Capítulo 4

-¡Oh, bienvenida señorita Caitlyn! Vi su batalla, perfecta como siempre –dijo el encargado del pequeño pub cuando cruzamos la puerta. Era un hombre de baja estatura (tan baja que era posible que fuera un Yordle), con una nariz alargada y rasgos muy… brutos, por decir algo.

-Gracias Greg, danos dos de lo de siempre –le respondió Caitlyn, sin prestarle mucha atención.

-¿Dos? Oh ya veo, tiene… compañía. –la expresión de Greg cambió inmediatamente cuando notó mi presencia, y no reprimió su repulsión al decir "compañía"-. Discúlpeme caballero, no lo había notado.

-No se preocupe, yo no lo hubiera notado a usted si no hubiera exclamado tan fuerte para que todos los clientes se dieran cuenta que dos celebridades acababan de llegar. Y sí, gracias, la batalla fue difícil, así que le agradecería aún más que nos permitiera una mesa para que pudiéramos descansar un poco –no pude evitar elevar un poco mi tono de voz en la última frase.

El encargado me miró con aún más odio, antes de volverse hacia Caitlyn y cambiar su expresión a la sonrisa grasienta con la que nos había recibido.

-Jeje, al parecer su acompañante tiene un carácter muy peculiar, similar al de la señorita Vi. No hay lugar a dudas de que la Liga está llena de personajes… únicos, por así decirlo.

-No tiene ni la menor idea. Pero tendré que ponerme de parte de mi compañero por esta vez, así que si no le molesta.

-Oh, por supuesto que no señorita Caitlyn, más que encantado. Acompáñenme -Greg nos condujo hacía una mesa justo al lado de la ventana, y prometió volver con dos de los mejores tés en menos de un minuto.

-Pero vaya, te estás consiguiendo una reputación muy rápido en esta ciudad. Pero no estoy segura de que sea la que quieres, o la que debas de tener. Recuerda que eres un Campeón de la Liga, y lo que hagas o no hagas afecta nuestra imagen en toda Runeterra –dijo Caitlyn en cuanto el encargado se retiró.

-Bah, me recuerdas a los Invocadores que me recibieron. "La Liga es una institución seria, blah blah blah, así que no puedes causar disturbios de ningún tipo, blah blah blah". ¿Qué es la vida sin un par de problemas y emociones fuertes? ¿O es que acaso la Sheriff de Piltóver no se divierte un poco de vez en cuando?

-Me ofendes de una manera muy seria. Por si no sabías, soy la imagen de toda una ciudad, y la principal encargada de mantener a la gente que le gusta divertirse a costa de otros en el lugar en donde pertenecen. Quizás tú no pienses lo mismo, pero para mí las peleas y los crímenes no son divertidos, o la manera correcta de vivir –la expresión de Caitlyn era muy seria, y sentía como sus ojos me desaprobaban más con cada una de sus palabras. Al parecer había tocado un tema delicado, y de la manera equivocada.

-Yo, ummm, bueno… ugh, ok, lo siento, no debí haber dicho eso. Está bien, tratare de controlar mi actitud un poco más en el futuro, yo no quería… es que… agh, lo siento. Soy un idiota –baje mi cabeza como un niño al que habían atrapado haciendo una travesura, tratando de demostrarle que de verdad estaba arrepentido de lo que había hecho. Pero… ¿por qué reaccionaba así con ella?

-Sí, lo eres –sus palabras eran frías como témpanos-. Pero levanta tu cabeza, no estamos en kínder, y la gente te está mirando.

Levanté la mirada y noté como un par de personas estaban cuchicheando mientras me apuntaban. En cuanto me notaron, volvieron la espalda, como si nada hubiera pasado. Sentí ganas de gritarles algo, pero me contuve, pensando en lo que acababa de decirme. Entonces noté una pequeña risita y una ligera sonrisa en la expresión de Caitlyn.

