Esto de no seguir fanfics, me supera xd Después de como tres meses me digno a venir (?) No pude evitarlo, después de tanto tiempo me baja la inspiración xd
Cómo están? Espero que bien. Well, este es el cuarto cap, interesante cuarto cap :Z De repente me dieron ganas de seguirla, porque se viene lo bueno :D
Nada más que decir, disculpen la demora ._. djksfnds nos vemos abajo!
Jugando a ser Dios
O
Tu juego, nuestra pasión
O
Hay ciertas cosas en la vida de Alfred que se han vuelto fuera de lo común.
Él siempre se consideró un muchachito afortunado. Tuvo una buena infancia en Inglaterra, luego ganó una beca para ir a estudiar a Estados Unidos donde finalmente descubrió su vocación cristiana. Cuando era un niño, creía que se casaría alguna vez con una chica bonita y tendría una familia como esas de los cuentos. Es gracioso, las cosas a veces cambian en demasía.
Alfred se remueve incómodo, intentando no suspirar, no alcanzar algo, no hacerle sentir a Matthew que le ha gustado lo de hace unos momentos. Echa un vistazo a la sala de clases completamente desierta, las cortinas de la ventana vuelan porque afuera se enfría y el niño se acurruca más en su pecho, buscando el calor que a veces parece irse, ¿y qué más puede hacer este sacerdote que sigue siendo tentado por quién está en el lado opuesto del reflejo de Dios? Sólo abrazarle. Reconfortarle y regalarle el cariño que quizá Matthew no ha sentido jamás.
El niño se acomoda en su pelvis, le echa los brazos al cuello más apretado, le besa la mejilla y después vuelve a poner el pómulo en su pecho. Alfred es capaz de oírle decir cosas ininteligibles, pero cuando levanta la cabeza y ve que está sonrojado, lo que murmura es claro.
- ¿Por qué no quieres, tío Alfred? –susurra, mirándole a los ojos. Mattie abre las piernas y empuja hacia abajo y gime en el contacto. Su cabello vuela hacia atrás y el pecho le sube y le baja, acelerado. Se habían trenzado en una lucha hacia minutos, donde las carcajadas del pequeño estuvieron presentes todo el tiempo y Alfred finalmente se había dado por vencido y dejado que Matthew se sentara sobre él e intentara excitarlo. Ha pensado en cosas horribles todo el tiempo.- Se sentiría tan bien si estuviera dentro…
- ¿Cómo puedes decir eso? –le indigna. El niño aspira su aroma en el recodo tras la oreja- Matthew, tienes 13. Ni siquiera deberías saber de estas cosas ni siquiera deberías pensar en…
- Pero se siente muy bien, tío Alfred. Ambos lo sentiríamos.
- Bájate. Sal de encima. Esto está mal y se tiene que acabar; cuando Arthur regrese voy a…
Matthew le interrumpe con el ceño fruncido.
- Para cuando tío Arthur vuelva, ya no vas a querer salir de esto. I swear.
El resto de la semana transcurre de manera muy tranquila, tanto, que eso inquieta a Alfred. De pronto, Matthew no le mira, ni le habla, ni le pide que le explique la materia porque no entiende; consulta a sus compañeros, o si no, a los otros sacerdotes que a veces hacen con él las clases. No es que le moleste, claro, desde que el niño se ha insinuado tan explícitamente deseaba de alguna manera ser libre, pero nunca pensó que llegaría a extrañar la forma en la que Matthew se agachaba frente a él para recoger un lápiz, o las miradas degeneradas y cómplices que le regalaba en las misas.
A veces cree que es un hombre masoquista.
Otras, que va a llegar a convertirse en un pederasta.
Y algunas, las más comunes, en que es el mayor pecado que pudiese cometer nunca.
Oh por Dios, es tan difícil pensarlo. Siente que quiere llamar a Arthur y decirle que no puede seguir con esto, que necesita volver a su parroquia por cualquier razón, no es capaz de quedarse más tiempo con Matthew, no debe.
