Boda sin amor.

Capítulo Cuatro

—¿Que vas a hacer qué? Hinata no tuvo más remedio que percibir la rabia y sorpresa que delataba el tono de Sai.

Había tardado una semana en atreverse a hablarle de su matrimonio. No porque hubiera anticipado su reacción, sino porque había temido que adivinara la verdad.

Kakashi le había advertido también de la posición peligrosa en la que se colocaría si la gente comenzaba a sospechar que el matrimonio no era más que un modo de conservar la casa.

—Tú y yo sabemos que tus motivos son altruistas —le dijo—, pero otros podrían no saberlo.

—Naruto dice que Kano podría incluso acusarnos de fraude. ¿Es eso cierto?

—Es una posibilidad —repuso Kakashi con cautela—, pero para poder hacerlo, tendría que tener pruebas irrefutables de que el matrimonio era un engaño. Poder probar, por ejemplo, que era imposible que de ese matrimonio surgiera un hijo.

—Pero así es —contestó ella con rapidez—. Tú sabes…

—Yo lo sé, tú lo sabes y Naruto lo sabe, pero no debe saberlo nadie más.

Por eso Hinata había retrasado el decirle la verdad a Sai, porque temía que no fuera capaz de interpretar tan bien su papel de enamorada como para engañarlo.

Al final, sin embargo, no fue su falta de amor por Naruto lo que él cuestionó, sino la de Naruto hacia ella.

—¡Por Dios, Hinata! ¿No ves lo que busca? —preguntó—. Quiere la única cosa que sabe que su dinero no podrá conseguirle nunca.

—¿Te refieres a mí?

—No. Me refiero a tu casa. No es un secreto que siempre la ha querido. Tu abuelo se negó a vendérsela.

—Naruto y yo nos amamos, Sai —interrumpió ella, cruzando los dedos a escondidas entre los pliegues de su falda.

—Oh, Hinata, ¿no puedes entenderlo? Los hombres como Naruto no se enamoran de…

Se interrumpió entonces y se ruborizó levemente.

—Escucha, no quiero herir tus sentimientos. Eres una mujer atractiva, muy atractiva, pero en términos de experiencia, es como si Naruto y tú procedieran de planetas distintos. Ya has visto en este albergue los problemas que causan las relaciones que no están equilibradas. ¿Puedes decir con sinceridad que Naruto y tú son iguales en todos los aspectos?

—Estamos enamorados, Sai. Y…

—Y él te enseñará todo lo que necesites saber tanto en la cama como fuera de ella. Eso son tonterías.

—Si de verdad crees eso, no eres la persona que yo pensaba. Cierto que le gustará jugar contigo durante unas semanas, quizá hasta unos meses, pero después de eso… no sigas adelante con esto, lo digo por tu bien. Hinata; no necesitas casarte con él.

—Sí, lo necesito.

Esa triste admisión, que le salió sin darse cuenta, fue pronunciada en voz tan baja que Sai no pudo oírla.

Hinata levantó la vista al oír abrirse la puerta de la oficina; una mujer acompañada de dos niños pequeños entró y pidió hablar con Sai.

Megumi Terada era una de las habituales del albergue, una mujer que abandonaba periódicamente a su violento esposo con la promesa de que no había nada en el mundo que pudiera obligarla a volver y luego, a las pocas semanas, regresaba con él por voluntad propia.

—Debe quererlo mucho —había comentado una vez Hinata ingenuamente.

—Sí, como quiere un alcohólico la botella; es adicta a él, a la violencia de su relación —repuso Sai con una mueca—. Una parte de ella necesita y anhela la emoción y la incertidumbre de su relación. Pero por cada Megumi Terada que llega aquí, vienen también un centenar de mujeres que desean sinceramente huir de su relación y volver a empezar, que nos necesitan para ayudarlas a dar ese paso.

—¿Y cómo reconoces la diferencia? —preguntó Hinata, sorprendida.

—Con la experiencia. Como todo lo demás.

En aquel momento pensó que Sai se mostraba injustamente duro. Luego descubrió que tenía razón pero, cuando salió aquel día del trabajo, no eran las preocupaciones de los habitantes del albergue las que llenaban su mente, sino las suyas propias.

Naruto no se había mostrado comprensivo cuando le dijo que quería invitar a Sai a la boda, pero Hinata insistió en que estuviera presente.

