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El reporte de tránsito, informaba que un camión no había respetado la luz roja de un cruce y había impactado de lleno el auto en que iban Shapner e Ireza. Asimismo, explicaba con brevedad que se presumía que el conductor se había quedado dormido al volante o se había desmayado producto de la cuarta oleada. Nada más. Ahora que Videl lo pensaba, debido al aumento de muertes en Ciudad Satán y en otras partes del planeta, los partes policiales se volvía cada vez más escuetos, puesto que los orígenes de las muertes súbitas no daban más espacio a especificaciones que resultaban obvias. Sin embargo, en este caso, su corazón pidió... rogó tener la oportunidad de leer algo más con respecto al accidente que había involucrado a sus propios amigos, algo que pudiera darle más sentido a todo lo que ocurría. Pero no. De frente a los cuerpos cubiertos de Ireza y Shapna, decidió que ya era hora de salir al pasillo para enfrentar la cruda realidad y confirmar a los padres de Ireza que, efectivamente, los dos cuerpos correspondían a la pareja. Antes de hacerlo, eso si, se acercó al cuerpo de la chica y posó su mano sobre la de la chica, fría y rígida como hielo milenario. Acarició su dorso con el pulgar, sintiendo cómo, por su pecho, atravesaba una punzada de dolor. No pudo llorar, tampoco hilar alguna palabra. Recordando aquel día en la casa de la playa, sólo percibió una especie de impotencia y culpabilidad, al no poder dar alguna solución a todo, un recurso que pudiese traer a sus amigos de regreso.

Los padres de su mejor amiga no lloraron, ni tampoco la increparon en busca de más información. Sólo se limitaron a agradecerle la ayuda, en silencio, junto con una breve reverencia, para luego, entrar al lugar donde se hallaban los cadáveres. Ambos la habían contactado con la esperanza de que ella pudiese ayudarlos a encontrar a sus amigos, quienes no daban señales de vida desde que había ocurrido la última oleada. Así, Videl contactó a sus antiguos conocidos de la policía local, para acceder a su base de datos y poder dar en el blanco, con el deseo efervescente de que Shapner e Ireza estuviesen bien. En todo momento, fue acompañada por Pan, a quien obligó a estar con ella por miedo a lo que pudiese ocurrir en su ausencia. Por lo tanto, después de entregar la noticia a los padres de Ireza, ambas se dirigieron a la salida, donde estaba estacionado su pequeño automóvil.

Esta vez, por más que pudo, Videl no pudo tomar fuerzas para iniciar el motor de arranque, la imagen de sus amigos seguía en su mente, cruda, apretándole el pecho. "¿Mamá?", Pan le llamó, tomándole de la mano, al principio suave y luego más firme. "¿Mamá?", repitió. "Si… estoy bien", Videl habló, parpadeando los ojos dos veces, pero aún sin fuerzas de girar la llave para encender el motor. Fue ahí que Pan se acercó y pasó su mano derecha por la espalda de su madre, que seguía temblando. Después, la semisaiya apoyó su cabeza sobre el hombro de la hija de Mr. Satán, quien se había tapado la boca, sintiendo como las lágrimas corrían por sus mejillas sin poder detenerlas. Así estuvieron las dos un buen rato, logrando que los vidrios se empañaran, aún sin ánimo de partir rumbo a casa. En cierto punto, Videl irguió la espalda y carraspeó, secándose las lágrimas con la manga de su blusa, incómoda por la vibración del celular, que brillaba desde el bolsillo de su pantalón anunciando una nueva llamada. Así, una vez lo tuvo en la mano, vislumbró en la pantalla: Bulma Briefs.

17

No hay tiempo que perder. Sin ánimo de presenciar la ceremonia fúnebre de su madre, Gohan abandonó la casa de su progenitora y Takahashi, tomando vuelo hacia la estación central de Policía de Investigaciones. A cada minuto, su mente imaginaba un nuevo cruce de información del paquete de datos que le daría el resultado final para poder confirmar su hipótesis inicial. Todo lo que debía hacer era acceder a la base informática y respaldar en su pendrive la hora de muerte registrada en todos los ocupantes del boeing 737. Si estaba en razón, todos los pasajeros de raza humana registrarían una hora de muerte similar; mientras que, el resto de los ocupantes, de origen no humano, deberían haber fallecido después, producto del impacto del avión a tierra. En un principio, consideró comunicarse con su contacto anterior, que le permitió acceder a otra base de la policía anteriormente, pero desestimó la intención, pues se había enterado que había muerto producto de un accidente del metro, por la tercera oleada.

