Cuando las luces se encendieron a las seis y media de la mañana siguiente, Sherlock hubiera querido matar a cualquiera que se le pusiera por delante. Saltó de su cama y paseó por su celda como un gato enjaulado, sintiendo cómo las paredes se le estrechaban hasta aplastarle las neuronas.

Se lavó la cara, los dientes y se mojó el cabello para marcar los bucles. Con un bufido de indignación, colocó las sábanas correctamente sobre el colchón: tener la celda en orden era una de las mil pérdidas de tiempo que se les exigía a los presos, según el manual. La media hora que pasó hasta que la puerta de la celda se abrió, se sintió como cuchillas al rojo vivo cortándole las yemas de los dedos.

Una vez se abrieran las puertas, sabía que tendría media hora para asearse y otra media para desayunar, pero no tenía ni idea de dónde se encontraban ni el baño ni el comedor. La noche anterior, con el encierro de todos los reclusos para incautar armas, la cena se había realizado en las propias celdas. Y por descontado, tampoco había sentido la necesidad de darse un baño en los aseos de la prisión. Unas veintitrés escenas de películas carcelarias con las duchas de telón de fondo pasaron por su cabeza.

Salió por la puerta antes incluso de que se terminaran de deslizar las rejas y se encontró con que un guardia y un preso venían en su dirección.

–Holmes, este es Henry Fraser –explicó el celador–. Será tu guía mientras te adaptas. Él te contará lo que necesites saber de The Wolds… ¡Eh, tú! ¡No te quedes parado en la escalera! –gritó, y salió apresuradamente en dirección contraria, dejando a los dos hombres mirándose de arriba abajo.

El tal Fraser era un hombre de mediana edad, de unos cuarenta y cinco años a lo sumo, y tan alto como Sherlock, pese a que su postura arqueada le hacía parecer al menos diez centímetros más bajo. Tenía el cuerpo enjuto, pero su rostro era de rasgos suaves y nada afilados. Unos ojos curiosos de color avellana saltaban de un lugar a otro tras las gafas, en contrapunto al lenguaje no verbal de su cuerpo encorvado, con las manos en los bolsillos, que indicaba a quien le mirara que nada era capaz de despertar su interés.

Sacó una mano de su pantalón y se la tendió a Sherlock, sonriendo afablemente.

–Puedes llamarme Hache, como la letra.

–Yo soy Sherlock Holmes –dijo, estrechando aquella mano que le devolvió el apretón ni muy fuerte ni muy flojo, en una verticalidad estudiada–. Puedes llamarme Sherlock.

–¿Sherlock? ¿No hay diminutivo? –preguntó, marcando aún más su sonrisa–. ¿Sherly? ¿Ricitos, tal vez?

El moreno apartó la mano cuando consideró que el contacto empezaba a resultar incómodo y puso los ojos en blanco con hastío.

–No. Sólo Sherlock. Ni Sherly, ni Holmes, ni por supuesto «Ricitos». Ninguna de las propuestas tiene menos sílabas que mi nombre, lo cual las convierte en una absurdidad como diminutivo. Suponía que alguien con tu cultura y formación en letras sabría que los diminutivos tienen la cualidad de disminuir las unidades sonoras de un nombre, no de igualarlas, y mucho menos de multiplicarlas, Hache.

Su interlocutor se rio abiertamente y se encogió de hombros, hasta que éstos prácticamente taparon sus orejas.

–¡Me has pillado! –exclamó de buen humor–. ¿Entonces te ha hablado de mí Scott?

–¿Quién?

–Scott Weil, el loquero que te ha hecho la evaluación al entrar –explicó, un poco sorprendido de que no le recordara. Sherlock parpadeó repetidamente, encontrando en su memoria al joven psicólogo, y borrando inmediatamente su nombre… otra vez.

–No. Sólo me dijo que me asignaría a alguien hoy.

–Sí, esa es su especialidad. Al parecer los novatos y los tutores que él empareja suelen congeniar bastante bien –explicó, ahora con un deje amargo en la voz–. O al menos eso dicen. Yo llevo seis años aquí y eres el primer pichón que me dan.

–Eso ha debido ser todo un golpe para tu ego, ¿verdad? –presumió Sherlock sin mostrar rastro de burla–. Haber estudiado magisterio, ser profesor tanto fuera como aquí dentro, y que en seis años no te hayan asignado a nadie para tutorar. Aunque bueno, supongo que tus intereses dentro de la cárcel se dirigen hacia fines más lucrativos, ilegales y no tan aspiracionales como la formación, ¿verdad?

Henry volvió a meter las manos en sus bolsillos y sonrió de nuevo, aunque esta vez la sonrisa se quedó en su boca, sin llegar a sus ojos.

–Bien, parece que tenemos a un alumno aventajado –dijo, y alzó la barbilla–. No te voy a negar que me agrada el cambio. Ahora desarrolla esas conclusiones. Y hazlo bien, o te suspenderé, novato.

Sherlock dio un paso atrás y volvió a barrer el cuerpo de Henry con los ojos entornados. Luego, comenzó a hablar.

