CAPÍTULO 4
Hola a todos!
A través de mensajes privados y reviews, me han llegado varias preguntas acerca de este fic, así como, continuamente me requieren información acerca de los días de publicación.
He estado publicando entre lunes y miércoles cada semana, pero aún no les puedo decir con seguridad cuál de esos días haré las publicaciones, lo que si es seguro es que publico cada semana.
Sin embargo, en mi página en facebook, doy los avisos acerca de cuando he subido los capítulos, les doy adelantos de este y otros fics, y también allí, responderé todas sus preguntas.
www . facebook KelpieG
(Sólo deben quitar los espacios)
Así que por allá los espero, agradeceré su "Like" en mi página, y así estaremos en contacto!
De nuevo, muchas gracias por leer y comentar! Abrazos!
—¡¿Qué?!— chilló Lulú histérica.
Al otro lado de la pared resonaron tres golpes apurados, debía ser Manuela, la estudiante peruana de intercambio. Lulú se disculpó, y otros tres golpes enojados se escucharon, un claro, cállate, de parte de su disgustada compañera. Lulú frunció el cejo al mirar el reloj y fijarse en la hora, eran casi las ocho, sí que se acostaba temprano la peruana. Sacudiendo la cabeza se decidió a continuar con la, ahora, inquietante lectura.
Toda la sangre abandonó mi cara, me quedé ahí, paralizada frente a mi puerta, con el corazón sacudiéndoseme dentro del pecho y el aire escapándoseme sin remedio. Di un vacilante paso hacia atrás, intentando poner la correcta distancia entre nosotros, él en cambio se quedó paradote justo donde lo había encontrado. Sentí como los ojos se me iban abriendo y la mente se me quedó por completo en blanco. Entonces él infame sonrió, sí, sonrió, como burlándose de mí, lentamente una sonrisa se le pintó en su cara… Una preciosa, dulce, increíblemente hermosa sonrisa…
Las piernas se me aflojaron y ahora él me mostraba todos sus irritantes dientes perfectos.
Abiertamente se burlaba de mí.
Lo miré enojada, y afortunadamente la compostura volvió a mí de la mano de la sensatez.
—¿Qué estás haciendo aquí?— Le reclamé con autoridad.
Él se quedó mirándome sin dejar de sonreír, se llevó las manos hacia atrás, seguramente enlazándolas en su espalda, tratando de lucir demasiado listo. Se inclinó hacia adelante, y puso su nariz casi sobre la mía, haciéndome bizquear como a una tonta.
—¿Y tú qué crees?— Me devolvió la pregunta, congelando de nuevo mi cuerpo con su pecaminosa voz.
Abrí la boca varias veces, intentando contestar algo, pero ninguna palabra llegaba hasta a mí, estaba por completo bloqueada, perdida en ese bendito acento tan, tan, tan… ¡Estirado e irritante!
No sé cuánto tiempo pasó hasta que se me ocurrió que lo mejor que podía hacer era despacharlo inmediatamente de los dormitorios de las señoritas, pero antes de que pudiera decir nada, la hermana Justina apareció al otro lado del pasillo, gritándonos algo que no alcancé a entender.
Terry pasó de mí, apartándome con su mano, poniéndome tras su espalda, y a mí se me derritió el piso. ¿Por qué? No lo sé ¡No lo sé! Mis rodillas se aflojaron al sentir su mano en mi brazo mientras me llevaba hacia atrás.
No tuve tiempo de pensar en nada más, Terry caminó hacia la hermana Justina, alejándose de mi puerta.
—¿A usted qué le importa?— Alcancé a escuchar que Terry decía insolente.
—¿Has estado bebiendo?— Le reclamó la hermana Justina irritada.
Claro, estaba tan embotada en su cercanía, que ni siquiera me percaté de que había cierto olor a alcohol, era whisky, creo…
—¿Por qué?— La miró Terry a la cara —¿Quiere que la convide, hermana?—
La hermana Justina jadeó escandalizada, y sólo entonces me percaté de que ahora, habían varias chicas fuera de sus cuartos, frente a sus puertas, observando el espectáculo. Terry también pareció percatarse del reciente público, y girándose las barrió a todas con la mirada.
