen de aquella extraña pareja, obviamente de fuera del Konoha, huyendo a través del bosque. Más tarde nos preguntamos si los podríamos haber ayudado a escapar, y quizá sí, quizá hubiésemos podido esconderlos de habernos dado prisa. Nos pillaron por sorpresa, sí, pero éramos cazadores, sabíamos cómo se comportan los animales en peligro; supimos que la pareja tenía problemas en cuanto la vimos, y nos limitamos a mirar.

--El aerodeslizador surgió de la nada --sigo contándole a Hinata--. Es decir, el cielo estaba vacío y, un instante después, ya no lo estaba. No hacía ningún ruido, pero ellos lo vieron. Soltaron una red sobre la chicael chico y lo subieron a toda prisa, tan deprisa como el ascensor. A la chica lo atravesaron con una especie de lanza atada a un cable y lo subieron también. Estoy seguro de que estaba muerta. Oímos al chico gritar una vez, creo que el nombre del chica. Después desapareció el aerodeslizador, se esfumó en el aire, y los pájaros volvieron a cantar, como si no hubiese pasado nada.

--¿Te vieron?

--No lo sé, estábamos bajo un saliente rocoso --respondo, aunque sí lo sé: hubo un momento, después de la advertencia del pájaro pero antes de que llegase el aerodeslizador, en que el chico nos vio. Me miró a los ojos y me pidió ayuda, y Kiba y yo no respondimos.

es cuando me doy cuenta que ella esta temblando.

--Estás temblando -- le dijo -tu tambien creo que mas que yo- susurra ella

El viento y la historia me han robado el calor del cuerpo. El grito del chico..., ¿habría sido el último?

me quito la chaqueta y la echo sobre sus hombros. Empieza a retroceder, pero al finalme deja,paraece ser que algo sucede pero ella a decidiendo por un segundo aceptar la chaqueta como su amabilidad. Una amiga haría eso, ¿verdad?

--¿Eran de aquí? --pregunta, mientras le abrocho un botón del cuello. Asiento. Los dos tenían el aire del Capitolio, tanto el chico como la chica--. ¿Adónde crees que iban?

--Eso no lo sé --respondo. El Konoha es el final de la línea, más allá sólo hay territorio salvaje. Sin contar las ruinas del Aldea 13, que todavía arden por culpa de las bombas tóxicas. De vez en cuando las sacan por televisión para que no olvidemos--. Ni tampoco por qué se irían de aquí. Sasuke ha dicho que los avox son traidores, pero ¿traidores a qué? Sólo pueden ser traidores al Capitolio, pero aquí tenían de todo. No había razón para rebelarse.

--Yo me iría --suelta és mira a su alrededor, nerviosa, porque lo había dicho lo bastante alto para que lo oyeran, a pesar de los carillones--. Me iría a casa ahora mismo, si me dejaran, aunque hay que reconocer que la comida es estupenda.

Me ha vuelto a encubrir: si alguien lo escuchase, no serían más que las palabras de un tributo asustado, no de alguien dándole vueltas a la incuestionable bondad del Capitolio.

--Hace frío, será mejor que nos vayamos --le dijo . Dentro de la cúpula se está calentito y hay luz. Sigue hablando en tono casual--. Tu amigo, Kiba, ¿es el que se llevó a tu hermano en la cosecha?

--Sí. ¿Lo conoces?

--La verdad es que no, aunque oigo mucho a las chicas hablar de él.

--No, no somos parientes. --¿Fue a decirte adiós? --me pregunta, después de asentir con la cabeza.

--Sí --respondo, observándolo con atención--, y también tu madre. Me llevó galletas.

Hinata levanta las cejas, como si no lo supiese, pero, después de verla mentir con tanta facilidad, no le doy mucha importancia.

--¿En serio? Bueno, tu hermano y tú le caéis bien. creo que la agrada como siempre estan sonriendo. -- ella dice esto ultimo en un susurro que no soy capaz de escuchar compeltamente - creo que le hubiera justado que el casa se vieran esas sonrisas de ves en cuando- La idea de que hayan hablado de mí durante la comida, junto al fuego de la panadería o de pasada en la casa de Hinata hace que me sobresalte. Seguramente sería cuando su padre no estaba en el cuarto--. Conocía a tus padres cuando eran pequeños.

