Ichiro Youkai rió casi sin aliento antes de lanzarse de nuevo a las frías aguas del lago cercano a las murallas.

Sadao permaneció casi sumergido, el agua llegando a su pecho desnudo y se protegió con sus brazos de las salpicaduras que el salto de su compañero había generado al zambullirse.

Era la primera vez que ambos conocían la aldea y estaban llenos de euforia.

Hikari no se movió del tronco en donde estaba apoyada, observaba con sus brazos cruzados a sus compañeros divertirse, resguardada en las sombras que las hojas le brindaban. No había podido pegar un ojo en toda la noche, los recuerdos de las calles de Konoha, sus villas o sus paseos se repetían en su mente desde el instante en que pisó su entrada. Si bien aprovechó la noche para recorrer un poco más los alrededores, se había encontrado a sí misma frente a las puertas envejecidas y desgastadas de la infame Villa Uchiha.

Había pensado que lo habían demolido pero aún seguía allí y tuvo la sospecha de que Sasuke tuvo algo que ver con eso. Hikari se alegró de que no desapareciera, ese lugar le traía muchos recuerdos y era una de las pocas cosas en tantos años con las que aún se sentía conectada con sus raíces.

Si su padre supiera que pensaba en ello, no sería nada bueno.

Hikari siempre había sido una niña luminosa y muchas veces había escuchado que no estaba hecha para la guerra. La joven coincidía en eso, pero nunca había protestado en los entrenamientos y siempre había dado todo incluso cuando no podía soportarlo. Con el tiempo y desde la ausencia de Takeshi, ella había aprendido a mantener su naturaleza alegre y vital bajo control. Cuando se trataba de su padre o del resto de su clan, Hikari era una candidata a líder de firmes rasgos, fuerte e implacable.

Pero ver a sus compañeros comportarse de esa manera frente a ella hacían difícil mantener su fachada.

-Hey, Hikari. Ven un rato- exclamó Sadao con una sonrisa y levantando su mano para llamar su atención- el agua está estupenda.

Ella suspiró. Casi le daba pena saber que apenas terminaran los exámenes, tanto Sadao como Ichiro volverían a lastimarse en los entrenamientos y que ella estaría enfrentada con ambos para probar su valía.

Pero si de algo sabían los Youkais, a pesar de todo lo que se dijera de ellos, era de camaradería. El clan era brutal y de costumbres primigenias, la mayoría de las personas creían que adoraban a dioses mucho más antiguos que el mundo y que estos habitaban con ellos en la naturaleza del bosque casi selvático que rodeaba su villa. Pero si bien Hikari no podía desmentir esas creencias, era sabido que los ninjas demonios eran un clan muy unido y con un fuerte vínculo entre sus integrantes.

Sadao e Ichiro, incluso ella, eran enemigos indiscutibles por designio del clan pero en ese momento, en esa misión, Hikari sabía que podía confiar su vida a cualquiera de los dos.

-Hikari.

La voz de Ichiro la sacó de sus pensamientos. Se había sentado en la orilla y la observaba fijamente. Al encontrarse con el dorado de los ojos femeninos, hizo un rápido movimiento con su cabeza indicando el agua, y los mechones rojizos de sus cabellos se pegaron a su cuello.

-Ven.

Hikari abandonó su refugio en la sombra para caminar hacia la orilla, sus manos deslizando el cierre de su campera de delgada tela azul y que apenas cubría su abdomen.

-Tenemos un exámen mañana, deberíamos estar preparándonos- dijo ella.

-Deja de quejarte tanto.

-No puedes preparate para algo que no sabes- replicó Sadao mojando sus largos cabellos rubios con sus manos- ¿Nunca escuchas los consejos de Katsu Sama?

-Quizás por que son cuentos y sólo eso.

Con un fluido movimiento, Hikari se libró de la pollera y pantalones de entrenamiento, quedando sólo en los delgados vendajes en su pecho y cintura que cubrían su feminidad. Una chica de su edad estaría extremadamente avergonzada y la situación sería peor estando frente a dos varones que la igualaban en desnudez. Pero en sus costumbres, el cuerpo de una mujer era el mismo que el de un hombre en cuestiones de fuerza, gracia o belleza. Cubrirse o sentirse incómodo frente a otro Youkai o persona, era estar avergonzado de su propio poder.

