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Melancolía sabor a lavanda y vainilla.

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—¡Yamato!

Esa voz…— pensó Yamato, la reconocería en cualquier mundo.

Cuando se giró para verla, ella ya estaba a escasos centímetros de él. Sin ninguna dubitación se lanzó a abrazarlo y comenzó a reír armoniosamente. Yamato no lograba reaccionar como era debido.

—Mimi…

—¡No puedo creerlo! —chilló emocionada, separándose de él para volver a abrazarlo con más fuerza de la que se creería— ¡Qué bien te vez! ¿¡Qué haces aquí!?

Mimi se separó un paso de él, pero Yamato aún estaba desconcertado por su cercanía. No era de los chicos más afectuosos del mundo, eso todos lo sabían, y eso, más le sorpresa que le causo encontrarla, lo había dejado mudo. Mimi no se percató de nada y eventualmente Yamato pudo responder.

—Tengo una audición con la banda —explicó

—Qué bueno, me alegro —contestó con sinceridad y una calidez especial en la voz que Yamato no reconoció—. Por qué no me avisaste que vendrías, te hubiera recogido del aeropuerto.

—No quería molestar —respondió desviando su mirada ligeramente.

—Yamato —llamó, sus ojos se achicaron sospechando—. ¿Cuándo llegaste a Nueva York? —Mimi y él no eran los más unidos del grupo, pero eran lo suficiente—. ¿Cuándo llegaste Yamato? —preguntó esta vez inflando sus cachetes en molestia.

Yamato intentó no mirarla de frente, su rostro acusatorio le molestaba.

—Hace una semana —escupió la verdad.

Mimi expulsó el aire que contuvo y para su sorpresa sonrió divertida.

—Te daba pena ¿verdad?

—Nada de eso.

—Claro que sí —concluyó— ¿Almorzaste?

Al rubio no le gustó que sentenciara de esa manera su actitud, mucho menos que no le dejara apelar cambiando de tema tan sínicamente. Aun así, dejó ir el tema; Conociéndola, era mejor de esa manera.

—Sí, comí una hamburguesa.

—Eso no es almorzar.

Mimi lo miró con preocupación por unos segundos y luego se volvió la preocupación misma al ver sus bolsas tiradas por todo el lugar. Yamato se quedó observándola extrañado, viendo como saltaba de un lugar a otro, reuniendo las bolsas del mercado. Al final unió las bolsas en dos diferentes grupos y las levantó. Yamato no podía creer lo que veía, parecía una niñita con complejos de Hulk.

—Vámonos —le dijo Mimi, se giró y comenzó a caminar hacia la salida de la estación con rapidez, dejando al rubio atrás.

Yamato tardó en reaccionar un segundo, maldijo por la bajo y la siguió sin pensar.

—Espera Mimi, ¿A dónde vas?

—A casa. Comerás algo decente —dijo sin dejar de caminar.

—¿¡Qué!?

—Solo está a dos calles de aquí —le explicó, pero luego paró en seco y lo esperó—. Lo siento, no te pregunté si tenías algo que hacer.

—No, de hecho estaba matando el tiempo.

—¡Fantástico!

Ella no pudo evitarlo y sonrió con amplitud. En seguida, quiso darse la vuelta para seguir caminando, pero Yamato la agarró por la muñeca, quitándole las bolsas en el acto.

—Dame esto —le dijo, tomando las bolsas de la otra mano también.

Los ojos achocolatados lo miraron con sorpresa en un principio y luego con una combinación de gratitud y ternura.

—Gracias.

Esta vez caminaron a la par. Mimi estiró sus manos, ejercitándolas un poco, intentando que la circulación volviera a ellas. Yamato vio al frente, pero no pudo evitar observar de reojo sus manos sonrojadas, marcadas con franjas blancas del esfuerzo. No quiso darles importancia pero en el fondo lo molestó; no dijo nada hasta salir de la estación.

—¿Por qué llevas algo tan pesado?

—No sé si lo sabes—comentó con la mirada perdida en el camino—, pero después de graduarme en la escuela culinaria he decidido que quiero abrir mi propio restaurante.

—Sí, algo he escuchado.