–Es obvio: tus manos. Siempre son las manos, ¿sabes? Lo que más dice de las personas –explicó, mientras señalaba las de su tutor, que ahora estaban descansando dentro de los bolsillos–. Sé que das clases dentro de la cárcel porque tienes en tu derecha los restos que dejan los rotuladores de pizarra blanca. Borrar con el canto de la mano es habitual cuando se imparten clases que requieren escribir y rectificar de continuo. Si hubieras sido el alumno, no habrías tenido que borrarlo tú, lo habría hecho el profesor. Si eras el encargado de limpieza, hubieras usado un trapo o cualquier cosa para limpiar. Aparte, en tus dedos hay marcas rojas debido al tic que tienes de dar vueltas a los bolígrafos sobre tu dedo pulgar. El rotulador rojo es muy incómodo para escribir, pero útil para corregir: otra vez «profesor». Sé que también eras docente fuera de la cárcel porque en el manual de entrada se explica que todas las clases son impartidas por maestros titulados. Supongo que la mayoría estarán contratados, pero es lógico pensar que si tienen uno dentro, van a aprovechar para ahorrarse un sueldo. Por si no te has dado cuenta, nos pagan mucho menos aquí dentro que fuera –dijo, guiñándole un ojo y con una sonrisa de complicidad–. Por último, estarían tus actividades más lucrativas e ilegales: el tráfico de drogas. En tus uñas he detectado la presencia de polvos blancos, lo cual no sería relevante si no fuera porque también hay rastros en torno a tu nariz: no lo bastante como para haber sido esnifada para su consumo, pero sí para comprobar su calidad. Además, todo tu uniforme es nuevo, pese a que llevas seis años en Wolds. Mis prendas de ropa, las que me dieron ayer, no son nuevas y están desgastadas, por lo que supongo que hay gente en la lavandería que puede pagar favores dando las mejores piezas a quien haya que agradar, en este caso tú mismo. Y bueno, el hecho de que lleves Oud Save The King, dice mucho sobre tus ingresos: digamos que no es un perfume que se puedan permitir muchos profesores –terminó de explicar, mientras olfateaba cerca de Hache. Finalmente se volvió a alejar y le miró a los ojos–. Y ahora dime, profesor, ¿qué nota me vas a poner?

A su alrededor los reclusos ya habían salido de las celdas. Sólo quedaban los más rezagados y, por descontado, ellos dos. Henry se tomó unos instantes para mirar al techo y pensar. Acto seguido sonrió a Sherlock abiertamente.

–Creo que te pondré un siete.

–¿Qué…? ¿Cómo? ¿UN SIETE? –Sherlock estaba ofendido no, lo siguiente–. ¡Eso es INSULTANTE! Y no te atrevas a decirme que la deducción era muy sencilla, porque cada vez que alguien dice eso cuando le explico mis conclusiones, te juro que le arrancaría la piel a tiras. Y ya estoy en la cárcel, así que es el lugar indicado para hacerlo de una buena vez.

Sonrisa más ancha. Las manos abandonaron los bolsillos y se alzaron junto a los hombros enjutos.

–Sí, siete, y eso que te he dado un punto extra por el esfuerzo y la argumentación, pero debería ser un seis.

La boca del moreno se abrió, perpleja, para acto seguido cerrarse y fruncirse, junto a sus ojos. Una expresión pura de enfado y frustración.

–Quiero que me expliques por qué.

–Es obvio: te equivocaste. Siempre hay algún error, ¿sabes? Pongamos que en tus afirmaciones hay tres puntos, dos de los cuales son muy similares, que son las afirmaciones de que imparto una clase dentro de The Wolds y que había estudiado magisterio. El tercer punto es el tráfico de drogas. Dime si no estás de acuerdo, pero yo puntuaría con cuatro sobre diez a las clases internas, dos sobre diez a la carrera de magisterio y otro cuatro sobre diez a las drogas. ¿Estás conforme?

–Te sigo.

–Bien. Pues has acertado las dos primeras, por lo que tienes un seis. Pero en el tercer punto la has pifiado. Como te decía, te he dado un punto por el desarrollo, pero no es correcto: yo no trafico con drogas.

Sherlock resopló como una tetera, y movió negativamente la cabeza.

–Tienes que hacerlo. No es posible que esté equivocado, mis observaciones son consistentes, no hay otras variables. Es la única opción.

–El polvo de mis uñas y de mi nariz es tiza. Soy profesor y utilizo encerados tradicionales, además de pizarras blancas.

–No. He visto fotos de todas las aulas en el manual de acceso, y en ninguna se ven pizarras para tizas.

–Es cierto, no las hay en las aulas. Pero sí que hay una en la biblioteca, y para uso exclusivo del encargado de la misma, que, casualmente, soy yo –explicó, señalándose a sí mismo con expresión satisfecha.

–Eso no explica ni tu ropa ni tu perfu… –Sherlock detuvo la frase a la mitad, abriendo mucho los ojos–. ¡Oh! –exclamó, alzó una mano y comenzó a golpearse la frente con ella. Sus dientes se apretaron con enfado–. ¡Pero qué evidente! ¿Cómo no me he dado cuenta? Los pedidos de libros, ¿verdad? No estaba tan desencaminado. Eres el responsable de la biblioteca, el que decide qué material se compra. Merecería mínimo un nueve y lo sabes: ¡aunque no sea con drogas, sí que mueves contrabando!

El bibliotecario se rio con ganas, e invitó con un gesto a Sherlock a que lo siguiera por el pasillo, cosa que el moreno hizo mientras continuaban hablando.

–No pienso negarlo, Sherlock. Es verdad que mejoro ligeramente mi estancia en esta casa con los beneficios que me aporta algún que otro chanchullo inofensivo. Todos lo hacemos si podemos. Si quieres puedes llamarlo "traficar", pero en cualquier caso, no lo hago con drogas: algún libro no permitido, cierta clase de revistas… hay personas que hasta me piden papel decorado para escribir a las hibristofílicas. Como sea, lo que yo consigo no hace daño a nadie. Pero vamos, que si lo vemos así, puedo subirte a un ocho, pero nada más. –Se giró en la escalera mirando al moreno, que no terminaba de estar del todo convencido–. Creo que entiendo por qué Scott te ha puesto a mi cargo: hacía tiempo que no encontraba a una persona interesante, y me alegro de que andes por aquí.