Kakashi sería su padrino. Naruto había redactado una nota para la prensa anunciando su matrimonio; sólo un puñado de personas asistiría a la ceremonia.

La ceremonia. Dentro de dos días, Naruto y ella estarían casados. Serían marido y mujer. Era una situación que su imaginación no podía concebir. Naruto y ella, marido y mujer. Señor y señora… Los dos participando juntos en un engaño que, si se descubría alguna vez…

Cuando el coche se detuvo delante de la iglesia, se preguntó con nerviosismo si todas las novias se sentirían así. ¿O debía achacar sus manos frías y la impetuosidad de sus emociones a las circunstancias que rodeaban aquella boda en particular?

Aquella mañana, al ponerse el vestido de novia delante del espejo mientras la señora Kinomoto le abrochaba el centenar de botones de raso que bajaban desde el cuello hasta el lazo que decoraba la parte trasera de la prenda, había sentido tal angustia y remordimientos, tal dolor, que estuvo tentada de rasgar el vestido y largarse de allí… desaparecer. Pero entonces llegó Kakashi y, con él, las flores que le enviaba Naruto, y los acontecimientos alcanzaron un punto en el que ya era imposible volverse atrás.

Y allí estaba ya, entrando en el vestíbulo de la iglesia debajo de las cristaleras pintadas donadas por uno de sus antepasados. El raso color marfil de su vestido de novia, una creación de Dior que un día llevo su madre, contenía todavía un leve rastro del perfume que Hinata recordaba que usaba su madre. Al llevarlo se sentía como si ella la acompañara en aquel momento.

Ese pensamiento hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas que reprimió con fiereza.

El velo, antes blanco y ahora ya de tono marfil por la acción del tiempo, había sido de su bisabuela. Al ponerse prendas que se habían llevado en otro momento con amor, tenía la sensación de estar compensando de algún modo la falta de sentimientos que se daba en su matrimonio.

Matrimonio. Se recordó con fiereza que eso no lo era. Era un acuerdo de negocios, un contrato…

La iglesia estaba fría; el suelo de piedra le pareció helado a través de la fina suela de sus zapatos.

La iglesia estaba vacía; sólo los dos primeros bancos estaban ocupados. Alguien, presumiblemente Naruto, habría encargado las decoraciones florales en tono blanco y crema que calentaban un poco la atmósfera fría y austera del edificio.

Cuando vio a Naruto, su paso se alteró levemente un instante y, aunque él no pudo oír el suave gemido que emitió ella, se volvió.

La vio entrar a la iglesia se veía simplemente sublime. Se pregunto si ese revoltijo de sentimientos que inundaba su cuerpo también lo había sentido su padre el día en se caso con madre, no quería pensar en ella pero era inevitable.

Tal vez si ella no los hubiera abandonado aquella noche, él hoy seria un hombre más sensible, menos arrogante y un poco más humano. Aunque si lo pensaba bien no necesitó ser de esa manera para caer en el sortilegio de esa hada que se dirigía hacia él, ella no tenia idea de la manera en que afecto su vida desde que se conocieron y por el momento no iba a ponerla sobre aviso. Ella jamás encajo en los estereotipos de mujer que durante toda su vida conoció y de las que disfruto gratamente. Pero aun así había logrado lo que nadie hasta ese momento.

Estaba más que seguro que Hinata dudaba sobre la decisión de casarse con él, y también tenia la certeza de que estaba furiosa, casi podía percibir las chispas de enojo debajo de ese velo, pero había sido ella quien le propuso matrimonio, contra todos sus pronósticos sobre esa relación tan bizarra que llevaban y fuera por las razones que fuera, ella iba a casarse con él. Aun no tenia idea si el destino se había puesto a su favor o en su contra, lo único que tenía claro es que tuvo la oportunidad y la aprovechó.

No iba a ser muy difícil fingir ese día porque había algo de lo que estaba completamente seguro…

Parecía remoto y distante. Era imposible imaginar que se iba a casar con él. Hinata se estremeció, contenta de la protección del velo que ocultaba su expresión.

—Kano te está mirando —le advirtió Kakashi a su lado—. Sonríe.

Kano. Hinata ni siquiera se había dado cuenta de que estaba en la iglesia, pero entonces lo vio, acompañado por su esposa y sus dos hijos, dos copias pálidas y apagadas de su madre, con el pelo peinado hacia atrás y ataviados con los uniformes del colegio. Hinata parpadeó al apartar la vista del más alto de los dos.