—¿Pero qué tenemos aquí?— Habló alto, haciendo que todas lo escucháramos —Verles sus ridículas caras es más divertido que ir al zoológico—
La hermana Justina empezó a decir algo, pero Terry rápidamente la calló con su propia voz —No se preocupe, mi papá pagará mañana el vidrio que rompí— La religiosa suspiró cansada e intentó darse la vuelta —Sólo vine a ver algo que me intrigaba, pero ya me voy hermana—
La hermana Justina entrecerró los ojos y se quedó en silencio mientras Terry abandonaba el dormitorio por la puerta principal. Frente a mí, Patty me miraba con la cabeza ladeada, como preguntándose algo, entonces me percaté de que yo, absurdamente, estaba sonriendo.
Lulú también terminó aquella noche con una sonrisa en el rostro, y de nuevo con el diario sobre su pecho.
Se encontró con el domingo hasta después de pasado el mediodía, con deseos de seguir durmiendo, pero se obligó a levantarse y meterse en el baño para despertar a su somnoliento cerebro. Consiguió bañarse y lavar religiosamente su cabello, luego tardó casi una hora sacándose los nudos. Ya era hora de visitar a su estilista, su cabello estaba demasiado largo.
Se puso sus bienvenidas medias de lana azul, estampadas con estrellitas blancas, el abrigador vestidito rojo de falda rotonda llena de coquetos prenses, que apenas cubrían la mitad de sus muslos, se volvió a meter en la cama con un enorme paquete de papitas y una de las frías coca colas que guardaba en la neverita de contrabando que le había obsequiado su hermana mayor.
No volvió a saber nada de nada, hasta pasadas las cinco de la tarde, cuando las chicas volvieron a atacar su puerta, esta vez, Amaia venía con ellas.
—¡Lulú! ¿Qué te he dicho acerca de tus excesos?— Rugió Amaia mientras entraban en la habitación —Debes dejar de dormir tanto—
Lulú le dedicó una mirada aburrida —Tenía ganas de dormir, es todo—
Felicity se encogió de hombros y Marissa negó repetidas veces con la cabeza.
—Esta vez tengo una razón válida— Agregó llena de orgullo.
—¿A qué te refieres?— Preguntó Amaia no muy convencida.
—No van a creer lo que me he encontrado— Susurró Lulú con aire de misterio.
Todas se acercaron hasta donde se encontraba Lulú junto al buró.
—Hace unos días, por alguna extraña razón, tal vez fue el destino— Divagó —Encontré un pequeño compartimento secreto justo aquí— Les señaló a sus amigas la trampilla, luego, con ayuda del abrecartas destrabó la placa de madera, todas contuvieron la respiración.
—¿Qué es?— Se apuró Amaia a preguntar.
—Un lugar secreto— Susurró Lulú nuevamente —Pero no es eso lo más importante, no Mia, lo más importante es lo que había dentro—
—¿Qué había?— Se inquietó Marissa.
Lulú se movió por la habitación hasta llegar a su mesita de noche, tomó los diarios en sus manos y se los mostró.
—Esto Rissa, esto era lo que había— Llevó los diarios hasta el buró y los descargó allí mismo.
Sus tres amigas contemplaron admiradas los diarios. Amaia fue la primera en estirar la mano, queriéndolos agarrar ella misma. Lulú lo alejó de inmediato —No vayas a leerlo por favor— Todas la miraron extrañadas, como si de repente le hubieran brotado monitos de la cara —Yo ya lo estoy haciendo, y me siento mal profanando abusivamente sus memorias— Amaia asintió en silencio —Les diré de quién creo que se trata, lo leeré todo y luego les contaré, no quisiera revelar detalles demasiado íntimos—
—¿Qué?— Bufó Felicity —Pero si tú los lees, por qué no íbamos a hacerlo nosotros— Le reclamó —Lo que yo creo es que te niegas a compartir el chisme—
Amaia le dedico una mirada de reproche y se volvió hacia Lulú —Te entiendo, no lo leeré, sólo quiero verlo más de cerca—
Lulú suspiró, contenta de que al menos una de sus amigas comprendiera su punto, tomó el diario que estaba leyendo y se lo pasó a Amaia, quien lo contempló despacio.
