04 - SPARKLE
El estado de ánimo que ambos expresaban, mientras caminaban hacia su refugio temporal, era dispar. Por parte de Beel-Zebub, una amplia sonrisa de satisfacción por la acción perfectamente cumplida. Por parte de su alumna, Blinding Darkness, la preocupación por las consecuencias llenaba su semblante.
No en vano acababan de asolar hasta los cimientos un pueblo que, aunque fronterizo, pertenecía al floreciente Reino de Equestria. Y estaba segura de que sus monarcas, las Princesas Celestia y Luna, buscarían hasta los confines del mundo a los responsables de tal atroz acto.
Todo para capturar a un Hechicero Oscuro. Uno excesivamente peculiar. Uno que… aún se resistía a morir dentro del saco, cuyos pataleos hacían más dificultoso el tiro del carro sobre el que estaba situado; carro que, por supuesto, era un cometido exclusivo de la ya no tan joven aprendiz.
—¿Aún sigue vivo? —espetó Beel-Zebub, sin cejar ni un ápice su rápido andar.
El silencio de la yegua fue respuesta suficiente para él.
+Tanto mejor, así la disección será más… reveladora.
El Sol estaba empezando a perderse por el horizonte, y la Luna comenzaba a hacer su aparición, señal de que, aunque muy poderosas, las regentes que manejaban ambos astros distaban de ser omnipotentes, pues aún ignoraban lo que acababa de acontecer minutos atrás. Tal idílica panorámica se vio acrecentada por un lastimero aullido en los alrededores, y cuyo autor estaba bien lejos de ser un lobo.
—¡Te juro que como ese asqueroso chucho se acerque, sufrirá las consecuencias! —exclamó con furia el Maestro.
Blinding Darkness no pudo sino esbozar una media sonrisa, mientras su mente retrocedía hacia lo que había acontecido apenas unas horas antes, cuando cierto Hechicero Oscuro estaba siendo arrastrado mágicamente por todo el suelo pedregoso, dentro de un saco, hacia la carroza situada en las afueras de un pueblo cuyos habitantes habían pagado el justo castigo por dar cobijo a un mago negro de una facción enemiga. Entre las ruinas de dos casas aún humeantes, una gran bola de pelo se asomó y aulló en un tono marcadamente irritado.
Primero fueron las bolas de fuego, invocadas por Beel-Zebub, los que hicieron que ese animal se pusiese alerta y lograse esquivarlas; después fueron las cargas de hielo que ella misma había creado, las que terminaron por azuzar al bicho, que resultó ser un simple perro. Una y otra vez los hechizos fallaron su objetivo principal, pero mientras que el infame maestro erraba por su cada vez mayor nivel de ira, la alumna lo hacía por un sentimiento cada vez mayor de respeto, pues había visto en ese peludo ser un espíritu de supervivencia cada vez más altivo y equivalente al suyo. Hasta que, por fin, ambos se dieron por vencido.
Apenas llegaron al refugio que ambos tenían, el sonido de la bestia cesó, y de esa forma pudieron obrar, una vez en el interior de la cueva, a trasladar el saco hacia un apartado donde el mobiliario y accesorios de tortura les esperaba.
Ya era de noche cerrada cuando ella salió portando algunos restos, fascinada por la raza del Hechicero rival, al que no había visto más que en su cobertura de tela, y que había sido revelado para terminar de someterlo y colocarle en la mesa de tortura. Un estúpido ciervo, cuya afinidad con Gaia hacía tiempo que dejó de existir; aunque el muy estúpido intentó mil veces implorar piedad a quien otrora fuese su protectora, por supuesto sin éxito alguno.
El tiempo era sereno y tranquilo, a pesar de la luz que emitía su cuerno, como si las criaturas de los alrededores durmiesen, o bien callasen aterrados por la simple presencia de una de las ponis más peligrosas que jamás hubiese existido. Al menos así fue, hasta que un gruñido un poco más adelante puso en alerta a la equina bicolor. El perro que ahora se acercaba hacia ella seguía mostrando sus dientes, aunque el sonido que salía de su garganta apenas era perceptible.