Al casarse con Naruto, acababa con su oportunidad de heredar Prado de la Reina. Aunque, si la heredaba antes su padre, tampoco tendría esa oportunidad.

Se aferró a aquella idea para consolarse y se colocó al lado de Naruto.

Hinata parpadeó al salir a la claridad del sol y pensó que la inusitada alegría de las campanas la estaba poniendo enferma. ¿O era la impresión que había recibido cuando Naruto le apartó el velo y la miró con tal intensidad después de que el vicario los declarara marido y mujer que, por un instante, ella casi llegó a convencerse de que la emoción y pasión que iluminaban sus ojos eran reales?

La gente comenzó a rodearla. Se preguntó de dónde habrían salido. Reconoció a algunas de las mujeres del albergue, a personas que habían conocido a su padre y a su abuelo, y todos sonreían, reían, hacían comentarios burlones sobre lo repentino de su matrimonio. Todos ellos menos Kano.

Se puso tensa al ver la maldad que expresaban sus ojos.

Siempre había sabido que no le caía bien, pero eso no le había preocupado nunca. A ella tampoco le gustaba él, pero en aquel momento reconoció que todo había cambiado. Ella se había interpuesto entre él y lo que deseaba, lo que ya había asumido que sería suyo.

Hinata se estremeció.

—¿Qué pasa? ¿Qué te ocurre?

La pregunta de Naruto la sorprendió. No esperaba que hubiera notado su leve reacción de aprensión.

—Nada —repuso, consciente de que Kano seguía observándolos a los dos.

—Es un vestido precioso —comentó alguien a su lado.

—Gracias. Fue de mi madre —repuso ella con aire ausente.

—Me había parecido reconocerlo.

Eso lo dijo Naruto, que volvió a pillarla por sorpresa; se volvió hacia él.

—Tu padre tenía una fotografía en el escritorio en la que tu madre llevaba este vestido —le recordó Naruto—. Te favorece mucho. El color realza tu piel. Tiene el mismo tono cálido que…

Tendió una mano y le rozó levemente la garganta con los dedos mientras hablaba.

—Kano nos está observando —le advirtió ella.

—Sí, lo sé.

—¿Crees que sospecha algo?

—Si es así, esto acabará con sus sospechas.

—¿Esto?

Hinata lo miró con aire interrogante y se quedó inmóvil al verlo acercarse con tanta lentitud que, a los espectadores, su modo de abrazarla y besarla debieron parecerles los actos de un hombre tan profundamente enamorado de su mujer que nada podía impedirle manifestar lo que sentía.

Inesperadamente, Hinata sintió el calor de las lágrimas detrás de sus párpados cerrados.

Se recordó que ése no era momento para sentirse estúpidamente sentimental. No era el momento de comparar lo que debió sentir su madre cuando llevó ese vestido con lo…

—Oh, todo esto me parece muy romántico —musitó la esposa de Kano con envidia cuando Naruto la soltó—. Es una pena que tu padre…

—Hiashi sabía lo que sentía por Hinata —dijo Naruto tranquilamente.

Hinata reconoció que aquello era cierto, aunque no del modo que él trataba de implicar. Recordaba muy bien a su padre comentando casi con envidia que Naruto podía conseguir a cualquier mujer que quisiera.

Hinata sólo tenía entonces diecisiete años y reaccionó de acuerdo con su edad.

—A mí no podría conseguirme —dijo con aire retador.

Su padre se echó a reír.

—Tú no eres una mujer todavía, pequeña, y dudo mucho que Naruto te quisiera a ti. Sabe muy bien lo diablillo que puedes ser a veces.

—¿Adonde iréis de luna de miel? ¿O no se puede preguntar? —oyó que decía Kano.

—No nos vamos —repuso Naruto—. Al menos, por el momento. Tengo una reunión en Bruselas dentro de dos días que no he podido retrasar. Hinata y yo volaremos allí mañana por la mañana.

¿Se iban a Bruselas? La joven lo miró con fijeza, pero Naruto estaba ocupado contestando alguna pregunta de la esposa del vicario y la joven tuvo que esperar a entrar en el coche para preguntar:

—¿Por qué le has dicho a Kano que nos vamos los dos a Bruselas? Si descubre que yo no he ido, sospechará algo.

