El Castillo Ambulante
Capítulo 4
Sus ojos se abrieron ligeramente y dejaron ver unas pupilas azules claras. Francis suspiró inaudiblemente, apesumbrado y algo sumido en sus recuerdos también. Reconocía dónde estaba. La habitación del mago era el colmo de lo ostentoso mezclado con el puro desorden. Se trataba de una estancia luminosa y llena de juguetes a cada uno más extraño, con brillantes decoraciones. No había un rincón despejado en aquel lugar. La puerta se abrió y allí se presentó Antonio, con una bandeja en las manos con comida y algo de beber. Francis no pudo aguantar mirándole demasiado rato. ¿Qué pensaría de él ahora que su pelo no era rubio y hermoso? En realidad al mago no le importaba la imagen que hubiese podido dar con su radical comportamiento, ya que para él aquello era lo normal. Antonio le miró tranquilamente y le mostró la bandeja. No pronunció ni una palabra. El ahora moreno negó con la cabeza con aire lastimero. El viejo se encogió de hombros y se giró para salir y dejarle descansar. Entonces, Francis le agarró de la manga de la camisa y ese gesto hizo que Antonio se parara en seco y le mirara interrogante.
- ¿Puedes quedarte un rato? -dijo el mago aún con ese aire lastimero que tenía desde que se había teñido su cabello por accidente.
Antonio le miró en silencio un par de segundos y asintió. Aquello hizo que el otrora rubio se relajase y le soltara el brazo. Se movió, cogió un taburete que había visto de milagro, lo acercó a la vera del lecho y se sentó.
- ¿Ya estás mejor? No te ha quedado tan mal. No era para montar tal drama... -dijo Antonio con una ceja arqueada. Aquel comentario le ganó una mirada incrédula por parte del de ojos azules- No pongas esa cara, te lo estoy diciendo en serio. -silencio. Suspiró. Mira que era tozudo...- Esta tarde vimos a los esbirros del Brujo del Páramo.
- Está buscando este sitio... Lleva mucho tiempo haciéndolo. Ah... Y yo ya pronto tendré que marchar hacia la guerra y quedarme hasta que termine. No soporto lo asustado que estoy... -dijo Francis sincerándose sin motivo alguno.
- ¿De qué conoces al Brujo del Páramo? Incluso le has llamado alguna vez por el nombre.
- Nos conocimos por casualidad. Pensé que sería interesante e intenté intimar y hacerme amigo suyo... Pero no fue así. No era interesante y huí, como hago siempre. -dijo con un gesto disgustado. No es que le agradase andar siempre escapando.
- Deberías haber sabido ver que ese tío no iba a ser interesante ni mucho menos. Tiene cara de amargado. Hiciste una mala elección así que ahí fue sabia decisión huir.
- No sería de la primera persona que he huido. También me he formado apodos falsos en los dos reinos y he ido evitando así la guerra. Pero ya no puedo hacerlo por más tiempo...
- Si no quieres ir, no vayas... -dijo Antonio tras encogerse de hombros. Otra mueca de incredulidad por parte de Francis. Entonces levantó la mano y señaló un trozo de papel sujeto a la pared por dos finas cuchillas doradas con piedras rojas.
- Es un juramento que hacemos todos los magos cuando terminamos nuestros estudios. En él nos comprometemos a venir a servir a nuestro rey en caso de que el conflicto se inicie. Las cosas cada vez están más serias, tendré que ir.
Se hizo el silencio. El gesto de Francis era uno de casi suplicio. No quería hacer aquello. Había visto parte de la guerra, saboteando uno y otro lado a la vez, para ver si se daban cuenta de que pelear era ridículo. De nada había servido. Antonio aprovechó ese silencio para pensar qué podía hacer. Estaba claro que no quería ir y le parecía ridículo que se viese obligado a ello. Entonces se le ocurrió algo que a su parecer era brillante.
- ¡Ya lo tengo! ¡Debes ir a ver al Rey y decirle esto mismo! -aquella fue la mejor y más intensa expresión incrédula que le vio poner a Francis desde que había entrado en la habitación- ¡Tienes que decirle que la guerra es una locura y que no participarás en ella!
Francis suavizó aquel gesto ya que sabía que se lo decía en serio. Era algo que había descubierto en ese tiempo, Antonio era en ocasiones más simple que el mecanismo de un juguete. Era una de las cosas que le hacían una persona interesante. Lo que hizo fue suspirar con resignación. Estaba claro que aquello era una locura y que lo ejecutarían si lo hacía. Pero entonces le vino una idea a la mente y sus rasgos revivieron de repente. Se incorporó bruscamente hacia Antonio, sonriendo, y su pelo negro ondeó hacia delante, cayendo por encima de sus hombros, sobre su clavícula.
- ¡Tengo una mejor idea! ¡Tú irás por mí!
Se hizo un silencio en el que Antonio le observaba con cara de póquer y el moreno con una sonrisa triunfal, esperando que pronto empezaran los vítores y que le dijera lo impresionante que era aquella idea. Los labios del hombre de ojos verdes se entreabrieron.
- No.
Francis se fue de lado al escuchar eso. Se recompuso y le miró con el entrecejo arrugado y cara de pena. ¡Se había cargado con una sangre fría su perfecto plan...!
