Los personajes de Ranma ½ no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi. La historia aquí presentada es con fin de entretenimiento, NO de lucro.
Capítulo IV: Esfera de Cristal.
Corría llena de felicidad por una pradera llena de flores de varios colores, de repente se detuvo y empezó a dar vueltas sobre su propio eje hasta caer de espalda, sacudiendo los dientes de león que estaban cerca y hacer que éstos salieran volando hacia el cielo; empezó a reír muy contenta por lo que veía, un bellísimo cielo azul, tan azul como lo ojos de…
La risa se borró de inmediato y se levantó de golpe, viendo de un lado a otro, asustada, se miró a ella misma, notando un vestido blanco con una cinta gruesa color azul que rodeaba su cintura. Empezó a hiperventilar, volvió a correr, buscando una salida a aquel campo que era infinito. Se detuvo al ver que por más que corría no llegaba a ninguna parte.
—¡RAAAAAANNNMMMAAAAAA! —Gritó con todas sus fuerzas.
Estaba aturdido, mareado apenas y alcanzaba a visualizar algo, todo era completamente borroso ante sus ojos adormecidos. Tenía ganas de vomitar. Al fin la visión se empezaba aclarar un poco más y su cuerpo comenzaba a reaccionar torpemente al poder mover unos dedos de las manos. Concentró gran parte de su fuerza en sus piernas para levantarse, pero terminó en el suelo.
La pelirroja gimió por el dolor causado, pero ayudada de sus brazos, empezó a arrastrarse, notando que el lugar donde se encontraba era bastante extraño. Escuchó una melodía de piano, muy ligera e infantil que le daba un toque más misterioso a ése lugar.
—Akane —murmuró quedamente, recordando la razón por la cual se encontraba ahí.
Alan sonreía complaciente, realmente feliz por ver a Akane. Se asomaba y la veía ahí dentro, como dormidita, con el violín perfectamente colocado sobre su hombro izquierdo, el arco en la mano derecha como si pareciera que en realidad estaba tocando el instrumento. Sus ojos cerrados le daban un toque de concentración. Era bellísima.
Tomó la esfera con sumo cuidado, una belleza como ella debía tener un lugar especial para ser apreciada en su totalidad. No era como las otras, no, Akane era única.
Se quedó embelesado, acariciando el cristal esférico el cual mantenía en su interior a una Akane dormida.
Ranma al recuperarse un poco más, quedó horrorizado al ver tantos estantes con muchas esferas de cristal pero no eran de ésas típicas que se dan de regalos, dentro de cada una de ellas, se encontraba una muchacha de alrededor 16 años, pudo notar las nacionalidades de ellas por la vestimenta típica de sus países, además, en la descripción se leía el país.
Se sintió más mareado al ver cientos de esferas de cristal. Abrió los ojos como platos al encontrar ahí las de Japón.
—Ukyo… ¿Ukyo? —Se acercó a ésa esfera, viendo a su amiga en ella, la muchacha había sido reducida de tamaño, no más de 15 cm, vistiendo un vestido de noche, color azul cielo, de gran escote, sentada, con un arpa a su lado, como si lo estuviera tocando, con los ojos cerrados.
Parecía que el espacio se hacía incluso más pequeño que dentro de la esfera, pues de imaginarse que su amiga se encontraba más allá de la vida, le atemorizó, sintió que el cuerpo se le congelaba al pensar que Akane había corrido la misma suerte. Como loco se puso a buscar entre todas ésas esferas a su amada, encontrando a las desaparecidas reportadas, pero no a su Akane. La vida volvió a él cuando notó que dentro de la esfera que contenía a su amiga, se empañaba, y observó más a detalle, notando como el pecho de Ukyo se inflaba y bajaba.
—Está viva… —agradeció porque así fuera.
Reaccionó, en cuerpo de mujer no podía enfrentarse a ése tipo, pero como hombre, no iba a permitir que se fuera de Japón con Akane ni con su amiga.
El coleccionista fue en busca de su última pieza de la colección de Japón. Vio a hermosa pelirroja completamente dormida. Sonrió ampliamente.
—También eres muy bella —susurró, pasando su gélida mano sobre la piel de las mejillas de la muchacha—. A ti te quedaría un atuendo mucho mejor que éste… —la visualizó de pies a cabeza. Admiró el espectacular cuerpo que descubría el vestido que llevaba puesto—. No, definitivamente algo así como esto no va contigo. Tienes un rostro demasiado angelical…
Ranma estaba que se moría por partirle la cara en ése momento, tenía que fingir que se encontraba dormido para que el tipo no sospechara nada y por el momento le estaba dando resultado.