Otra sorpresa, aunque probablemente cierta.

--Ah, sí, ella creció en la ciudad --respondo, porque no me parece educado decir que nunca ha mencionado a los panaderos, salvo para elogiar su pan. Hemos llegado a mi puerta, así que me devuelve la chaqueta--. Nos vemos por la mañana.

--Hasta mañana --respondo, y la veo como se aleja por el pasillo.

Cuando abro la puerta, el chico de la barba está recogiendo mi malla de cuerpo entero y las botas del suelo, donde yo las había dejado antes de la ducha. Quiero disculparme por si lo había metido en líos antes, hasta que recuerdo que no debo hablar con el, a no ser que tenga que darle una orden.

--Oh, lo siento --digo--. Se suponía que tenía que devolvérselo a Obito. Lo siento. ¿Se lo puedes llevar?

El evita mirarme a los ojos, asiente brevemente y se va.

Estoy a punto de decirle que siento mucho lo de la cena, pero sé que mis disculpas son más profundas, que estoy avergonzado por no haber intentado ayudarlo en el bosque, por dejar que el Capitolio matase a la chica y lo mutilase a el sin mover ni un dedo para evitarlo.

Como si hubiese estado viendo los juegos por la tele.

Me quito los zapatos y me meto bajo las sábanas sin quitarme la ropa. No he dejado de temblar. Quizá el chico no se acuerde de mí, aunque sé que me engaño: no se te olvida la cara de la persona que era tu última esperanza. Me tapo la cabeza, como si eso me protegiese del muchacho de barba espesa que no puede hablar. Sin embargo, puedo sentir sus ojos clavados en mí, atravesando muros, puertas y ropa de cama.

Me pregunto si disfrutará viéndome morir.

Mi noche se llena de sueños inquietantes. La cara del chico moreno se entremezcla con imágenes sangrientas de los anteriores Juegos del Hambre, con mi madre retraída e inalcanzable, y con Menma escuálido y aterrorizado. Me despierto gritándole a mi padre que corra, justo antes de que la mina estalle en un millón de mortíferas chispas de luz.

El alba empieza a entrar por las ventanas, y el Capitolio tiene un aire brumoso y encantado. Me duele la cabeza y me parece que me he mordido el interior de la mejilla por la noche; lo compruebo con la lengua y noto el sabor a sangre.

Salgo de la cama poco a poco y me meto en la ducha, donde pulso botones al azar en el panel de control y termino dando saltitos para soportar los chorros alternos de agua helada y agua abrasadora que me atacan. Después me cae una avalancha de espuma con olor a limón que al final tengo que rasparme del cuerpo con un cepillo de cerdas duras. En fin, al menos me ha puesto la circulación en marcha.

Después de secarme e hidratarme con crema, encuentro un traje que me han dejado delante del armario: pantalones negros ajustados, una túnica de manga larga color burdeos y zapatos de cuero. Me echo el pelo haci atras pero parece que no funciona vuelve a levantarse de forma rebelde . Es la Primera vez, desde la mañana de la cosecha, que me parezco a mí mismo: nada de peinados y ropa elegantes, nada de capas en llamas, sólo yo, con el aspecto que tendría si fuera al bosque. Eso me calma.

Sasuke no nos había dado una hora exacta para desayunar y nadie me había llamado, pero tengo tanta hambre que me dirijo al comedor esperando encontrar comida. Lo que encuentro no me decepciona: aunque la mesa principal está vacía, en una larga mesa de un lateral hay al menos veinte platos. Un joven, un avox, espera instrucciones junto al banquete. Cuando le pregunto si puedo servirme yo mismo, asiente. Me preparo un plato con huevos, salchichas, pasteles cubiertos de confitura de naranja y rodajas de melón morado claro. Mientras me atiborro, observo la salida del sol sobre el Capitolio. Me sirvo un segundo plato de cereales calientes cubiertos de estofado de ternera. Finalmente, lleno uno de los platos con panecillos y me siento en la mesa, donde me dedico a cortarlos en trocitos y mojarlos en el chocolate caliente, como había hecho Hinata en el tren.