- Vamos... No pido que te ofrezcas como mago, solo te pido que vayas y que te hagas pasar por mi padre. Le dirás a Messire Beilschmidt que tu hijo es tan cobarde que no se va a presentar. ¡Eso es! Así yo seré libre y no tendré que ir a la guerra. Es un plan perfecto~
- En el que voy a tener que reunirme con un alto mandatario del reino para pasar vergüenza por ti.
- Por favooor... -dijo con cara de cordero degollado- Te lo ruego. Te lo agradecería por siempre, Antonio.
Le miró inmutable durante unos segundos y tuvo una pelea interna. En esa reyerta se encontraban el Antonio normal y el Antonio al que le inspiraba cierta cosa ese comportamiento del moreno. El pobre no quería ir, lo comprendía. No deseaba ni imaginar qué horror supondría para él tener que ir a pelear. No podría soportar ver como hogares eran destruidos, pueblos ardían hasta que de ellos solamente quedaban cenizas y como la gente era asesinada por ningún motivo. El imaginarlo le provocó un escalofrío que le recorrió la columna de arriba abajo. Estaba claro quién había ganado su reyerta interna. Suspiró resignado.
- Está bien... Iré.
La sonrisa de Francis fue una de las más deslumbrantes que había dibujado en todo el tiempo que hacía que lo conocía. Tocó entonces toda una batalla dialéctica con el moreno, que iba persiguiéndole por el pasillo. Llevaba una manta echada por encima de los hombros y que le cubría hasta las rodillas. Las piernas estaban desnudas, con algunos pelos y en una ocasión Antonio se preguntó a sí mismo si seguía desnudo de cintura para abajo. Al menos la camisa la llevaba, antes cuando estaba tumbado sobre la cama la había visto. En los pies llevaba unas pantuflas de felpa de color rosa y el pelo estaba algo despeinado, a diferencia de como habitualmente lo llevaba. Tuvo una pelea con él ya que se emperró en hacerle una ropa bonita mediante un hechizo con la que ir al palacio. Eso no era realmente el problema; lo podría haber permitido sin demasiadas pegas. Lo bochornoso fue que en el primer hechizo lo vistió con tal cantidad de bordados y encaje que Antonio parecía una muñeca de porcelana que hubiese envejecido de repente noventa años. Aquí empezó un tira y afloja sobre que uno era demasiado extravagante y que el otro no tenía ni idea acerca de moda. Al final le hizo una ropa como la que tenía pero más nueva y de colores más vivos. El anciano cogió su gorra y se la encajó en la cabeza.
- Con el esfuerzo que he hecho para que lleves una ropa decente, ¿y ahora vas a ir con ese sombrero tan feo? -dijo Francis con una mueca de decepción mientras aguantaba con una mano un papel que finalmente le tendió.
- Haz un solo comentario más acerca de mi ropa y te juro que te parto la cara aunque sea un viejo. Vas a llorar como la nenaza que eres. -dijo Antonio sonriendo con molestia.
- Uah... Puedes ser bien desagradable cuando te lo propones... Yo sólo intentaba que fueras bien guapo y así me lo pagas. Es lamentable.
- Nuestros gustos en ropa no coinciden, me temo. Eso no significa que tengas derecho a llamarme ignorante y pobretón. -dijo Antonio. Tomó la hoja y se la guardó en un bolsillo del pantalón.
- Es que estas cosas me pueden. Seguro que si vistieras mejor, nadie podría decirte nada. Pero ahora... Es que lo estás llamando.
- Cállate antes de que te acabe por soltar la hostia.
- ¡Pero es que es verdad, Antonio! ¡Es verdad! ¡No sé si esas ropas te las legaron tus antepasados o qué, pero son vulgares!
Un tic sacudió la ceja derecha del de ojos verdes. ¿Es que tenía serrín en las orejas, que le venía del exceso del que poblaba su cerebro? Esperó que callara pero no lo hacía y al final lo que hizo fue agarrarle de un pendiente y pegarle un tirón. Francis pegó un berrido y se llevó la mano a la oreja. Antonio sonrió con malicia, que se fastidiase.
- Perdona~ Mis vulgares manos se han enredado con tu pendiente~
Aún con la mano sobre la oreja, el mago le miró con reproche. Ya sabía que no había sido un accidente, su sonrisa de abuelo maligno se lo decía. Al final suspiró, mejor no descentrarse, antes de que se fuera tenía que decirle unas cuantas cosas. Se quitó el anillo que tenía en la mano derecha mientras Antonio seguía concentrado en su victoria. Todo aquello se le olvidó cuando sintió que le tomaba la mano entre las suyas. Su corazón se aceleró ligeramente y estaba rezando a todo lo que conocía para que sus mejillas no se sonrojaran. Entonces le puso la alianza en el dedo anular, era de plata y tenía una pequeña perla rojiza. Miró a Francis, que estaba cerca de él, y observó que le sonreía de esa manera tan típica suya: como si le tuviese cariño y a la vez estuviese muy confiado. De hecho esa era la que solía dedicarle a todos los que vivían debajo de aquel techo. Cuando hablaban de otras personas, se había dado cuenta de que su mirada cambiaba.