Con un salto, Hikari se sumergió en el agua.

Era fresca, revitalizante y por un momento se sintió como en casa.

Emergió dando un largo suspiro de satisfacción, sus largos cabellos blancos bañando sus hombros y brazos y la luz del sol iluminando su espléndida piel, donde el rojo de su marca se hizo mucho más notable, brillando como si fuera verdadera sangre. Sonrió por primera vez en toda la mañana y vió por el rabillo de su ojo a sus compañeros sonreír ante su gesto.

Sadao, contagiado por la demostración relajada de su líder de equipo, volvió a sumergirse. Pero Ichiro permaneció sentado en la orilla, su piel no era tan pálida como la del shinobi médico o ella sino más bien bronceada. Era el más alto de los tres y por lejos, el más robusto aunque sus movimientos podían ser tan fluidos como el agua. Sus ojos dorados y sus cabellos rojos contrastaban con su piel y no extrañaría en absoluto que desconocieran el clan al que pertenecía si no fueran por las marcas en su rostro y su brazo.

Hikari encontró su mirada. Ichiro no era la clase de persona que se dejara engañar fácilmente y su ausencia en las habitaciones era algo que definitivamente iba a llamar su atención.

Pero la joven ya sabía lo que tenía que hacer.

-No viniste a dormir anoche.

Ella resopló mientras sumergía sus cabellos en el agua, la frescura en su cuero cabelludo despertaba sus sentidos dormidos.

-No sabía que tenía que darte explicaciones, Ichiro.

-¿Qué hablaste con el Hokage?- preguntó él ignorando la contestación de la joven.

Ella se encogió de hombros para restarle importancia.

-Nos dió la bienvenida. Hace tiempo que los Youkais no participaban en estos exámenes así que nos pidió que diéramos nuestro mejor esfuerzo para probar porque somos la fuerza bélica más grande de Konoha.

Ichiro frunció el ceño y no pareció importarle las salpicaduras que Sadao provocó al volver a sumergirse a su lado.

-¿Sólo eso?

Hikari arqueó las cejas fingiendo sorpresa.

-¿Te parece poca la responsabilidad que tenemos? Tenemos que demostrar ante el Hokage que el clan sigue siendo igual de implacable que hace un siglo.

-Y no somos los únicos- añadió Sadao nadando hacia ellos- escuché que ninjas del país del sonido también van a participar. El país es nuevo así que también tenemos buenos rivales.

-País del sonido ¿Eh?- musitó Ichiro llevándose una mano a los labios, pensativo- deberíamos vigilarlos, sólo por si acaso- sus ojos se fijaron en ella- si es que lo apruebas, claro.

Hikari asintió lentamente luego de unos segundos.

-Opino lo mismo.

Las cosas habían resultado más fáciles de las que había pensado. Con la supuesta vigilancia de su equipo, la orden de su padre ahora no corría riesgo de ser descubierta y sus compañeros la estaban ayudando a cumplirla sin siquiera saberlo. En cuanto a lo que el Hokage dijo, al parecer tanto Ichiro como Sadao habían escuchado lo suficiente para no hacer más preguntas y si estas seguían, bueno, debía pensar algo para ese entonces:

"Cuando Kakashi cerró la puerta tras él, la sonrisa de Hiruzen no disminuyó pero Hikari pudo notar que su mirada se volvía un poco más cautelosa.

La joven decidió esperar a que él hablara, después de todo, no estaba segura de si las sospechas de su padre sobre los Ninjas del Sonido eran parte del pedido del Hokage. Así que ella permaneció quieta en su lugar, sus brazos detrás de su espalda y su mirada fija en el hombre frente a ella.

Tercero rió.

-No es necesaria tanta solemnidad, Hikari.

Ella pestañeó varias veces, un poco sorprendida ante la sencillez de sus palabras.

-Disculpe, Hokage Sama. Es esta la manera en la que estoy acostumbrada a estar.

-Oh, ya veo- añadió el hombre con una sonrisa y sentándose detrás del enorme escritorio de roble.

