Capítulo IV: Muy gracioso. Muy guapa.
"A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante." -Oscar Wilde.
10 meses antes.
Los cereales flotaban sobre la leche y Rachel se dedicaba a hundirlos con la cucharilla, cogiendo alguno de vez en cuando con la misma y llevándoselo a la boca. Se había preparado para ir a clase, como de costumbre, aunque su madre le había dicho que se quedara en la cama. Lo cierto es que la cabeza le seguía doliendo pese a la medicación que se había tomado. Hundió de nuevo todos los cereales en la taza, y trató de coger sólo uno cuando volvieron a flotar. Sonrió levemente al conseguirlo y se llevó la cuchara a la boca. Se iba a aburrir mortalmente toda la mañana si estaba así. Ya había comprobado que su dolor de cabeza no le permitía ponerse a leer ni realizar cualquier tarea intelectual, esa era la causa de que llevara casi un cuarto de hora jugando con sus cereales. Recogió una buena cucharada de ellos y se los llevó a la boca, no crujían, a ella le gustaban crujientes, aunque sabía que después de tanto tiempo a remojo era imposible que estuvieran duros.
-Esto es un tostón-hinchó los mofletes tras darle un trago a la taza y dejarla vacía. La llevó al lavavajillas y lo encendió al ver que estaba ya casi lleno.
Dio varios paseos por la casa, colocó la ropa recién planchada, se lavó los dientes… Pero el aburrimiento era máximo. Y no había nada peor para alguien de su facción que el aburrimiento, esa sensación de estar perdiendo el tiempo que podía usar para adquirir nuevos conocimientos. Suspiró después de sacar los playeros de debajo de la cama. Se iría a dar un paseo. Se calzó y le dejó una nota a su madre, por si volvía antes que ella, cosa que realmente dudaba, puesto que no planeaba estar fuera más de una hora o dos.
"Voy a dar un paseo. Si no he llegado cuando leas esto, probablemente llegue en un par de minutos. Rachel."
Cerró la puerta con llave y bajó las escaleras, empezando a despejarse un poco sólo con la idea de salir a tomar el aire. Saludó a su vecina de abajo, que justo salía de casa, y bajaron el resto de los pisos con una conversación formal. Una vez abajo, se despidió de ella y echó a andar sin rumbo, en la dirección contraria al Hexágono, no quería acabar entrando en el edificio puesto que le había prometido a su madre que descansaría.
…
Miró el cartel de la calle, medio caído sobre la fachada del edificio: "Dr Gold St.", por ahí ya había pasado, pero no sabía desde qué dirección. Miró el reloj con frustración, lleva más de media hora perdida. Entre tanto edificio derruido, piedras por el suelo, charcos de agua de desagüe… Todo le parecía absolutamente igual. Y le daba miedo preguntar indicaciones a alguien, estaba en la zona de los abandonados, aquellos que se habían quedado sin facción tras las pruebas de iniciación. Y les temía. No podía evitarlo: era gente que no tenía nada, nada por perder tampoco. Había escuchado historias sobre lo que podían hacer por conseguir algo de valor… Llevaba esquivándolos todo lo que podía, cosa que contribuía a que no encontrara la salida de la zona, puesto que había muchas calles por las que no podía pasar.
Apoyó la espalda en la pared y se dejó caer hasta el suelo, pensando que sería mejor pararse a reflexionar que seguir dando vueltas. Ella sabía salir, el problema era que estaba nerviosa. Cogió una piedra y empezó a escribir líneas en el suelo para concentrarse. La mejor solución sería seguir una línea recta en cualquier dirección, antes o después acabaría llegando a la civilización. Pero eso ya lo había intentado antes y había sido imposible cuando trataba de esquivar a los habitantes de la zona. Lanzó la piedra al otro lado de la calle, frustrada. Tenía que haber una estrategia para salir de allí aparte de la línea recta.
-¿Estás de mal humor, niñita?-una voz encima de ella la sobresaltó, no había escuchado que nadie se acercara.