-Oh, perdóname, simplemente me di cuenta de que es la primera vez que te escucho titubear, y me resultó un tanto gracioso. No tiemblas ante una asesina con un cuchillo en tu garganta, pero te doy un sermón y caes como un Yordle ante un pastelillo.

Preferí quedarme callado hasta que el té llegó unos minutos después. Greg le sirvió el suyo a Caitlyn con una enorme sonrisa y todo el cuidado del mundo, y en cambio casi derramó el mío al entregármelo. En cuanto lo probé, note muchas esencias desconocidas, pero todas se combinaban de una manera perfecta, dándole al té un sabor excelente, y sobre todo una sensación muy relajante.

-Hmmmm, no cabe duda que este es el mejor té en todo el continente. Combina hierbas de todas partes de Runeterra para entregar un sabor exquisito. La gente que vive en esta ciudad es tan afortunada; desearía que tuviéramos algo así en Piltóver –dijo Caitlyn al sorber un poco del té: no cabía duda que ella era toda una conocedora sobre el tema-. Hablando de lugares, cuéntame un poco de dónde vienes. Escuche un poco sobre un pueblo en Demacia, y sobre un interesante personaje con extraños poderes que ayudaba a la gente, pero quisiera más detalles.

De pronto me sentí como si estuviera en un interrogatorio, y la fama de Caitlyn (y su título de Sheriff) no me ayudaban; de verdad que era una profesional en su trabajo. Tomé un sorbo más largo de té para calmarme antes de responderle.

-Bueno, me supongo que te lo debo, después de que me salvaste de Katarina, y de que nos hiciste ganar la batalla, y de que te ofendí…

-Sigue, no me molesta que me recuerdes todos los que me debes.

-Pero yo… c-creo que mejor empiezo a contarte mi historia. Bueno, cómo empezar...

Cuando desperté, me encontraba acostado en medio de un bosque, solo. Era de día, pero eso no evitó que un escalofrío bajara por mi espalda: no tenía idea de donde estaba, o como había llegado allí. Estaba desconcertado, temeroso. Lo único que pude hacer fue empezar a caminar, esperando encontrar algo, lo que fuera, que me resultará familiar y que tal vez me ayudará a recobrar mi memoria. Caminé hasta que se hizo de noche, así que busque refugio en una pequeña cueva.

Allí pase la noche, hasta que un gruñido me despertó: la cueva era el hogar de un oso, y no le había parecido el que yo la hubiera ocupado. El oso cargó contra mí, y en mi terror cerré los ojos y levanté mi mano, listo para morir. Pero entonces escuche un golpe sordo, y un gemido de dolor. Cuando abrí mis ojos, vi algo increíble enfrente de mí: una especie de portal mágico, lleno de armas de todos tipos. Era como si dios hubiera abierto una puerta para darme una última oportunidad de sobrevivir. Así que sin pensarlo dos veces, tome un cuchillo y me levanté. El oso estaba aturdido, como si hubiera chocado contra una roca, y yo aproveché la oportunidad para atacar su cabeza. Y con un solo golpe el oso cayó al suelo. Había sobrevivido, pero más que eso, había aprendido que tenía un extraño poder. Así que practique durante varios días, abriendo el portal y tomando diferentes armas. Con ellas empecé a cazar pequeños animales afuera de la cueva, y cada día me acostumbraba más a esa rara sensación en mis manos. Cuando me sentí más confiado, empecé a explorar los alrededores de la cueva. Pasé allí cerca de seis meses, contando los días para no perder mi cordura. Y finalmente encontré un río, así que decidí seguirlo corriente abajo, hasta que encontré una pequeña granja a su costado. Casi me desmayó al pasar por el portal de la puerta, ante la sorpresa de la familia que vivía allí.