—Su dueña es Candice White Andley— Empezó Lulú —Hasta donde comprendo, era una chica americana que estudió aquí en el San Pablo, hace cien años—
Todas contuvieron la respiración y clavaron sus ojos en el diario sobre las manos de Lulú. Amaia abrió la boca impresionada y recorrió con sus dedos la cubierta de cuero, esta vez apreciando el pequeño libro con reverencia. Dejó que las hojas se deslizaran rápidamente por su pulgar, viendo las sucesivas líneas y curvas y de la caligrafía de Candice White, de hojas gruesas, algunas marrones y otras amarillentas, con pequeñísimos agujeros, hechos seguramente por las insaciables polillas.
—Se encuentra en increíble buen estado— Habló Amaia al fin —Es como si hubieras hallado un precioso tesoro arqueológico— La miró a los ojos —Algún día deberás decirnos de qué se trata—
—Déjame ver, Mia— Le pidió Marissa. Tomó el diario en sus manos y lo acarició maravillada —Es precioso, Lulú— Le dijo pasando las manos por las texturizadas solapas de cuero, grabadas con mariposas y flores —Es casi increíble pensar que perteneció a alguien, que como nosotras, recorrió estos pasillos, que probablemente vivió en esta habitación, que también fue una alumna de este colegio— Suspiró emocionada —Es como una mágica conexión con el pasado—
Lulú sonrió de acuerdo y apretó el segundo diario contra su pecho.
—No entiendo cuál es el problema con que nos enteremos de qué dice— Cortó Felicity el fantástico momento —Después de todo, esa chica ya habrá de estar muerta—
Todas se volvieron hacia ella y la miraron con rotunda glacialidad.
—Es un tesoro— Habló Amaia ignorando a Felicity, quien hizo un mohín con una combinación de indignación e incomprensión.
—Gracias Mia— Reconoció Lulú —Hasta ahora sé muy poco de ella, debió pertenecer a una familia importante, dado que era americana, y ya saben cómo era el colegio el siglo pasado— Todas movieron sus cabezas en señal de comprensión —Estoy casi segura que era huérfana y fue adoptada por esta importante familia, que luego la envió aquí— Miró hacia el techo respirando profundamente —No ha sido fácil para ella acoplarse al colegio, una de sus compañeras es demoníaca, y creo que en el fondo se siente muy sola, aunque aquí también estudiaron otros dos chicos que ella conocía de América, debieron ser sus familiares o algo por el estilo— Frunció los labios intentando recordar los detalles acerca de Stear y Archie —Y está este chico—
—¿Cuál chico?— Chilló Marissa.
—Terrence Grandchester, Rissa— Le respondió sonriendo —Era un noble, hijo de un duque, creo—
Marissa gimió —¡Que romántico!— Brincó sacudiendo sus preciosos rizos dorados, con sus ojos azules brillantes de emoción.
El lunes las recibió a todas con la escalofriante sorpresa de un quiz. El señor Davenson, el profesor de química, las sometió a la inquisición de diferenciar las estructuras de alcoholes, metanos, aldehídos y otras tantas cosas innombrables. Pero el día de Lulú, sólo parecía empeorar con el paso de las horas, al terminar el receso de la tarde, las notas del último examen de cálculo estaban publicadas en la pared junto al salón de clase.
—Doce sobre cien— Bufó Lulú —¡Me he sacado doce sobre cien!— Lloriqueó mientras avanzaban en la fila del comedor para elegir sus cenas —Las neuronas de las matemáticas no se desarrollaron en mi cerebro, no es mi culpa—
La señora Wilhemina ignoró que ella le había pedido patatas gratinadas, y en cambio le sirvió una horrorosamente generosa porción de ensalada de col, Lulú quiso caer de rodillas y llorar a gritos. Sin más remedio, las cuatro chicas avanzaron hasta una mesa cerca de una de las chimeneas y se sentaron, aun quejándose unas con otras por el injusto quiz de química.