–Bueno, el tiempo dirá si el sentimiento es mutuo –dijo Sherlock, y dedicó al encorvado hombre una sonrisa de simpatía.

Se desplazaron por los pasillos entre el flujo de reclusos que, como autómatas, seguían su rutina establecida. Mientras avanzaban, Hache le fue explicando a grandes rasgos cómo funcionaban las cosas dentro de The Wolds.

Sherlock iba un paso por detrás, y le escuchaba en un segundo plano, almacenando aquella charla monótona en su memoria a medio plazo para poder analizarla más adelante. Ahora lo que de verdad le interesaba era observar todo lo que le rodeaba.

El día anterior todo habían sido miradas y muecas de desprecio, desdén o de obvia beligerancia hacia él. Ahora los presos seguían mirándole, pero bajaban la vista cuando se daban cuenta de con quién iba hablando. Hache debía ser uno de los conseguidores con más relevancia dentro del estatus carcelario.

También notó la flexibilidad en el vestuario de los reclusos. Aunque muchos utilizaban partes del uniforme oficial, casi todos tenían alguna prenda propia. Supuso que eran beneficios del sistema de castigo/recompensa.

Aunque lo buscó someramente, no vio por ningún lado al celador del día anterior. Los turnos de los guardias era de ocho horas y rotatorios, con dos días de descanso a la semana. Daba por hecho que no le tocaría entrar hasta la tarde o la noche, si es que no libraba hoy.

A su lado, Henry se había detenido frente a una puerta doble cerrada, y la señalaba con la cabeza y una sonrisa burlona.

–Las duchas.

Las veintitrés escenas de películas volvieron a su mente, y se asomó con curiosidad morbosa por la puerta.

De pronto, sintió que alguien le empujaba por la espalda, haciéndole caer de bruces en el suelo de azulejos blancos. Manchas marrones en la lechada de las baldosas, posiblemente sangre seca. Pies descalzos a su alrededor, piernas desnudas. Doce personas. No, trece. No podría con trece personas. Risas. Burlas y carcajadas.

–¡Novato! ¡Ponte de rodillas, novato!

–Mejor que siga a cuatro patas. ¡A mí me gustan sumisos!

–Hay que quitarle esa ropa ya. ¿Alguien tiene un pincho que corte?

–Joder, ¿habéis visto su cara sonrojadita? ¡Si parece una virgen! Dios, cómo me pone...

–¡Voy a sujetarte por esos rizos tan perfectos mientras te meto la polla hasta la tráquea!

–¡Mirad como tiembla el Ricitos! ¡Que alguien traiga una pastilla de jabón, a ver si se desmaya!

Una mano se posó en su hombro y Sherlock saltó hacia atrás como un conejo asustado, sentándose en el suelo y reculando hasta la primera pared con la que chocó su cuerpo. Miró alrededor con los ojos desorbitados. Miradas pendencieras. Sonrisas. Toallas. Ropa interior. Cabellos húmedos.

Risas. Risas. Carcajadas.

Hache destacó de entre el grupo por ser el único que llevaba toda su ropa. Y por ser el único que no sonreía. Se acercó hacia él con una mano extendida.

–Eh, tranquilo –susurró. Marcas de rotulador rojo en la mano. Más polvo en las uñas. Dedos finos. Sabía cómo romper cuatro dedos en menos de un segundo. No creía que fuera capaz de romper sesenta y cinco–. No te van a hacer nada: a todos les toca cuando llegan.

Los ojos de Sherlock se movieron rápidamente analizando el lugar, ahora con más autocontrol. Una novatada. Ritual de iniciación. Rito de paso. Respiró profundo y ordenó al transporte que dejara de temblar. El transporte no terminó de obedecer.

Risitas. Sonrisas burlonas.

Los reos, al ver que Hache había terminado con la diversión, fueron volviendo poco a poco a su rutina y se dieron la vuelta para ir a terminar de asearse.

El moreno miró la mano tendida en su dirección y se puso de pie, ignorándola. Pasó las yemas de los dedos por el uniforme, adecentándolo, en un gesto concebido para tranquilizarse y darse unos instantes para pensar. Era un ademán que había aprendido de Mycroft hace años.

–Siento el empujón, pero… ¡Bienvenido! Todos los novatos tienen pavor a las duchas, hay que aprovecharlo –empezó a explicar su tutor con una sonrisa burlesca, recalcando lo evidente para darle tiempo a calmarse–. No hay pastillas de jabón, usamos gel. Tampoco hay duchas comunales: esta zona es la del vestuario, pero las duchas son individuales y se cierran por dentro con pestillo. Dentro hay espacio más que de sobra para cambiarte si no quieres pasar tiempo en el vestuario común. Y aunque no hay cámaras por mierdas legales, los guardias suelen rondar por aquí a menudo.

–Supongo que es uno de los lugares más seguros de la cárcel, ¿no? –dijo Sherlock, con un deje de ironía.

Los enjutos hombros de su compañero se alzaron con desgana.

–Tienes como veinte minutos entre que se va un guardia y viene el siguiente, y las duchas se cierran por dentro, te recuerdo. Y son grandes: caben varias personas… Tú me dirás si a ti eso te parece «seguro». Yo, personalmente, pienso que es un lugar ideal para apalear a alguien hasta la muerte.

–––

–Plato.

Sherlock alzó la bandeja con cavidades que había recogido al principio de la fila. Tenía cuatro espacios para la comida y uno central donde descansaban los cubiertos de plástico sobre una servilleta de papel.

Uno de los reclusos que estaban sirviendo los desayunos arrojó una manzana bastante magullada en uno de los huecos pequeños y un brick de leche en el otro. Le hizo un gesto brusco con la cabeza para que avanzara y se rascó la oreja por dentro con su dedo enguantado en látex.