—Iré a buscar algo que vaya con tu imagen —Alan se dio la media vuelta.
Aprovechó que el coleccionista se fue para buscar a Akane, debió de haberla puesto en lugar, la incertidumbre lo estaba carcomiendo por dentro. La desesperación se adueñaba de cada una de sus neuronas. Debía encontrar a Akane, y luego, obligaría a ése hombre que liberé a cada una de las chicas desaparecidas.
No aguantaba más aquel atuendo, era muy incómodo, y encontró en la mesita una tetera de la cual emergía vapor. No lo pensó dos veces, se vació el agua caliente para así volver a su fisionomía natural. Parecía que el agua lo volví a la vida, regresando toda la energía que necesitaba. El vestido para su mala suerte, como era demasiado ajustado siendo mujer, ahora como hombre, terminó rasgado, apenas sosteniéndose para no caerse. Aquello le avergonzó mucho, ya que sentía que las jóvenes atrapadas en aquellas esferas de cristal lo estaban observando.
Buscó desesperadamente entre tanta ropa algo que fuera con él, ya que todas aquellas prendas eran de mujer. Encontró para su fortuna, ropa de hombre, aunque claramente no iba con su estilo.
—He vuelto, herm… —el coleccionista se quedó a media palabra, viendo la silla vacía en la que hace unos minutos había dejado una hermosa pelirroja.
Miró por todas partes en busca de aquella jovencita, pero no había rastro de ella. Encontró el vestido en el suelo, estaba húmedo y luego la tetera en también en el piso.
—Así que eres un depravado coleccionista de chicas. Qué enfermo eres —habló Ranma, resurgiendo de la sombra.
Alan estaba estupefacto al ver a un hombre en su sagrado espacio. Sus ojos empezaron a moverse descontroladamente de un lado a otro, debido a la ira que empezó a emerger de su interior. Nunca, nadie un hombre más que él había pisado su santuario.
Ranma se regocijo al ver el rostro perfecto del coleccionista distorsionarse por una furia que seguramente su presencia estaba desatando.
El chico de la trenza tenía puesto una gabardina estilo victoriana de color azul marino, con botones plateados, las mangas perfectamente abrochadas. El pantalón oscuro que lo entallaba a la perfección y unos zapatos negros.
—Tú no tienes por qué estar aquí —expresó el coleccionista quien apretaba sus puños con fuerza.
—Tengo una razón de peso para estar aquí. Akane, ¿dónde está ella? —Exigió Ranma, mirando profundamente al hombre.
Alan sonrió de medio lado. Jamás le diría al intruso donde se encontraba su más preciada pieza de colección.
Ranma se percató que aquel hombre no le diría nada, así que tomó una de las esferas de cristal que estaba más próximo a él y la alzó, amenazante de que la rompería.
—Habla, o me encargo de echar a perder tu colección —negoció el chico de la trenza.
—Sí la rompes… la jovencita que está adentro, morirá, ¿eso quieres? —dijo Alan, nada intimidado.
Ante eso, Ranma miró a la chica que yacía dentro de aquella esfera. Él no sería capaz de hacerle daño a una mujer.
—Si la esfera de cristal se rompe, la chica muere —explicó con simpleza el coleccionista.
—¿Por qué lo haces? —Preguntó Ranma, sintiéndose impotente de no poder hacer mucho, pelear en aquel lugar era muy arriesgado, ya que la vida de las chicas corría peligro.
—Simple. Me gusta la belleza de la juventud —respondió Alan—. Es algo que siempre se debe preservar —lo dijo con vanidad, rozándose su mejilla.
Ranma lo miró, no tenía mucho qué pensar, estaba comprendiendo un poco el por qué ése hombre hacía eso.
—¡Entonces tú no lo haces para conservar la belleza de ellas, sino la tuya! —Señaló Ranma, sintiendo repulsión por aquel sujeto.
El hombre sonrió de forma asquerosa, provocando nauseas en Ranma.
—Estás en lo correcto, muchacho… vivir mil años no te conserva como quisieras…
Ranma sintió en terrible escalofrío al imaginarse cuántos años ha estado ése hombre recolectando jóvenes y conservándolas en esferas de cristal.