Empiezo a pensar en mi madre y Menma; ya estarán levantados. Mi madre preparará el desayuno de gachas y Menma ordeñará su cabra antes de irse al colegio. Hace tan sólo dos mañanas, yo estaba en casa. ¿Dos? Sí, sólo dos. Ahora la casa me parece vacía, incluso desde tan lejos. ¿Qué dijeron anoche sobre mi fogoso debut en los juegos? ¿Les dio esperanzas o se asustaron más al ver la realidad de aquellos veinticuatro tributos juntos, sabiendo que sólo uno podría sobrevivir?

Sasuke y Hinata entran en el comedor y me dan los buenos días, para después pasar a llenarse los platos. Me irrita que Hinata lleve exactamente la misma ropa que yo; tengo que comentarle algo a Obito, porque este juego de los gemelos nos va a estallar en la cara cuando empiece la competición; seguro que lo saben. Entonces recuerdo que Sasuke me dijo que hiciera todo lo que me ordenasen los estilistas. De haber sido otra persona y no Obito, habría sentido la tentación de no hacerle caso, pero después del triunfo de anoche no tengo mucho que criticar.

El entrenamiento me pone nervioso. Hay tres días para que todos los tributos practiquen juntos. La última tarde tendremos la oportunidad de actuar en privado delante de los Vigilantes de los juegos. La idea de encontrarme cara a cara con los demás tributos me revuelve las tripas; empiezo a darle vueltas al panecillo que acabo de coger de la cesta, pero se me ha quitado el apetito.

Después de comerse varios platos de estofado, Sasuke suspira, satisfecho, saca una petaca del bolsillo, le da un buen trago y apoya los codos en la mesa.

--Bueno, vayamos al asunto: el entrenamiento. En primer lugar, si queréis, podéis entrenaros por separado. Decididlo ahora.

--¿Por qué íbamos a querer hacerlo por separado? --pregunto.

--Supón que tienes una habilidad secreta que no quieres que conozcan los demás.

--No tengo ninguna --dice Hinata, en respuesta a mi mirada--. Y ya sé cuál es la tuya, ¿no? Me he comido más de una de tus ardillas.

No se me había ocurrido que Hinata probase las ardillas que yo cazaba; siempre me había imaginado que la espossa del panadero las freía en secreto para comérselas élla y su esposo No por glotonería, sino porque las familias de la ciudad suelen comer la carne de la carnicera, que es más cara: ternera, pollo y caballo.

--Puedes entrenarnos juntos --le digo a Sasuke. Hinata asiente.

--De acuerdo, pues dadme alguna idea de lo que sabéis hacer.

--Yo no sé hacer nada --responde Hinata --, a no ser que cuente el saber hacer pan.

--Lo siento, pero no cuenta. Naruto, ya sé que eres bueno con el cuchillo.

--La verdad es que no, pero sé cazar. Con arco y flechas.

--¿Y se te da bien? --pregunta Sasuke. Tengo que pensármelo. Llevo cuatro años encargándome de poner comida en la mesa, lo que no es moco de pavo. No soy tan bueno como mi padre, pero él tenía más práctica. Apunto mejor que Kiba, pero yo tengo más práctica; él es un genio de las trampas.

--No se me da mal --respondo.

--Es excelente --dice Hinata--. Mi madre le compra las ardillas y siempre comenta que la flecha nunca agujerea el cuerpo, siempre le da en un ojo. Igual con los conejos que le vende a la carnicera, y hasta es capaz de cazar ciervos.

Esta evaluación de mis habilidades me pilla completamente desprevenida. En primer lugar, el hecho de que se haya dado cuenta, y, en segundo, que me esté halagando así.

--¿Qué haces? --le pregunto, suspicaz.

--¿Y qué haces tú? Si quieres que Sasuke te ayude, tiene que saber de lo que eres capaz. No te subestimes.

--¿Y tú qué? --pregunto, a la defensiva; por algún motivo, su comentario me sienta mal--. Te he visto en el mercado, puedes levantar el doble de tu pesoen material de pan . Díselo. Sí que sabes hacer algo.

--Sí, y seguro que el estadio estará lleno de sacos de harina para que se los lance a la gente. No es como que a uno se le dé bien manejar armas, ya lo sabes.