Los ojos de Felicity se clavaron en algo tras la espalda de Lulú, pero antes de que ésta pudiera voltearse e indagar, un brazo pasó por encima de su hombro y llegó hasta su bandeja, donde una mano masculina depositó un platito con patatas gratinadas, luego tomó el plato de col y el brazo desapareció. Lulú se dio la vuelta y encontró a Zack sonriéndole mientras avanzaba hacia su propia mesa en el extremo opuesto del salón.
Todas estaban en shock.
—Ya se sentó— Murmuró Felicity cuando Zack tomó asiento en su mesa.
—¡Divino!— Aulló Marissa.
—Seguramente te escuchó en la fila— Habló Amaia aún abstraída.
—Santos corazones palpitantes de Batman— Susurró Lulú emocionada —No me lo puedo creer—
Esa noche, Lulú no consiguió concentrarse en el diario, en lo único en lo que podía pensar era en Zack y patatas llenas de dorado queso.
El martes y el miércoles no vio a Zack por ningún lado, ansiaba verlo y agradecerle su gesto, aunque en el fondo sabía que si se lo encontraba, volvería a quedarse estática como una gárgola. Sin embargo, lo buscó entre la gente, en la misa, en la formación, en los pasillos, en el comedor, pero parecía que se lo había tragado la tierra.
El jueves, después de haberse visto obligada a estudiar para otros exámenes, y tras haberse enfrentado al cero en su quiz de química, caminó hasta la colina, se sentó recostando su espalda en el viejo castaño, abrió el diario, y volvió a reencontrarse con su amiga Candy.
Enero 16 de 1914
De verdad que no entiendo qué es lo que Eliza se trae conmigo, se está fijando todo el tiempo en lo que hago y en lo que dejo de hacer. Esta mañana me ha ridiculizado frente a todas en el comedor, sólo porque me acabé todo en mi plato del desayuno ¿Y qué esperaban? Es un desperdició andar dejando comida por el simple capricho de que el plato no luzca vacío. Si te sirven comida es para que comas, bastante halagada se debería sentir al cocinera de que queramos comernos todo hasta el final. Lamento que nos separen de los chicos a la hora de comer, de verdad querría estar en compañía de Archie y Stear, porque Eliza es insoportable.
Al terminar el desayuno, la hermana Margaret nos ha entregado la correspondencia. Entre las cartas había una para Archie, no sé qué hacía entre el correo de las chicas, pero en fin, lo importante es que he recibido una carta del hogar de Pony y no me podía sentir más feliz.
Claro, hasta que Eliza me arrebató de las manos mi carta, burlándose la abrió y se burló de que la señorita Pony se vio obligada a escribir en el sobre. Su burla me pareció tan ridícula, tan abusiva y denigrante, que sin detenerme a pensarlo, le he dado una cachetada que resonó por todo el comedor.
Y no me arrepiento de ello.
Eliza chilló con lágrimas cayendo por sus mejillas, y se quejó con la hermana Margaret, pero ésta le dijo, que había sido aún una falta más grave y digna de profunda vergüenza, haber fisgoneado la correspondencia ajena.
¡Ja! Tomé una uva, me la metí en la boca y le saqué la lengua a Eliza mientras dejaba en comedor.
Enero 19 de 1914
El día de hoy mi corazón estuvo a punto de estallar.
He sido una completa idiota, y a pesar de las advertencias de Patty, accedí a hablar con Neal. El muy idiota me llevó hasta el bosque, allí estaban tres de sus desagradables amigos, los tres me rodearon y lanzaban sus manos para tocarme indebidamente queriendo levantarme la falda, y como me defendí, entonces empezaron a golpearme, tirando de mi cabello, empujándome y dándome puños en el estómago.
Tuve mucho, muchísimo miedo, creí que Neal y sus secuaces me haría algo terrible, algo en lo que ni siquiera quiero pensar.
