Capítulo 4: Un rastro de sangre
Lamiose las yemas de los dedos enrojecidos, mientras que su piel mostraba un tono diferente, oscuro, negro con figuras blancas imitando a un esqueleto. Sus dientes, teñidos por la sangre, se mostraban en una sonrisa retorcida y placentera.
Nos hemos divertido un rato… - murmuró sinuosamente relamiéndose después los labios para limpiárselos, goloso.
Es hora de que nos vayamos – le dijo Kakuzu - ¿No has tenido suficiente? – se giró para observarle.
Hidan estaba de cuclillas, con un agujero en el pecho que lo atravesaba completamente y una expresión repentinamente feliz.
Su piel volvió al tono marmóleo que siempre mostraba.
Claro. – contestó este limpiándose las manos en las ropas de los dos ninjas muertos. - ¿Ya has pagado o te has ido sin decir nada? – preguntó poniéndose de pie y arreglándose la gabardina para taparse la herida.
Era barato – respondió Kakuzu empezando a caminar.
A Hidan se le escapó un fuerte jadeo al filtrarse una corriente de aire por sus ropas, atravesándole a él también.
¡Joder! – exclamó con un fuerte estremecimiento.
Eso te pasa por no ir más abrigado. – le regañó su compañero.
Al menos lo mío es enseñable – dijo Hidan sonriendo de nuevo de forma amplia, pasándose de nuevo la lengua por los dientes.
Kakuzu bufó.
Bueno, ya que no me vas a dejar parar – interrumpió de nuevo – voy a dedicarme al Rey Jashin durante un rato, así que no hables. – le ordenó.
Su compañero le miró con gesto escéptico y luego sacudió la cabeza.
Podré aguantar sin hablarte, no te preocupes.
El albino cogió su medallón y caminó a ojos cerrados orientándose por el oído automáticamente para escuchar los pasos de su compañero, mientras que en su mente, dedicaba unos cuantos minutos a su dios para hacerle saber que seguía siendo su fiel siervo y que le había dedicado aquellos dos rápidos sacrificios exclusivamente a él.
Se aseguraron de ocultar bien los rastros de sus pasos, ya que Hidan dejaba sangre por el camino. Pocas horas después su herida había cicatrizado completamente, pero estaba lleno de sangre reseca. Se quejaba de vez en cuando, así que al volver a llegar la noche, hicieron una parada para dormir y asearse ambos.
Y así, pasaron las horas, los días y las semanas que Kakuzu había prometido, casi llegando a tres las contadas.
Caminaban algo cansados, muchos temporales los habían achacado y retrasado, sin embargo no volvieron a enfrentarse a ningún ninja más. Sin contar los sacrificios de Hidan.
Muchas veces, éste le preguntaba a Kakuzu si estaban siguiendo el camino adecuado, ya que temía que se hubieran perdido por su culpa. Se ponía nervioso con facilidad, era muy irritable, y esa una de las pocas cosas que tenía en común con él.
Repasaron el plan de nuevo, repitieron los datos y se organizaron bien durante el camino, el cual ya estaban terminando.
Lo más seguro es que estemos un par de meses aquí, Hidan – le aclaró su compañero, mirándole fijamente – Así que tenemos que ser lo más discretos posibles y no podemos permitirnos ni una metedura de pata.
Sí, sí… ¿Así que hay que fingir que trabajamos para alguien temporalmente? Alguien que no sea criminal, quiero decir – preguntó albino correspondiendo a la mirada.
Así es – respondió Kakuzu, asintiendo levemente con la cabeza – Y contrólate, por favor. Si tienes que hacer cosas de tu dios, las buscas fuera. Y bastante lejos, ya sabes lo que ocurre en los pueblos.
Pues no parece extremadamente pequeño – dijo Hidan, causando cierta confusión en él.
Señaló hacia lo alto de una colina, donde se podía ver no de forma muy clara una especie de polis amurallada.
Kakuzu entrecerró los ojos para seguir la dirección donde apuntaba el jashinista y asintió levemente, dando a entender que se había percatado de las posibles dimensiones de su destino.