- Es un amuleto que te protegerá para que vuelvas sano y salvo. -dijo acariciando un poco aquella mano que sostenía y finalmente dejó un suave beso sobre aquellos dedos- No queremos que te ocurra nada y Lovino se enfadaría muchísimo conmigo si lo permitiese. Bueno, creo que yo mismo me enfadaría conmigo.
- Empiezas a acojonarme, ¿sabes? ¿Por qué demonios me mandas a un sitio donde necesito un amuleto para volver sano y salvo? -dijo Antonio con cara de póquer. Francis rió. Sinceramente, él no le encontró la gracia a lo que había dicho, iba en serio.
- No te preocupes, querido Antonio, no pienso dejar que estés totalmente solo. Más tarde me uniré a ti con un perfecto disfraz. No tienes por qué sentirte angustiado. Te he dicho que no voy a dejar que nada te pase. Protegeré a aquellos que formen parte de mi hogar y tú eres uno de ellos.
Se había quedado sin palabras después de escuchar lo que tenía que decirle. No hubiese imaginado que le vería tan decidido. Acabó sonriendo, con ternura, y por un momento su aspecto se volvió a ver joven. Aquello hizo que Francis sonriera también. Si supiera que él tenía en su poder la llave de su maldición... Se acercó y apoyó su frente contra la de él. El ahora joven de ojos verdes (aunque su cabello seguía blanco) no parecía estar preocupado por la cercanía que existía en ese momento entre ellos.
- ¡Coraje, Antonio! Confío en ti. Necesito tu ayuda en esto...
- Está bien. -le replicó aún sonriente y se apartó- Este viejo te ayudará y se hará pasar por tu padre.
No pudo evitar que aquella sonrisa desapareciese y que su rostro se quedase serio cuando vio que, ante la mención de la palabra "viejo", la apariencia de Antonio volvió a ser la de aquel anciano hechizado. Aquello le alarmó y arqueó una ceja.
- ¿Ocurre algo, Francis?
Entonces se forzó a poner una sonrisa de nuevo, para que no se sintiera inquieto. No podía decirle aquello y eliminar la única oportunidad que tenía de controlar aquel poder que le afectaba.
- No, no ocurre nada. Sólo estaba pensando en cómo debería vestirme para la ocasión... -dijo con un aire chulesco.
Antonio se rió ante aquello. ¿Es que nunca iba a dejar el temita de la ropa? Se despidió y, tras girar la ruedecilla al rojo, Antonio abrió la puerta y salió al centro de la gran urbe, abarrotada de gente, que era Kingsbury. En algunas zonas había tanta que tenía que tener cuidado de no chocar en todo instante. Finalmente llegó a la Plaza Real, al fondo de la cual se situaba el enorme palacio donde el rey, sus hijos, esposa, sirvientes y trabajadores vivían y pasaban gran parte del día. Era una plaza enorme que daba a unas escaleras muy grandes. Sacó el papel de su bolsillo y revisó el nombre. Messire Beilschmidt. Se lo guardó y empezó a encaminarse hacia allí, hablando en voz baja para sí mismo, apoyándose en ese bastón del que no se despegaba cuando tenía que andar.
- Esto no va a salir bien. ¿Se va a creer que yo soy su padre? No nos parecemos siquiera... -miró a su alrededor- ¿Ya habrá venido? Este es capaz de andar aún escogiendo qué ponerse...
Pero algo llamó su atención entonces, un perro extraño y viejo que empezó a caminar cada vez más cercano a él hasta que estuvo a su lado. Su pelaje por el lomo era marrón y blanco y sus patas estaban un poco despobladas de pelo. En cambio, en su cabeza, entre las orejas, que caían a cada lado, tenía pelo rubio y con un mechón curioso hacia arriba.
- ¿Francis, eres tú? -murmuró Antonio en voz baja - Eres un perro muy feo, en serio...
El chucho de repente le mordió la pierna. Eso le hizo asustarse y pegó hasta un grito. Por suerte no es que apretase demasiado. Le miró con reproche.
- Vale, vale, no tienes que ponerte así, joder... -suspiró y continuó andando. Su tono siguió siendo bajo, no quería que nadie se diese cuenta de que estaba allí. Si no, el plan se iría al garete- No tienes que volverte tan bruto por eso, como perro no eres perfecto pero como persona estás bien.
Escuchó que el perro gruñía. Mira que era pesado... No podía decirle que se veía genial, era un maldito chucho. No iba a mentirle en esa estupidez.
- ¿Y eso de hacerte pasar por un perro mayor? La edad no es un asunto gracioso, ¿sabes?
Cuando iban por la mitad del camino, un carruaje tirado por unos seres extraños se paró a su lado. Entonces se corrió una cortina y pudo ver la sonrisa ladina, aquellas pronunciadas cejas y el pelo corto rubio.
- Vaaya~ Pues si es el viejo sombrerero. ¡Tan vulgar como siempre...! Qué pena que el otro día no pudiera darte una buena temporada de descanso, ¿no crees? -su sonrisa se acentuó cuando vio que la ira turbaba el rostro del anciano delante de él- ¿Cómo le van las cosas a Francis~? ¿Le diste mi mensaje ?