Hikari sólo había visto al Hokage en pocas oportunidades y siempre le extrañaba que fuera un hombre tan grande. No era al punto de desaprobar, en su clan no siempre se llegaba a la vejez, la tasa de mortalidad de un Youkai podía ser muy alta y los ancianos de la tribu eran más que respetados y protegidos, justamente por la valentía que conllevaba llegar a esa etapa de la vida en un lugar donde lograrlo era casi imposible. Pero aún así Hikari sentía una extraña fascinación por el Tercer Hokage, conocido por muchos como El Profesor. Quizás fuera admiración o temor, no lo sabía. De lo que sí estaba segura era de que por alguien como él, un Youkai estaría dispuesto a todo.

-Cuando hablé con tu padre hace unos días, tuve presente la posibilidad de que te enviaría a tí. Después de todo, eres su única hija y una candidata a líder, no me extraña en lo absoluto su elección.

-Agradezco la oportunidad, Hokage Sama.

El hombre asintió mientras cruzaba sus brazos con pereza.

-Sabes que no es común que los Youkai participen en estos exámenes. Pero este año tenemos oponentes difíciles, Hikari y me gustaría poder demostrar que tenemos una gran fuerza bélica: ustedes.

Hikari sintió un nudo en el estómago. La presión de demostrar frente a otros países que Konoha era fuerte gracias al apoyo del clan demonio era grande y quedaba en manos de ella y sus compañeros. Aún así, sabía que era probablemente uno de los motivos por el cual ella estaba allí para participar, seguramente por el nuevo país y las desconocidas habilidades que podrían manejar sus habitantes.

-Entiendo.

-A pesar de esta responsabilidad, me gustaría pedirte otra cosa. Como la hija del patriarca del clan, doy por sentado que conoces varios movimientos de Konoha.

Ella asintió.

-No se equivoca.

-Bien- el hombre apoyó varios codos sobre el escritorio y entrelazó sus dedos- entonces sabes que no estamos en términos demasiado amigables con el País del Viento, al menos, no como yo lo desearía. Confío en que tú y tus compañeros sean más que precavidos con los ninjas que representan a la Aldea de la Arena. Son poderosos y temerarios.

-Nosotros también lo somos, Hokage Sama. Su Kazekage podrá contemplarlo con sus propios ojos- dijo ella sin abandonar su mirada.

Hiruzen sonrió ampliamente y las arrugas de su rostro se acentuaron.

-Eso supuse, Hikari. Tienes la sangre de un líder. Y como sé lo que tu clan es capaz de lograr, pedirte que mantengas un ojo puesto en ellos será más que suficiente.

La joven asintió. Ahora tenía que vigilar a dos grupos de ninjas y sin que sus compañeros lo supieran. Se sentía orgullosa por la confianza que tanto su padre como el Hokage ponían en ella. Sólo esperaba no aplastarse bajo el peso de tanta presión.

Pero ella tenía que superar la leyenda que había sido su hermano, un Youkai amado tanto por su gente como por toda Konoha.

-Finalmente, les doy la bienvenida a Konoha. Siento una gran confianza cuando su clan está en la aldea. Esfuérzate.

El pecho de Hikari se infló ante sus palabras, unas que siempre esperaba oír de su padre en el tono en que Hiruzen lo decía, uno amable y paternal.

-Si, Hokage Sama. No lo defraudaremos."

Hikari salió del agua sin decir una palabra, sin importarle la transparencia de sus vendas mojadas sobre su cuerpo y se dirigió hacia la orilla, donde se sentó para secarse.

Sadao suspiró con satisfacción al sentir el agua fresca en su piel. De los tres, él era el único que no llevaba la marca de candidato en su brazo pero eso no lo hacía menos débil para el grupo, sus habilidades médicas eran excepcionales y era uno de los más jóvenes en la tribu en tener un contrato con animales.

Pero Hikari no lo había elegido sólo por eso, sino que además, Sadao era una de las pocas personas que podía intervenir entre los temperamentos de Ichiro y de ella.

-Bien ¿Qué haremos con los ninjas del sonido entonces? ¿Sólo vigilarlos?

Hikari se encogió de hombros.

-Es lo más que podemos hacer, no tenemos pruebas de que sean una amenaza, sólo nos mantendremos atentos a sus habilidades. Podrían servirnos más adelante. No tenemos ni idea de qué va el primer exámen, por empezar.