Ahora, haciendo un cálculo mental rápido, Gohan concluyó que lo más sencillo sería hacerse pasar por un funcionario de Corporación Cápsula enviado por dicha organización para ofrecer ayuda en el proceso de registro de decesos. Mal que mal, ya se había informado por medios no oficiales que las fuerzas policiales contaban con menos personal en número (la última ola arrasó con cerca de mil doscientas personas). El día anterior, no dudó en sacar una tarjeta de identificación del escritorio personal de Bulma, con el logo de la Corporación y un código QR para descargar la información del portador. Y aunque, nunca había sido bueno para mentir, ganaría tiempo para infiltrarse dentro del lugar y obtener lo que necesitaba.

Todo avanzó más rápido de lo que creyó en un comienzo. Posterior a su aterrizaje en el downtown de Ciudad Satán, tomó un taxi que lo dejó en las puertas del edificio (que lucía como la entrada de un banco antiguo), donde bajó y se dispuso a entrar. Tal como esperaba, la entrada principal estaba atestada de gente, solicitando ayuda para encontrar a familiares y amigos, los cuales se agolpaban en el espacio de recepción. Si más no olvidaba (él y Videl solían pasar un gran tiempo metidos allí cuando combatieron el crimen en la adolescencia), la sección de informática se encontraría en el tercer piso, por lo tanto, lo mejor sería ingresar como fuese y luego subir las escaleras de emergencia. Gohan se paró detrás de una señora que lloraba con la foto de un hombre en su mano, preguntando con insistencia un poco de ayuda. Entonces, cuando un guardia le abordó, él mostró la tarjeta de identificación, explicando que venía por envío especial de Bulma Briefs. El hombre tomó el objeto en sus manos y lo acercó a su rostro, con sospecha, frunciendo el ceño. Estuvo a punto de decir algo al saiyajín, cuando un pequeño disturbio se llevó a cabo. Una mujer de tercera edad se desmayó entre un grupo de personas, armando un pequeño alboroto que sirvió a Gohan de ayuda para pasar por los paneles de seguridad y entrar directo a la puerta que señalaba las escaleras. A su espalda escuchó como la gente perdió la paciencia, obligando a los guardias a sacar sus armas y pedir orden en el hall.

Subiendo los escalones de a tres, arribó rápidamente al piso deseado y abrió la puerta, confirmando que el orden de las oficinas seguían tal y como lo recordaba. Entonces, Gohan buscó con la mirada la sala correspondiente y se asombró de ver poco personal en el alrededor. La mayoría estaba reunido en torno a una televisión del pasillo, donde el Secretario General anunciaba las nuevas medidas de seguridad, ante los nuevos fallecimientos. Acto seguido, ingresó a la sala de operaciones, la cual estaba a oscuras a excepción de las luces titilantes de todos los computadores (era como ingresar a un inmenso ropero que resguardaba robots en stand by) y avanzó hasta identificar la máquina central. Una vez allí, tomó asiento frente a la pantalla e ingresó el usb en uno de los puertos disponibles. Pero como todo plan tiene un punto débil, no contó que, con el sólo hecho de conectar un aparato, una alarma de ruido estridente sonaría con fuerza, provocándole un respingo. Así, sacó el pendrive de un manotazo, para proceder a esconderse en algún sitio disponible. Por supuesto, no tuvo tiempo ni de encontrar alguno pues, en breves segundos, ya tenía a dos agentes amenazándolo con armas de fuego y gritándole instrucciones de que se arrojara al suelo.

18

Mirando sus muñecas cubiertas con esposas, Gohan sonrió con ironía, girando la cabeza de un lado a otro. Aún tenía la cabeza aturdida por la alarma de ruido que, literalmente, le había rasgado los tímpanos, dejando su sentido de audición en nulidad, tal como si una granada hubiese explotado a su lado. De ese modo, cada cierto tiempo, trataba de destapar los oídos tragando saliva, con la esperanza de que el pitido ya dejase de sonar en su oído derecho. Estaba sentado un una celda vacía, solo, sobre un bloque de cemento. A su alrededor habían cinco celdas más del mismo tamaño, dos de ellas ocupadas con dos hombres, respectivamente. Ambos en silencio y con las miradas perdidas hacia el lugar. Gohan miró las esposas de metal nuevamente, entendiendo la gran paradoja de toda la situación, donde todo era tan fácil como romper las cadenas de un tirón, forzar el cerrojo de la celda, abrir un agujero en la muralla y luego huir. Sin embargo, daba la sensación que su cuerpo pesaba el doble y que los huesos le dolían. Es más, por su olor a polvo y tierra, se dio cuenta que llevaba un par de días sin darse una ducha decente, sin olvidar que lo último que se había echado a la boca era un tarro de habichuelas en caja.