Entre cavilaciones se le ha ido la hora en el mercado y ahora vuelve camino a la Iglesia con algunas bolsas en las manos. Hay niños que corren por las calles y se cuelan entre sus piernas casi haciéndole caer, otras jovencitas le sonríen coquetas. Alfred es guapo ante cualquier par de ojos y atrae las miradas de las adolescentes, que piensan en él morbosamente por su traje de cura.
El camino de tierra siempre es difícil, pero el que vivió por años en Estados Unidos lo recorre sin problemas, silbando una alegre melodía. De pronto, se sorprende al notar que hay un hombre y una mujer, ambos ancianos, en la puerta de la iglesia y conversan entre ellos. Alfred enarca una ceja y se apresura, tiene en mente una leve idea de quiénes son las personas.
A pesar de que en la mañana el día estuvo nublado, han aparecido ya casi en el ocaso pequeños rayos de sol que se cuelan entre las nubes de distintas formas en el cielo de ese pueblo olvidado en Inglaterra.
Los pasos del sacerdote se oyen por entre las malezas y los ancianos se dan vuelta. Alfred frunce los labios. Allí adelante están los abuelos de Matthew y lucen afligidos. ¿Qué habrá pasado con el niño? Se apresura un poco y cuando llega, deja que las bolsas caigan hasta el piso, haciendo un ruido sordo. John intenta recogerlas, pero Alfred le detiene sonriendo.
- Buenas tardes, señor y señora Williams.
- Buenas tardes, padre Alfred.
Se quedan en silencio. El rubio mira hacia otro lado, casi incómodo con la situación, pero el viejo John se quita el sombrero y lo estruja entre las manos con la vista baja, avergonzado. Donna le da un codazo y entonces levantan la cabeza, apretando los labios.
- Padre, mi esposa y yo necesitamos pedirle un favor…
- ¡Claro! ¿Qué pasa? –Alfred pregunta, fingiendo alegría y una sonrisa. Se siente muy mal teniendo a su lado a los abuelos del niñito que asalta sus sueños, conversando y mirándole.
- Bueno… Donna y yo debemos partir a un viaje, a Gales. Mi hermano está enfermo, agonizando y no tiene más familiares, sólo somos nosotros dos.
- Cuánto lo siento –murmura, con el ceño apenado.- Espero que el Señor se acuerde de él si está sufriendo tanto y lo lleve consigo hasta su gracia, señor John.
- También esperamos eso. Lo que queríamos decirle era… Usted entenderá, padre. El pasaje a Gales es costoso y no tenemos demasiado dinero…
Alfred enarcó las cejas, comprendiendo.
- Oh… si se trata de problemas monetarios, creo que la iglesia puede…
- No, no-John se coloca otra vez el sombrero y levanta las manos, negando. Donna se ha prendido a su brazo- no es eso. Es sobre Matthew.
- ¿Matthew? ¿Qué ocurre con él…?
- No podemos llevarlo. No tenemos dinero para comprar otro pasaje –el pobre anciano luce miserable. El ceño de Alfred se relajó y luego la mirada que les dio fue sólo de lástima- Y no conocemos a nadie más aquí. Teníamos al padre Arthur pero él…
- No volverá en mucho.
- Lo sabemos. Por eso, padre, queríamos saber si usted podría quedarse con el niño mientras nosotros estamos en Gales. Es tan pequeño todavía y nos asusta dejarlo solo, además, sabemos que con usted y los demás párrocos estaría bien cuidado y sin rodeos, el niño le ha tomado cariño. Confíanos mucho en la iglesia, padre y no tenemos a quién más acudir.
Fue en ese mismo momento, que Alfred sintió como si sus piernas se volvieran de lana. John y Donna le veían con ojos suplicantes, ambos tan ancianos y acabados, necesitados de la ayuda que sólo él podía ofrecerles. Tragó saliva, a punto de decir que no. No era que no confiara en ellos, pero no confiaba en sí mismo. En cualquier momento se decidiría por aprovechar las oportunidades que Matthew le entregaba y se encargaría de traspasar las barreras de la niñez de Mattie y caería él en el pecado, del que ya no saldría otra vez.