Dio un par de pasos mientras mentalmente ponía al principio de su lista de prioridades la de acercarse a la fuente de agua para limpiar la pieza de fruta. Limpiarla mucho. Su expresión de repugnancia debió de ser muy obvia, porque a su espalda Hache reprimió una risita.

El siguiente atentado gastronómico consistía en puré de patatas grumoso y salchichas calcinadas. La mole humana que lo servía parecía tan amenazante con su cazo pegoteado de puré como lo hubiera estado con una Glock 17.

–Plato. –Su ceño fruncido se frunció aún más cuando Sherlock apartó instintivamente su bandeja de aquella masa repugnante–. ¿Tienes algún problema con la comida que he preparado, Ricitos? Porque te aseguro que te la vas a comer toda. Acércame ahora mismo tu plato.

Sherlock tendió la escudilla, teniendo absolutamente claro que aquella comida iba a quedarse donde aquel caballero la pusiera. Cuando un pegote ingente de puré estaba a punto de ser arrojado sobre los dedos del moreno, la mano de Hache se situó encima de la bandeja.

–Buenos días, Gabriel –dijo, dirigiéndose al cocinero. Su sonrisa era de absoluta cordialidad, como quien saluda a un viejo conocido–. Déjame que te presente a Ricitos. Este es Gabriel Marín, aunque todo el mundo le llama Pinche –le explicó a Sherlock, sin apartar la mano de encima de la bandeja. El cocinero había retirado el cazo y había dado un paso atrás, indeciso–. Gabriel, Rizos es mi pichón, y estoy al cargo de su cuidado. Lo entiendes, ¿verdad?

El cocinero dejó pasar un par de segundos, hasta que se dio cuenta de que estaba esperando una respuesta.

–Sí, Hache. Claro que lo entiendo.

–¡Bien! Me encanta que mis amigos se conozcan y se lleven bien. No te olvides de hablarles de él a tus compañeros. A Daniel, Jeremy y Edward les gustará saber que yo soy su tutor. –Sonrió más ampliamente–. Además, Ricitos prefiere la tradicional comida británica tan poco valorada internacionalmente. ¿Soy yo o por aquí huele a hash browns?

Apartó la mano del plato, y olfateó el ambiente con curiosidad.

Pinche alzó las comisuras de la boca en una mueca cercana a una sonrisa y dejó caer el cazo en el puré. Con unas pinzas sacó de debajo del mostrador un par de hashed browns y añadió a su lado, también del lugar misterioso y fuera de la vista, cuatro salchichas perfectamente cocinadas al grill.

–Un placer conocerte, Ricitos. Aquí no hay té con scones, pero para los amigos de Hache siempre tenemos el menú inglés.

Sherlock asintió y avanzó en la cola. Su cerebro analizó rápidamente cuántos «menús ingleses» había en el comedor. No localizó más de quince, en un total de cuatro grupos. Supuso que serían cuatro cabecillas con su correspondiente séquito. Suspiró silenciosamente, sin poder creerse la suerte de estar protegido por una de las cuatro o cinco personas más influyentes del penal. No podría haberlo hecho ni a propósito.

Esperó hasta que Hache tuvo su desayuno especial y se dirigieron juntos hacia las mesas.

–¡Espera, Ricitos! –se oyó, mientras una mano enguantada se posaba sobre su hombro. Era el cocinero del principio de la cola, que había salido de la cocina y estaba limpiando algo con un paño. Cuando la tela se desplegó, apareció una gran manzana verde y brillante, perfecta–. Creo que te he dado sin querer una manzana un poco dañada. Esta es mejor. ¡Que aproveche! –dijo, cambió ambas frutas y salió corriendo hacia su puesto. Un guardia que ya se estaba acercando, detuvo su avance y volvió a su puesto.

–Lávala de todas formas –susurró Hache con una sonrisa–. Y ya de paso, cámbiate la camisa. Te ha tocado el hombro.

Sherlock se rio con ganas.

Las bancas corridas estaban abarrotadas de reclusos que desayunaban a esa hora, con tan solo algunos huecos salpicados aquí y allí. No obstante, Hache se dirigió hacia una zona determinada y, para cuando se detuvo, mágicamente se había formado un hueco de varios espacios junto a dos presos que, por lo que evidenciaban sus saludos, eran conocidos suyos.

Uno era un hombre con amplias entradas y cabello cano, y en su rostro una poblada barba llena de migas que subía casi hasta sus ojos ocultaba la mitad de su cara. No medía más de metro sesenta, pero tenía las espaldas tan anchas que podría fácilmente desmembrar a una persona con sus propias manos. Saludó a Henry con un movimiento de mano y un sonoro eructo.

Hache se sentó a su lado y le palmeó la espalda, haciendo un gesto a Sherlock para que tomara asiento justo en frente, al lado de su otro compañero.

El detective se acercó hasta él y dedicó unos instantes a contemplarle. Era castaño, y su blanquísima piel cubría un cuerpo con la constitución propia de un nadador. Sus ojos eran de un verde intenso, brillante, la boca de unas líneas exquisitas y de labios llenos. El óvalo de su rostro era digno de un modelo o de una estatua griega. Pero todo lo anterior se quedaba en un segundo plano, porque cuando le mirabas por primera vez, sólo podías fijarte en su nariz. Como un faro en la niebla, como un cartel luminoso en el desierto: era la nariz más torcida, grande, globulada y porretuda que jamás se haya visto.

–Chicos, os presento a Sherlock. Podéis llamarle Ricitos –dijo Hache en un tono bajo, su vista fija en el plato mientras abría concienzudamente la pajita de su brick de leche–. Este es Bruce, curra en el taller de carpintería. Puedes llamarle Chapas. –Su cabeza hizo un gesto hacia el consistente hombrecillo que se sentaba a su lado–. Y el de tu lado es Todd, de mecánica, aunque todo el mundo le llama Cleo.