Pero entonces, de la nada, una mancha roja saltó desde un árbol, y una fusta ecuestre apenas si se oyó sisear en el aire antes de que atestara tremendos golpes sobre Neal y sus asquerosos amigos.
—Espero no haberlos molestado— Habló Terry haciéndome girar la cabeza en su dirección, con una voz muy suave que nada tenía que ver con la rabia que había en su rostro.
—¡¿Pregunté si les molesto?!— Rugió Terry tan fuerte, que me hizo temblar.
Y sin ninguna advertencia, golpeó a Neal en la cara, mandándolo lejos hasta hacerlo caer y golpearse el trasero contra una raíz.
—Tres inútiles americanos, atacando a una mujer— Les dijo como si la idea le causara asco —Les mostraré como un caballero inglés se comporta en estos casos—
Y los golpeó de nuevo a los tres hasta hacerlos huir hacía los edificios.
Entonces se dio media vuelta sin decirme una sola palabra. Yo corrí tras él hacía la pequeña colina, tenía que agradecerle, me había salvado.
—Terrence— Lo llamé, y él de inmediato se detuvo y se giró —Gracias— Le dije, repentinamente, estúpidamente tímida.
—No lo hice para ayudarte— Me calló al instante, confundiéndome con sus palabras —Es sólo que ellos no me agradan—
No me gustó que me dijera eso, no estaba esperando que me respondiera con un: "Ha sido un placer rescatarte", o algo por el estilo, pero no tenía que ser tan apático. Me enojé con él, pero sacudí esos tontos sentimientos de entre mi pecho, después de todo, Terry me había salvado.
Y entonces mis ojos se congelaron en su rostro.
El color de sus ojos es increíblemente hermoso, allí, en la luz de la mañana, lucían como gemas cristalinas, tiene tantas pestañas como una muñeca ¡Ja! Pero no es que luzca afeminado o algo así… Me da risa pensar en Terry vestido de muñeca…
El chico es muy bonito, no tengo porque negarlo.
Y mientras lo miraba, el silencio se hizo entre nosotros, él también me miraba sin decirme una palabra, entonces se sonrió con malicia y volvió a acercarse tanto a mí como aquel día en los dormitorios.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras así?— Me preguntó haciéndome parpadear varias veces —¿Acaso vas a declararme tu amor, pequeña pecosa?—
Se me acercó con aquella mirada obscura e intensa, haciendo que chirriaran todas mis tripas. Se detuvo casi pegado a mí, y me tomó el mentón entre los dedos, haciéndome mirarlo a la cara. ¡Dios, estaba tan asustada! La barriga me vibraba por los nervios, y quería salir corriendo, o al menos rodando colina abajo.
Entonces él sonrió. Buen Dios, que hermosa sonrisa tiene. Me sonrió sin decirme nada, sólo mirándome como si hallara algo gracioso en mi cara. Y se me aflojaron las rodillas de nuevo, estúpidamente encantada de verlo sonreír.
—Conozco un buen lugar para declararte— Me susurró con una sonrisa malvada —¿Quieres venir?—
—¡No!— Le grité al instante, pero no pude evitar preguntarme de qué lugar estaría hablando.
—Me alegro— Me dijo prepotente quitando su mano de mi rostro —No me gustan las niñas pequeñas, y mucho menos pecosas como tú— Me sonrió de nuevo y empezó a alejarse —Adiós, pecosa— Se despidió moviendo en el aire su fusta.
—Pues no soy tan pequeña ¡Y a mí me encantan mis pecas!— Le grité enfurecida, agitada por la rabia.
Es un tonto, un tonto, un tonto, tonto, tonto, tonto, tonto.
Ahora mismo escribiré las cartas para la hermana María y la señorita Pony, y no hablaré nada de nada de ese niño engreído, caprichoso y malcriado ¡No me gusta nada!
—¿De qué te ríes?— Se escuchó una deliciosamente familiar voz, haciéndola temblar entera.
Lulú cerró el diario, con los ojos abiertos como un cervatillo asustado, y finalmente, le sonrió a Zack.