-Si ya llegaron, podría darles un vistazo ahora- dijo Ichiro igualando a la joven y sentándose en la orilla cerca de ella.

-No. Aún no haremos nada, nuestra misión es participar de los exámenes, no quiero que se distraigan con cosas mínimas.

La mirada que su compañero le regaló no pudo ser otra cosa más que de desafío. Hikari ya estaba enferma de eso, mantener su jerarquía en el grupo siempre era difícil cuando él estaba cerca. Pero esta vez, ella había tomado precauciones.

-Vamos, Ichiro. Hikari tiene razón. Tenemos una gran responsabilidad ahora mismo para que además quieras añadir una misión de espionaje ¿No crees?

Esta vez, Hikari había traído a Sadao.

Era sabido que Ichiro lo odiaba, pero en realidad, él odiaba a todo el mundo. Pero a pesar de que Sadao sufriera casi las mismas heridas que el resto de novatos o de ella, siempre parecía mantener el temperamento de Ichiro bajo control.

-Vaya, si que están quejosas hoy, chicas. Sólo dí mi opinión- replicó Ichiro levantando ambas manos- no haré nada que nuestra flamante y talentosa líder de equipo no me ordene.

-Bien- contestó ella reprimiendo una sonrisa de triunfo que sólo lograría hacerlo enojar aún más.

-Oye- volvió a decir Sadao, aún en el agua y observando a sus compañeros- escuché que un Uchiha también va a participar.

El corazón de Hikari dió un latido doloroso. Había llegado el día anterior y aún no podía encontrarlo. Estaba ansiosa por verlo y a la vez realmente nerviosa. Sasuke había sido su amigo por años pero ella sabía cuánto había cambiado. Las últimas veces que lo había visto él se había alegrado pero ya no era como antes. Le dolía ver que su amistad estaba al borde del abismo, ella había salvado su propia vida por ese calor fraternal que él le había regalado.

-Si. Sasuke- respondió ella con la mirada sombría.

-Vaya, todos querrán verlo. El último de los Uchiha, debe ser…-

-No es el último- interrumpió ella- queda el hermano.

-El que masacró a todos ¿Verdad?-preguntó Ichiro.

Ella asintió. A pesar de los años, aún le costaba ver a Itachi relacionado con esas palabras. Él siempre había sido amable con ella, siempre solía cargarlos a Sasuke y a ella en sus hombros cuando ambos estaban demasiado cansados de jugar a ser ninjas. Si bien no recordaba haberlo visto sonreír, si recordaba su mirada, era tan parecida a la de Takeshi. Era cansada y llena de tristeza y que sólo se iluminaba cuando veía a Sasuke.

-Me pregunto qué pasa con una Villa de clan cuando algo así sucede- dijo Sadao sumergiéndose en el agua hasta que esta casi le llegó a su mentón- oye, Hikari ¿Tú lo sabes? Estás aquí más seguido que nosotros.

Ella suspiró y comenzó a escurrir sus cabellos con paciencia.

-Pues la villa Uchiha aun sigue aqui. Supongo que porque aún quedan herederos.

-Lástima- reprochó Ichiro- me hubiera gustado merodear por la villa. Pero supongo que nadie puede entrar si no está abandonada.

Los ojos de Hikari se abrieron de par en par. Claro, la villa ¿Cómo había sido tan tonta como para no pensarlo antes?

Sin siquiera esperar a terminar de secarse, la joven se levantó y comenzó a ponerse sus ropas sobre las prendas húmedas que ya la cubrían ante las miradas de sus compañeros.

-Tengo que irme- dijo con voz inexpresiva.

Ya sabía dónde encontrar a su amigo.


La villa Youkai no era lujosa, ni solemne y mucho menos, gloriosa.

Si bien tenían casi la misma antigüedad que los Uchiha, no eran personas que disfrutaran del arte de la arquitectura, ellos se especializaban en otra clase de artes.

Pero aún así, en la villa de los ninjas demonios de Konoha, abundaban los colores y las estructuras nómadas propias de sus habitantes. Casas hechas de paja y barro, cálidas en su interior y con vistosos dibujos en sus paredes exteriores simulado las batallas sangrientas que los dueños de las chozas protagonizaron alguna vez.