- Cierra tu sucia bocaza, brujo idiota.
-Vamos, no te pongas nervioso, sólo estamos hablando.
- ¡Ya está! ¡Me has tocado los cojones! ¡Bájate de esa mierda de carruaje y pelea como un hombre! -dijo Antonio levantando los puños, preparado para luchar.
- ¿Que pelee con un viejo? No quiero que me denuncien, ¿sabes? Toma. -de repente sacó la mano fuera del carruaje y le echó unas monedas al suelo que había a sus pies- Para que te compres algo menos vulgar, viejales.
- Ahora sí que te parto la boca, gilipollas.
Antonio se acercó al carruaje e intentó meterse dentro por la ventana. Al ver que no podía, su idea fue la de estirar los brazos para agarrar al brujo y con la otra pegarle pero éste no se dejaba, obviamente. Al final dijo unas palabras que ni tan siquiera podía repetir, sintió una fuerza empujarle a la altura del estómago y cayó unos metros más lejos contra el suelo. La risa de Arthur retumbaba en sus oídos y descubrió que no había sonido que odiara más que ese.
- Nos veremos en el Palacio, lelo~ -le dijo con sorna antes de ordenar a sus esbirros que retomaran la marcha.
Le costó bastante levantarse del suelo y más con el perro moviéndose nerviosamente a su alrededor. Le puso histérico y terminó por mirarle molesto. Es que vale, podía entender que estuviera inquieto, pero si quería ayudar, debería haber escogido un disfraz menos inútil.
- ¡Deja de dar vueltas! No me ayudas y me pones nervioso. Estoy bien, no te preocupes. No me va a vencer por algo así ese brujo de pacotilla...
Una vez en pie volvió a retomar el camino a paso ligero. Iba a adelantarle y entonces se reiría en su cara. Lo bueno es que de repente sus oportunidades crecieron. Por culpa de un hechizo, los siervos de Arthur encogieron hasta desaparecer por completo y que de ellos no quedara más que la ropa y sombreros. Escuchó que el rubio maldecía en voz alta y dibujó una sonrisa maliciosa. Le estaba bien empleado, por chulito. Pronto se puso a su altura y le miró con sorna.
- Vaaya~ No vas tan rápido ahora que usas tus propios pies, ¿verdad?
- ¡Cállate, idiota! ¡Si te atreves a compararme contigo te echaré una maldición peor que la anterior! Te arrancaré esos dientes para que ni se te pase por la cabeza volver a sonreír.
- Te reto a que lo hagas sin magia. Eres un cobarde que sin tus poderes paranormales no es más que un debilucho. -dijo Antonio mientras continuaba caminando.
La pelea verbal prosiguió hasta que llegaron a las escaleras donde, increíblemente, Antonio tomó la delantera. Arthur había ido desmejorando a medida que caminaba y empezaba a verse más viejo incluso. Además sudaba bastante debido al esfuerzo que estaba haciendo. Hubiese seguido en cabeza de no ser porque el perro seguía abajo, incapaz de subir con aquellas piernecillas, y le ladraba insistentemente.
- La madre que lo parió... -murmuró a disgusto y acto seguido descendió los peldaños mientras refunfuñaba- Que ibas a venir a ayudarme... ¡Sólo haces que molestar...! Con lo que me cuestan subirlos...
- ¡Jah! ¡Chocheas! ¡Ya hablas con un chucho...! -dijo Arthur parándose y respirando a bocanadas.
- ¡Vete a la mierda! -exclamó Antonio. Ese hombre sacaba la peor parte de sí mismo, era evidente. Ahora cargaba con el perro entre los brazos, con dificultad, y juraba que en cuanto saliesen de allí le echaría a Francis la bronca del siglo y le enseñaría qué tipo de disfraces eran útiles- ¿Y tú qué? Ya no se te ve tan vigoroso y sudas como un cerdo.
- Ya está, me has tocado las narices. -dijo Arthur deteniéndose y haciendo un gesto amenazante con las manos a Antonio, que seguía subiendo con el can entre las manos- Te voy a quitar las ganas de reírte de mí.
Sin siquiera esperar a que llegara al mismo escalón, Arthur empezó a soltar manotazos a diestro y siniestro. Antonio se protegía con el perro, sin pensar en Francis más, y el susodicho ladraba como si tuviese delante a su peor enemigo (que no era tan lejano a la realidad. Era un tipo que intentaba pegarle, por ende, enemigo) y cuando veía que las manos se acercaban demasiado intentaba morder. El chucho se escapó de entre sus brazos y aterrizó en un escalón, desde donde siguió ladrando. Arthur se había sobresaltado cuando el animal hizo aquello y no esperó las manos de Antonio, que sujetaron su cabello y tiraron de él como si quisiera arrancarlo de raíz. Dio un manotazo y con el dedo índice agarró lo primero que pilló, en este caso la boca de Antonio. Decir que aquello era una simple riña hubiese sido mentir, se pegaron algunos puñetazos fuertes, con ánimo de producirle un dolor intenso que le durara por días. De arriba del todo vino la voz de un hombre que era encargado de anunciar las visitas.