Ellos me cuidaron, me vistieron y me alimentaron como si fuera parte de su familia, aun cuando ellos tenían ya un hijo de mi edad. Justin y Angélica Rustshard, junto con su hijo Tom, me recibieron con los brazos abiertos, después de pasar casi medio año como un salvaje en el bosque. Lo menos que pude hacer por ellos era ayudarlos con las labores de la granja: cuidar del ganado, reparar las construcciones, y cuando se presentaba la ocasión, defenderlos de los animales salvajes. Se sorprendieron tanto o más que yo cuando vieron mi habilidad para tomar armas de un portal mágico, pero después de contarles que no sabía cómo había conseguido ese poder y que no tenía recuerdos de nada antes de despertarme en el bosque, no me cuestionaron nada más. Aún más, el viejo me sorprendió a mí cuando me contó que en su tiempo, él había sido un militar demaciano. Fue entonces que me di cuenta que me encontraba en alguna parte de Demacia, pero eso no me ayudó a recordar nada. El anciano me enseño a manejarme con la espada, el rifle y el cuchillo, al menos hasta el punto que sus músculos le permitieron, y su hijo fue un excelente compañero de entrenamiento. Con el tiempo me volví muy bueno, venciéndolo con facilidad, así que me recomendaron que tomara lecciones en una pequeña academia en Liore, un pueblo cercano, así que los acompañe en el siguiente viaje que realizaron para vender la producción de la granja. Allí pude mejorar aún más estilo de lucha, volviéndome el mejor alumno de la institución. Un día, saliendo de una clase, escuché gritos y vi gente corriendo. Inmediatamente me dirigí hacía el tumulto. Para mi horror, vi varios cadáveres. Aparentemente la ciudad era víctima de un grupo de bandidos, que asaltaban los mercados y tomaban lo que querían, matando a quien fuera que se interpusiera en su camino. Los pobladores habían pedido ayuda a la capital varias veces, pero los pocos soldados que habían mandado eran nuevos reclutas, que huían ante el primer asalto de los bandidos. Pero a mí realmente no me interesaba ayudarlos: no conocía a nadie en el pueblo, fuera de mi maestro, y apenas terminaba la lección me dirigía hacía el puesto del anciano para regresar a la granja.

Así pase mucho tiempo en la granja, trabajando sin descanso: me volví tanto un experto en el manejo de la sierra y el martillo como en el desenfunde de una espada. Podía matar un pájaro en pleno vuelo a 50 metros con un solo tiro del rifle, sin titubear un segundo. Seguía trabajando y trabajando, del amanecer al anochecer, sin pensar en que iba a ser de mi vida, como si ya hubiera renunciado a mi pasado por la tranquila vida en la granja, a veces salpicada con las conmociones del pueblo. Pero el destino, y ese terco pero valiente anciano decidieron que era tiempo de un cambio. Otra vez había un tumulto de gente en el mercado, causado por los bandidos, pero esta vez una de ellos no corrió buscando refugio en su casa, sino hacía mí. Era Angelica, la esposa del anciano, que me contó que su esposo había decidido hacerles frente a los bandidos, y estaba peleando contra ellos. Sin siquiera pensarlo corrí con todas mis fuerzas hacía el mercado, y cuando llegue vi como el anciano peleaba contra los bandidos, presionando sus viejos músculos, realizando agiles movimientos y cortando uno por uno a los ladrones. Pero cuando llegó al jefe, estaba agotado. Aun así decidió cargar contra él, con todas sus fuerzas, por el bien de la gente.