"¿Acaso está intentando que 'Él' no le oiga?", inquirió para sí misma Blinding Darkness, para seguidamente seguir concediéndole una oportunidad al cánido, el cuál paró al situarse a escasos metros. Era un collie de pelo largo, de color amarronado y blanquecino, y de aspecto muy ajado, señal de que era lo que podría considerarse como un vulgar chucho callejero. A pesar de eso, la oportunidad de no matarle siguió en pie.
—¿Qué es lo que quieres? —inquirió la poni, que fue respondida por un silencio sepulcral, aunque el semblante del animal se relajó, y se acercó hasta situarse a un par de pasos, olisqueando el aire con premura—. Ah, comprendo…
Abrió el contenido del saco que portaba, y lo vació frente a ella, para seguidamente retroceder un par de pasos. El perro vaciló, sin duda sopesando la oportunidad que se abría frente a él: por un lado, ella era quien antes había intentado acabar con su vida, por otro, una gran cantidad de viandas se presentaba gracias a esa misma poni. Tras unos segundos, la segunda opción venció, por lo que se acercó al pequeño montón de partes de ciervo, y se relamió justo antes de introducir en él su hocico y comenzar a devorar los diversos fragmentos del que constaba el conjunto.
—Con cuidado —comentó la equina—, no te atragantes. Te recomiendo, sin embargo, que desdeñes los cuernos y te centres en las dos pezuñas, ya que son de las patas traseras, y tienen más cantidad de carne.
Con rápida avidez, el cánido dio buena cuenta de la jugosa y recién extraída cena, y se dispuso a mordisquear los huesos para tratar de llegar al tuétano, cuando una voz grave surgida del interior de la caverna hizo que el perro levantase la cabeza y, con un gesto de terror en su rostro, retrocedió y se perdió en la oscuridad que había más allá del radio de iluminación del cuerno de la unicornio.
—¿¡Has terminado de enterrar los fragmentos!? ¡Estás tardando demasiado, y esta sesión de interrogatorio me ha abierto el apetito! ¡Pero no apetito de comer, sino de que me la comas!
La yegua rodó los ojos, asqueada e inquieta por lo que iba a suceder nada más regresar… pero, a pesar de que no le interesaba lo más mínimo dar placer sexual a su Maestro, menos aún le importaba tardar en satisfacer la comanda de ocultar las extremidades cercenadas del prisionero, por lo que procedió a activar su Afinidad con la Tierra, tras lo cuál unos zarcillos verdes surgieron de la arena y, agarrando cada uno un fragmento, los arrastraron hasta el interior del manto, haciéndolos desaparecer completamente.
Resoplando de mala gana, la unicornio miró otra vez hacia más allá del rango de luminiscencia que el hechizo de su cuerno poseía y, girándose, procedió a entrar a la gruta.
"Por lo menos alguien dormirá bien esta noche", pensó, "Lástima que haga eones que yo no logro conciliar el sueño".
Esta vez el saco que la yegua portaba estaba bastante más llena, lo que suponía un esfuerzo extra el transporte, pues su magia estaba ocupada en la esfera de luz que levitaba a escasos milímetros de su cuerno; y más concretamente en la preocupación de mantener su color y luminosidad a lo usual en ella al ejecutar ese hechizo. Sin embargo, una vez fuera de la caverna, la equina dio rienda suelta a la alteración que su estado de ánimo proporcionaba al pequeño orbe brillante, convirtiendo a ésta en más diáfana y de aspecto más agradable.
—¡Ya estoy aquí! —su excepcional alegría sorprendió incluso a sí misma—. ¡Y lo que te traigo es mucho más y mejor que ayer!
Tras unos segundos de completo silencio (algo de lo que estaba acostumbrada, pues era común que ante un Hechicero Oscuro el mundo entero callase y se pusiera en alerta), un pequeño gemido, seguido de un olisqueo en principio tímido y acelerado al final dieron buena cuenta del control del aire. Tras esos ruidos, el perro hizo su aparición.
—¡Ah, ahí estás! —la yegua abrió los ojos hasta un tamaño inusitado—. Perdón, perdón… No queremos que "Él" se entere, ¿verdad?
La unicornio realizó el mismo ritual que la noche anterior, vaciando el contenido del saco y retrocediendo unos pocos pasos.
