¡Una historia menos por actualizar! Bien, este es otro fic que tenía bastante abandonado, y a decir verdad el capítulo no me gusta demasiado, pero es como una "transición", antes de que se venga lo dramático y emocionante.

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Acto Cuarto. Te declaro mi rival

Abrió los ojos y bufó, molesto, en cuanto la luz del sol que se filtraba por la cortina entreabierta le dio de lleno en el rostro. Intentó sentarse, pero la cabeza le daba vueltas y terminó cayendo de vuelta en la almohada. Un momento, ¿almohada? En ese instante, se incorporó de golpe y se dio cuenta de que estaba en su cama, con las mismas ropas que había usado la noche anterior. No recordaba haber llegado a su apartamento. Bajó los pies de la cama y se encontró el celular, tirado en el piso. Lo recogió y encontró un mensaje. De Chiaki.

Me debes una, y es una gran esta vez, decía, eres pesado, maldición. Créeme, no desearía ser tú en la mañana.

—Entiendo lo que dices, Chiaki-kun —se dijo, mientras intentaba llegar al baño, apoyándose en las paredes —Qué dolor de cabeza tan insoportable. Es la última vez que me comporto de forma tan impulsiva, es una promesa.

Llegó al baño y miró su maltrecho rostro en el espejo. El cabello desarreglado, los ojos hundidos, las ojeras, los labios resecos. Era un total y completo desastre. Suspirando, se quitó la ropa y entró en la ducha. El agua helada lo hizo "despertar" de golpe. Terminó de ducharse, se secó y se amarró una toalla en la cintura. Contempló su figura, que no tenía nada de extraordinaria. Estatura media, cuerpo delgado, piel pálida. Ojos y cabello normales. Cayó en la cuenta de que, en realidad, era un sujeto común y corriente. Sin el oboe, no había nada especial en él.

—Está claro que no puedo compararme con ese sujeto del bar, ¿cierto? —se dijo, mientras regresaba a su habitación para buscar algo qué ponerse. No tenía planes para el domingo; quizás practicaría un rato, pero, ¿después?, acababa de llegar a San Petersburgo, no es como si tuviera muchos amigos.

Cuando lo invitaron a participar en la Rising Star, después de tanto tiempo, se sintió feliz. Claro que estaba encantado con su lugar en la Filarmónica de Berlín (¿quién no lo estaría?), pero regresar a Rising Star significaba que volvería a ver a sus antiguos compañeros, muchos de los cuales se habían hecho un nombre en el mundo de la música. Pero lo que le había alegrado más – aunque no quisiera admitirlo – era el hecho de que tendría que viajar a Rusia. Rusia, más específicamente San Petersburgo, le recordaba que podría volver a verla.

Porque sí, por más que quisiera ocultarlo, él lo sabía bien. Kuroki bien sabía que estaba enamorado de Tanya. Por eso quería aprovechar la oportunidad para acercarse a ella, ahora que tenían la oportunidad de volver a verse. Ella se había marchado repentinamente de Francia, abandonando sus estudios en el Conservatoire. Nadie estaba seguro de por qué, pero lo más probable era que la hubiesen expulsado. Tanya jamás fue verdaderamente disciplinada. Claro que su plan de "acercarse a ella" no estaba funcionando. Más bien, no había empezado siquiera.

Habían pasado los años, él mismo se había forjado un nombre – reconocido, si se ponía arrogante – en el mundo de la música, pero seguía siendo el mismo sujeto tímido y deprimente del Conservatoire.

—Las cosas no han cambiado. Tanya tampoco ha cambiado, al parecer.

Pero antes de que Kuroki pudiese seguir con su deprimente monólogo, el celular volvió a sonar. Siguió buscando una camisa y lo dejó sonar. No se le antojaba hablar con nadie en ese momento. Sin embargo, esa persona que lo llamaba parecía que no iba a rendirse. Sonó otras tres veces más antes de que, derrotado, Kuroki se dignara responder. Se llevó el aparato al oído, pero antes de que pudiera decir "hola" siquiera, una estridente voz casi lo deja sordo.

—¡Ya era hora de que contestaras! ¡Por todos los cielos!, ¿dónde estabas? ¿Qué hacías durmiendo a las dos de la tarde?, ¿resaca, acaso? No lo creo, después de todo eres tú, Yasu.

—Rui, Rui, ¿puedes bajar la voz? —se quejó el chico, poniendo la llamada en altavoz y dejándose caer en la cama —Me duele la cabeza. Mucho. Rayos, no debí ir con Chiaki-kun a esa taberna.

—¿Taberna? Entonces, ¿de verdad tienes resaca? —preguntó extrañada la pianista, antes de estallar en carcajadas —Yasu con resaca, en verdad no puedo imaginármelo. Tengo que verlo con mis propios ojos, ¡ya sé! —añadió, entusiasmada —¿Estás libre? ¿Qué tal si voy a tu casa y te preparo un platillo que te ayude con la resaca?