Mimi giró a verlo ligeramente sorprendida y su paso se volvió más animado.

—Bueno, para hacer eso debo ahorrar primero. Por ahora me contratan para preparar la comida de bodas, cumpleaños y aniversarios —suspiró cansada, tal vez con un exceso de dramatismo— Ahora tengo que preparar el almuerzo navideño para unos ejecutivos.

—Y estos son los ingredientes que necesitas —adivinó.

—Sí. Es por aquí —lo guió.

Tomó la delantera y sacó las llaves de su abrigo, abriendo las rejas del edificio y sosteniéndolas para que Yamato ingresara. Subieron al segundo piso y se dirigió al departamento de la derecha permitiendo que su amigo ingresara.

Mimi le quitó las bolsas de las manos y se fue a la cocina dejando a Yamato incomodo en la entrada. Después de unos segundos de encontrarse fuera de lugar…

¿Cómo he llegado aquí? —se preguntó mentalmente.

Lo último que recordaba era a Kozuto y Satoru diciendo que hoy se tomarían un día de descanso. Él se cansó de sus videojuegos después de un par de rondas y salió de su hotel abrumado. Caminó por un tiempo y luego sin saber que pasaba ya tenía a Mimi colgando de su cuello.

—¡Ponte cómodo! —le avisó Mimi después de un tiempo.

Yamato se dio cuenta entonces que estaba un poco tenso. Caminó adentrándose en el departamento y le llamaron la atención dos cosas. Era muy pequeño, pero estaba muy bien decorado y lleno de adornitos, usaba el diminutivo porque en esencia eran adornos diminutos. Lo segundo que le llamó la atención, fue que era un ambiente cálido y no solo lo decía por la temperatura.

Fue hasta la pequeña sala, que también hacia de comedor. Llegó a las cortinas y las recorrió, para su sorpresa en vez de ventana se encontró con una pared. Con razón la castaña necesitaba prender las luces, a pesar de ser de día. Se alejó de allí y fue al centro de la sala para sentarse. Había cuatro sillones, cada uno era diferente al otro, pero por una extraña razón, se veían bien juntos. Giró su rostro y vio que en una de las mesas había muchas fotos, ninguna de ellas eran desconocidas para él. Tomó una, la que más le llamó la atención y se quedó observándola por largo tiempo.

Ahí estaba ella, con ese gran sombrero que ahora le pertenecía a Palmon. También estaba él y el resto de los muchachos. En ese entonces, tan solo eran unos niños. Gennai, Centarumon y Ogremon también estaban en la foto del recuerdo de esas vacaciones de verano.

Mimi salió de la cocina con una bandeja en manos.

—Ya has comido, así que preparé algo sencillo —avisó.

Yamato puso la fotografía boca abajo en el sillón y recibió la bandeja con el plato de comida, una servilleta y palillos. La comida lucia extraña, parecían fideos con dos trozos de quien sabe que, todo el plato estaba bañado con una salsa verde mezclada de forma extraña con otra roja, la última parecía jalea de frutilla…

—Vamos, pruébalo —le animó sentándose a su lado.

—Pero… eh… —sudó frío— ¿Qué es esto? —preguntó con ligero temor.

—No quieres saberlo —le dijo con una sonrisa juguetona, lo que erizó a Yamato, Mimi sonrió aún más —Se valiente, te gustará.

El rubio vio las cortinas y recordó que no había ventana por la cual escapar. Miró el plato y luego a su amiga, entonces se dio por vencido. Tomó un poco de comida y la llevó a su boca.

Saboreó por un largo tiempo. Era salado, diría que sabía un poco a atún y un poco a los pepinillos que ponían en las hamburguesas, pero era más complejo que solo eso, quizá tenía un poco de aceite de oliva y algunas hiervas que no sabría reconocer, también tenía un poco de picante y otros ingredientes. Estaba… rico.

—¿Qué tal? —le preguntó con curiosidad.

—Sabe muy bien. Gracias.

—De nada.

Yamato cogió otro poco de comida mientras la castaña tomaba la fotografía que estaba en el sillón, al darle la vuelta se encontró con algo realmente agradable para ella, por eso sonrió.

