GUERRA INTERDEPARTAMENTAL

4. Millicent

Entró en el baño de mujeres. Estaba realmente sudada. Llevaba toda la mañana embutida en un traje calorífico y, al final, le había tocado perseguir a los malos.

Y Millicent odiaba perseguir a los malos.

Pero estaban en la calle, rodeados de muggles. Podría haberle lanzado un hechizo. Uno sencillito, pero habría supuesto tener que rellenar mucho más papeleo. Y llamar a los Desmemorizadores.

Tampoco era como si a ella le gustara jugar con la mente de los muggles. Cuanto menos se vieran envueltos en todo mejor para ellos.

Los baños femeninos de la Oficina de Aurores solían estar vacíos. Había pocas mujeres que quisieran trabajar para el cuerpo. Y, menos aún, que quisieran ducharse allí. Pero todavía era temprano y no hacerlo significaría que estaría oliendo como un camionero –porque, sí, Millicent sabía lo que era un camionero- toda la tarde.

Y no le apetecía.

Se miró un momento en los espejos. Se podría decir que había cambiado mucho desde su época en el colegio. Seguía siendo una chica robusta, claro, pero era otro tipo de robusta. No solo el tipo de robusta de repetir tres veces postre.

Aunque de eso también, claro.

Millicent adoraba ser auror. Durante sus años en Hogwarts nunca se lo había planteado, pero cuando Kingsley les prometió una plaza en la Escuela de Aurores a los que habían luchado –y, , Millicent había luchado. Porque se le habría roto el corazón si hubiese tenido que ver a su abuela en Azkaban acusada de robar magia. Y porque, sencillamente, no era justo- se dio cuenta de que no quería hacer otra cosa.

Y se lo había tomado muy en serio.

También seguía teniendo el mismo cabello oscuro que no era liso ni era rizado. Al menos tenía mejor aspecto algo más corto que como lo llevaba en el colegio. Su cara, definitivamente, había cambiado. Ahora era alargada y le daba un aspecto más serio. Más autoritario.

Sonrió.

A Millicent le encantaba la autoridad. Había sido eso lo que la había empujado a ponerse junto a Draco y decir que quería ser parte de la Brigada Inquisitorial.

Se colocó bien sobre sus abultados senos la toalla y se giró hacia las duchas. Eran privadas, con unas puertas minúsculas que dejaban a la vista los pies y las cabezas de quiénes estaban dentro. El suelo y las paredes estaban cubiertos de unas baldosas blancas, feas.

A pesar de que podrían hacer semanas que nadie las usaba estaban limpias. Y Millicent no le hizo ningún asco a meterse dentro, dejar la toalla colgada de la puerta ridícula y abrir el agua a la máxima temperatura.

Cerró los ojos, esperando recibir el primer golpe de agua templada. Le encantaba esa sensación: primero fría, templada y luego tan caliente que, había veces, tenía que apartarse para no quemarse.

Pero, en su lugar, algo cayó sobre ella. Más que algo, miles de pequeñas cosas empezaron a bañarla. Millicent abrió los ojos, conteniendo un chillido entre sus labios –a fin de cuentas tenía una reputación de que mantener. Gusanos.

Se estaba bañando en gusanos.

Cerró rápidamente el grifo y dio un par de pasos atrás, intentando salir.

Los pisó. Estaban en todas partes. Los tenía por el pelo, sobre sus hombros, moviéndose por sus pechos, su barriga, sus muslos.

Abrió la puerta y movió su pelo, intentando quitárselos. Intentando mantener la calma.

Odiaba los gusanos.

—¡AAAAAH!

Millicent se detuvo. Un chillido.

—¡JODER, QUITÁRMELOS! ¡QUITÁRMELOS!

Una sonrisa apareció en sus labios. McLaggen le había contado que estaba habiendo un intercambio de bromas –de mal gusto- entre el Comité de Hechizos Experimentales y la Oficina de Aurores.

¿Habían hecho la misma broma en el baño de hombres?

¿Quién estaba chillando como una nena?

Sin terminar de quitarse a los bichos, porque Merlín, ¿a quién le importaban los bichos? Volvió a colocarse la toalla a su alrededor, recuperó su varita de su taquilla y salió con buen pie.

El baño de hombres estaba justo enfrente al de mujeres y, en principio, era exactamente igual. Sin muchos remilgos –a fin de cuentas, ella había estado en el famoso incidente del gramófono estríper- abrió la puerta y se asomó.

En el centro de un corro compuesto por cinco compañeros estaba John Dawlish, un veterano. Era un hombre grande, imponente y, en aquellos momentos, hilarantemente ridículo.

Estaba chillando, suplicando que alguien le quitara aquellos gusanos asquerosos de encima. Pálido, como si hubiera visto a un inferí o a un dementor, daba saltitos cortos.