–De Cleopatra –explicó el interpelado, haciendo una exagerada floritura con su mano hacia su cara–. Por mi delicado y elegante perfil.

–Y por lo de «reinona», no te jode el otro… –dijo Bruce con la boca llena, escupiendo algunas migas.

El moreno miró a los tres con los ojos levemente entrecerrados.

–Es otra novatada, ¿verdad? Pinche, Chapas, Cleopatra, Ricitos… ¿Quién pone aquí los motes? ¿Un crío de doce años? –Sherlock bufó con hastío–. Esperaba algo más del tipo El Navajas, o Satán, o El Caníbal… ¿Es que aquí nadie se llama por su nombre?

–El Navajas es ese de ahí –explicó Hache señalando a una banca más atrás–. Y tuvimos un Satán hace unos meses, pero casualmente El Navajas lo pinchó y se lo llevaron a otro centro.

–Yo estuve con El Caníbal en Pentonville, pero le trasladaron a Belmarsh enseguida. Ese sí que era un psicópata como Dios manda –contó Todd, con un leve estremecimiento de su cuerpo.

–Ricitos, no subestimes los motes. Los motes te salvan la vida. Son un escudo. –La mirada de Bruce fue intensa. Se limpió la barbada boca con la manga–. Te voy a dar un único consejo, novato. A mí me lo dio mi tutor el día que Hache y yo entramos hace seis años: un mote es cortesía, un nombre es igualdad, y un apellido es poder. Tu mote no necesitas darlo, tu nombre dáselo sólo a los amigos y tu apellido no se lo des a nadie. Y acuérdate siempre, SIEMPRE, de todos los motes, nombres y apellidos de todos los que están aquí y a los que tengas acceso. Eso es el control.

Sherlock entornó más los ojos, pensando unos instantes.

–Me imagino que una llamada al exterior con sólo un nombre y un apellido puede causar muchos problemas a cierta gente. –Vio como los otros tres asentían ligeramente. Se encogió de hombros y empujó una salchicha con el tenedor–. Supongo que ya es demasiado tarde para pedir que me llaméis Shezza, ¿verdad?

Los otros tres se rieron con ganas, como si compartieran un chiste privado.

–Efectivamente, es demasiado tarde. Ya has sido presentado en sociedad –explicó Hache con humor–. ¿No te gusta «Ricitos»? Porque creo recordar que te pregunté cómo querías que te llamara esta mañana. Aunque, sinceramente, ya no hubiera podido cambiar demasiado la cosa: fue decirlo Ginger en el patio ayer y diez minutos más tarde ya todos te llamaban así.

Los siguientes minutos pasaron en silencio, mientras los más veteranos engullían sus desayunos y Sherlock daba un par de sorbos a su leche. Bruce fue el primero en terminar, y se quedó mirando su escudilla con anhelo.

–¿No te vas a tomar eso, Rizos?

Sin responder, Sherlock empujó la bandeja en su dirección. Los ojos brillantes y la amplia sonrisa peluda del hombrecillo le dijeron que acababa de ganarse un amigo de por vida.

–Bueno, Ricitos, ahora toca el tercer grado –dijo Cleo, mirándole de lado y acercándose unos centímetros hacia él en la banca–. Porque todos tenemos curiosidad. Y cuando digo «todos», me refiero a TODOS los del trullo. Hay una porra abierta, y me estoy jugando mucho por ti, amigo. Así que dinos, –volvió a acercarse hasta estar tan completamente pegado que se Sherlock se envaró levemente, pero no se movió. Cleo le dedicó una mirada afectada antes de continuar–. ¿Por qué estás aquí? ¿Qué hiciste para que te metieran? Porque tío, con ese aspecto pareces más un modelo que un criminal.

El moreno dedicó un segundo a volver a analizar al tal Todd, mientras daba un sorbo a su pajita.

–No estoy interesado, pero es halagador, gracias. Cuando quieras puedes quitar la mano de mi rodilla –dijo, y siguió hablando–. Y para vuestra información y lucro, espero, he ingresado por un delito de consumo y tráfico de estupefacientes.

–¡Y una mierda! –gritó, Bruce. Todd a su lado se echó a reír con una mueca de superioridad. Era más que evidente quién había ganado la porra–. No es posible. Tú no puedes traficar. Consumir vale, ¡pero joder! Traficar es otra mierda mucho más sucia. ¿Qué hiciste? ¿Le pasaste un porro a un compañero pijo del Liceo?

–He dicho que ingresé por ese delito, no que lo haya cometido –explicó, y la risa de Todd se cortó en seco.

Hache, en frente de él alzó la barbilla interesado.

–Un momento… no me estarás diciendo que tú no cometiste el delito, ¿verdad? –preguntó, echando el cuerpo hacia delante.

–Sí, podría decirse así. La parte del consumo es cierta, pero no la de tráfico. Por muy manido que esté el cliché cinematográfico, «mi abogado la cagó». En realidad, tengo un grado de química y pensaron que mi mater…

–¡Y un mojón gordo de vaca! ¡ME CAGO EN LA PUTA! –chilló Bruce, que se puso en pie y señaló a Sherlock con ambos índices. Todo el mundo estaba ahora atento a sus gritos–. ¡El abogado de Ricitos la cagó, chicos! ¿Habéis oído? ¡Literalmente! ¡LO HA DICHO TAL CUAL! ¡Hostia puta! ¡TAL CUAL!

Se escucharon decenas de bufidos y maldiciones, alguna risa de los que no habían apostado, un par de golpes airados contra las mesas y múltiples gruñidos. Chapas se metió la mano en el bolsillo y sacó una tarjeta de teléfono. Se la tiró a Hache encima de la bandeja con despecho.