Era curioso, además, advertir que por primera vez en bastante tiempo, su mente estaba quieta. Era como si, finalmente, alguien le hubiesen quitado el juguete y lo hubiera destruido frente a sus ojos para que él aprendiera la lección y, claro, la lección tenía que ver con lo que la propia Bulma le había anunciado días atrás en Corporación Cápsula, rogándole que dejara todo de lado y despidiera a su madre como correspondía. Pero, si hablaba con verdad, él no estaba listo para dejarla ir. No aún. No hasta que descifrara qué había detrás de todas estas muertes arbitrarias que habían llegado a sus vida. ¿Por qué?, ¿quién decidía todo esto? El saiya miró hacia un lado, contemplando como uno de los cautivos se acurrucaba también sobre el cemento, dispuesto a dormir. Tragó saliva y se predispuso a invocar su lado metahumano, su poder de saiyajín, y ya salir del lugar a la fuerza, pero por más y más que quiso, el ánimo no fue suficiente.

Después de todos estos años reprimiendo sus poderes, parecía un capricho cruel utilizarlos ahora a su favor, para quebrar la ley. Se imaginó, de pronto, lo furiosa que estaría su madre al verlo ahí, esposado y sentado en una pequeña celda de la Policía y, tal acto, provocó que los ojos se le llenaran de lágrimas, riendo con ironía. Tal vez, eso se sentía ser un humano puro, sin habilidades diferentes u otro cuento: la consciencia completa de que todo es finito. Que nada dura para siempre, ni siquiera las intenciones de encontrar una solución a la muerte. Ni siquiera eso. De forma inexplicable, recordó la última vez que su madre se había aparecido en su vida para decirle qué hacer, en vísperas de año nuevo, cuando ella se enteró de su separación irrevocable con Videl. La decisión, a diferencia de otras parejas, no tendría un gran papeleo que hacer, ni menos un divorcio que consolidar, ya que él y la hija de Mr. Satán no habían contraído matrimonio aún. Pero pese a ello, todo se vivía como un divorcio común y silvestre: repleto de actos envueltos de dolor emocional, especialmente en lo que refería explicarle el proceso a Pan.

Tres días después de que Videl dejara el departamento junto a su hija, su madre había aparecido en el laboratorio de la universidad, con un vestido de cuerpo entero color morado y el cabello atado a una trenza. Bien lo conocía Chichi para saber que él era el último en irse del trabajo y que, aunque eran las once de la noche, el semisaiyajín seguía ahí, observando con un microscopio. Ella fue directo al grano: "Hijo, ¿qué pretendes?, ¿trabajar toda la vida y quedarte solo? Ambos sabemos que ese no eres tú". Él dejó de anotar cosas en la libreta y decidió ir al grano, también. "Mamá, tú no entiendes, no puedo obligarla a quedarse conmigo", le había explicado, acomodando sus lentes en la nariz. "Claro que no puedes obligarla, pero sí puedes decirle verdaderamente lo que sientes y no cerrarte en formalismos, en neutralidad. Así no son los seres humanos", Chichi habló dejando la cartera por sobre la mesa, con claras intenciones de ser oída.

Gohan retrucó, firme: "Pues nunca he sido uno completo". "Asi es", ella le tomó del mentón, para asegurarse que la estaba viendo a los ojos. "Y eso también es tu gran fortaleza, Gohan, tienes la voluntad de un guerrero y el corazón de un ser humano", la mujer tragó saliva con los ojos humedecidos y, cuando retomó la palabra, no pudo evitar que la voz se le quebrara. "Las verdaderas batallas no se ganan en un ring, se ganan cuando tenemos la valentía suficiente de darle voz a nuestro corazón, a decir lo que sentimos, sin miedo". Con los ojos vidriosos, el joven Son tomó la mano de su madre y se levantó de la silla, cruzando los brazos y hablando con seriedad. "Han pasado todos estos años y ¿hoy te interesa que sea honesto con todo lo que he sentido?, ¿con todo lo que ha ocurrido con nuestra familia?". En aquel momento, Gohan había decidido que no se detendría en manifestar su verdadero pensar. Como era de esperar, el rostro de su madre cambió, tornándose melancólico, y luego, serio. Por esas fechas ya se cumplía un año en que ella se había ido a vivir con Takahashi y el saiya no estaba dispuesto a dejarlo ir.