Terminó en menos de un segundo. El jefe de los bandidos había evadido su ataque y había clavado su espada a través de la espalda del anciano. Riendo, pateó su cuerpo para retirarlo de su espada, y empezó a amenazar a la gente que estaba viendo el cruel espectáculo. Yo me acerqué al anciano. Sus ropas estaban empapadas en sudor y sangre, y con sus últimas palabras me pidió que siguiera el código militar demaciano que tanto me había repetido, pero que yo nunca había querido escuchar: ayudar al inocente, vencer al infame y traer justicia al mundo. Entonces me decidí: me levanté y con mi mano abrí un portal, ante la sorpresa de la gente. De él saque una espada, y cargué contra el bandido. Pero antes de que pudiera cruzar armas contra él, una flecha le atravesó el cuello de una manera tan exacta que hizo que muriera al instante. Cuando intenté buscar al responsable, solo vi un águila alejándose del mercado. Segundos después un pequeño batallón demaciano apareció en el pueblo, cargando con los cuerpos de lo que parecía el resto del grupo de ladrones. Por fin la capital había respondido a los llamados de ayuda, pero para la familia Rustshard ya era muy tarde. Habían perdido a un ser querido, a un padre y esposo, por mi culpa, por mi falta de acción. Nunca volví a la granja después de eso. Nunca tuve el valor para mostrar mi rostro ante ellos de nuevo. Me instalé en una pequeña taberna del pueblo con el dinero que había ganado con mi trabajo en la granja, y empecé a hacer pequeñas encomiendas en el pueblo para sustentarme. Al parecer mi pequeño acto con el portal había causado gran conmoción entre la gente, y me había vuelto bastante famoso. La gente me empezó a pedir favores, y me buscaban cuando alguien cometía algún crimen, como robar o herir a alguien. Gracias a todo mi entrenamiento y a mi condición física no hubo muchos que me retaran, y los pocos que lo hicieron terminaron bastante malheridos. Poco a poco me volví parte del pueblo, y llegó el punto en que nadie desconocía mi nombre, o mis extraños poderes. Y todos mencionaban lo mismo: que debía unirme a la Liga de Leyendas.

Y así fue, cuando un Invocador originario del pueblo llegó de visita. Enseguida me llevaron con él, y por primera vez en mucho tiempo, hable sobre mi amnesia, y sobre mis poderes de origen desconocido. El ver mi portal lo sorprendió mucho: al parecer nunca antes había visto algo parecido en la Liga, y se mostró muy interesado en llevarme ante el Instituto de Guerra para una evaluación. Yo acepté de inmediato, ya que sabía que la Liga me permitiría luchar por lo que el anciano había muerto, y que era la mejor manera de recuperar mi memoria.

-Una semana después, que me pareció eterna, el Invocador regresó, acompañado por un par de ayudantes, y me trajeron aquí. Mil y un trámites después, henos aquí, compartiendo una bebida como Campeones de la Liga –terminé mi relato con un gran sorbo del té. El hablar tanto me había resecado la garganta.

-Hmmmm, muy interesante. ¿Entonces los Invocadores no lograron recuperar nada sobre tu pasado, ni siquiera durante el Juicio? –preguntó Caitlyn, después de escuchar con mucha atención toda mi historia.

-Nop, nada de nada. Eso fue una de las cosas que más les intereso, el hecho de que no tuviera memorias de cómo o dónde obtuve mis habilidades. Creen que la clave está en ellas mismas: en los portales que puedo abrir, y en la dimensión con la que conectan.

Caitlyn se quedó inmersa en sus pensamientos por un minuto, como si estuviera discutiendo consigo misma sobre todo lo que acababa de escuchar.

-Sera eso… o quizás ellos quieran… no, no es su estilo, y mucho menos después de lo que pasó con Plagueis… -murmuró. No se dio cuenta de que alcanzaba a escucharla perfectamente.

-¿No es el estilo de quién? ¿Te refieres a los Invocadores? ¿Y quién es Plagueis?

-Oh, no, nada, olvida que dije algo. No te preocupes, son simples chácharas de una detective paranoica que piensa todo tres veces –respondió Caitlyn, tratando de quitarle importancia a lo que acababa de decir. Aun así, no me convenció ni me quito las preguntas de la cabeza. Inmediatamente trató de cambiar de tema.- Pero entonces, ¿esta es la primera vez que visitas la ciudad del Instituto de Guerra?

-Así es, los Invocadores no me dejaron salir ni un segundo. Fue trámite tras trámite, juntas, pruebas, más trámites, y después de un día de descanso, me metieron a los Campos para mi primera batalla –respondí, dejando mis preguntas de lado por un momento.