–Eres un Jodido cabrón con suerte, ¿sabes? –le dijo, antes de dejarse caer en la banca a su lado, con un mohín enfurruñado. El otro alzó las cejas con una sonrisa de suficiencia.

En los siguientes minutos varios reclusos se acercaron para darle diversos objetos a Henry, que con un cabeceo a modo de agradecimiento, los iba guardando discretamente en su bolsillo. Le dieron muchos menos que quejas se habían escuchado, por lo que el moreno supuso que algunos de los pagos no eran aptos para realizarse delante de los guardias y a vista de todo el mundo.

El último pago, antes de que se levantaran para que cada uno fuera a sus puestos de trabajo, fue el de Cleo, que arrojó al pecho de Hache un par de paquetes de tabaco. Sólo en ese momento apartó la mano de la rodilla del detective, mientras le guiñaba un ojo divertido.

–Tú me dijiste que la quitara cuando quisiera, rey. Y yo soy muy literal.

–––

Generalmente los puestos de trabajo se asignaban los primeros días en los que se permanecía en el módulo de ingreso, pero él había renunciado a ese privilegio, así que aún no se le había concedido un trabajo.

Una vez más, Hache pareció ser la mamá gallina de Sherlock que lo guardaba bajo el ala para protegerle del mundo exterior. Sucedió al despedirse en el pasillo, en ese momento en el que el moreno se quedó solo sin saber muy bien qué hacer ni a dónde ir. El solo hecho de pensar en pasar las próximas horas en su celda, aburrido y tumbado, le hizo estremecerse de pies a cabeza de desesperación.

Cada uno se marchó en una dirección, dejando al detective en el pasillo, quieto. Pero los pasos arrastrados de Henry fueron lentos y premiosos. Cuando los otros dos ya habían girado la esquina y la mayoría de los reclusos estaban de camino hacia sus quehaceres diarios, Hache se dio la vuelta más que decidido y se acercó de nuevo. Sacó la mano de su bolsillo para apuntarle con un dedo amenazador. Su expresión normalmente afable y lánguida era ahora una máscara de seriedad.

–Nunca he querido tener un ayudante en la biblioteca, aunque llevan años pidiéndome que lo haga –explicó, y volvió el rostro hacia los últimos rezagados del comedor–. Y no he querido porque la gente de aquí es gilipollas e incompetente y sólo hace lo mínimo para seguir cobrando. Aquí no se despide a nadie, ¿sabes? Y así andamos. Todos terminan siendo unos vagos redomados. Y yo no doy trabajo a vagos. No te estoy ofreciendo el puesto, que quede claro, pero sé que eres listo. Y pareces curioso. Si me demuestras que puedes trabajar con un mínimo de calidad, te doy el puesto, pero hasta que me decida te voy a hacer trabajar como un cabrón.

Casi no le dio tiempo a terminar la frase.

–Hazlo, por favor. O estoy ocupado, o en un día mi cerebro se va a descomponer como un gato muerto al sol.

–Bien. Pues tu primera labor es aprenderte la biblioteca. Tienes cinco horas.

El palacio mental de Sherlock poseía dos bibliotecas, una al lado de la otra.

Sala 42A (Ala norte, piso 2): Biblioteca De Libros Que No Valen Ni Para Probar Si Un Lápiz Pinta, Porque El Lapicero Se Contagiaría De La Idiotez De Los ¿Autores? Y No Volvería A Escribir, Y Eso Que Hablamos De Un Lápiz Y No De Un Bolígrafo.

Esa biblioteca era enorme, de techos altísimos y estanterías profundas de madera oscura y labrada, con rieles y escaleras deslizantes para acceder a los volúmenes más altos y ningún asiento ni mesa en el que estudiar los libros. Contenía la no desdeñable cantidad de veintitrés mil doscientos cincuenta y dos tomos ordenados alfabéticamente.

Todos ellos estaban en blanco.

Sólo almacenaba en su palacio mental tres cosas de esos libros: El tamaño, las cubiertas para poder reconocerlos y no acercarse ni con un palo, y una nota suya en la primera página con un resumen de por qué ese libro debería haber existido hasta el diez de mayo de mil novecientos treinta y tres.

Esta biblioteca era especialmente cómoda para no perder un tiempo precioso en releer los libros que con tanto esfuerzo él borraba sistemáticamente de su palacio mental.

Ala norte, piso 2, sala 42B: Biblioteca De Libros Que Están Bien.

Esta era la pequeña biblioteca privada de Sherlock, con rústicas estanterías desvencijadas de madera de pino sin tratar, y libros y periódicos acumulados en vertical y horizontal los unos sobre los otros. Debía tener entre cuatro y cinco mil volúmenes, sin un orden más allá de las temáticas. Cada estante contenía material interesante sobre un determinado tema.

En el centro del cálido salón había una réplica de su sillón Le Corbusier, una silla con su mesa de estudio, una lámpara de banquero verde y un montón de cojines turcos acumulado en una esquina.

Aquellos libros tampoco estaban completos, pero sí más trabajados. Algunos tenían cientos de páginas en blanco y sólo conservaban unos cuantos párrafos que había considerado dignos de ser consultados. Otros estaban prácticamente completos, e incluso se aventuraba a poner notas al margen de varios de ellos.

Estos tomos también tenían su reflejo en las habitaciones donde más se los necesitaba.

Ejemplo: Un libro sobre «El lenguaje corporal en las relaciones humanas» tendría cabida en el estante de la sala 42B correspondiente a la Comunicación. Pero también podrías encontrar una copia de ese mismo libro en la habitación de Molly Hooper (Ala este, piso 5, sala 217), donde resultaba muy útil para sus fines a la hora de conseguir favores.

Pero había que recordar, siempre, que allí sólo estaban los libros que «estaban bien».