—El punto de la belleza es en la juventud, después de los 30 años son desechables… ¿me explico? Cuando te alimentas de ésa juventud, algunas tienden a envejecer con más rapidez… como ella —Alan señaló una esfera de cristal que se estaba fragmentando.
El joven de la coleta miró hacia donde le señalaban. Era una mujer canosa de origen holandés que ya tenía arrugas en su rostro y un semblante muy agotador.
—No lo creerías que ella tiene solo 23 años —sonrió aquel hombre, gustoso—. Apenas ha durado cinco meses. La durabilidad de la belleza es diferente en cada persona, hay quienes a una edad bastante adulta siguen siendo hermosas, pero a otras, se les agota tan rápido… es una pena que se diluya fugazmente un tesoro tan preciado como la juventud.
—Eres un maldito enfermo… —Ranma gruñó, apretó sus puños con todas sus fuerzas.
No lo pensó dos veces para golpear al tipo. Ese infeliz merecía el peor de los castigos por tratar así a las mujeres. Pensar que algo así le iba a pasar a Akane lo aterrorizó, pero no lo iba a permitir definitivamente.
Su puño pasó rozando la oreja de Alan, sintió como un golpe le era incrustado en su abdomen que le hizo escupir sangre por la fuerza del puñetazo. Antes de que pudiera reaccionar, otro golpe lo hizo terminar en el suelo, recibió una patada en la cara, haciendo que terminara boca arriba. El coleccionista junto sus manos para hacerla un puño y le dejó caer con todo su peso sobre el pecho de Ranma, haciendo que se doblara un poco por el fuerte impacto que lo hizo toser al sentir que sus pulmones se colapsaban por dentro. Otro golpe en su estómago lo hizo sacar un tanto de sangre.
—No solo me alimento de su belleza y juventud, también de sus ganas de vivir y energía, es por eso que puedo hacer esto —sonrió Alan al ver que el joven le había durado apenas un minuto.
De la punta del bastón de Alan, surgió un hilo de energía color amarilla, que se iba acumulando a unos centímetros de altura hasta formar una bola del tamaño de una pelota de futbol.
—Eres el primero y último en pisar mi santuario, intruso —una sonrisa endemoniada se dibujó en la cara del coleccionista.
Ranma trató de incorporarse, pero las heridas internas eran graves que no le dieron chance si quiera de sentarse. A duras penas logró hacerse a un lado y con la poca fuerza que tenía, empezó a arrastrarse.
La esfera de energía le dio con todo por la espalda, levantando a Ranma en el impacto y mandándolo a volar.
Ranma cayó duramente contra el suelo, revotando tres veces en él, sintiendo un horrible dolor y el ardor en su piel quemada por la fuerza de la energía. Abrió despacio sus ojos, encontrando frente a él un pedestal, alzó la mirada, viendo una esfera de cristal y dentro de ella… Akane.
Estaba hermosa como siempre, pero ahora aquel atuendo la hacía ver como una muñequita de delicada porcelana. Vestía con un vestido color azul pastel, con holanes blancos, con crinolina para darle ése aspecto como abombado, también como accesorio tenía una gargantilla de tela con decoraciones y en medio una esmeralda, así como un sombrero de copa de pequeño tamaño, y unos guantes blancos que no cubrían sus dedos. Tenía un estilo como de lolita y se veía bellísima.
—Akane… —musitó Ranma con dificultad, apenas podía creer que le hubieran dado una paliza en menos de un minuto y que lo sacaran de la contienda—. Perdóname, por favor…
—Ella es la más bella de todas, y eso que llevo quinientos años coleccionando y nunca me había topado con alguien tan especial como ella, es por eso, que ella va a permanecer así siempre —habló con anhelo el hombre.
Colocó su pie sobre la cabeza de Ranma, mientras le dirigía una mirada de sumo desprecio.
—¡Por eso no permitiré que nadie me la arrebate! —Gritó, sus ojos brillaron dándole un aspecto más tenebroso e inquietante.
Ranma aulló de dolor al sentir la fuerte presión que Alan ejercía sobre él. No podía pensar claramente en nada, el dolor invadía su raciocinio.
Escuchaba que era llamada por una voz muy familiar. Buscaba en aquella oscuridad a ésa persona, pero no podía ver nada. Existían más sonidos, una melodía de violín muy suave.