- ¡Si continúan peleándose tendré que llamar a los guardias y hacer que les encierren en los calabozos! ¡Tendría que darles vergüenza a su edad..!
Empujó a Arthur, el cual, despeinado y sudoroso de nuevo, retrocedió un par de pasos y se quedó con el pie derecho al filo del escalón. Antonio se agachó, chistó al perro con rabia, lo agarró y continuó subiendo mientras refunfuñaba por lo bajo. Unos minutos más tarde sólo le quedaba un escalón por subir. Dejó al perro y llegó por fin a la cima de esas empinadas e infernales escaleras. Se giró y vio que aunque le quedaban pocas, Arthur aún no había llegado. Sonrió triunfal.
- ¡Jah! ¡Chúpate esa, brujo de pacotilla! ¡Este viejo te ha ganado! ¿Qué se siente, eh? ¡Seguro que debes estar pasando una vergüenza...!
Podía estar siendo cruel pero es que el otro había empezado con aquel jueguecito de provocarle e insultarle. Ahora era su turno y no iba a desaprovecharlo tan fácilmente. Y así lo hizo, continuó mofándose de él hasta que subió el último peldaño. Una vez ahí tuvo que pararse para coger el aliento, mirando asesinamente de reojo al hombre al que una vez maldijo. El empleado de Palacio les pidió la invitación al mismo y una vez había mirado las cartas se aclaró la voz y, alto y claro, anunció:
- ¡El Brujo del Páramo y el señor Bonnefoy! -dijo con potencia.
- ... ¿Bonnefoy? No sabía que tuvieras parentesco alguno con esa rana asquerosa... -dijo sorprendido el rubio mientras seguían adentrándose en el sitio.
- Tenemos unos fuertes lazos y no tenías por qué saberlo ya que no es de tu incumbencia. No pintas nada en eso. -dijo. Y como vio que iba a preguntar algo, lo que hizo fue cambiar de tema- Y anda que tú eres muy original, Brujo del Páramo que mora en, oh, espera, ¡el Páramo! -dio un fingido aplauso lento- ¡Ole tú por tu originalidad!
- No empieces de nuevo o me dará igual pasar la noche en el calabozo con tal de arrancarte un par de dientes.
Los pasillos del palacio tenían unos suelos pulidos en los que casi era posible ver el propio reflejo. Había una larga y ostentosa moqueta que se extendía por todo el pasillo y a los lados se encontraban algunos muebles sobrecargados con jarrones, aún más llamativos, con flores que en su vida había visto, de vivos colores. Las paredes estaban cubiertas por un caro papel y de ellas pendían cuadros con la cara del Rey, un chiquillo (o esa impresión le producía a Antonio) con cara de malas pulgas y cabello rubio corto y ojos verdes. En una de las pinturas llevaba un fusil a la espalda... A decir verdad, en muchas se encontraba dicho fusil. Llegaron a una sala, que aunque estaba abundantemente adornada, se encontraba en una suave penumbra que la hacía algo tétrica. En medio había una silla de madera oscura y acolchada en respaldo, asiento y reposabrazos con una tela blanca. Arthur, tras mirar de soslayo a Antonio, que estaba a su lado, y aún cansado, se forzó a correr hasta el mueble.
- ¡La silla es para mí, idiota! -chilló sonriendo con descaro y maldad.
Se dejó caer sobre el asiento y suspiró aliviado. Antonio puso los ojos en blanco por un segundo y se fijó en la habitación. Entonces se dio cuenta de que el perro, olisqueando el suelo, se iba por una de las puertas. Por inercia, Antonio avisó al brujo de que iba a buscar al animal. La única respuesta fue un movimiento despectivo con la mano. Lo que ese niñato maldito hiciera no era de su incumbencia. De no ser porque era un crimen mayor, le hubiese matado la primera vez que visitó su tienda.
El anciano de ojos verdes seguía andando por aquellos oscuros pasillos, llamando a Francis en voz baja, aunque éste seguía caminando. Se asustó y pegó un brinco cuando, al girar una esquina, se topó de frente con un niño de cabello rubio recortado que le recordó en cierto modo al mago que ahora estaba disfrazado en forma de perro.
- Por aquí, señor.
Asintió y le fue siguiendo hasta que el pasillo terminaba en una luz brillante y de repente estaban en una estancia muy grande, con cristaleras que llegaban hasta los techos. En las esquinas habían algunos sofás, plantas altas con grandes hojas que crecían con más fuerza gracias a la abundante luz que le entraba cada día y en el centro, sentado en una silla ostentosa, junto a la cual había una mesa de las mismas características, había un hombre. Los rasgos de su rostro eran severos, y sus ojos azules le observaban como si le estuviera analizando al completo. Venció la congoja de sentirse intimidado por cómo le miraba y se acercó. El varón era unos cuantos mayor que Francis y sus cabellos cortos rubios estaban peinados hacia atrás, sujetos por algún potingue de belleza que Antonio desconocía. Es que su interés en estos ámbitos era nulo. Llevaba una gran chaqueta de color dorado, con adornos en plateado y las solapas tenían motivos en negro brillante. Debajo de ésta llevaba una cara camisa con volantes alrededor de los botones. En sus manos descansaba un periódico que leía con apatía hasta el momento en que habían anunciado al que decía ser el padre de Francis.