Las fachadas más elaboradas eran la de los guerreros más viejos, que decoraban sus entradas con los trofeos de sus enemigos, las bandas ninja de los caídos decoraban las puertas y algunas de las espadas se exhiben orgullosas en la entrada. Y en sus paredes se contaba la historia de como el Youkai vencedor logró sus hazañas.

Las calles eran de tierra, iluminadas con grandes faroles pintados de muchos colores pero no había ni un sólo rastro de humedad en las casas o en los templos, eran gente estricta y ordenada más allá de sus costumbres primigenias.

La única casa que se asemejaba a las acostumbradas en la Aldea de la Hoja era en la que habitaba en patriarca del clan pero aún así podía notarse en sus paredes las historias de los primeros dioses que habitaban el viejo mundo antes que ellos. En ese lugar reposaba la gran armadura del primer Youkai, hecha con su propia sangre y su vitalidad y era custodiado por el líder y sus sucesores.

Pero lo más sagrado para ellos, incluso más que el recuerdo del Primero, era la Gran Hoguera.

Se encontraba en el centro de la villa y lo dominaba todo.

Ese era el círculo. Los Youkais vivían en su espiral y en el fuego que todas las noches nacía en él. Era el centro de todas las grandes creencias y costumbres. En él se celebraban grandes fiestas en las noches, se festejaban los nacimientos y se quemaban los nombres de sus muertos y de esa manera, todos los integrantes del clan vivían y morían bajo la misma luz sagrada.

También se bautizaban a los niños, introduciendo su brazo derecho en las llamas para que la marca del Shinigami los convirtiera en candidatos a líderes algún día. Esas mismas noches, ganaban las marcas en sus rostros que los hacían parte del clan y los convertían en guerreros.

En la Gran Hoguera, los Youkai danzaban y reían, escuchaban las historias de los ancianos y reían de dicha cuando los sacerdotes más viejos tiraban gotas su sangre a las llamas donde las figuras de los demonios que habitaban en ellos surgían del fuego y bailaban junto a su gente.

Pero en el Templo Youkai, alejado de la villa y escondida en el bosque, el patriarca también contemplaba otras ceremonias.

Shizuka Youkai, líder del clan infernal, yacía arrodillado en la fría roca de la cueva, su frente pegada al suelo y en completo silencio.

El templo no era el acostumbrado, era una gran caverna repleta de murciélagos y víboras, las raíces de los árboles comían la piedra y las grietas apenas dejaban ver un poco de la luz del sol. Lo único que demostraba que en ese lugar se celebraban oraciones eran las estatuas en las paredes, formando figuras grotescas y casi humanas, sonriendo y danzando en la oscuridad y con huecos en donde deberían estar sus ojos.

Ese era el lugar donde el Shinigami moraba y por eso, el líder del clan Youkai se mantenía arrodillado, mostrando su docilidad.

Sólo él era capaz de entrar a ese lugar a excepción de los Yūzā, los Youkai que tenían dentro de sus cuerpos las almas de los primeros dioses, las deidades caóticas hijas del Shinigami.

No había muchos Yūzā en su clan, al menos no en esa generación. Sólo dos. Y su pecho se llenaba de orgullo al saber que su hija era uno de ellos.

Recordaba cuánto le había dolido saber que a Takeshi nunca se le había sido otorgada esa oportunidad, sin embargo nunca la necesitó. Su primogénito había sido un gran guerrero incluso sin una deidad.

Shizuka cerró los ojos a pesar de la oscuridad y recordó a su hijo. En el Templo Youkai, tenía permitido recordarlo y nombrarlo.

"Hikari había nacido hacia más de dos años y fue en ese tiempo que Takeshi se apresuró a hablar con su padre con una mirada cargada de consternación.

-Padre- le había dicho con voz calma- los sacerdotes...Hikari...creen que puede ser una Yūzā.

Había sido la primera en la generación y era sangre de su sangre. Nada podría poner más feliz a Shizuka ya orgulloso por el prodigio que era su hijo mayor. Pero no podía ver la misma dicha en los ojos de Takeshi.

-Iremos a ver a los selladores.