Existía una tercera categoría de obras que no tenían un lugar asignado en el palacio mental de Sherlock, y eran aquellas altamente útiles, funcionales y de uso diario para su trabajo. Él pensaba en ellos como Los Libros Que Hay Que Recordar Y Punto.

Eran los tomos que no necesitaban ser consultados, aquellos que no requerían de entrar y salir de su palacio mental para recordar sus conocimientos. Eran obras que había interiorizado. Manuales de medicina forense, química, análisis textil, criptografía, matemáticas o patología, entre otros muchos. Los más relevantes de cada género. Quinientos a lo sumo.

Esos eran los datos que almacenaba en su caché. Acceso directo.

La gente a menudo pensaba que era un inculto funcional en materias de dominio público, como la literatura, la filosofía o la política, pero no era del todo cierto. En la sala 42B, en los tres estantes dedicados a «Otros temas» tenía una representación suficiente de toda aquella información para consultarla en caso de ser imprescindible para un caso.

Ejemplo: si conseguía destapar el manual de astronomía tras la capa de polvo que lo cubría, y uniéndolo a sus conocimientos de matemáticas, podría saber qué estrellas brillaban en el cielo en cualquier día de cualquier año, en cualquier punto del mundo. No le veía utilidad práctica alguna a día de hoy pero ya se había llevado alguna sorpresa como detective por borrar datos de más de su palacio mental. Ese era el motivo por el que ahora guardaba allí cosas tan absurdas como libros de ficción que la gente gustaba de citar grandilocuentemente en los asesinatos: las obras completas de Shakespeare, la Divina Comedia o la Biblia, entre otras tonterías semejantes.

El caso es que aquella mañana Sherlock pasó cinco horas entrando y saliendo de su palacio mental, analizando los aproximadamente cinco mil volúmenes que formaban la biblioteca de The Wolds. Haciendo inventario de los que conocía y los que no, categorizando cada uno de ellos por temáticas.

En cierto momento de la mañana, tomó la decisión de recrear aquella insignificante biblioteca en una nueva sala, la 42C, donde trasladó los libros que ya tenía en la 42A y la 42B. Destinó una mesa y parte del suelo a acumular pilas de volúmenes que no conocía, en un orden aproximado de posible interés personal, para poder ir leyéndoselos en los próximos días.

Extrañamente, la pequeña librería del The Wolds no andaba nada mal nutrida de ejemplares interesantes. Había una gran cantidad de manuales para trabajos especializados de los que tenían los presos en la cárcel, y que resultaban altamente útiles para comprender sistemas y herramientas susceptibles de ser utilizados en un homicidio. Y no eran compendios banales, estaban bastante bien seleccionados.

Por otra parte pudo notar que los volúmenes más gastados, y por tanto más solicitados, eran sin duda las novelas de ficción. Fue una astilla en su uña de persona de ciencias: la gente era más plana que el encefalograma de una piedra pómez.

Ala norte, piso 2, sala 42C: Biblioteca De Libros Que Hay Que Recordar Durante Un Par De Años, Hasta Que Salgas De Esta Jaula Y Puedas Borrar Sus Recuerdos Como Si Los Sumergieras En Lejía.

Era una habitación clara y clínica, con estanterías prefabricadas de melanina blanca. Todos los estantes estaban meticulosamente etiquetados por temática principal, pero cada volumen añadía en su lomo hasta tres etiquetas de colores distintos si es que podían ser situados en otras temáticas secundarias, además de la etiqueta de inventario propia de la biblioteca original.

De los cinco mil tomos de la habitación, tenía categorizados unos tres mil, pero quedaban pendientes dos mil, que descansaban acumulados en desordenadas pilas. De esos memorizó cubiertas y resumen. Suficiente como para poder dar una referencia rápida antes de leerlos, si es que era necesario.

–Sherlock.

–Sherlock.

–Dime, Hache –respondió saliendo de su palacio mental donde llevaba unos minutos priorizando los libros pendientes.

–Ya te lo he avisado antes: no voy a tener como ayudante a ningún vago que pierda el tiempo, así que ya te puedes ir yendo. Me has decepcionado bastante, la verdad.

Sherlock parpadeó repetidamente, intentando hacerse un mapa mental de la situación.

–Estaba categorizando la biblioteca –contestó, aún sin ver claro de dónde venía aquella actitud de Henry.

–Llevas más de una hora y media parado ahí, con la vista en la estantería –dijo sin mirarle a la cara, mientras abría un paquete recién llegado con libros nuevos–. Y en toda la mañana no has tomado ni una nota. Apenas has sacado unos cuantos tomos para mirar las cubiertas y poco más.

Sherlock bufó con desgana cuando entendió la confusión.

–Mi sistema no es tu sistema –sentenció, sin creer necesario explicar nada más.

–Pues es mi biblioteca y es mi sistema, por lo que el tuyo está mal. Ahí está la puerta si no te gusta. –Lo dijo en un tono neutro, tranquilo y sosegado, pero que no dejaba lugar a la discusión.

El moreno se acercó unos pasos hasta Hache, con los ojos entrecerrados.