Negó con la cabeza mientras analizaba al hombre, era como todos en aquel lugar: tenía la piel oscura, sucia y arrugada; los ojos turbios, el pelo negro sucio y enmarañado, la camiseta sudada se le pegaba al cuerpo delgado, tenía el rostro enjuto y los dientes ennegrecidos.
-Entonces podemos hablar un rato, estoy algo… Aburrido-el hombre pasó por delante de ella y se sentó a su lado, estirando las piernas hacia delante y rozando su brazo con el de ella.
Rachel trató de no removerse ante el contacto, que le parecía muy incómodo. Su estómago se encogió y las manos le empezaron a sudar. Notaba el peligro como si le estuviera soplando en la nuca.
-¿Qué haces aquí? ¿De qué facción te han echado?-le preguntó el hombre observándola desde muy cerca.
La chica intentó contener la respiración para que no le entraran arcadas. El aliento del hombre era lo peor que había olido en toda su vida, incluso peor que el más maloliente producto químico que se hubiera encontrado en un laboratorio.
-De ninguna, aún no he elegido-respondió Rachel, acto seguido se pasó la lengua por los labios resecos.
-¿Cuántos años tienes?-su aliento la golpeó de nuevo y Rachel giró la cabeza hacia el otro lado, notó el brazo del hombre pasando sobre sus hombros y se impulsó bruscamente hacia delante, quedando en pie.
Se planteó si debía echar a correr, y en el tiempo que estuvo procesando la idea, él se levantó y le pasó un brazo sobre el pecho, reteniéndola y sujetándole los brazos contra el cuerpo. Acto seguido la tiró al suelo. Rachel gritó sorprendida e interpuso sus manos para no golpearse la cabeza contra el suelo. Se quedó confundida y, antes de poder reaccionar, el hombre le tiró de un pie arrastrándola un par de metros por el asfalto. Después le dio la vuelta para dejarla boca arriba.
-Dame tu reloj-le ordenó mirándola con rabia.
Rachel se llevó los dedos a la correa y trató de desabrocharla con dedos temblorosos, incapaz de hacerlo. Sollozó y volvió a intentarlo. Consiguiéndolo, se quitó el reloj y se lo ofreció con una mano temblorosa al hombre, que lo cogió y se lo guardó en el bolsillo con una sonrisa torcida. La observó tirada en el suelo durante unos instantes.
-¿Tienes algo más de valor para darme?-le preguntó inclinándose sobre ella, Rachel negó con la cabeza mientras las lágrimas se derramaban por sus mejillas-No eres consciente del valor de lo que tienes…-negó con la cabeza-¿Sabes lo que es no tener nada?-gritó enfurecido y le dio una patada a la chica a la altura de la rodilla, haciendo que Rachel gritara y se encogiera sobre sí misma-¿Tener que dormir en el suelo y depender de esos estirados?-volvió a golpearla con el pie, en esta ocasión en la espalda-¿No tener a nadie con quién mantener una conversación decente? ¿Recibir tu mirada de asco?
Rachel gimoteó y gateó tratando de alejarse de él, pero él le pisó un tobillo, haciéndolo mucho daño e impidiéndole la huida.
-¿A dónde quieres ir? ¿A casa? No es en esa dirección… Maldita cría. Más te vale cambiarte de facción si ni siquiera eres capaz de aprenderte un mapa. ¿Sabes lo que me sabía yo? Cada calle, cada esquina, el plano de cada edificio, los arquitectos, los materiales… Todo. Todo. Y estoy aquí.-levantó el pie con el que la pisaba y le dio un tirón de una mano, como si buscara incorporarla-Pero no hay segundas oportunidades… ¡Nunca las hay! Para nadie porque…
Se escucharon pasos a la carrera y el abandonado fue derribado por una figura oscura. Rachel se encogió sobre sí misma llevándose las manos al tobillo herido. Se lo había roto, estaba casi segura de que estaba roto.