-Ok, entonces déjame darte el tour oficial por el lugar. Conocer la ciudad un poco, así como las instalaciones de la Liga exclusivas para Campeones te podría ser muy útil. Quién sabe, si dejas de lado tu actitud de idiota insensible por un segundo, hasta podrías hacerte amigo de los demás Campeones –dijo Caitlyn, con un tono un tanto burlesco, pero de alguna también brutalmente honesto.

-Bueno, no creo que la gente me haga caso, no destaco mucho, y no conseguí ningún mayor logro en mi primera batalla –dije, mientras levantaba mi taza para sorber un poco más de té. Me estaba volviendo adicto a su sabor y al sentimiento de relajación que ocasionaba. -Además de que tener una guapísima acompañante va a desviar las mira-¡cough!

La última frase se me había escapado de la cabeza sin querer, e hizo que el té se fuera por el lugar equivocado. Cuando voltee a ver a Caitlyn esta estaba ligeramente sonrojada y mirando a la gente en el pub, probablemente deseando que nadie me hubiera escuchado. Por suerte así era, todos estaban muy ocupados en sus conversaciones como para escucharnos. Excepto un pequeño hombrecillo con cara de pocos amigos, que había tirado un vaso por accidente y estaba recogiéndolo mientras nos observaba (o más bien a mi) con la mirada de un psicópata.

-Yo amm, a-apreció mucho tu comentario, y pues, creo que tú… gracias –titubeó Caitlyn. Al parecer los roles se habían intercambiado, y ahora la que no sabía que decir era ella. Así que decidí empujarlo un poco más.

-Mira eso, al parecer Cupcake es la que no sabe que responder ¿Qué paso con la detective segura de sí misma?

-¡E-Espera un segundo! ¡Vi es la única que me dice Cupcake!, ¿Cómo es que sabes ese apodo? –al parecer la detective estaba de vuelta en el caso.

-Yo, umm, escuche a mi Invocador llamarte así. Quizás él lo escucho cuando estaba con Vi –inventé una excusa lo más rápido que pude, pero por la mirada de Caitlyn, no creo que la halla convencido por completo. Pero decidió no tocar el tema de nuevo.

-En fin, olvidemos que esto alguna vez ocurrió. ¿Entonces quieres que te dé el recorrido o no?

-Si fueras tan amable, sería un honor.

-Muy bien pues, primero hay que pagar la cuenta –y aquí era donde las cosas se ponían aún más incomodas.

-Siiiiiiiiiiiiii, hablando de la cuenta, pues fíjate que-

-No tienes dinero –me cortó bruscamente Caitlyn.

-Pues, veras, ser el héroe de un pequeño pueblo en medio de la nada no deja una gran fortuna que digamos, y entre el viaje y los gastos y otras cosas, pues yo…

Caitlyn dio un gran suspiro. -Está bien, por esta vez yo pago. Pero más vale que añadas otro favor más a la lista de cosas que me debes.

Me levanté decidido a pagar (con el tiempo) cada uno de los favores que Cupcake había hecho por mí. Nos dirigimos a la caja, y después de que Greg me dedicará un par de miradas asesinas mientras Caitlyn no se fijaba, salimos del pub.

-Por cierto, ya me has contado toda tu historia, pero no recuerdo haber escuchado tu nombre ni una sola vez, ¿o es que también lo olvidaste? –dijo Caitlyn, mientras caminábamos por una de las tantas calles de la ciudad. Y como había predicho, ella atrajo muchas miradas de interesados, pero no les prestó atención.

-No, ese es el único recuerdo que aún tengo. Puedes llamarme Soren, el Protector del Portal –le respondí, pensando en cuando podría dejar de mentirle.


Ha sido que, ¿6 meses? desde la última vez que escribí, y vaya que estaba oxidado, pero aun así logré escribir un capítulo coherente. Ya ustedes decidirán si es bueno. Y sobre los próximos capítulos: ya estoy planeando varias cosas, y esta vez prometo (y cumpliré) con subir varios nuevos en estas vacaciones. Esperen por más, ya que esta historia solo se va a poner mejor.