- ¡Siéntate, por favor! -dijo en un tono que casi lo hizo sonar como si se tratase de una orden.
Antonio se sobresaltó pero pronto salió de ese estado y corrió a tomar asiento. Mientras, en la otra sala, Arthur levantaba la cabeza al ver que unos seres oscuros se alzaban del suelo. Se tomaron de las manos y empezaron a danzar a su alrededor. De repente pararon y una luz intensa ascendió hasta engullirle por completo mientras él se cubría los ojos y gritaba.
El de ojos verdes observaba a messire Beilschmidt con una mezcla de pánico y terror. Los ojos azules le seguían analizando, como si de ese modo pudiese descubrir todos los secretos que su corazón ocultaba. Aquello le hacía sentirse inquieto, ¿realmente podría hacerlo? De repente el hombre le hizo un amago de sonrisa que se tornó una mueca horrible y terrorífica. Antonio sonrió forzadamente, para que no se enfadara con él.
- Mi nombre es Ludwig Beilschmidt y soy el consejero del Rey y mago mayor. Lamento mucho escuchar que Francis no asistirá a esta reunión.
- Mi hijo es un cobarde y no puede ir a esa guerra, señor. Siento mucho tener que ser yo el que se lo diga pero...
- Francis es peligroso, Antonio... No sé si conoce la historia, pero se dice que un ladrón le arrebató su corazón hará ya un tiempo. A medida que se ha hecho mayor, Francis ha acumulado un mayor poder y ahora es una gran amenaza que alguien sin corazón lo posea.
Sus labios se entreabrieron para replicar, ya que había sentido un pellizco de rabia hacerse más grande a medida que iba hablando de esa manera del mago que antaño había sido rubio. Entonces la puerta se abrió y uno de los niños guiaba a Arthur, aunque le costó mucho reconocerle a simple vista. Su piel estaba más arrugada, casi tanto como la de Antonio, se le veía agotado y desorientado. Sus cabellos eran canosos y estaban despeinados sobre su cabeza.
- Él también era peligroso. Sin corazón, había usado la magia para maldecir a muchos y matar a otros tantos y se conservaba joven usándola para su propio beneficio. Francis va por ese camino, por eso debe unirse a defender el Reino o aceptar que le despojen de toda magia.
- ¿Y que se quede en ese estado? -dijo Antonio mirándole ahora con el ceño fruncido.
- Perder la magia no es algo que los cuerpos humanos puedan superar con facilidad... Lamentablemente es así.
- Quitarle sus poderes sería un gran horror, señor. ¡Francis no es un hombre sin corazón! Puede que sea muchas cosas pero no se comporta como alguien que no lo tuviese. Es egoísta, se porta como si tuviese cinco años, -a medida que iba hablando, con decisión, Antonio fue rejuveneciendo hasta que sus facciones eran las de un joven vigoroso- a veces no sé qué le pasa por la cabeza, no entiendo cómo es tan ceporro, cuesta comprenderle... Pero, ante todo, Francis es una buena persona, está ahí cuando se le necesita, al menos normalmente, y creo que debe ser él solo el que arregle sus problemas con ese demonio.
- Un poco joven para ser su padre, me parece... -murmuró Ludwig acariciando el perro, que en cuanto llegó a la sala se había ido corriendo hasta él. El de ojos verdes se dio cuenta de eso y se sorprendió al deducir que entonces ese chucho nunca había sido el mago- Estás enamorado de él, ¿verdad?
De repente se tensó y se sonrojó como si de un tomate se tratase. También, con una progresión acelerada, sus facciones volvieron a ser las de un anciano.
- ¿Enamorado? No se burle de mí, por favor... -pero lo cierto es que su corazón estaba desbocado y que le molestaba esa ligera sonrisa que Ludwig tenía en el rostro.
Aquel momento de tensión se rompió cuando se vio descender del cielo un pequeño avión con alas que revoloteaban como si se tratasen de las de un pequeño colibrí. De él se bajó un hombre, vestido con un uniforme militar verde cargado de condecoraciones en el lado izquierdo, sobre el pecho. Se quitó el casco que llevaba sobre la cabeza y demostró una cabellera rubia corta, una cejas un poco marcadas y unos ojos verdes. Era el señor de los cuadros y, por tanto, el Rey. En la espalda cargaba como un fusil y se acercó a ellos.
- Beilschmidt, tengo noticias para ti. ¡Reúne a los mandatarios! Me he dado cuenta de que esto es una locura. Vamos a terminar esta guerra.
- Mi Rey, Vash, este es Antonio Bonnefoy. Es el padre de Francis Bonnefoy.
Se sintió tremendamente cohibido cuando los ojos del monarca se posaron en él. Por suerte no fue durante mucho rato ya que se giró para hablar con Ludwig. Suspiró por lo bajo, aliviado. No le duró mucho ya que volvió a mirarle y se acercó a él comentándole que esperaba que fuese más joven y otras cosas que Antonio no podía escuchar por encima del latido de su corazón. De repente una de las puertas del interior se abrió y le chocó ver a otro Rey, adentrándose con queso en la mano y quejándose de que habían comprado del caro cuando el barato estaba igualmente bueno. El recién llegado miró a su clon y de repente a Ludwig.