--Se le da bien el uso de los cuchillos--le digo a Sasuke--. la he visto ayudar ala carnicera a destasar un animal. ademas que ella ayuda a su hermnao aentrenar apara la cometencia de lucha libre si pudiera participar los aria polvo- dijo un poco exasperado

--¿Y de qué sirve eso? ¿Cuántas veces has visto matar a alguien así? --pregunta Hinata, disgustada con el color rojo en el rostro y sin tartamudear.

--Siempre está el combate cuerpo a cuerpo. Sólo necesitas hacerte con un cuchillo y, al menos, tendrás una oportunidad. Si me atrapan, ¡estoy muerto!

Noto que empiezo a subir el tono.

--¡Pero no lo harán! Estarás viviendo en lo alto de un árbol, alimentándote de ardillas crudas y disparando flechas a la gente. ¿Sabes qué me dijo mi padre cuando vino a despedirse, como si quisiera darme ánimos? Me dijo que quizá el Konoha tuviese por fin un ganador este año. Entonces me di cuenta de que no se refería a mí. ¡Se refería a ti! --estalla Hinata.

--Vamos, se refería a ti --digo, quitándole importancia con un gesto de la mano. --Dijo: «Esa chico sí que es una superviviente». Esa chico.

Eso me detiene en seco. ¿De verdad le dijo su padre eso sobre mí? ¿Me valoraba más que a su hija? Veo el dolor en los ojos de Hinata y sé que no me miente.

De repente, me encuentro detrás de la panadería, y siento la tripa vacía y el frío de la lluvia bajándome por la espalda; cuando vuelvo a hablar, parece que tengo once años:

--Pero sólo porque alguien me ayudó.

Los ojos de Hinata se clavan en el panecillo que tengo en la mano, y yo sé que también recuerda aquel día. Sin embargo, se encoge de hombros.

--La gente te ayudará en el estadio. Estarán deseando patrocinarte.

--Igual que a ti.

--No lo entiende --dice HInata, dirigiéndose a Sasuke y poniendo los ojos en blanco--. No entiende el efecto que ejerce en los demás.

Acaricia los nudos de la madera de la mesa y se niega a mirarme.

¿Qué narices quiere decir? ¿Que la gente me ayuda? ¡Cuando me moría de hambre no me ayudó nadie! Nadie salvo élla. Las cosas cambiaron una vez tuve algo con lo que comerciar; soy bueno negociando..., ¿o no? ¿Qué efecto ejerzo en la gente? ¿Creen que soy débil y necesitado? ¿Está insinuando que consigo buenos tratos porque le doy pena a la gente? Intento analizar si es cierto. Quizás algunos de los comerciantes fuesen algo generosos en los trueques, pero siempre lo había atribuido a su larga relación con mi padre. Además, mis presas son de Primera calidad. ¡No le doy pena a nadie!

Miro con rabia el panecillo, segura de que lo ha dicho para insultarme.

Al cabo de un minuto, Sasuke interviene. --Bueno, de acuerdo. Bien, bien, bien. Naruto, no podemos garantizar que encuentres arcos y flechas en el estadio, pero, durante tu sesión privada con los Vigilantes, enséñales lo que sabes hacer. Hasta entonces, mantente lejos de los arcos. ¿Se te dan bien las trampas?

--Sé unas cuantas básicas --mascullo.

--Eso puede ser importante para la comida --dice Sasuke--. Y, Hinata, el tiene razón: no subestimes el valor de la fuerza en el campo de batalla. A menudo la fuerza física le da la ventaja definitiva a un jugador. En el Centro de Entrenamiento tendrán pesas, pero no les muestres a los demás tributos lo que eres capaz de levantar, al igual que los cuchillos - El plan será igual para los dos: ir a los entrenamientos en grupo; pasar algún tiempo aprendiendo algo que no sepan; tirar lanzas, utilizad mazas o aprender a hacer buenos nudos. Sin embargo, guardar lo que mejor se les dé para las sesiones privadas. ¿Está claro? --asentimos--. Una última cosa. En público, quiero que estén juntos en todo momento. --Los dos empezamos a protestar, y Sasuke golpea la mesa con la palma de la mano--. ¡En todo momento! ¡Fin de la discusión! ¡acordaron hacer lo que yo dijera! Estar juntos y ser amables el uno con el otro. Ahora, salir de aquí. Reunance con Sakura en el ascensor a las diez para el entrenamiento.