No retiro lo dicho, Hidan – advirtió – te repito que tenemos que ser lo más meticulosos posible.
Le miró detenidamente.
Será mejor que escondas esa guadaña, llama demasiado la atención. – le aconsejó.
¿Y me lo dices tú que vas con esas pintas? – preguntó algo molesto el albino señalándole el rostro.
No compares – respondió Kakuzu, sacudiendo suavemente la cabeza – Esto no saca ojos, ten cuidado con lo que dices.
A mí me dan ganas de sacármelos – dijo Hidan haciéndole un pequeño gesto de desagrado.
Haz lo que te digo de una vez y ponte la otra gabardina. – le ordenó su compañero, sacando de una bolsa las dos prendas, tirándole una de ellas.
Hidan bufó largamente y obedeció, ajustando la guadaña en posición vertical y cambiándose la gabardina para taparla.
Esta era algo más floja que la otra, sin dibujos y con una capucha que podría cubrirlos en caso de lluvia, ya que el aire estaba cargado de humedad, y el cielo permanecía encapotado desde hacía ya varios días de un tono grisáceo oscuro que impedía a gran parte de la luz iluminar el páramo en el que se encontraban.
Guardaron después las antiguas vestimentas y siguieron caminando cuesta arriba siguiendo el camino principal con calma.
Pocos minutos después, un arbusto pareció moverse a sus alrededores, ambos lo miraron con una pequeña sensación de desasosiego, dudando si era un ninja o quizás un animal salvaje.
Un delgado gato gris perla con una mancha blanca en su frente y unos grandes ojos azules salió a saludarlos con un maullido, estirándose después mientras bostezaba.
¡Oh, joder! – exclamó Hidan relajando su postura - ¡Por un momento pensé que nos estaban espiando! ¡Solo es un puto gato!
Kakuzu siguió caminando como si nada, siendo acompañado después por el jashinista, que mantuvo los ojos en los del pequeño animal y después volvió a mirar hacia las ya no tan lejanas murallas.
No fue muy difícil entrar entre las murallas que protegían el pueblo. Parecía bastante honrado tanto de gentes como de construcción. De aspecto antiguo, y entre las casas, que no eran excesivamente altas, podía verse a lo lejos una especie de torre que superaba a todas las construcciones de forma abismal.
¿Por dónde se va a la posada? – le preguntó el albino a su compañero, distraído mirando a la gente, que, curiosa, los observaba detenidamente.
No está muy lejos. – informó Kakuzu, empezando a caminar por callejuelas calzadas con piedra grisácea y húmeda, lo más seguro que causada por una lluvia reciente.
Se acercó más a él y bajó la voz:
¿Tú crees que nos encontraremos algún ninja más que quiera adelantársenos? – preguntó con gesto serio.
Es posible – reconoció el mayor, que parecía saber perfectamente el camino.
Hidan sonrió, volviendo a su posición, y paseó sus inquietos ojos violetas por los estantes de algunas tiendas y algunos rostros también.
"Aquí no parece haber más que civiles… dudo que tengan algún tipo de fuerza militar, pero si es cierto que estuvieron involucrados en varias guerras, lo más seguro es que tengan unidades especializadas para no tener esto tan vigilado."
Se percató de algo, e instantáneamente volvió a romper el silencio que había entre ambos, ya que en la calle había bastante bullicio.
Oye Kakuzu.
¿Qué pasa ahora? – preguntó el mencionado, algo cansado por las continuas impertinencias de su compañero.
Este gato lleva siguiéndonos media hora – le dijo, volviendo a mirar a la criaturilla que los seguía con ojos curiosos.
Pues déjalo – le respondió el moreno sin prestarle atención – Seguro que busca algo de comer, ya se irá.
¿Y no lo puedo matar?
Kakuzu se detuvo mirándole con ojos más enrojecidos de la cuenta.
¿En qué hemos quedado con ser discretos? – le amonestó fieramente.
Es un gato – dijo Hidan con total calma.
Se pellizcó el puente de la nariz volviendo a caminar, frustrado y con los ojos cerrados durante unos segundos.