Los Youkai no eran expertos en sellados y por eso Hikari fue puesta en las manos de los más aptos para determinar quien era la deidad que habitaba en ella. Tanto él como su hijo presenciaron el ritual con ojos expectantes mientras trabajaban en los sellos que Hikari tendría que llevar el resto de su vida. Si el espíritu era suficientemente fuerte, ella podría aprender a usar las habilidades que le eran otorgadas y convertirse en una de las mejores kunoichis que los Youkai podrían ofrecer al servicio de Konoha. Su herencia estaba limpia, dejaría a la aldea dos guerreros ejemplares y fuertes.

Cuando la mujer hubo terminado, se acercó a ambos con una sonrisa amplia en su rostro.

-No habrá necesidad de que sea sellada, Shizuka Sama. Su deidad está dormida.

El hombre abrió los ojos como platos y Takeshi suspiró aliviado.

-¿Dormida?- preguntó, incrédulo.

La mujer asintió.

-No le otorgará poderes porque no despertará. Lo más probable es que sólo le de una cantidad considerable de Chakra, pero no habilidades.

Los ojos de Takeshi viajaban de la mujer a la niña rápidamente. Shizuka no tenía palabras para describir la tremenda decepción que habitaba en su pecho en ese momento. Su hija, una Yūzā, incapaz de poder acceder a los poderes que el más allá le había otorgado.

-No importa- dijo, tratando de no hacerle caso a la sensación pavorosa que se arremolinaba dentro de él- ella no lo necesitará. Será Líder algún día, la líder más poderosa en la historia de los Youkai. No necesitará de una deidad para lograrlo.

-Pues yo estoy feliz- había interrumpido su hijo, con una sonrisa en su rostro como él no había visto en su vida- Hikari no tendrá que lidiar con ese peso. Me alegro."

Takeshi siempre había adorado a su hermana, incluso cuando su nacimiento le había arrebatado a su madre. Shizuka nunca había comprendido que clase de lazo los unía tanto, sus hermanos siempre habían buscado asesinarlo en la oscuridad de la noche y fue porque acabó con todos ellos que ahora era el líder del clan. Sin embargo, su hijo siempre la protegía. Quizás por eso Hikari había heredado un corazón tan lleno de emociones y un cuerpo propenso a las heridas. Sólo esperaba que los exámenes la convirtieran en una guerrera implacable, veía inevitable el hecho de que tuviera que manchar sus manos con sangre en ese lugar y en ese momento pedía, arrodillado en la oscuridad de la morada del emisario de la muerte, que Hikari tuviera la suficiente frialdad en sus venas para quitar una vida...o más de una.

Shizuka se levantó en silencio y respiró con tranquilidad. Su olfato percibía el musgo de los árboles y el agua que se escurría entre las rocas, con su incipiente goteo haciendo ecos en la caverna. También sentía otro olor, un olor cálido entre tanta naturaleza.

-Es raro verte en el Templo, Taiga- su voz sonó hueca y poderosa en la recámara.

Silencio. Luego, un suspiro vago y el sonido de unos pasos arrastrándose en la superficie lisa de la roca, ahogando cualquier otro ruido exterior.

-Han llamado del consejo. Piden que estés allí cuanto antes.

Shizuka asintió suavemente mientras juntaba sus manos para rezar.

-¿Es por los Ninjas del Sonido?

-Como si ellos fueran a decírmelo.

El patriarca sonrió ante el comentario. Estaba seguro de que sería para discutir sobre la amenaza que representa un nuevo País cercano a Konoha. Eran hombres sabios pero viejos, reaccionaban tarde a los sucesos y muchas veces era tarde.

-Iré en cuanto termine aquí- respondió.

-Bien.

-Taiga. Acércate, por favor.

Sabía que no le gustaba ese lugar, el sólo hecho de estar dentro le hacía ponerse incómodo, pero de todas maneras obedeció o al menos eso le indicaron los pasos cansinos detrás de él. La poca luz que se filtraba mostraban al joven de cabellos castaños despeinados y contextura delgada, una gran tela oscura cubría casi todo su cuerpo como una capa y sólo podían verse sus fuertes brazos cruzados sobre su pecho. El dorado de sus pupilas no eran tan intenso como los de su hija pero eran igual de penetrantes, inquisidores y hasta divertidos. Shizuka lo observó de reojo antes de continuar:

-Tengo una misión para ti.