Me muerdo el labio y vuelvo de mal humor a mi habitación, asegurándome de que Hinata pueda oír que cierro de un portazo. Me siento en la cama, odiando a Sasuke, odiando a Hinata, odiándome a mí mismo por mencionar aquel día lejano bajo la lluvia.

¡Menuda broma! ¡Hinata y yo fingiendo ser amigos! Ensalzamos las habilidades del otro, insistimos en que no se subestime... Debe de ser una broma, porque en algún momento tendremos que abandonar la farsa y aceptar que somos adversarios a muerte. Estaría dispuesta a hacerlo ahora mismo, si no fuese por la estúpida orden de Sasuke, que nos obliga a permanecer juntos durante el entrenamiento. Supongo que es culpa mía por decirle que no tenía por qué entrenarnos por separado. Sin embargo, eso no quiere decir que quiera hacerlo todo con Hinata, quien, por cierto, está claro que tampoco quiere tenerme de compañero.

Oigo en mi cabeza la voz de Hinata: «No entiende el efecto que ejerce en los demás». Lo decía para menospreciarme, ¿no? Aunque una diminuta parte de mí se pregunta si no sería un piropo, si no querría decir que tengo algún tipo de atractivo. Es raro que me haya prestado tanta atención, como, por ejemplo, con lo de la caza. Y, al parecer, yo tampoco era tan ajeno a élla como creía: la harina,que la a visto en la carniceria , la lucha libre... Le he seguido la pista ala chica del pan.

Son casi las diez. Me cepillo los dientes y me peino de nuevo. Los nervios por encontrarme con los demás tributos bloquean temporalmente el enfado, aunque ahora noto que aumenta mi ansiedad. Cuando me reúno con Sakura y HInata en el ascensor, noto que me estoy mordiendo las uñas y paro de inmediato.

Las salas de entrenamiento están bajo el nivel del suelo de nuestro edificio. El trayecto en ascensor es de menos de un minuto, y después las puertas se abren para dejarnos ver un gimnasio lleno de armas y pistas de obstáculos. Todavía no son las diez, pero somos los últimos en llegar. Los otros tributos están reunidos en un círculo muy tenso, con un trozo de tela prendido a la camisa en el que se puede leer el número de su aldea. Mientras alguien me pone el número doce en la espalda, hago una evaluación rápida: HInata y yo somos la única pareja que va vestida de la misma forma. En cuanto nos unimos al círculo,el entrenador en jefe, un hombre alto y atlético llamada Ibiki, da un paso adelante y nos empieza a explicar el horario de entrenamiento. En cada puesto habrá un experto en la habilidad en cuestión, y nosotros podremos ir de una zona a otra como queramos, según las instrucciones de nuestros mentores. Algunos puestos enseñan tácticas de supervivencia y otros técnicas de lucha. Está prohibido realizar ejercicios de combate con otro tributo. Tenemos ayudantes a mano si queremos practicar con un compañero.

Cuando Ibiki empieza a leer la lista de habilidades, no puedo evitar fijarme en los demás chicos. Es la Primera vez que estamos reunidos en tierra firme y con ropa normal. Se me cae el alma a los pies: casi todos los chicos, y al menos la mitad de las chicas, son más grandes que yo, aunque muchos han pasado hambre. Se les nota en los huesos, en la piel, en la mirada vacía. Puede que yo sea más bajito de nacimiento, pero, en general, el ingenio de mi familia me da una ventaja en el estadio. Me pongo derecho y sé que, aunque esté delgado, soy fuerte; la carne y las plantas del bosque, junto con el ejercicio necesario para conseguirlas, me han proporcionado un cuerpo más sano que los que veo a mi alrededor.

Las excepciones son los chicos de los aldeas más ricos, los voluntarios, a los que alimentan y entrenan toda la vida para este momento. Los tributos delas aldeas de sonido,niebla y la areana suelen tener ese aspecto. En teoría, va contra las reglas entrenar a los tributos antes de llegar al Capitolio, cosa que sucede todos los años. En el Konoha los llamamos tributos profesionales o sólo profesionales, y casi siempre son los que ganan.

