SANSA: Tercera hija de Ned Stark. Prometida del Rey Joffrey. Catorce años.

Sansa no sabía cuanto tiempo había estado desmayada. El golpe la había dejado sin respiración y ahora se encontraba en su habitación, sin ninguna doncella a su alrededor.

Intentó incorporarse pero no pudo. Seguramente le había roto alguna costilla. Al lado de la cama había una jarra con agua y lo que parecía leche de la amapola. Sansa se levantó con gran esfuerzo, aguantando las lágrimas y derramó la pócima. "No pienso dormirme como si no me hubiera pasado nada, el dolor mantendrá vivo el odio que siento." Era lo único que se iba a permitir sentir de ahora en adelante. De todas formas quedaban apenas un par de días para que Stannis llegara a Desembarco del Rey.

Sansa imploró para que quemase la ciudad, ya ni siquiera pensaba en sobrevivir "si queman a Cersei, Joffrey e Ilyn, habrá valido la pena".

La puerta de la habitación se abrió, pero Sansa no se volvió a mirar quién era.

-Tengo que vendarte, el golpe ha sido muy fuerte.

El Perro.

-Vete, Sandor. No te necesito.

-Pues, no parecía eso cuando estabas en el patio tirada, eres un pajarito sin alas.

Por qué seguía torturándola, que se largara, que se fuera con su rabia a otra parte.

-Te lo agradezco. Has sido muy amable. –palabras vacías, aprendidas de memoria gracias a la septa Mordane.

-Si hubiera impedido que te llegara a golpear, entonces podrías agradecérmelo. Eres muy valiente al quedarte callada. Aunque sabes que eso con el Rey Joffrey no sirve para nada. No te quiere, se venga en ti de lo que consigue tu hermano Robb. -Sansa seguía callada, no quería perder sus modales, no se fiaba nada del Perro. – Lo pasarás mal con él. Lo siento por ti.

-Me voy a casar con el Rey, no hay mayor honor. –Sansa cerró los ojos con fuerza sin volverse aún hacia el Perro.

-Niña, déjate de frases hechas. Mírame a la cara.

Sansa se volvió lentamente mirando al suelo, no le apetecía encontrarse con el rostro semiquemado del guardaespaldas del Rey.

-¿Te produzco asco, verdad? Prefieres mirar un rostro como el de tu amado, a fijarte en un desecho como yo¿no es así? –la cogió de la barbilla y la obligó a mirarlo a la cara.

-Daría mi vida por no mirar a Joffrey nunca más.

Se acabó, lo había dicho, fuera la prudencia. El Perro se echó a reir.

-Por fin algo de cordura, Pajarito. Ahora levántate la ropa. –Sansa se mordió el labio inferior, no tenía más remedio y además quería curarse, quería estar fuerte para ver a Joffrey morir, aunque hubiera preferido que fuera Jayne quien la vendara. – Con cuidado, levanta los brazos.

El Perro la envolvió con una gasa, apretando bastante fuerte. Ella no llegó a quejarse, pero se fijó en la expresión de Sandor Clegance. Tenía el ceño fruncido y la vendó con una delicadeza que jamás hubiera imaginado en él.

"No es un caballero, pero da igual, ahora mismo tiene más valor que toda la casa Tyrell junta".

Cuando terminó la ayudó a sentarse en la cama y recogió el resto de venda que había caído al suelo.

-El rey no sabe que he estado aquí. Si no quieres acabar peor, guarda silencio.

-Sandor –Sansa lo llamó antes de que abriera la puerta. –Gracias. –el Perro se quedó parado y bajó la cabeza. –Te dije cosas muy duras en la muralla.

-Me dijiste cosas muy ciertas. Yo soy así Sansa, que no te engañe el hecho de que te ayude, no sabes si lo hago en mi beneficio. No eres un Pajarito muy listo todavía.

-Aún así, gracias. Si no volvemos a hablar, espero que sobrevivas a la batalla.

-Si yo sobrevivo, el rey también lo hará. Mi deber es defenderlo.

-Rezaré para que no sea así.

Sandor Clegance se volvió una última vez hacia Sansa y le sonrió. A ella este gesto la tomó desprevenida, pero antes de que pudiera averiguar que pensaba, él salió de la habitación dejándola sola de nuevo.