—Es algo de lo que estoy leyendo, es todo— Le respondió por primera vez.
—Siempre te ríes sola— Le dijo.
—Es sólo que…— Las palabras se le suspendieron en la lengua.
—Me gusta eso de ti, es extraño y encantador—
Lulú no podía respirar, que cosa más bonita acababa de decirle.
—¿Te molesta que te haya interrumpido?— Le preguntó preocupado.
—No— Respondió Lulú al instante.
Zack sonrió y se sentó a su lado junto al castaño, durante varios minutos ninguno de los dos dijo nada, ella estaba demasiado nerviosa con su cercanía, y él demasiado decidido a disfrutar de contemplarla desde tan cerca.
Lulú estaba levemente sonrosada, con la mirada al frente, perdida en la nada y el diario aún en sus manos, separando una sección con su dedo índice entre las hojas. El abundante cabello le caía por todos lados en amplias hondas que llagaban hasta sus codos brillando sedosas. Tenía los ojos de aquel mismo peculiar tono chocolate de su cabello, y sus espesas pestañas revoloteaban una y otra vez mientras parpadeaba nerviosamente. Zack estaba por completo cautivado.
Al fin, ella se volvió hacia él y lo miró sonriéndole, su gracioso retenedor brillo con la luz del sol sobre sus dientes, haciéndolo sonreír a él también, enternecido por alguna extraña razón. Entonces ella se quedó mirándolo brevemente a los ojos.
—Escuché que tienes heterocromía— Le dijo Lulú señalándole los ojos —Esa cosa que hace que una parte de uno de tus ojos sea de un color diferente—
Él volvió a sonreírle y se lamió los labios rápidamente antes de hablar —De hecho— Le dijo Zack —No es parcial, uno es completamente verde y el otro es azul—
Lulú asintió en silencio, acercándose lo suficiente para verlo por ella misma con detalle microscópico. La piel de Zack se erizó al sentirla tan cerca, frunciendo los labios mientras analizaba sus ojos.
—¡Wow!— Exclamó impresionada al tiempo que volvía a su lugar —Es realmente impresionante, son hermosos— Le dijo antes de que pudiera controlar su propia lengua.
—Gracias— Susurró repentinamente tímido.
Lulú estaba tan roja como la nariz del reno Rodolfo en plena navidad.
Zack estaba a punto de decirle algo, cuando pesadas gotas empezaron a caer sobre ellos, él le tendió la mano y la ayudó a ponerse en pie, luego la haló y los dos corrieron colina abajo hasta alcanzar los edificios donde estaban los dormitorios de las niñas.
Lulú protegió el diario con su cuerpo y corrió de la mano de Zack, demasiado preocupada en no mojar el diario, como para ser consciente de que él había apretado su mano todo el trayecto.
—Te veo mañana— Le dijo Zack aun sosteniéndola.
Lulú afirmó con la cabeza varias veces, de repente consciente de que su mano estaba pegada a la de él. Entonces Zack se inclinó y la besó en la mejilla, le sonrió, y corrió a través del pequeño bosque hacia los dormitorios de los varones.
Lulú no podía respirar. Esa noche, la emoción por poco no la dejó dormir.
Las clases del viernes transcurrieron entre esponjosas nubes de fantasía, continuos suspiros, y cientos de corazones con el nombre de Zacharias Rumsfeld en las hojas posteriores de todos sus cuadernos.
La dicha la acompañó casi el día entero, rompiendo en júbilo cuando les contó a sus amigas su increíble aventura junto a Zack, el árbol, la colina y la lluvia. Ni siquiera el anuncio del maestro de matemáticas, de los exámenes de recuperación que se harían al día siguiente, es decir el sábado, lograron mermar su deleite.
Positiva y de buen ánimo, se despidió de sus amigas y caminó valiente hasta la biblioteca a estudiar para su examen de recuperación. Dos horas después, cuando ya había anochecido, echaba humo frustrada, no entendía ni jota de lo que había en los libros.
Golpeó la cartilla de ejercicios completamente en blanco, una y otra vez, enojada con el cálculo y quién sea que lo haya inventado.
