Episodio 4: Horizonte incierto
Richie asintió, sin decir nada, y luego le dio las gracias a Norman, se dio media vuelta y abandonó el gimnasio. Iba andando lentamente y con tranquilidad, pero nada más salir del gimnasio, una vez la puerta se hubo cerrado, le dio un puñetazo a la pared, mientras una expresión de rabia cruzaba su cara.
-Mierda -gruñó-. Mierda, mierda, y mierda…
Sacó las pokéball de Rose, Sparky y Zippo. Todos se habían recuperado un poco, pero necesitarían atención médica en el centro pokémon. Los tres le miraban con tristeza y culpabilidad.
-No, no, la culpa no es vuestra -les aseguró-. La culpa es mía, que no supe leer bien el combate...parece que todavía no llego al nivel en el que debería estar. En fin, vamos al centro pokémon…
Volvió a dirigir su mirada al horizonte, el sol había bajado un poco y comenzaba a atardecer. ¿Qué estaría haciendo Ash en esos momentos? ¿Qué opinaría si hubiera estado presente en su combate?... ¿Habría podido ganar Ash en su lugar?
Inspiró lenta y profundamente para amortiguar el peso de la derrota que notaba en el pecho y sacudió la cabeza. Bueno, ¿dónde estaba el centro pokémon de Petalia?
A sus espaldas, la puerta del gimnasio se abrió con un click y Max salió por ella mirando con emoción el entorno que siempre había sido su hogar.
Al verle, Richie no pudo evitar recordar el principio de su propio viaje. La inseguridad, echar de menos el hogar y sobre todo la opresiva soledad. Había aprendido a vivir con ella, y sus pokémon eran maravillosos compañeros de viaje, pero no podía negar la realidad. Muchas veces echaba de menos conversar con alguien durante las noches antes de dormir, compartir todo lo que iba aprendiendo… Max tendría que pasar por todo eso, pero es una fase que todo entrenador supera y, siendo el hijo de un líder de gimnasio, no se podía esperar menos de él.
Max bajó las escaleras con la mirada gacha y miró a Richie, cuya expresión también parecía apesadumbrada. Lógico, la derrota no era agradable, esa era una de las muchas cosas que había aprendido en su anterior viaje.
-¿Qué vas a hacer ahora, Richie?
Richie recuperó el temple y le miró con decisión.
-Primera lección como entrenador: si tus pokémon están cansados o heridos, tu prioridad es ir al centro pokémon y asegurarte de que se encuentran en perfectas condiciones antes de continuar.
El centro pokémon, casi lo había olvidado. Max tenía que registrarse como entrenador antes de comenzar su viaje. Así, aunque no tuviese su propio pokémon, le darían un pokédex y podría aprender sobre los que fuera viendo durante su viaje hasta encontrar a Ralts.
-Yo también me dirijo hacia allí -dijo Max-, voy a registrarme antes de partir. Si quieres te puedo llevar.
-Pues te lo agradecería, porque quisiera llegar lo antes posible.
Aunque Richie no estaba de humor para una conversación, sabía que era más importante llegar cuanto antes al centro. Además, si el chico conocía la ciudad, se ahorraría el tener que buscarlo.
Max se dirigió hacia el centro y le indicó que le siguiera.
-Es por aquí, no te preocupes, no está lejos.
Caminaban en silencio, pues cada uno tenía la mente ocupada en su propio dilema, pero al final Max decidió romper el hielo.
-¿Sabes? Hacía mucho tiempo que no presenciaba un combate de gimnasio, y ha sido impresionante. Tus pokémon son muy fuertes. Se nota que eres un gran entrenador.
Riche sacó sus pokéball y las volvió a mirar.
-Bueno, parece que no lo suficiente, ¿no? Aún tengo mucho que aprender.
En este aspecto Richie era más maduro que Ash. Normalmente en esta situación él estaría cabreado o decepcionado, sin embargo Richie parecía haber aceptado la situación y centraba su atención en mejorar.
-Bueno, es que mi padre es el mejor líder de gimnasio del mundo, tienes que ser realmente bueno para ganar una medalla Equilibrio. Mira -dijo Max señalando un gran edificio acristalado que se veía al fondo de la calle-, ahí está el centro pokémon de la ciudad.
La preocupación por sus pokémon disminuyó un poco en el interior de Richie, pronto volverían a estar todos bien.
-Perfecto, muchas gracias, Max.
Richie decidió recorrer el resto del camino corriendo, Max le siguió y entraron en el centro.
La enfermera Joy, como siempre, estaba en la recepción del centro. Estaba de espaldas haciendo algo con una de las máquinas, pero al escucharles llegar se giró para saludarles.
-Bienvenidos al centro pokémon. ¡Hola Max, feliz cumpleaños! Tu padre me lo ha contado todo -entonces miró a Richie-. ¿Puedo ayudaros en algo?
Richie se acercó a la mesa y dejó las pokéball de Rose, Zippo y Sparky.
-Acabo de librar un combate contra Norman y hemos perdido, mis pokémon están agotados. ¿Podrías asegurarte de que se recuperarán, por favor?
-Por supuesto que sí -contestó la enfermera con una sonrisa sincera en el rostro-, lo haré encantada.
Inmediatamente, Joy recogió las pokéball y las puso en una bandeja del centro, pero antes de entrar en la sala de cuidados se giró y volvió a mirar a Max.
-¿Y tú, Max? Vienes a registrarte, ¿no?
El chico asintió con una sonrisa forzada. No había imaginado que le importaría tanto el tener que depender de sí mismo, pero este hecho cada vez cobraba más peso, estaba comenzando a eclipsar la ilusión de cumplir su sueño.
La enfermera se quedó mirando a Max.
-Qué deprisa crecéis, parece que hace días que tu hermana empezó su viaje pokémon y ahora es ya una gran coordinadora. Madre mía, ya hace… ¿Cuánto? ¿Tres años?
Max siguió en silencio, se giró para mirar a Richie, pero éste ya no estaba a su lado, le vio desaparecer por la puerta de la sala de espera.
-Oye Max, ¿te importaría esperar un poco para lo del registro? Si los pokémon de este muchacho han sido derrotados en el gimnasio de tu padre, la situación podría ser urgente.
-Claro -dijo Max con aire ausente-, avísame cuando puedas.
Se dirigió a la sala de espera a la que había entrado Richie. Le encontró sentado en uno de los sillones con los brazos sobre las rodillas y los puños cerrados. Al verle entrar relajó la expresión e incluso esbozó una leve sonrisa. Max le saludó con un gesto y se sentó cerca de él.