A su espalda, un chico con el pelo rojo brillante y completamente vestido de negro golpeaba en repetidas ocasiones al hombre que la había agredido. En menos de un minuto, el otro yacía en el suelo sin conocimiento. El chico entonces se acercó a Rachel, que ya se había girado hacia ellos, y le tocó el hombro delicadamente.
-¿Estás bien?-la voz de él era grave, un poco áspera.
Rachel se quedó mirándolo a los ojos oscuros, incapaz de responder. Sus manos seguían aferradas al tobillo y de vez en cuando se convulsionaba debido al llanto.
-No llores, ya está todo arreglado.-la mano de él le acarició el brazo con suavidad.
Rachel despegó sus ojos de los suyos y le recorrió el rostro con lentitud: tenía la nariz bien formada y los labios carnosos, la piel morena… Y el pelo largo liso de un rojo intenso, un poco por debajo de los hombros. Le quedaba antinatural. Luego observó sus ropas negras: la camiseta ajustada sin mangas y los pantalones largos decorados con tachuelas. Un osado. Eso explicaba que tuviera un pelo tan extraño, los osados solían llamar la atención con su apariencia todo lo que podían, salvo por el color de sus prendas, casi tan discreto como el de los estirados.
-¿Puedes levantarte?-le preguntó él tras esperar un tiempo prudencial sin que ella hablara.
Rachel se colocó hasta quedar sentada, comprobando con miedo que no era capaz de mover el pie como quería, quedando éste en una postura extraña. Se echó a llorar de nuevo, debido por una parte al dolor y por otra a la visión de su extremidad de esa forma. Él hizo una mueca, entendiendo lo que ocurría.
-Te voy a coger en brazos y te llevo a casa-le dijo y la sujetó contra su cuerpo, con cuidado de no tocar el tobillo herido, para levantarla a continuación.
La chica miró la cara de él de nuevo, parecía mayor que ella. No sabía si mucho o poco, pero definitivamente mayor. Él la miró expectante, tendría que hablar para decirle algo, estaba claro.
-Erudición. ¿Me llevas a nuestro barrio?-la interrogación le salió casi de forma involuntaria.
-Por supuesto-él asintió levemente y empezó a caminar-Tienes la cara manchada de lágrimas. Eso no te sienta demasiado bien.
-Debo dejar de llorar mientras me golpean porque es poco estético-murmuró Rachel mientras se llevaba una mano a la cara para secarse las lágrimas.
Él se rió con suavidad y Rachel sintió el temblor de su pecho al soltar el aire para reírse. Le gustó la sensación. Hacer reír a alguien era muy diferente de lo que había vivido unos momentos atrás, y de lo que vivía siempre. No era especialmente graciosa, su humor no triunfaba en su facción. Era una satisfacción extraña el haberlo conseguido.
-Me llamo Rachel-se presentó mirándole la barbilla, que en ese instante se interponía entre los ojos de ambos.
-Yo no me llamo Rachel-respondió él y bajó sus ojos para encontrarse con los de ella, su mirada era divertida, los ojos levemente entrecerrados y derrochando simpatía. Eran unos ojos extremadamente expresivos.
-Muy gracioso-ella frunció el ceño, olvidándose por un segundo de sus dolores para centrarse en la molestia que le ocasionaba una pregunta sin respuesta.
-Muy guapa-dijo él, imitándola exageradamente, frunciendo tanto el ceño que toda su cara quedó arrugada mientras la observaba.
En esa ocasión fue Rachel la que se rió con suavidad entre sus brazos. Después se quedaron en silencio mientras él la llevaba por las calles de la ciudad. No pasó mucho rato hasta que la chica empezó a reconocer algún detalle, no debía estar demasiado lejos de casa cuando se habían encontrado… Menos mal que se habían encontrado.
-Gracias por lo de antes-Rachel intentó buscar los ojos color café del osado, pero no tuvo suerte, puesto que él mantenía la vista unos metros por delante.