La ligera ventaja que tenía al entrar en el Centro de Entrenamiento, mi fogoso debut de anoche, parece desvanecerse ante mis competidores. Los otros tributos nos tenían celos, pero no porque fuésemos asombrosos, sino porque lo eran nuestros estilistas. Ahora no veo nada más que desprecio en las caras de los tributos profesionales. Cualquiera de ellos pesa de veinte a cuarenta kilos más que yo, y proyectan arrogancia y brutalidad. Cuando Ibiki nos deja marchar, van directos a las armas de aspecto más mortífero del gimnasio y las manejan con soltura.

Estoy pensando que es una suerte que se me dé bien correr, cuando Hinata me da un codazo y yo pego un brinco. Sigue a mi lado, como nos ha dicho Sasuke.

--¿Por dónde te gustaría empezar? --me pregunta, seria.

Echo un vistazo a los tributos profesionales, que presumen de su habilidad en un claro intento de intimidar a los demás. Después a los otros, los desnutridos y los incompetentes, que reciben sus Primeras clases de cuchillo o hacha sin dejar de temblar. --¿Y si atamos unos cuantos nudos?

--Buena idea --contesta Hinata.

Nos acercamos a un puesto vacío. El entrenador parece encantado de tener alumnos; da la impresión de que la clase de hacer nudos no está teniendo mucho éxito. Cuando ve que sé algo sobre trampas, nos enseña una sencilla y magnífica que dejaría a un competidor humano colgado de un árbol por la pierna. Nos concentramos en ella durante una hora hasta que los dos dominamos la técnica y pasamos al puesto de parece disfrutar de verdad con él y se dedica a mezclar lodo, arcilla y jugos de bayas sobre su pálida piel, y a trenzar disfraces con vides y hojas. El entrenador que dirige el puesto está entusiasmado con su trabajo.

--Yo hago los pasteles --me confiesa Hinata.

--¿Los pasteles? --pregunto, porque estaba ocupado observando al chico del Aldea de la niebla , que acababa de atravesar el corazón de un muñeco con unaespada a trece metros de distancia--. ¿Qué pasteles?

--En casa. Los glaseados, para la panadería.

Se refiere a los que tienen en exposición en los escaparates de la tienda: pasteles elegantes con flores y cosas bonitas pintadas en el glaseado. Son para cumpleaños y Año Nuevo. Cuando estamos en la plaza, Menma siempre me arrastra hasta allí para admirarlos, aunque nunca hemos podido permitirnos uno. Sin embargo, en el Konoha hay poca belleza, así que no puedo negarle ese gusto.

Empiezo a mirar con un ojo más crítico el diseño del brazo de Hinata: el dibujo, que alterna luz y sombras, recuerda a la luz del sol atravesando las hojas de los bosques. Me pregunto cómo lo sabe, porque dudo que haya cruzado alguna vez la alambrada. ¿Lo habrá sacado con tan sólo mirar el viejo y esquelético manzano que tiene en su patio? No sé por qué, pero todo esto (su habilidad, los pasteles inaccesibles, las alabanzas del experto en camuflaje) me molesta.

--Es encantador, aunque no sé si podrás glasear a alguien hasta la muerte.

--No te lo creas tanto. Nunca se sabe qué te puedes encontrar en el campo de batalla. ¿Y si es una tarta gigante...? --empieza a decir Hinata.

--¿Y si seguimos? --lo interrumpo.

Los tres días siguientes nos dedicamos a visitar con mucha tranquilidad los puestos. Aprendemos algunas cosas útiles, desde hacer fuego hasta tirar cuchillos, pasando por fabricar refugios. A pesar de la orden de Sasuke de parecer mediocres, HInata sobresale en el combate cuerpo a cuerpo y yo arraso sin despeinarme en la prueba de plantas comestibles. Eso sí, nos mantenemos bien lejos de los arcos las pesas y los cuchillos , porque queremos reservarlo para las sesiones privadas.

Los Vigilantes aparecen nada más comenzar el primer día. Son unos veinte hombres y mujeres vestidos con túnicas de color morado intenso. Se sientan en las gradas que rodean el gimnasio, a veces dan vueltas para observarnos y tomar notas, y otras veces comen del interminable banquete que han preparado para ellos, sin hacernos caso. Sin embargo, parecen no quitarnos los ojos de encima a los tributos del Konoha. A veces levanto la cabeza y veo a uno de ellos mirándome. También hablan con los entrenadores durante nuestras comidas y los vemos a todos reunidos cuando volvemos.