Aunque el cristal que los separaba del conductor estaba cerrado, habló en susurros.

—No tendrá nada que descubrir —repuso Naruto—. Nos iremos los dos.

—¿Quieres decir que esperas que me vaya a Bruselas contigo sin que me lo consultes siquiera? —preguntó ella, indignada—. No puedo. Tengo que trabajar en el albergue.

—No seas ridícula —musitó él—. Por muy dedicado que sea Sai, no esperará que vuelvas al trabajo mañana.

—Pero yo quiero hacerlo —repuso ella, agresiva.

—Si lo haces, nos estarás poniendo a los dos en peligro —le advirtió él—. Hace falta algo más que una ceremonia en la iglesia para construir un matrimonio.

La joven apartó la cabeza, enfadada. Sabía muy bien lo que se necesitaba para construir un matrimonio, pero el suyo no incluiría ese ingrediente en particular y Naruto lo sabía.

—Hace falta —prosiguió él con calma—, un grado de intimidad que la mayoría de las parejas desarrollan en la cama, pero que tú y yo tendremos que encontrar otro modo de construir. Necesitamos pasar algún tiempo a solas para acostumbrarnos a nuestro nuevo papel.

—Fuiste tú la que quiso este matrimonio —continuó al ver que ella no respondía.

—Para salvar la casa —repuso ella, enfadada—. No porque…

En el fondo de su corazón sabía que él tenía razón, que la incomodidad que sentía siempre que estaban juntos acabaría por traicionarla, pero lo último que deseaba en el mundo era pasar tiempo a solas con él. Desde su punto de vista, eso exacerbaría el problema en lugar de resolverlo.

—Yo no quiero irme de viaje contigo, Naruto —repuso—. No quiero volver y que la gente nos mire imaginando, especulando, creyendo…

—¿Qué? —preguntó él con las cejas levantadas.

—Ya sabes qué —murmuró ella sin mirarlo a los ojos.

—¿Piense que nos hemos acostado juntos? La mayoría de ellos asumen que ya lo hemos hecho. ¿Imaginaran que hemos pasado todo el día haciendo el amor y que mi supuesta reunión de negocios no era más que una excusa cuando en realidad he pasado el tiempo explorando cada centímetro de tu cuerpo, acariciándolo hasta saberme de memoria todas sus curvas y todos sus huecos?

Por el rabillo del ojo, Hinata vio que la mirada de él se entretenía en su pecho y se ruborizó de inmediato.

—Eres demasiado vergonzosa —se burló Naruto—. Te ruborizarías desde la cabeza hasta la punta de los pies si te contara exactamente lo que me gustaría que la mujer a la que amo hiciera con mi cuerpo la primera vez que nos acostáramos juntos. ¿Alguna vez has visto a un hombre desnudo?

—Por supuesto que sí —mintió ella—. Ya sé lo mucho que te gusta reírte de mí, Naruto —añadió con dignidad ofendida—. Sí, me avergüenza que hables de cosas tan íntimas. Y no, mi experiencia no se puede comparar para nada con la tuya, pero, al contrario de lo que tú pareces pensar, yo prefiero ser como soy. Cualquiera puede tener experiencia sexual —añadió, al ver que él no hacía intención de interrumpirla o burlarse de ella—. Y que yo haya elegido no tenerla…

—Sólo por curiosidad, Hinata; ¿por qué lo has elegido así?

—Tú sabes por qué —repuso ella con voz ronca.

—Porque te estás reservando para el hombre de tus sueños —se burló él—. ¿Y qué pasa si no lo encuentras nunca, Hinata? ¿Te has preguntado eso alguna vez? —preguntó con tal rabia en la voz que la joven se quedó atónita.

Holaaa!!!!!!!!!! Que les pareció??? Naru esta cada ves mas insoportable, pero por fis no lo odien, ya saben mas o menos porque actúa así, por eso intenten comprenderlo.

Muchísimas gracias por sus comentarios deberás que me hacen muy feliz y me estimulan a seguir, con respecto a la próxima adaptación, no quiero dejar de lado este fic, así que voy a dar lo mejor de mi y después le pongo todas mis energías al otro.

Es muy estimulante leer sus mensajes y saber que les gusta la historia, porque todos compartimos este amor incondicional por el naru-hina y yo por lo menos espero que nunca muera, mas allá de lo que haga Kishimoto, nunca voy a dejar de amar el naru-hina.