—Esta vez es la mitad de una de las patas traseras —declaró en un tono a medias entre júbilo y sentimiento de culpa.
El perro ésta vez no avanzó, sino que se quedó escudriñándola, emitiendo un agudo y casi silencioso gemido.
—Ah, ¿ésto? —la yegua se señaló su mejilla izquierda, donde una herida de corte limpio pero profundo ocupaba casi toda la cara—. Digamos que es el resultado de una pequeña desavenencia… Por lo visto, "cortar por el fémur" significa en realidad "cortar por la articulación entre el fémur y la tibia", no cercenar el hueso en sí, como hice yo. "Las esquirlas pueden infectar la herida, y es algo que no nos interesa en absoluto", dijo antes de sujetarme y darme una pequeña pasada con el bisturí… por supuesto, sin limpiar. En fin… —añadió—, ya estoy acostumbrada a estos "actos de cariño".
+Pero, por supuesto, eres libre de fragmentar los huesos una vez hayas ingerido la carne; te aseguro que el tuétano está realmente delicioso… Bueno, eres un carnívoro puro, de seguro habrás probado más de una vez su encantador sabor.
El perro se acercó a la extremidad y comenzó a mordisquear con gran avidez, como si la noche anterior no hubiese probado bocado alguno. Sin embargo, esta vez, bien por imprudencia, bien como demostración de su cada vez mayor confianza hacia la equina, giró y le dio la espalda; cosa que aprovechó la yegua para agachar su cabeza y mirar con curiosidad los cuartos traseros del can.
—Ah, eres una hembra… —comentó, duditativa—. ¿Sabes? Lo he pensado antes de salir, y creo que es hora de ponerte un nombre. Más que nada porque, aunque no lo parezca, tú y yo somos bastante más parecidas de lo que parece en un principio, y algo me dice que esta no será la última vez que nos veamos. Por lo tanto, lo habitual debería ser utilizar una denominación específica cuando me dirija a ti, y palabras como "perro" o "chucho" se me antojan anodinos, o incluso despectivos.
Aún situada en su lugar, la unicornio comenzó a elucubrar, perdiendo momentáneamente la percepción de lo que transcurría a su alrededor.
+Quizá el nombre más correcto, en tu caso, debería ser "Twilight", más que nada porque estás ahí cuando el sol muere tras el horizonte…
Cuando se quiso dar cuenta de su evidente equivocación, una vez la sombra peluda opacó la práctica totalidad de su campo visual, fue demasiado tarde: la cánido, aprovechando la situación, dejó de comer y se acercó sigilosamente a ella, hasta situarse a escasos centímetros. La yegua, por pura protección e instinto de supervivencia, comenzó a invocar de manera desesperada un hechizo capaz de separar de su lado semejante bestia, pero no tuvo tiempo.
En ese momento, la perra lamió lentamente, y hacia arriba, la herida que Blinding Darkness poseía en la mejilla, lo que terminó desarmándola, haciendo que el encantamiento de defensa se difuminase en la nada. Sólo entonces pudo observar los grandes y verdosos ojos de la cánido, y sonrió:
—"Sparkle"—musitó, dejándose mimar por el peludo animal—. Te llamaré "Sparkle", por el brillo de tus ojos.
Quizá fuesen imaginaciones suyas, o sólo el reflejo de las estrellas en la película vítrea que cubría los globos oculares de esa estúpida fiera, pero juraría que las pequeñas chispitas que veía comenzaban a titilar, alentadas por un hermoso y alegre estado de ánimo, a juzgar por la acción que transcurrió a continuación, cuando Sparkle dejó de lado su alimento nocturno y empezó a juguetear con ella.
Esa noche, Blinding Darkness, por primera vez en años, se sintió realmente dichosa.
Esta vez el saco rezumaba sangre, el cuál caía e impregnaba de intenso rojo el pelaje de la yegua bicolor, sin que ésta hiciera nada por impedirlo.
—Hoy traigo vísceras, Sparkle —exhaló, con un tono divertido—, así no tendrás que ronchar los huesos, que es algo realmente estresante.
La perra ya estaba esperando en el lugar cuando ella llegó, por lo que procedió directamente a abrir el saco, pues ésta vez supuso que el contenido sería más higiénico y agradable para su amiga si no se mezclaba con la tierra.