–No me refiero a tu sistema de llevar la biblioteca. Sólo a tu sistema plano y bidireccional de pensar, tan ramplón y prosaico –explicó, y se vio en la obligación de dar más detalles cuando notó que el otro comenzaba a erguirse en toda su impresionante estatura, sin mutar un ápice su expresión tranquila, pero obviamente amenazante–. No te sientas insultado, no eres tú sólo, es todo el mundo. Os llega la información, la recordáis o la olvidáis, y ahí se queda vuestro flujo de datos: un único camino, dos únicas direcciones. Yo tengo, además de esa vía habitual, un lugar de almacenaje estructurado. Mi memoria no es completamente eidética, pero se aproxima bastante, y lo que no soy capaz de fotografiar lo suplo con un excelente uso de la mnemotecnia perfeccionado desde la infancia. Sólo tomo notas cuando pretendo no recordar ese dato concreto en el corto plazo, porque las notas que necesito de verdad las tengo aquí –dijo, llevándose el índice a su sien–. Y puedo asegurarte que aquí dentro está tu biblioteca, al menos todos los títulos, autores, códigos de catálogo y la categoría a la que corresponden. En más de la mitad de los casos también dispongo de sinopsis y categorías secundarias. Cuando me quedo en blanco no estoy «vagueando», estoy ordenando mis estructuras que son…

–Mejora tu escritura: aprenda usted mismo.

Sherlock cortó su monólogo de golpe y pestañeó un par de veces. Luego sus pupilas se movieron erráticamente un segundo antes de responder.

–Rosemary Sassoon. Categoría principal: escritura. Secundaria: autoguías. Número de catálogo: Tres mil ochocientos noventa y seis.

–Doscientos cincuenta y dos, C.

Otro movimiento de pupilas.

–El diccionario de Oxford. Al igual que la A y la B. Categoría: diccionarios, obviamente.

– Thích Nhá̂t Hạnh.

–¿En serio alguien consulta esa basura zen? Porque es realmente increíble que en una prisión haya catorce libros distintos suyos, más que de Stephen King, y para más inri están francamente desgastados. ¿Cómo puede alguien escribir catorce libros sobre budismo? ¿Y cómo puede alguien leerlos?

Hache sonrió de oreja a oreja.

–En la cárcel sólo hay tres cosas que no puedes hacer: insultar a la madre de alguien, llamar nazi a alguien que no lo sea y burlarte de la religión de alguien. Esto último, irónicamente, puede hacer que te maten, por muy budista que sea el insultado.

–Lo del complejo de Edipo y la Ley de Godwin, lo entiendo. Lo de la religión se escapa a mi razonamiento, hoy y siempre.

–Pues vete acostumbrando a que no se te note, porque con tu nuevo puesto en ayudante de la Biblioteca por aquí vas a codearte con criminales que son fanáticos religiosos todos los días. Me va a venir genial tener un ordenador con patas. Cobrarás diez libras a la semana y tu horario será de ocho a una de la tarde, de lunes a sábado –dijo, y extendió una mano hacia el moreno, ahora con una divertida expresión en la cara–. Y por cierto: bienvenido.

Sherlock alzó la comisura de la boca y estrechó aquella mano fina y de dedos larguísimos.

–¡Ah! Se me olvidaba: hay que inventariar en esta lista los doscientos ochenta libros que están en préstamo –dijo Hache, tendiéndole una carpeta de clip y un taco de fichas–. A currar, computadora humana.

Los ojos de Sherlock volvieron a danzar, entrando y saliendo de su palacio mental en apenas un segundo.

–Si tenemos en cuenta la numeración de las etiquetas, debería haber cuatrocientos siete libros en préstamo.

La dulce expresión de Hache se borró de golpe, entrecerró los ojillos y apretó la mandíbula hasta que rechinaron los dientes. Por primera vez en todo el día, el detective pudo entrever un sentimiento más allá de la alegría o la indiferencia en los rasgos de aquel hombre, que parecía estar fabricado de calma y sonrisas. Tenía tanta rabia que echaba chispas por los ojos.

–¿Estás insinuando que me han robado doscientos veintisiete libros a lo largo de los años? –Su puño se estrelló con un sonoro golpe contra la estantería más cercana–. ¡JODER! ¡Esto SÍ que me cabrea!

NOTAS Y REVIEWS

Como siempre, antes de nada gracias a Rinoa L. Trancy, mi Beta y amiga. Eres amor en barra :*

¡Y TRANQUILIDAD! El próximo capítulo es todo Johnny con Sherly, pero es que el pobre doctor tiene sus horarios que cumplir, ¡no va a trabajar 24/7 sólo por Holmes! (aún)

La curiosidad de día de hoy es sobre… «Ricitos». En realidad el mote que le ponen a Sherlock en inglés sería «Ringlets», que podría traducirse como Tirabuzones, pero me parece TAN MONO –y peyorativo– lo de Ricitos, que así se va a quedar. Por que qué coño: el fic es mío y hago lo que me da la gana en el :)

Y ahora los comentarios a las reviews (la sal de la vida, el aire de los pulmones del escritor, la escalera hidráulica que eleva el ego):

NYMURIA: ¡Gracias! ¡Eres mi primer review! No sabes la ilusión que me hace que te guste la historia y que veas que los personajes están en canon, porque ese es mi gran miedo. No te preocupes, que no pienso romperte el corazón… al menos no dejando de escribir el fic ;)

LYROCK: Me encanta que te entusiasme, a mí también, la verdad. Me bulle la mente de ideas peregrinas… ¡A ver cuándo se hacen realidad! Voy a ver cómo puedo hacer lo del blog de fotos de los mini–johnlocks, os mantendré informados. Por ahora sigo buscándoles ropitas válidas para ambos XD

LEONESSABLUE: ¡Aquí tienes tu nuevo cap! Pues más le vale a Sherlock no ser tan pedante como en la serie, porque a este paso el resto de los reclusos se lo van a comer por los pies en cuanto se despiste. Me alegra que te parezca un buen enfoque… tengo bastante incertidumbre, porque soy escritora de canon estricto, y esto es una auténtica meada fuera del tiesto. Y ya vendrá tu Johnlock, ya… dentro de un número indeterminado de capítulos. ¡Lo bueno se hace esperar!

RINOA L. TRANCY: Ya tú sabes, mi amol. Gracias por todo, siempre.

¡Nos vemos en menos de un mes!