—Hola— La saludó Zack hablándole bajito.
Ella sonrió inmediatamente —Hola— Le dijo, tal vez un poco demasiado fuerte.
—Que buena estudiante— Le susurró sentándose junto a ella.
Lulú cerró los libros rápidamente y los apiló cerca de su bolso, no dispuesta a que Zack descubriera su vergüenza —Sólo un poco de refuerzo por si acaso—
—Que precavida—
—¿Tú qué haces aquí?— Indagó Lulú queriendo cambiar el tema.
—Un grupo de amigos y yo estábamos trabajando en nuestro proyecto de historia, te vi y quise venir a saludar—
Lulú se apretó las manos una contra otra, bajó la mirada y sonrió tímidamente.
Luego el silencio los cubrió a los dos, Zack respiró hondo y desesperado intentó pensar en un tema de conversación.
—¿Este año participarás en la obra de teatro?—
Lulú lo miró a la cara —Sí— Su gesto se entristeció levemente —Pero este año tampoco obtuve el rol que buscaba— Suspiró —Pero no hay papeles pequeños, sólo actores mediocres—
Zack se mordió el labio y musitó un sonido de aprobación.
—Disfruto mucho verte actuar— Le dijo con su suave voz —Estuve en primera fila el año pasado en El Sueño de una Noche de Verano—
Lulú abrió muchísimo los ojos, buscando su mirada con la incredulidad dibujada en el rostro. Zack le sonrió, estiró su mano y le acarició la mejilla con tanta dulzura, que por un momento ella creyó que iba a morir de ternura.
—Hiciste la mejor Hipólita que he visto jamás— Le aseguró con dulcísima honestidad.
Lulú no pudo más que mantenerse muda, no había mucho que se pudiera decir cuando el chico de tus sueños te dice que eres buena en lo que es, de hecho, tu más importante sueño.
—Gracias— Susurró muy bajito.
Él le sonrió —Creo que ya es hora de irnos, o en cualquier momento vendrán a sacarnos—
Ella estuvo de acuerdo, velozmente metió sus libros y lápices en su bolso, y los dos salieron riendo con picardía de la biblioteca. Cuando dejaron la primera sala, Zack la miró a los ojos pidiéndole su aprobación, y llevó su pesado bolso por ella, Lulú no suspiró sólo porque en realidad no tenía aire en sus pulmones.
Hasta que pisaron el último peldaño de las escaleras exteriores de la biblioteca, Zack le habló nuevamente —Te acompaño hasta tu edificio—
Lulú no dijo nada, sólo movió su cabeza con algún remedo de afirmación.
Cuando iban a medio camino, Zack se detuvo y le habló mirando al prado bajo sus pies —Me gustas, Lulú— Respiró hondo —Me gustas mucho—
Lulú se quedó petrificada, sin dar crédito a lo que estaba escuchando, no, el chico de tus sueños no suele decirte que le gustas, a menos que de hecho, estés soñando.
Zack volvió a respirar profundamente nervioso y ansioso porque ella dijera algo. Lo que fuera.
Ella lentamente se giró, y mirando fijamente sus curiosos ojos, le habló con apenas un hilo de voz —Tú a mí también, mucho, mucho, mucho—
Zack sonrió, sintiendo como su pecho se llenaba de emoción, le tomó la mano y siguieron caminando hacía los dormitorios de las señoritas. Al llegar, unas cuantas chicas entraban también, entre ellas Brittany, que al verlos, sintió que sus entrañas se trozaban de envidia.
—Gracias por— Se rio nerviosa Lulú —Gracias por acompañarme y cargar mi bolso—
Zack se lo entregó —No fue nada—
—Buenas noches, Zack—
Entonces él estiró sus manos y con cada índice le puso el cabello tras las orejas, deslizó las palmas por sus mejillas y le acunó el rostro, luego, descendió lentamente, con el corazón latiéndole en la garganta, y selló sus labios contra los de ella.
—Buenas noches, Lulú— Se despidió con una sonrisa y se metió en el bosquecillo.
CONTINUARÁ…