Tendría que felicitar a Higgs por la broma de los gusanos.

Estaba segura de que había sido idea suya.


—No quiero que esto salga de aquí.

Millicent miró a Potter muy seriamente. Aún llevaba la toalla alrededor de su cuerpo y su varita –dijeran lo que dijeran las normas de su uso correcto- enganchada en su oreja. Estaban en su despacho. Ella, McLaggen, Weasley y Runcorn. Al pobre Dawlish se lo habían llevado a San Mungo.

El pobre había tenido un ataque de histeria, o algo así.

—Y vosotros tres –porque sí, Leanne, sé que tú también estás metida en el ajo-, esto tiene que acabar. Ya. Ahora mismo. Antes de que alguien salga herido o volvamos a salir en las noticias.

—Por mí no saldrá —aseguró Millicent quitándose un gusano que se había descolgado de su pelo. Runcorn la miró como si le hubiese salido una segunda cabeza y se alejó un poco más de ella.

—Harry —dijo Weasley dando un paso hacia delante—, si lo dejamos aquí ellos ganan. No podemos dejar que ganen.

—Son unos tíos muy raros —lo apoyó McLaggen—. Hacerlo dejaría al cuerpo por los suelos: ni siquiera podemos defendernos de ellos.

Potter negó con la cabeza.

—Yo ya sé cómo acaban estas cosas. Al final la cosa acabará siendo tan grande que explotará y lo embardunará todo de moco verde. Y luego me tocará a mí limpiarlo.

Millicent no lo entendió muy bien. Suponía que estaba haciendo alguna referencia a su vida doméstica -¿algún problema con sus hijos, quizá?-, porque el lío de los gusanos había pasado a mantenimiento.

—Venga, Harry…

—No. Es una orden: esto se ha acabado. Si, por algún casual, volvéis a hacer cualquier cosa que moleste al Comité –y sabré si la hacéis-, os suspenderé hasta que se calmen los ánimos. ¿Entendido?

Los tres asintieron.

—Ahora, podéis volver al trabajo. —Potter posó sus ojos en Millicent y esta, por un momento, temió que fuera a reñirla a ella también—. Tú puedes tomarte el resto del día libre. Date una ducha y relájate. Siento que te haya salpicado.

—No… no pasa nada, jefe.

En cuanto la puerta de su despacho se cerró, Millicent se encontró entre sus tres compañeros.

—Evidentemente no podemos dejarlo así —explicó McLaggen con una sonrisita encantadora. Él siempre se comportaba así, como si fuera una especie de dandi –y, sí, Millicent también sabía lo que era un dandi.

Había veces que la hacía sentirse un poco incómoda.

Otras, simplemente, un poco ridícula.

Aquella vez era de esas. Sobre todo porque estaba medio desnuda y recubierta de asquerosos gusanos que reptaban. En cuanto llegara a casa se iba a dar una buena ducha.

O dos, por si acaso.

—Lo de los gusanos ha sido… desagradable —decidió Runcorn sin mirarla directamente. Parecía algo asqueada por todo el asunto.

—Es evidente que se han enterado de lo de los memos —dedujo brillantemente Weasley—. Hay que devolvérsela.

—Si necesitáis ayuda —murmuró un poco incómoda, reajustándose la toalla alrededor de su cuerpo. No tenía muy claro por qué lo estaban discutiendo con ella.

—Genial. —Cormac la agarró del brazo y tiró de ella hasta su cubículo. Era uno de los más alejados del despacho de Potter—. Ahora somos cuatro. ¿Alguna idea brillante?

—Lo de los gusanos se nos debería haber ocurrido a nosotros —dijo Leanne apoyándose en su escritorio.

Millicent frunció el ceño. Bromas. Bromas.

—Podríamos mandarles un pastel salado.

En seguida se dio cuenta de que había dicho una tontería. Los tres se la quedaron mirando con expresión sorprendida y Millicent hizo lo único que se podía hacer en esos momentos.

Ruborizarse y bajar un poco la cabeza.

Las bromas nunca habían sido lo suyo. Esas cosas siempre las ideaba Draco. O Pansy.

—¿Quieres devolverles los gusanos con un pastel salado? ¿Un pastel salado que ni siquiera probarán si saben de dónde proviene?

Millicent boqueó.

—¿Y hacer chapas?

—No, no es tan mala idea —todos miraron a Weasley—. Pensarlo. Podríamos adulterar el té y el café. Esos tíos se pasan días enteros sin salir de su oficina: seguro que lo consumen como si fuera… regalices.

—Buena idea, Bulstrode —dijo McLaggen asintiendo.

Runcorn hizo un ruidito de asentimiento.

Millicent parpadeó sorprendida. En diez años era la primera vez que uno de esos tres le decía que había tenido una buena idea.

Era bonito, para variar.


Continuará.