"Es más imbécil y no nace, el muy gilipollas." Pensó, casi rozando la desesperación. "Ya verás como tenemos que volver sin nada por su culpa."
Entraron en la posada y acordaron un tiempo estándar en el que iban a quedarse. En principio: dos meses. Si la misión se alargaba más, irían aplazando la fecha y entregando unas cuotas por los gastos y los servicios de la misma.
Hidan miraba aún hacia el gato, que esperaba moviendo la cola distraídamente, observándoles desde la puerta.
Una muchacha pareció reconocerlo y lo cogió en brazos. Parecía joven, de unos catorce años, o tal vez menos.
¡Hola, Aisha! – le dijo con tono cariñoso mientras le acariciaba entre las orejas, recibiendo un ronroneo como respuesta. - ¿Quieres un poquito de leche? Pero mucho no, ¿eh? ¡Que te sienta mal!
Aisha maulló con tono alegre.
La chica se quedó en silencio y sonrió de nuevo.
¿O prefieres algo de salmón? – preguntó con malicia.
En seguida el gato se puso mucho más inquieto de lo que ya estaba, causando una risa a la joven, la cual se metió de nuevo en la posada y pareció entrar en la cocina.
Kakuzu había terminado de arreglar los papeles y estaba conversando con la recepcionista, la cual tenía una expresión bastante neutral en el rostro, y gesto incómodo. Tal vez no fuera solamente por ellos, si no que su cara ya era así "de serie". Sobre la piel de la misma había varios lunares camuflados bajo una base de maquillaje mal esparcida y sus ojos, verde pálido coronados con unas pestañas cargadas de rímel, no se apartaban de los del moreno.
¿Y qué les trae por aquí? – preguntó mascando un chicle a boca abierta.
Negocios – respondió Kakuzu, con un tono muy agraciado de voz.
¿Qué clase de negocios? – insistió la mujer.
La miró durante unos segundos.
Negocios de familia, privados. – espetó, algo más molesto de la cuenta por tanta insolencia en tan poco tiempo.
La mujer hizo una pompa con el chicle rosado de su boca. Volvió a masticarla después de que ésta estallara y levantó levemente un extremo de su labio superior.
Ya entiendo. – respondió buscando distraídamente las llaves correspondientes. - ¿Y no han venido por otra cosa? No sé… ¿Turismo, por ejemplo?
"Eso sería una buena excusa para preguntar cosas." Pensó Kakuzu, meditando sus siguientes palabras cuidadosamente.
Sí – afirmó – aunque no conocemos mucho la zona.
Normal, si buscabais aislaros del mundo, habéis acertado de pleno. Por aquí no vienen muchos forasteros… nada más que por negocios.
Hizo fruncir los labios a Kakuzu.
Y les aseguro de que tengan cuidado, porque no suelen salir muy bien parados – le mostró las dos llaves que colgaban entre sus escuálidos dedos, con uñas rojo carmesí bien limadas.
Alzó una ceja, preguntando algo escéptico y aceptando el reto verbal:
¿Por qué lo dice?
Porque esta ciudad no tendrá muchos ninjas ni nada por el estilo como las Villas principales… pero estamos defendidos de los problemas.
¿Defendidos por quién? – escarbó Kakuzu, intentando tirar del hilo.
La mujer sonrió dejando las llaves delante de él, quedándose en silencio y con expresión repentinamente satisfactoria al estar dispuesta a dejarlo con la intriga.
Hidan se asomó, volviendo al mundo real, por uno de los lados de Kakuzu, al cual vio concentrado mirando a la mujer.
Kakuzu, ¿Podemos ir ya a las habitaciones? No siento los pies. – dijo rompiendo el silencio.
Este lo miró y asintió levemente, dándole su llave y empezando a caminar con gesto indiferente.
La recepcionista cruzó las piernas bajo el mostrador y se giró sobre la silla siguiendo la dirección de ambos, hasta verlos desaparecer cruzando una esquina, enroscando el chicle entre uno de sus dedos con aún esa sonrisa en la cara.