-¿Por qué?-la pregunta le parece extraña a Rachel, y espera unos segundos para ver si añade algo más.
-Por salvarme-respondió finalmente.
-De nada, Rachel-los labios del chico pronunciaron su nombre acariciándolo de una forma diferente a la habitual.
-¿Por qué iba a estar dándote las gracias si no era por eso?-la curiosidad venció a la chica, como siempre.
-Gracias por mi sonrisa, por mi forma de sujetarte, por llegar a tiempo… Pero supongo que eso último se incluye en lo de salvarte-se encogió de hombros, alzándola levemente a ella sin que pareciera que el peso le importara.
-Se incluye-asintió ella desviando la mirada hacia los brazos fuertes que la sujetaban.
-¿Y la forma de sujetarte? Yo creo que te gusta bastante y no se incluye en salvarte-los ojos de él la buscaron de nuevo.
El rubor se subió a las mejillas de la quinceañera, que se encontraba muy cómoda entre los brazos del desconocido. El ingenio desapareció y decidió no contestarle, desviando la mirada hacia otro lugar por encima de la cabeza de él.
-¿Sin comentarios?-el osado siguió insistiendo, y Rachel lo miró entre divertida y molesta, era obvio que no quería hablar del tema.
Se sentía tonta en sus brazos, y era una situación tan novedosa como lo había sido arrancarle una carcajada momentos antes. Quizás fuera porque él pertenecía a esa facción con la que ningún erudito se relacionaba. Y menos ella, que apenas asistía a las clases del instituto. Se arrepintió por primera vez de pasar sus días en el Hexágono, porque se dio cuenta por primera vez de que las otras facciones podían resultar interesantes. Quizás los sinceros no fueran tan bruscos, los cordiales tan ilusos y los osados tan irracionales, quizás incluso los abnegados no fueran tan manipuladores. Nunca se había dado la oportunidad de comprobarlo. Podría empezar a ir, pero sabía que no se iba a encontrar con ese osado, era evidente que ya no asistía a clases.
Giraron una esquina y Rachel escuchó a su madre llamándola, con tono aliviado. ¿Cuánto tiempo había estado perdida? Tenía que haber sido un largo rato para que a su madre le diera tiempo a volver a casa y preocuparse.
-Creo que mi apasionante monólogo llega a su fin-comentó el chico, parecía que bajo su broma se ocultaba una tristeza auténtica.
-Yo también he hablado-Rachel le llevó la contraria. Tampoco había estado tan callada, simplemente no había respondido a sus preguntas incómodas de osado.
-No has respondido a las partes más interesantes de la conversación-el chico seguía caminando hacia la madre de Rachel mientras hablaba.
-Estoy muy cómoda en tus brazos-admitió ella con rapidez, viendo por el rabillo del ojo que su madre ya tendía los brazos hacia ella.
-Me hubiera gustado probar tus labios-le susurró él sin mirarla mientras la bajaba.
Su madre le pasó un brazo bajo los hombros y el chico se separó de Rachel, perdiendo el contacto con él por primera vez desde que le había tocado el hombro minutos atrás. El interior de Rachel protestó, como si le faltara algo.
Lo miró intentando saber algo más de él a través de sus ojos. ¿Estaba jugando con ella al decirle eso? Era varios años mayor, no podía querer besarla. Besarla. Nadie había querido nunca besarla, o al menos nadie se lo había dicho tan claramente. Pero, por supuesto, lo de soltarlo así era muy típico de la facción vestida de negro.
Más gente empezó a rodearla, por lo visto su madre había movilizado a medio vecindario para buscarla, y todos parecían felices de haberla encontrado. Le dedicaban palabras amables, pero no se prodigaban con el contacto físico. Se encontraba cómoda entre personas que eran capaces de decirlo todo con palabras. Aunque esas personas no la hicieran sentir como el chico del pelo rojo brillante, que había desaparecido del lugar sin que ella se diera cuenta.