"¿Ves?, ése es el punto al que siempre llega esta familia. Todos se equivocan y, ¿quién tiene que actuar bien?, oh si: Gohan. El padre se marcha y ¿quién tiene que portarse bien?, oh si: Gohan". El semisaiya terminó dejando su dedo índice por sobre la mesa con un ruido hueco, aplacado por el tono de su voz. "Ninguno de ustedes dos tiene el derecho a pedirme nada. ¡Nada!". El chico giró y se sentó nuevamente, para retomar su trabajo en el microscopio, ajustando con una perilla pequeña la nitidez del aparato. Por supuesto, no veía nada realmente, ya que su corazón estaba a punto de romper su caja toráxica para salir disparado. El temblor de su cuerpo llegó a tal punto que debió apretar los puños de la mano, cerrando los ojos, para calmarse. Asimismo, Chichi no se marchó. "¿Qué?, ¿no te irás?", él murmuró entre dientes, convencido de que su corazón acabaría por explotar. ahí mismo "Pues no", habló su madre, con calma. La voz lo descolocó y no pudo resistir los deseos de verla otra vez, con los brazos a ambos lados y un rostro serio. "¿Qué más quieres, mamá?", Gohan posó su mano izquierda por sobre el pecho, respirando pausadamente, tratando de tranquilizar sus emociones que parecían haber roto la presa hídrica en que se habían resguardado por años.

"Te pido perdón, hijo", mencionó, juntando sus propias manos en el centro, bajando la cabeza un par de centímetros, en un típico acto cultural de respeto. La escena no dejó indiferente a Gohan quien sacó sus lentes y los dejó en el bolsillo de su capa blanca, aún con las manos temblorosas. "Tienes razón en todo lo que has dicho. Todo eso sucedió", ella guardó una pausa, para continuar con los ojos a punto de llorar. "La vida fue así con todos, Gohan". Ahora, una lágrima rodó por su mejilla, distorsionando el color del maquillaje. "Yo sólo era una chiquilla con dos niños que cuidar, sola, en una casona en medio del bosque. Te prometo que intenté hacer lo mejor que pude". Cuando Chichi hubo enunciado las últimas palabras, Gohan pudo retomar la respiración normal; aunque sus ojos no se salvaron de sentirse pesados y gruesos. En ese momento, quiso responder también, pero su madre le volvió a interrumpir. "Pero no volveré a cometer el mismo error, hijo. Si quieres decirme algo más, pues dilo, lo escucharé".

El hijo de Gokú tragó saliva y cerró los ojos, sin poder hablar. En sus recuerdos, aparecieron ellos tres, en el Distriro 439 del Este, a veces felices, a veces tristes. Entonces, no pudo responder y se limitó a negar con la cabeza, señalando que ya no había nada más que hablar. Sabía que también él estaba siendo muy severo con su madre. De pronto, y sin aviso, ella se acercó a su lado para abrazar su cabeza y dejarla cerca de su pecho, susurrando. "Cuando naciste, le diste un nuevo sentido a mi existencia, Gohan. Lo supe desde que vi tus ojos por primera vez. Por eso quise que tu vida fuese diferente, que estudiaras, que aprendieras del mundo para no cometer los mismo errores que yo y tu padre hicimos".

Ahora, en el presente, recordando toda la escena, en aquella celda fría y lúgubre, el saiya concluyó que jamás podría olvidar dichas palabras de su madre, menos aquellas con que terminó su visita, cuando le tomó el rostro entre las manos, limpiando la única lágrima que había corrido por su mejilla. "No quiero que hagas cosas de las cuales te arrepientas para el resto de tu vida, hijo. Créeme, las malas decisiones, aquellas que hacemos por miedo, te acompañan todos los días de tu vida".

19

"Escucha, han pagado tu fianza", Gohan abrió los ojos de súbito, como si se encontrara en una situación de riesgo. El guardia golpeaba la reja de la celda una y otra vez para asegurarse de que él estuviese despierto. Así, el saiya se incorporó, sentándose en el bloque de cemento. "¿Me escuchaste?", le gritó nuevamente, a lo cual el saiyajín asintió con la cabeza. Cuando estuvo completamente despierto, contempló cómo el hombre entró a la celda, sacando un manojo de llaves gigante, como si fuese guardia de un castillo medieval. En pocos segundos, el guardia localizó una llave que utilizó para liberar sus manos de las esposas de metal, apuntando a la salida con el bastón grueso de su mano.

Aún un tanto confundido, Gohan se puso de pie para caminar hacia las escaleras, recordando qué lo había metido en ese lugar desde un principio. Por consiguiente, recordó la última oleada, el fallecimiento de su madre, su búsqueda personal para resolver todo el misterio de las muertes súbitas y claro, su empresa personal de ser espía dentro de su propia película de misión imposible. Antes de llegar al nivel superior, sopesó un buen argumento con que convencería a Bulma de ayudarlo a confirmar su hipótesis porque, claro, tendría que explicárselo ahí mismo, una vez que le devolvieran sus pertenecias y la famosa tarjeta que hubo de tomar sin su permiso.

Pero como la vida suele actuar al revés de las propias intenciones, en la recepción no se encontraba la científica de Corporación Cápsula, sino Videl Satán.