Todo iría mal, es tan obvio de pronosticar.
Pero los ancianos siguen ahí, pidiendo por favor. Alfred mira hacia otro lado, se rasca la mejilla, pero luego algo le llama la atención. Es la voz de Donna, que emerge suavemente. Lo que le dice termina por darle una respuesta final.
- Mattie ha sufrido tanto… nos da una pena dejarlo solo. Era solo un niño, no se merecía lo que ese desgraciado le hizo…
O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O
- Puedes dormir en mi cama, yo lo haré en el sofá.
Matthew asiente sin darle demasiada importancia y deja su mochila cuidadosamente en la cama de Alfred, la abre y saca un pantaloncillo delgado de color azul junto a una polera blanca, es su pijama. El sacerdote le mira hacer eso sin hablar, mientras ubica algunas mantas y dos almohadas en el sillón.
- ¿Cuándo volverán mis abuelos? –Oye de pronto hablar a Mattie y siente que los brazos se le erizan. Su voz suena tan lamentable, es muy notorio que los extraña.
- En dos semanas. Por eso te quedarás conmigo, ya vas a ver, va a ser muy divertido. ¡Iremos a los parques y jugaremos todos los días! ¡Será como si fueras mi hermanito!
Matthew asintió otra vez, cabizbajo.
- ¿Puedes darte la vuelta? Quiero cambiarme.
Alfred, sorprendido, lo hizo. Dentro de su mente se cuestionaba el porqué de pronto el niño era tímido y no quería que le viera. Matt se colocó su polera larga, sus shorts azules hasta los muslos y abrió las sábanas, para meterse dentro. Apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos con mucha fuerza, imaginando que estaba otra vez con sus abuelos y ellos le abrazaban, o que su papá volvía de la guerra y le llevaba a la plaza para subirse a los columpios. Se llevó la mano hasta el cuello y tocó la cadenita, presionando. Nunca tuvo una madre y eso es algo que le hiere como dagas ahora; quizá el cariño le hizo falta…
Quizás hubiese sido una persona diferente.
Suelta un sollozo sorpresivo que hace que Alfred se ponga de pie, alerta. Se acerca rodeando la cama y le echa un vistazo; puede ver que el niño está encogido y temblando, y no lo soporta, traga saliva, intenta evitarlo, no puede.
Se quita los zapatos y se sube a gatas a la cama, haciendo que Matthew se calle e incorpore para observar qué es lo que ocurre. Tiene frente a él los ojos aguados de color violeta y la carita de un niño que debería haber vivido todo acorde a su edad, pero al que el destino le jugó una mala pasada. Estira la mano, inseguro, y le deja una caricia lenta en la mejilla mientras Mattie se aleja, asustado.
- No, no, no tienes que…
Sin embargo la voz se le corta y a todo lo que atina es a abrazarle fuertemente, haciéndole caer a la cama con un ruido sordo. Los brazos de Matthew se pegan a su espalda y no hace movimiento, sólo es oído el ruido acompasado de su respiración. Alfred se levanta sólo un poco, para dejar que el niño tome aire y se le queda mirando fijo, con los labios vacilantes.
Algo en su cabeza hace clic.
Y ni se da cuenta cuando está tomando la boca del niño, cuando le está pasando las manos por debajo de la polera y cuando él mismo está haciendo amagues de quitarse la suya. Lo único que siente o que puede reconocer son las piernas lisas, delgadas y frías de Matthew, agarrándose a su cadera firmemente y la manera en que se balancea para provocar el roce.
Aunque crea en Dios Padre Todo Poderoso, creador del cielo y de la tierra y en Jesucristo, su único hijo, nuestro Señor, la tentación de quien ha estado a través de las tinieblas se le hace mayor. ¿Y cómo no hacerlo cuando el rostro de Matthew está sonrojado y lloroso y se contrae? Es el ángel más bello que ha visto y su interior es tan venenoso como el peor diablo de Satanás.
Oh por Dios, Mattie... xd El próximo capítulo... ¿cuál será la decisión de Alfred? shan shan xd espero les guste :D
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