—Bueno, supongo que no hace falta decir que ese infeliz ya ha muerto —explicó después de que Sparkle se acercase al alimento, incluso a pesar de que, por primera vez, Blinding Darkness no había retrocedido, y aún permanecía junto al saco—. Por cierto, mientras languidecía, ha ido contando cosas que a "Él" le han parecido superfluas, pero que a mí me han sugerido interesantes...
Se sentó sobre sus cuartos traseros, y no le importó en absoluto que Sparkle no pareciese prestarle la debida atención.
+Se llamaba Osren, y nació en Cérvidas —relató—. Resumiendo, creció de familia acomodada, como todos en esa ciudad; y ya desde cervatillo adquirió respeto hacia todos sus semejantes, así como a la diosa que se estila en ese lugar, Gaia. Sin embargo, con el tiempo le ocurrió lo que a prácticamente todas las criaturas de este patético mundo: se enamoró. Pero ese amor no fue correspondido, pues esa estúpida perr… zorra o era demasiado importante para él, o ya estaba enamorada de otro; de esta parte no me enteré muy bien; pero el caso es que tal desplante debió destruir su cordura y su corazón, por lo que acabó entrando de lleno en el mundo de la Hechicería Oscura, para acabar con aquél que había osado arrebatarle a su amada; aunque más tarde se dio cuenta de las inmensas posibilidades que se le abrieron ante sus ojos. Por supuesto, rompió toda relación con esa tal Gaia, ya que por lo visto el nexo de unión con ella no es sino una conexión simbiótica basada en el respeto, el amor, y todas esas zarandajas.
+Aunque, una vez ya convertido en un avezado aprendiz oscuro, se dio cuenta de su gran error… A pesar de todo, él, en su interior, seguía siendo un servidor de Gaia, por lo que un día escapó de las garras de su Maestro, y comenzó un viaje para recuperar el vínculo perdido con su deidad. Pero claro está, volver a Cérvidas en su estado era poco menos que una estúpida locura, por lo que optó finalmente por ocultarse de pueblo en pueblo, al menos hasta que borrase de su cuerpo y alma todo rastro de oscuridad… y fue en el poblado que está aquí al lado —señaló al lugar donde aún permanecían las recientes ruinas que otrora fueran hogares— cuando, con el consentimiento y buen hacer del resto de habitantes, comenzó a ejecutar la purga de maldad.
+Al menos así fue, hasta que llegamos nosotros para impartir "Justicia Oscura". ¡Nadie deja este mundo de penurias y odio sin pagar las consecuencias! —Blinding Darkness rió de forma escueta—. Es broma… En realidad hemos hecho lo que hemos hecho porque el imbécil había sido aprendiz de Kouner, un Hechicero Oscuro rival al que queremos eliminar, ya que es alguien que está creciendo demasiado rápido en poder y popularidad, y hay que pararle los cascos antes de que se crea siquiera que es alguien medianamente importante. Por supuesto, con "pararle", me estoy refiriendo a acabar con su vida y adquirir sus objetos mágicos.
Sparkle, ajena al recital de palabras que la yegua bicolor había expuesto, seguía degustando ávidamente la suculenta cena.
—Bueno, creo que es hora ya de que te deje por hoy. Estoy demasiado cansada, pues he tenido que trocear a casco tu comida, y el cuchillo está oxidado y bastante romo. Además, mañana nos espera un día bastante horrible. ¿Puedes creer que debemos capturar al espíritu de Osren, y seguir torturándolo? Por supuesto, es algo que debemos hacer entre los dos, porque aunque "Él" tiene un poder increíble, debo estar yo presente para "cerrar la trampa".
Un quejido lastimero reverberó por el cuerpo de Sparkle, extrañando a la yegua, quien no creía posible que un animal pudiese crear semejante sonido sin dejar de masticar y tragar.
—¿Qué pasa, tienes miedo de la oscuridad que quedará cuando me vaya? —otro sonido más leve, éste de aprobación, confirmó su sospecha, y provocó una pequeña risa en la equina—. Deberías saber que eres mucho más valiente de lo que crees, pues estás aquí comiendo a mi lado, algo que sería impensable para muchos otros que se creen Adalides de la Luz —Blinding Darkness pestañeó, pensativa—. Está bien, me quedaré hasta que termines, aunque te digo desde ya que no podré jugar cuando acabes.