—¿Cómo están los demás? —le preguntó si apartar la vista de la fotografía.

—Bien, supongo. Todos están siguiendo su propio camino.

—Sí, eso ya lo sé —afirmó y acarició la fotografía—. Jou ya está trabajando en el hospital de Odaiba. Koushiro trabaja desarrollando tecnología para una empresa americana. Sora obtuvo mucha fama con sus nuevos diseños —levantó la mirada y se encontró con la mirada clavada del rubio, así que relajó su rostro— ¿Sabes cómo le fue en Hong Kong?

—¿Hong Kong?... No —admitió— Al parecer sabes más que yo.

—Fue por un desfile de modas. Sus diseños son preciosos —le aseguró animada—. Estoy segura que le fue bien. Mira.

Tomó una de las fotos que se encontraban decorando la mesa de enfrente y se la entregó. Mimi estaba allí con una sonrisa, posando para la fotografía. Llevaba un traje de una sola pieza, la tela era de muchos colores y varias flores. Era claro que fue inspirado en el Kimono característico de Japón.

Mimi estaba hermosa, Yamato lo supo reconocer.

—Fue lo primero que diseñó Sora —le explicó— me enorgullece decir que fui yo quien la convenció de ello. Después de un tiempo me lo dio en forma de agradecimiento y para que la recordara. Como si fuera necesario algo para hacerlo.

—Tienes muchas fotografías —registró el rubio, mirando las decenas de portarretratos por todo el lugar.

—La mayoría son de Hikari, me las regala cada año.

Se estiró un poco y tomó otro portarretratos.

—Mira. Son mis dos cabezas duras, favoritas —declaró con tono de travesura.

Yamato tomó la fotografía y su boca se curvó ligeramente al verla. Eran Taichi y él, en el patio de la escuela, pocos años atrás.

—No he escuchado nada de él en meses—confesó Mimi—, ¿Cómo está?

—¿Taichi? —le preguntó y su expresión se tornó seria— Ese cabeza dura está metido en cosas extrañas con Koushiro. Ambos están preocupados por las interrelaciones de nuestro mundo con el Digimundo. Creen que el gobierno está reuniendo información.

—Pero las puertas se cerraron hace dos años —indicó Mimi, su rostro contagiado por la seriedad de Yamato.

—Sí, pero se abrieron antes, se volverán a abrir —afirmó con seguridad y preocupación a la vez—. Se están preparando para eso...

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire durante un tiempo eterno, resonando en las mentes de ambos. Eran palabras de esperanza y anhelo, al mismo tiempo de miedo y preocupación. El silencio siguió a continuación, cargado de tensión y recuerdos. La mirada de Mimi se perdió en sus fotografías y la mirada de él sin querer encontró refugió en ella.

—¿Extrañas a Palmon? —le preguntó después de un tiempo. Al contrario de lo que él esperaba, ella le sonrió con un toque de malicia.

—¿Extrañas a Gabumon?

Ninguno de los dos respondería.

Mimi se levantó de su asiento y extendió sus brazos para que Yamato le entregara la bandeja con el plato ya vació. Había estado mucho mejor de lo que esperaba.

—Gracias.

—De nada —se encaminó a la cocina y antes de entrar se dio media vuelta para preguntarle—. ¿Se te atoja algo de postre?

—No me gusta mucho el dulce.

—Ya lo sé, confía en mí —le guiñó un ojo y entró a la cocina.

Poco tiempo después apareció con dos vasos, cada uno con su respectiva pajilla. Le extendió uno de ellos. El líquido era color café oscuro y la fragancia que desprendía era lo más llamativo. Esta vez él no dudó en probarlo.

—¿Te gusta? —preguntó Mimi con interés—. No es muy dulce, solo lo suficiente.

Yamato saboreó el líquido con curiosidad, casi como si estuviera cateando vino. Tomó otro poco y esta vez tragó más rápido.

—Café, chocolate amargo y menta —Adivinó para sorpresa de Mimi.

—Tienes buen paladar Ishida.

Yamato le sonrió con superioridad y siguió tomando.

—Está rico —confesó el rubio.

—Seguro que sí, lo hice yo. Pero no está mejor que el mío.