—Akane —se detuvo en seco y giró levemente su torso—. Perdóname por favor…
—¿Ranma? —Interrogó al aire, caminando a ciegas por aquel lugar—. ¿Ranma, dónde estás?
Estaba completamente oscuro que no podía ver ni sus propias manos, pero caminaba guiada por sus latidos. Algo le decía que iba en el camino correcto. Se asustó mucho al escuchar unos fuertes gritos de dolor. Aquello le partió el corazón.
—¡Ranma! —Exclamó alarmada, empezando a correr a dirección donde los escuchaba.
Una fuerte luz la cegó, se llevó sus manos al rostro para cubrirse de ella.
Abrió los ojos con lentitud, sintiendo dolor en el proceso. Su visión era tan borrosa que le costó un buen rato adaptarse.
—¡Muere, muere, muere! —Alan pateaba la cabeza de Ranma con todas sus fuerzas, disfrutando de ello.
—¡Ranma! —Exclamó Akane cuando por fin pudo ver las cosas.
Tiró el violín y el arco, corrió hasta chocar contra la pared de cristal, al principio la desconcertó muchísimo, pero de inmediato empezó a golpearla con todas sus fuerzas.
—¡RANMA! —Gritó a todo pulmón.
Golpeaba el cristal con sus pequeños puños, poco le importaba que Alan se viera gigante, su mirada estaba concentrada en su prometido que yacía en el suelo hecho ovillo soportando las patadas que Alan le daba. Su corazón se había paralizado al ver como del cuerpo Ranma emanaba una gran cantidad de sangre, llenando el piso de color escarlata.
—¡Ranma, resiste, hazlo por mí! —Chilló Akane, sintiendo una gran impotencia que su esfuerzo por romper la esfera no diera resultado—. Ranma… te amo… por favor… —dio otro golpe—. Por favor, no te mueras… o yo moriré contigo —sus lágrimas resbalaban por sus mejillas.
Tampoco le importó que sus manos estuvieran tan mullidas por los golpes que daba ni que se encontraran ya ensangrentadas.
—¡DETENTE! —Gritó Akane a Alan.
Parecía que sus gritos no salían más allá del cristal.
Alan se detuvo al escuchar como si se estuviera fragmentando algo. Miró hacia la esfera de cristal, notando como se estaba haciendo una pequeña grieta en ella, y a una Akane abatida, con las manos ensangrentadas cubriendo su rostro lloroso, haciendo que la sangre mezclada con las lágrimas cayera sobre el vestido, manchándolo irremediablemente.
Los ojos de Alan se abrieron desmesuradamente al ver aquella grieta que empezaba a crecer en la esfera de cristal.
—No puede ser… —musitó el coleccionista, aterrado.
» Continuará…
¡Hola preciosa gente de Fanfiction!
Espero que se encuentren súper n.n después de varios días sin actualizar ésta historia, les traigo el 4º y penúltimo capítulo del fic n.n, Ahora ya saben qué es lo que colecciona Alan y el por qué… espero que sea de su gusto :D
Muchas gracias por leer y comentar n.n también por agregar la historia a favoritos y ponerlo en alerta n.n Gracias!
Wolfing, bry, serena tsukinoo, Akane Redfox, frandeoz666, Natalia Saotome Tendo, PFernando y a los lectores silenciosos n.n
*bry: Un poco crudo éste capítulo, pero el siguiente será miel sobre hojuelas y fruta :9, lo prometo ;) El amor es más fuerte que cualquier cosa :D Besos :*
*Lectores anónimos: Muchas gracias por continuar regalándome unos minutos de su tiempo para leer n.n Espero que les guste éste capítulo.
Bueno, ya es el penúltimo capítulo, ¿cómo le irá a Ranma? Porque el pobre no le dio tiempo ni de respirar para que Alan descargara toda su fuerza contra él. Una pista: El amor es muy poderoso.
Oh, y para que vean como me imaginé a Akane, por favor entrar a Deviantart y busquen: A gothic Lolita, dibujo realizado por titild, hecho hace 4 años.
Nos leemos pronto, cuídense mucho, les mando un beso y un abrazo n.n
Antes de irme quiero dejar un aviso:
A las personas que me leen Indiferencia, disculpen pero no podré actualizar hasta el próximo domingo, espero que me comprendan, les he fallado por hoy, pero les aseguro que el otro domingo sin falta estará el capítulo n.n Besos :*
Me despido por el momento n.n
Bye bye