+Eso sí, mañana será el último día que venga a darte de comer, porque la tortura a espíritus es extremadamente efectiva, y nos dirá sí o sí el paradero de su ex-Maestro Koiner… así que te pediré que por favor no nos sigas, ya que "Él" te intentaría destruir sin miramientos —exhaló un suspiro ahogado—. Es una lástima que así ocurra, pues ha sido bonito mientras ha durado… —la yegua se levantó decidida—, ¡así que despidámonos por todo lo alto! ¡Te prometo que jugaré contigo toda la noche! —cerró los ojos con fuerza mientras se maldecía por su efusividad—. Lo siento, lo siento…
—Perdón, perdón —exclamó una azorada Blinding Darkness—. Sé que llego tarde, pero no sé qué ha pasado con la trampa, pero no funcionaba como es debido, por lo que he tenido que rehacer a mi manera el hechizo… Por lo menos ahora es mucho más poderoso y efectivo.
Sparkle se acercó al cerco de luz.
—Aquí tienes las patas delanteras y el lomo, que de lo que quedaba era lo más apetecible. También he incluido los ojos y el cerebro, pues como son partes blandas te resultará más fácil masticarlo…
Sparkle empezó a gruñir.
—¿Qué ocurre? ¿No te gustan los ojos?
Sparkle bajó la cabeza mientras seguía gruñendo.
—Tienes razón, no son más que bolas sin mucho alimento. Los apartaré cuando los vea cuando te vacíe el saco aquí delant…
Sparkle saltó hacia ella de forma increíblemente ágil, de tal forma que no tuvo tiempo de esquivarla.
—¿¡Qué demonios haces!? —Blinding Darkness intentaba quitársela de encima, sin mucho éxito—. ¡No es momento de jugar!
Entonces, al mirar a la perra, lo vio. Dos ojos incrustados en mitad de su garganta le devolvían la mirada. Dos ojos furiosos envueltos en un manto negro como la pez. Dos ojos negros que, como si comandasen el cuerpo de la cánido, instaron a la boca que tenía delante a destrozar a mordiscos el cuello de la yegua, quien logró, al interponer sus patas bajo la mandíbula inferior, evitar tal desenlace.
Con un movimiento rodante, Blinding Darkness y Sparkle intercambiaron su posición.
—¿Qué ocurre aquí? —inclinándose hacia adelante, la equina paralizó con una pata la cabeza de la perra, y con la otra intentó hacer lo mismo con las patas delanteras; mientras, sus patas traseras se ocuparon del grueso del cuerpo de la cánido.
El gruñido de Sparkle se acentuó, y lanzó rápidas dentelladas al aire, intentando alcanzar a la yegua que tenía todo controlado. En ese momento, y sabiéndose incapaz de vencer la contienda, los ojos de la garganta se agitaron una vez más, dando como resultado una serie de cambios increíbles: los belfos se retrajeron hasta romperse con un rasguido asquerosamente inconfundible. Asimismo, las articulaciones de las patas giraron en sentido contrario, hasta lograr zafarse del peso que mantenía al cuerpo cautivo. Finalmente, lanzó otra dentellada al aire, esta vez tan cerca del rostro de la yegua, que ésta no pudo sino levantarse y dar un salto hacia atrás, para mantener la distancia.
Una vez libre, lo que otrora fuese una bella y alegre pero sucia collie, y que ahora era una aberración capaz de aterrar a cualquiera que osara mirarla, logró posicionarse de nuevo sobre sus cuatro patas. Pero Blinding Darkness era harina de otro costal, y logró anteponer su innato sentido de supervivencia al terror que se presentaba ante ella. Por ello, en vez de amilanarse, bajó la cabeza para prepararse debidamente ante el ataque, aunque éste no tuvo lugar de forma inmediata, pues el cambio en la estructura de Sparkle siguió produciéndose, partiéndose la cabeza en dos desde los belfos rasgados hasta casi la nuca, y mostrando el impío y horrible resultado con un gañido expuesto directamente hacia la yegua.