El suyo era diferente a simple vista, tenía un color rosa pálido. Mimi bebió un poco e inmediatamente sus ojos brillaron y no tardó en soltar un pequeño suspiro de placer.

—Es mi favorito, sin duda —confesó, con una mano en la mejilla maravillada—Pruébalo —le animó, extendiendo su vaso.

—¿Qué es?

—Lavanda y vainilla.

No estaba acostumbrado a compartir el vaso, pero con Mimi no le molestaba. Sorbió un poco y se percató de la gran diferencia que había entre ambas bebidas. Al probarlo era dulce vainilla, no demasiado, solo lo suficiente como para que tenga sabor, lo especial era segundos después de pasarlo por la garganta, el aroma de la lavanda impregnaba la boca dejado una sensación dulce de añoranza por un bocado más.

—¿Cuál te gusta más?

—Ambos están bien —le dijo, devolviéndole su bebida, la castaño no dudó en tomar un poco más.

Ambos se concentraron en sus bebidas y un pequeño silencio vino a continuación, de esos incomodos con los que te encuentras en una conversación con alguien que si bien es muy cercano, no ves hace mucho tiempo. A Mimi no le gustaban esos silencios.

—Dijiste que estás aquí con tu banda —dijo después de unos segundos— ¿Dónde están ellos?

—En el hotel —respondió, mirándola ahora de frente—, hoy querían relajarse y yo decidí salir a pasear.

Mimi quiso sonreí pero no lo hizo, pero sí se rio en su interior.

—Separándose del grupo como siempre ¿Cuándo es su audición?

—El veinticinco —respondió.

El rostro de la castaña se tornó gracioso después de escuchar la fecha, o así le pareció a Yamato. Sus ojos se agrandaron ante la sorpresa, su cuerpo se inclinó ligeramente hacia adelante y su boca se abrió en incredulidad. Después de todo, el que terminó riendo en su interior fue él.

—Pe… Pero…—tartamudeó Mimi sin creerlo— El veinticinco… ¡Es Navidad!

—Sí —afirmó Yamato con una sonrisa evidente en los labios de pura diversión. Terminó su bebida y la colocó sobre la mesa.

—¿¡Qué!? —chilló Mimi en estupor, indignación e incredulidad. Yamato no pudo contenerse y rio—. ¡Qué clase de anormales trabajan en Navidad! ¡Aquí eso es ilegal!

—No lo es en Japón —la corrigió aún de buen humor.

Mimi se quedó callada, asombrada por la respuesta mansa y desinteresada del rubio. Ella no supo que responder, pero al ver la pequeña sonrisa de Yamato, olvidó un poco de las razones y se contagió de la calidez que ahora portaba.

—Creo que tienes razón… —susurró con ligera ternura en la voz, luego le sonrió con confianza— ¿Quieres más?

—No, gracias. Creo que es hora de irme.

Mimi se oscureció de pronto, pero se esforzó en que no se notara, quiso ser comprensiva.

—¿Tienes planes?

—No, pero creo que debo volver al hotel, me deben estar esperando.

—Ya veo...

Se veía descorazonada. Yamato tampoco quería despegarse del sofá, pero en realidad debería haber llegado horas antes al hotel. Salió temprano por la mañana y seguramente su banda lo había esperado para almorzar y ya eran las cuatro de la tarde. Aun así…

—¿Quisieras acompañarme? —le preguntó.

—¿En serio?

—Sí, si no tienes planes.

—Espérame —le pidió, levantándose de su lugar—, me abrigo y salimos —le prometió escapando hacia su habitación. Un segundo después volvió a aparecer en la sala—. ¿No quieres un poco más de café mientras me esperas?

—No, gracias.

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Nunca lo admitiría, pero prefería el de lavanda y vainilla; tenía sabor a nostalgia y a suaves sonrisas de una vieja amiga.

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Si quieres saber que hizo Sora en Hong Kong y como pasará su caótica Navidad, te invito a leer Mentira blanca de Navidad, que la encontrarás en mi perfil.

A todos lo que están leyendo, se los quiere mucho.

Blue, ¡Feliz cumpleaños!

Nos leemos pronto, bye, bye.