- Este es el mejor hechizo que has hecho nunca. ¡Con esto ganaremos la guerra! Ahora te plantearé mi nueva estrategia, Ludwig.
Dicho eso, el auténtico Rey se marchó de la habitación y les dejó a solas. Antonio estaba tremendamente nervioso y miraba fijamente al mago mayor, que les observaba divertido. El hombre que antes había sido el Rey ahora se revelaba como Francis, el cual se giró y encaró a Ludwig con una sonrisa socarrona y desafiante, esa que solía usar con la gente que no le gustaba.
- Vaya, pensaba que no ibas a dignarte a venir siquiera. Anda que hacer venir a este joven en tu lugar... -dijo Ludwig con desaprobación.
- Antonio es muy majo y aceptó mi ruego. Aún así no podía dejarle solo. Ah, y casi te engatuso con mi disfraz... -sonrió resignado- Bueno, eso parecía... En fin, un placer verte pero nos vamos.
- Eso no va a ser posible. -dijo Ludwig con un tono autoritario.
El de ojos verdes observó que del suelo empezaba a salir agua, que no tardó apenas en cubrirles hasta los tobillos. Le inquietó aquello y, al notarlo, Francis se acercó a él y le pasó el brazo por encima de los hombros y lo atrajo contra su cuerpo. Antonio volvió a mirar hacia el suelo pero entonces el de ojos azules lo estrechó más contra él.
- Eh, Antonio, escúchame, que no te entre el pánico. Si tú no crees en lo que ves, no puede hacerte daño. No mires al suelo aunque te parezca que estamos en el cielo. No voy a dejar que te pase nada, ¿vale? -murmuró cerca de su oreja.
El agua desapareció y un paisaje desconocido se abrió ante sus ojos a pesar de que ellos no se habían movido en ningún momento de dentro de esa sala. Antonio alzó la mirada por un momento y vio que caían estrellas fugaces. Aunque, lo que más le llamó la atención fue que Francis sonrió con sorna, como si aquello le divirtiese. Entonces devolvió sus ojos verdes a la mirada impasible de Beilschmidt. Otra vez no por mucho tiempo, a su alrededor unas figuras humanoides, cuyas cabezas parecían estrellas fugaces, empezaron a danzar y entonar una suave melodía que no hacía más que producirle desasosiego. Escuchó una especie de siseo que provenía de su derecha y observó a Francis, sonriendo hacia Ludwig casi de manera maniática. Antonio abrió los ojos alarmado al comprobar que la piel del mago se estaba agrietando y tornando en escamas, que más tarde mutaban en unas plumas negras brillantes. Nervioso y temeroso, Antonio miró a Ludwig y comprobó que se disponía a atacar al hombre de cabellos negros que tenía a su vera y que éste parecía no percatarse de la situación en la que se encontraba. Ludwig sonrió. Se estaba perdiendo a sí mismo y aquella era la oportunidad que necesitaba para terminar con él y arrebatarle sus poderes.
- ¡Francis, no! -exclamó Antonio abrazándose a su cuello e interponiendo su cuerpo entre el del moreno y Ludwig.
Aquello hizo que los ojos azules del chico se abrieran con sorpresa y no tardó en sujetar su cintura, transformarse por un momento en ave y saltar, cargando con Antonio, para esquivar ese ataque.
- Adiós~ -dijo Francis tras volver a ser humano, ya al lado de la puerta. Se apresuró y empujó al anciano de ojos verdes hacia el avioncito y allí se encontró a otro viejo que identificó como Arthur- ¿Y este que hace aquí?
- No lo sé. -admitió Antonio mientras se montaba y miraba de reojo a Arthur. Seguía en ese estado en el que no parecía ser consciente del todo de lo que ocurría a su alrededor, como un viejo que está perdiendo la cabeza. En su regazo se encontraba el perro- Ludwig le ha quitado sus poderes y se ha quedado así. ¡Uah!
Se aferró con fuerza al asiento al despegar de repente. Miró hacia delante, nervioso. A su lado y de pie, Francis pilotaba aquel trasto mientras tras ellos se escuchaban alarmas. Echó la vista atrás, preocupado, hasta que sintió una mano sobre la suya que le guió a aguantar los mandos del avión pequeño. Dibujó una sonrisa nerviosa e incrédula.
- Vas a guiar muy bien esto, confío en ti. -dijo Francis con aquella sonrisa cariñosa que le dedicaba normalmente.
- ¿Y tú qué? No me abandones ahora. -dijo Antonio con preocupación- Para empezar, no sé ni dónde está el castillo.
- Mira... -le indicó el anillo que le había puesto esa mañana, cuya esfera ahora desprendía un haz de luz que apuntaba hacia alguna cosa que él no alcanzaba a ver- Te señalará el camino hasta casa. Yo les voy a despistar mientras.
- Pensaba que eras el perro, Francis... -admitió Antonio- Has tardado un montón en llegar.
- Es que no me decidía acerca de qué ropa llevar. Al final escogí un buen disfraz. De chucho hubiese sido poco elegante... y más de un perro así. -el can empezó a ladrar insistentemente- ¡Oh, cállate, es cierto! Además, sabía que estabas ahí, eso me dio valor.