"Quiere abarcar mi cabeza", pensó, "No permitiré que eso ocurra".
Por segunda vez, la perra se abalanzó en un salto, que Blinding Darkness esquivó por poco margen. Y seguidamente Sparkle volvió a saltar, esta vez rozando el costado de la hechicera con sus patas, cuyas uñas parecían haber crecido y curvado hasta el punto de marcarla ligeramente.
Era hora de contraatacar, pues aunque le doliese siquiera el pensarlo, sabía que Sparkle ya no era presa de una dominación por parte de la criatura que la seguía mirando desde su garganta ya sobreexpuesta, sino que lo que había frente a ella era un cadáver animado. Un cadáver que era más fácilmente manipulable y cambiable por… Miró de soslayo hacia la puerta de la cueva, pero no había nadie controlando el cuerpo sin vida. Pero sabía que "Él" era el culpable. Sólo podía ser cosa del ser más abyecto, cruel y poderoso que existía.
Un nuevo salto la sacó de su ensimismamiento. Un salto demasiado certero. Un salto que no podría esquivar. La mandíbula exageradamente ensanchada iba directa hacia su cuello. Y no podía hacer nada por evitarlo…
Una piedra voló e impactó de lleno contra el cuerpo de la bestia, logrando que ésta perdiese la concentración, y permitiendo a Blinding Darkness zafarse nuevamente. Otra piedra le siguió, y golpeó la cabeza de Sparkle. Y otra, y otra más. La yegua no podía creer que alguien quisiera ayudarla, y empezó a invocar su Afinidad con la Tierra, sólo para darse cuenta de que su cuerno ya estaba ocupado tanto por el hechizo de iluminación como por la levitación y movimiento de las rocas.
Otro gañido, otro gruñido, y una rascada en el suelo indicaron que esta vez sería el asalto final. Los ojos que se aferraban en la garganta de la perra ahora eran finas líneas, demostrando la determinación por acabar de una vez por todas con la existencia de la equina, quien imitó el gesto de esa apestosa criatura.
—Sea como sea, aquí termina todo…
Un último salto, y una última pedrada tuvieron lugar. Esta vez la roca era de considerable tamaño, y logró tumbar el cuerpo de la perra.
Blinding Darkness sujetó con su magia la misma roca y se acercó a Sparkle, quien intentaba coger aire, algo que le impedía la misma existencia de la criatura que la dominaba y movía, dando como resultado unos resuellos lastimeros.
—Lo… Lo siento, Sparkle…
Blinding Darkness cogió con sus cascos la roca y, posicionándose a horcajadas sobre Sparkle, hundió con todas sus fuerzas el cráneo de su ex-amiga. Volvió a levantar la piedra, y la dirigió hacia la garganta, para ésta vez destrozar a la aberración.
Y supo que todo había terminado cuando, al alzar nuevamente la roca, ésta estaba empapada de un engrudo pastoso.
—Te dije que si ese chucho se acercaba sufriría las consecuencias —espetó una voz masculina, que obligó a Blinding Darkness a girar la cabeza. Era "Él", Beel-Zebub.
+Sin embargo, me has defraudado, pues ha estado a punto de vencerte… A ti, mi más avezada alumna… En fin, que ésto te sirva de lección… La amistad y la bondad te hacen débil… Sólo la Oscuridad y la Maldad te fortalecerán.
+Ahora entra y prepara las cosas. Nos marchamos a territorio lobo, donde el imbécil de Koiner estaba pernoctando cuando este ciervo se escapó.
Blinding Darkness se levantó y miró hacia su Maestro con furia contenida. Quería hacerle pagar por todo, y sobre todo por lo que le había hecho a Sparkle… pero sabía que era lo que él esperaba y ansiaba desde hacía demasiado tiempo, por lo que optó finalmente por agachar la cabeza y comenzar a caminar hacia la cueva.
—Sí, Maestro… Lo que usted ordene...
FIN
En este capítulo se cuenta con detalle lo ocurrido con Sparkle, algo que se comenta de forma mucho más escueta en el fic "La Cumbre de Mountain Peak", el cuál debo retomar lo antes posible.
Mil gracias a Volgrand por la ayuda recibida.