Tomamos el desayuno y la cena en nuestra planta, pero a mediodía comemos los veinticuatro en el comedor del gimnasio. Colocan la comida en carros alrededor de la sala y cada uno se sirve lo que quiere. Los tributos profesionales tienden a reunirse en torno a una mesa, haciendo mucho ruido, como si desearan demostrar su superioridad, que no tienen miedo de nadie y que a los demás nos consideran insignificantes. Casi todos los demás tributos se sientan solos, como ovejas perdidas. Nadie nos dice nada; Hinata y yo comemos juntos, y, como Sasuke no deja de insistir en ello, intentamos mantener una conversación amistosa durante las comidas.

No es fácil encontrar un tema: hablar de casa resulta doloroso; hablar del presente es insoportable. Un día HInata vacía nuestra cesta del pan y comenta que han procurado incluir panes de todos los aldeas, además del refinado pan del Capitolio. La barra con forma de pez y teñida de verde con algas es del Aldea de la arena ; el rollo con forma de media luna y semillas, del Aldea de la hierba Por algún motivo, aunque estén hechos de lo mismo, me parecen mucho más apetitosos que las feas galletas fritas que solemos tomar en casa.

--Y eso es todo --dice HInata , volviendo a meter el pan en la cesta.

--Tú sí que sabes.

--Sólo de pan. Vale, ríete como si hubiese dicho algo gracioso. --Los dos dejamos escapar una carcajada más o menos convincente y no hacemos caso de las miradas que nos dirigen los demás--. De acuerdo, seguiré sonriendo amablemente mientras hablas tú --dice Hinata.

La orden de Sasuke de que parezcamos amigos nos está desgastando a los dos, porque, desde que di el portazo, se ha levantado una barrera entre nosotros. En fin, tenemos que obedecer.

--¿Te he contado ya que una vez me persiguió un oso?

--No, pero suena fascinante. Intento poner cara de interés mientras recuerdo el suceso, una historia real, en la que reté como una idiota a un oso negro por el derecho a quedarme con una colmena. Hinata se ríe y me hace preguntas en el momento preciso; esto se le da mucho mejor que a mí.

El segundo día, mientras estamos intentando el tiro de lanza, me susurra:

--Creo que tenemos una sombra.

Lanzo y veo que no se me da demasiado mal, siempre que no esté muy lejos; entonces localizo al niño del Aldea de la Hierba detrás de nosotros, observándonos. Es el de doce años, el que me recordaba tanto a Menma por su estatura. De cerca aparenta sólo diez; sus ojos son oscuros y brillantes, su piel es de un tostada sedoso y está ligeramente de puntillas, con los brazos extendidos junto a los costados, como si estuviese listo para salir Hullendo ante cualquier sonido. Es imposible mirarlo y no pensar en un pequeño zorro.

Cojo otra lanza mientras Hinata tira.

--Creo que se llama Konohamaru--me dice en voz baja. Me muerdo el labio. Konohamaru..., Menma... Ninguno pasa de los treinta kilos, ni empapados de agua.

--¿Qué podemos hacer? --le pregunto, en un tono más duro de lo que pretendo.

--Nada, sólo hablar.

Ahora que sé que está aquí, me resulta difícil no hacer caso del niño. Se acerca con sigilo y se une a nosotros en distintos puestos; como a mí, se le dan bien las plantas, trepa con habilidad y tiene buena puntería. Acierta siempre con la honda, aunque ¿de qué sirve una honda contra un chico de cien kilos con una espada?

De vuelta en la planta del Konoha, Sasuke y Sakura nos acribillan a preguntas durante el desayuno y la cena sobre todo lo ocurrido a lo largo del día: qué hemos hecho, quién nos ha observado, cómo son los demás tributos. Obito y Rin no están por aquí, así que no hay nadie que aporte algo de cordura a las comidas; tampoco es que Sasuke y Sakura sigan peleándose, sino todo lo contrario: parecen haber hecho pina y estar decididos a prepararnos como sea. Están llenos de interminables instrucciones sobre qué deberíamos hacer y qué no durante los entrenamientos. HInata tiene más paciencia; yo estoy harto y me vuelvo maleducado.