Antonio se debatía entre la vergüenza y la sorpresa. El guiño de ojo tras una declaración de ese calibre le había acelerado el pulso. Pero es que, tras eso, el avión se separó en dos y pudo ver que, Francis se quedaba en el otro, con una copia perfecta de Arthur, el perro y de él mismo. Se despidió con un gesto de la mano y se fue para el lado contrario. Chilló su nombre, aunque no le sirvió de nada. Además, el aparato empezó a desestabilizarse y tuvo que poner toda su atención en conducirlo. Arthur no hablaba y él lo agradecía. A pesar de odiarle, no habría sido capaz de abandonarle en aquel estado en ese Palacio. A saber, quizás ahora estaría muerto. Ese pensamiento le hizo notar un hueco en el estómago. ¿Estaría Francis bien? Les llovió por el camino, pero no perdió la concentración. Con su mano derecha, arrugada y ajada por la edad, Antonio se apartaba los pequeños ríos de agua que bajaban por su mojado rostro. Más tarde escampó y la brisa les fue secando de manera agradable. Divisó el castillo a lo lejos y sonrió con ilusión. Vio a Lovino asomado, al parecer esperando a algo o alguien. En cuanto le divisó, empezó a llamarle, agitando la mano.
- ¡Lovino, apártate! ¡No sé cómo frenar! -dijo sonriendo nervioso y precipitándose contra aquella mole de desechos.
Un estruendo de mil demonios se producía a medida que las aletas del avión iban rompiendo la estructura del castillo. El timón vibró con tanta fuerza que Antonio creía que se iba a romper y astillarse entre sus manos. Destrozaron por completo media sala y, atascado, el aparato dejó de moverse.
- ¡Antonio! -dijo el niño corriendo hacia él.
- ¡Lovino...! -exclamó él a su vez, emocionado viendo que el niño se acercaba a él para darle un abrazo.
Sin embargo, cuando estuvo cerca, el chiquillo se movió contra el estómago y le dio un cabezazo que le hizo jadear.
- ¿¡Dónde estabas, bastardo?! -preguntó en tono molesto. Se abrazó a su cintura y se quedó quieto- Estaba preocupado, maldita sea...
Antonio sonrió con cariño y acarició la espalda intentando que se tranquilizase. Era agradable estar de vuelta en casa.
Y otro capítulo más owo... En fin. No sé qué comentar. En realidad se me hace raro imaginar a Arthur viejo o a Francis con el cabello negro. Pero no quería no hacer que Francis no tuviera su color de pelo como el de Howl. Quería adaptarlo siguiendo bastante el patrón de la película. Luego, no podía evitar ensalzar la pelea de Arthur y Antonio más XD ES IMPOSIBLE.
Paso a comentar los poquitos reviews que endulzan mi corazón y me hacen más feliz ;v; Thanks, guys...
Hikaru in Azkaban, la verdad es que también me cuesta imaginarlo pero con lo sexy que es Francis, no creo que le quedara tampoco muy mal... No podía dejar a Francis marginado, ya sabes que le gusta llamar la atención mucho... xDDD
Tomato-no-musume, Claro, si te dicen que pareces colegiala significa que te sigues viendo joven y hermosa xDDD. Lo de la toalla, tuve que hacer que Antonio mirara, fue superior a mis fuerzas XDDD. Francis no puede más que estar triste pensando que eso es su culpa. Francis es como un niño pequeño XD ya sabemos por qué XDDD. Sí, las películas de Miyazaki tienen esa magia que hacen que las adoremos ;v; Ahh~ En el siguiente capítulo ya sabrás quién es Navet xDD Gracias por un review más ;v; Créeme que con lo que han bajado, se agradecen muchísimo. No entiendo qué ha pasado y en general hasta me ha hecho plantearme a veces si es que he cambiado y algo va mal, lolz.
Misao Kurosaki, claro que lo enviaría al extranjero. Miraría cuál sería la forma más barata de enviarlo ò.o la que mejor se adaptara a tu presupuesto. A ver si tengo un rato para preparar todo esto y ver cuánta gente querría. No es feo y gordo porque el Rey aquí es Vash xDDD juas. Si no le doy toques míos no tendría mucho sentido XD. No sé, es muy extraño el éxodo masivo de reviews que ha habido. Confieso que te hace preguntarte si es que has hecho algo mal ô.o... Pero bueno. Gracias por los halagos, de verdad. Tranquilizan mi alma xDDDD ;w; awwn gracias por la publi en tu feisbuk ;v; *abrazo* Saludines~
Yuyies, bueno, es inocentón, el pobre no puede ser una mente muy cuadrada cuando es un niño. Y a Antonio le encantan los niños así que jugar con ellos es divertido xD. Imaginar a Francis con el pelo moreno es difícil pero sigo pensando que quizás no le quedaría mal. El tío es sexy y no se debe a ese rubio ôuo Gracias por leer y dejar review ;v;
Y eso es todo.
Nos vemos en el siguiente capítulo, que ya es el último (muy largo, aviso xD)
¡Un saludo!
Miruru.