Hikari suspiró, asimilando los recuerdos que tenían cada roca, cada pilar que formaban la antigua villa de los Uchiha.

Había corrido en cada callejón, hablado con la mayoría de los habitantes y dormido en las habitaciones de la casa principal.

Caminó por esas mismas calles, con paso lento y tranquilo, sus cabellos aún mojados habían empapado todas sus ropas pero no le importaba. El acceso oculto que había en la villa no había sido sellado y ella estaba segura de que era porque Sasuke iba allí seguido. Poder entrar le había dado más esperanzas de encontrarlo allí y su corazón no había parado de latir desbocado desde entonces.

Como guiada por su subconsciente, se detuvo frente al muro que anunciaba el fin de la villa. Y sus dedos, recorrieron la roca en busca de la depresión perfecta, en donde residía la cerradura del escondite olvidado.

La nostalgia le golpeó el pecho cuando la descubrió, el desnivel donde antes entraba su mano a la perfección, ahora era mucho más chica en su palma.

Presionó con cuidado para que se abriera la puerta oculta en el muro y sonrió al escuchar ese sonido tan familiar de un arroyo.

Ese era el lugar donde ambos solían jugar y soñar con una vida mejor. Allí tanto Sasuke como ella se encontraban para pasar tiempo juntos, Hikari para escapar del dolor de su clan y él para no sentirse tan solo en una familia tan estricta. Allí se habían prometido siempre estar juntos sin importar lo que sucediera.

Una promesa que Hikari no había cumplido, cuando la apresaron en su villa, horas después de que el clan Uchiha había sido masacrado.

Tiempo después pudo volver a verlo pero sabía que no era lo mismo, él había cambiado y ella sabía que era inevitable. Incluso ella misma había cambiado. Y le dolía la perspectiva de que su amistad estuviera a punto de concluir sin que hubiera sido elección de ambos.

Hikari logró escabullir su cuerpo en el agujero que le permitía entrar al escondite y apenas lo hizo, buscó con la mirada cualquier indicio de su amigo.

Su garganta se secó cuando lo vió allí, parado en la orilla y con sus manos en los bolsillos.

Si bien ella era dos años mayor, podía notar como él casi la superaba en altura, no le extrañaría que en un año fuera más alto que ella pero eso no podía importarle menos en ese momento.

Estaba allí, su amigo de toda la vida.

-Sabía que terminarías viniendo aquí, Hikari. Si que eres una molestia.

Ella no pudo evitar sonreir al escuchar su voz. Había pasado meses alejada de él y de la aldea. Sólo cuando estaba con Sasuke, ella sentía que de verdad pertenecía a un lugar, uno que no le dolía o quebraba su voluntad.

Y no supo como, pero estaba segura de que estaba sonriendo. No necesitaba verlo para saberlo, ambos se conocían demasiado bien a pesar de ser tan diferentes a lo que eran antes de todo el infierno que pasaron.

Riendo como hace mucho no lo hacía, Hikari corrió hacia él y lo abrazó con fuerza. Sintió el cuerpo del joven tensarse ante el contacto pero eso no la desanimó, porque ella sabía que pasaba siempre después de eso...por mucho que Sasuke Uchiha hubiera cambiado…

Sasuke dejó escapar una risa tímida mientras tomaba los brazos de la joven que lo abrazaba.

-Sigues siendo igual de gruñón- dijo Hikari con voz divertida.

El vacío en su pecho que siempre tenía y le cortaba la respiración la había abandonado por primera vez en semanas y la razón estaba en ese momento allí, en un joven que no le hacía acordar a su hermano, pero que Hikari adoraba más que a nada en el mundo.


¡Nuevo Capítulo! Uff este si me ha costado, Sasuke es tan difícil de predecir cuando actua "no tan emo" xDD.

Espero que les haya gustado la villa Youkai o sobre estos nuevos "Yūzā", más adelante sabrán un poco más sobre esto.

Hay más sobre Takeshi! Ese adorable Youkai del cual sólo podremos saber a través de los recuerdos de ella o de su padre pero que se ha ganado mi corazón (es tan lindo).

Espero que lo hayan disfrutado y mil gracias por leer.

Nos vemos pronto¡