Cuando por fin escapo a la cama la segunda noche, Hinata masculla:

--Alguien debería darle una copa a Sasuke. Dejo escapar un ruido que está a medio camino entre un bufido y una carcajada, pero después me contengo. Intentar saber cuándo somos supuestamente amigos y cuándo no me está volviendo loco. Al menos en el estadio estará claro lo que hay.

--No, no finjamos si no hay nadie delante.

--Vale, Naruto --responde élla, con cansancio.

Después de eso sólo hablamos delante de los demás.

El tercer día de entrenamiento empiezan a llamarnos a la hora de la comida para nuestras sesiones privadas con los Vigilantes. de Aldea en aldea, primero la chica y luego la chico. Como siempre, el Konoha se queda para el final, así que esperamos en el comedor, sin saber bien qué hacer. Nadie regresa después de la sesión. Conforme se vacía la sala, la presión por parecer amigos se aligera y, cuando por fin llaman a Konohamaru, nos quedamos solos. Permanecemos sentados, en silencio, hasta que llaman a Hinata y élla se levanta.

--Recuerda lo que dijo Sasuke sobre tirar las pesas --dice mi boca sin pedirme permiso.

--Gracias, lo haré. Y tú... da al blanco.

Asiento con la cabeza; no sé por qué he dicho nada, aunque, si pierdo, me gustaría que HInata ganase. Sería mejor para nuestro aldea, mejor para Menma y mi madre.

Después de quince minutos, me llaman. Me aliso el pelo o eso intento , enderezo los hombros y entro en el gimnasio. Al instante, sé que tengo problemas, porque los Vigilantes llevan demasiado tiempo aquí dentro y ya han visto otras veintitrés demostraciones. Además, casi todos han bebido demasiado vino y quieren irse a casa de una vez.

No puedo hacer más que seguir con el plan: me dirijo al puesto de tiro con arco. ¡Ah, las armas! ¡Llevo días deseando ponerles las manos encima! Arcos hechos de madera, plástico, metal y materiales que ni siquiera sé nombrar. Flechas con plumas cortadas en líneas perfectamente uniformes. Escojo un arco, lo tenso y me echo al hombro el carcaj de flechas a juego. Hay un campo de tiro que me parece demasiado limitado, dianas estándar y siluetas humanas. Me dirijo al centro del gimnasio y escojo el primer objetivo: el muñeco de las prácticas de cuchillo. Sin embargo, cuando empiezo a tirar de la flecha, sé que algo va mal: la cuerda está más tensa que la de los arcos de casa y la flecha es más rígida. Me quedo a cinco centímetros de darle al muñeco y pierdo la poca atención que me había ganado. Durante un instante me siento humillado, pero después vuelvo a la diana, y disparo una y otra vez hasta que me acostumbro a las armas nuevas. De vuelta al centro del gimnasio, me pongo en la posición inicial y le doy al muñeco justo en el corazón. Después corto la cuerda que sostiene el saco de arena para boxear. Sin detenerme, ruedo por el suelo, me levanto apoyada en una rodilla y disparo una flecha a una de las luces colgantes del alto techo del gimnasio, provocando una lluvia de chispas.

Ha sido una exhibición excelente. Me vuelvo hacia los Vigilantes y veo que algunos me dan su aprobación, pero que la mayoría sigue concentrada en un cerdo asado que acaba de llegar a la mesa.

De repente, me pongo furioso, me quema la sangre el que, con mi vida en juego, ni siquiera tengan la decencia de prestarme atención, que me eclipse un cerdo muerto. Empieza a latirme el corazón muy deprisa, me arde la cara y, sin pensar, saco una flecha del carcaj y la envió directamente a la mesa de los Vigilantes. Oigo gritos de alarma y veo que la gente retrocede, pasmada; la flecha da en la manzana que tiene el cerdo en la boca y la clava en la pared que hay detrás. Todos me miran, incrédulos.

--Gracias por su tiempo --digo; después hago una breve reverencia y me dirijo a la salida sin esperar a que me den permiso.