—Rui, la verdad es que…

—No te preocupes, Chiaki me dio la dirección. Estaré ahí en menos de lo que te imaginas.

—Rui, en serio, yo quiero…

—¡Nos vemos! —y colgó. Yasunori suspiró, derrotado. Cuando a Rui se le metía algo en la cabeza, no había forma de hacerla entrar en razón.

Entonces, cuando no habían pasado veinte minutos siquiera, el timbre de su apartamento comenzó a sonar, con insistencia. Se apresuró a abrir la puerta, pues el sonidito le estaba provocando de nuevo dolor de cabeza. Se encontró con una sonriente Rui, que cargaba un montón de bolsas del supermercado. Sin esperar a ser invitada, la chica entró en el apartamento y se adentró en la cocina, como si conociera el lugar de memoria. Yasunori la siguió.

—Toma, —la chica le tendió una pastilla y un vaso con agua —te ayudará —el chico sonrió, agradecido, y tomó el medicamento —Anda, puedes ir a dormir mientras preparo la comida.

—De verdad no tenías que molestarte, Rui, no es nada, en serio —dijo el chico —No tengo mucha hambre; no creo que pueda comer nada en mi condición.

—Cuando hayas probado mi sopa, te olvidarás de la resaca. Ahora, ¡fuera de mi cocina!

—¿Eh? Pero si es mi apartamento —replicó él.

—¡Dije fuera! —exclamó Rui, amenazándolo con un sartén. Yasu salió de la cocina como se lo ordenó Rui y se dejó caer en la cama. Cerró los ojos, sintiendo un gran alivio, la pastilla estaba haciendo efecto, maravillosamente.

Sintiéndose extrañamente relajado, el chico se puso a meditar, a recordar cómo fue que él y la famosa Rui Son se hicieron amigos. Su mente divagó por aquellos días en el Conservatoire, hasta que la voz de su amiga le llegó desde la cocina. Con pereza, se levantó de la cama y volvió a entrar en la cocina, sentándose en una silla. Sus ojos se abrieron como platos. Delante de él había un verdadero banquete. Había incluso platillos que no era capaz de reconocer. Rui le sirvió primero una sopa y le obligó a tomarla, sin apartar sus ojos de él.

Kuroki sintió una deliciosa sensación de alivio en su estómago y también en la cabeza. Era como si aquella humeante y exquisita sopa se llevara los restos de su resaca. Levantó el pulgar cuando la chica que preguntó qué tal le había quedado. Ella sonrió complacida, antes de irse a atender la puerta, pues el timbre acababa de sonar y le había dedicado una mirada amenazante al chico, para que se quedara terminándose la sopa.

Rui abrió la puerta y un gesto de fastidio se dibujó en su rostro en cuanto se topó con una sonriente Tanya. A Tanya, por supuesto, se le borró la sonrisa en cuanto vio que la persona que abría la puerta era Rui y no Kuroki. ¿Qué rayos hacía su "rival" ahí? Tanya estiró el cuello, pero Rui se movió para impedirle ver adentro.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó la chica de cabellos negros.

—¿Qué rayos haces aquí, Rui? —replicó Tanya —¿Acaso no es este el apartamento de Yasu?

—¿"Yasu"? —repitió Rui, arqueando una ceja —¿Desde cuándo le tienes tanta confianza como para llamarlo por un sobrenombre? Qué mujer tan maleducada —Tanya la miró, indignada y dio un paso al frente, buscando abrirse paso —Tanya, ¿qué es lo que quieres?

—Escuché de Nodame que Yasu, digo, Kuroki, no se estaba sintiendo bien, —contestó ella, intentando mantener la calma —así que quise venir a ver cómo estaba. Traje algunas medicinas.

—No hace falta que te preocupes, él se encuentra perfectamente —le dijo —Ya me he encargado de su malestar. Además, —añadió, cruzándose de brazos —después de cómo lo trataste en el Conservatoire, después de lo que hiciste anoche delante de él, ¿con qué derecho vienes a su casa, fingiendo que te preocupas por él?

—¿Cómo es que tú…?

—San Petersburgo no es una ciudad tan grande como crees, Tanya. Y Yasu no va a estar esperándote toda la vida. Así que si no tienes nada importante que hacer aquí, márchate.

—¡Ya…! —la rubia iba a llamar al dueño de apartamento, pero Rui le cubrió la boca con la mano. La rusa le dio un manotazo para apartarla y la fulminó con la mirada —¿Quién te crees que eres? ¡No tienes ningún derecho para…!

—Rui, ¿sucede algo? —se escuchó la voz de Kuroki, que se dirigía hasta donde estaban las mujeres.

—¡No es nada importante! —exclamó la aludida, con una risita nerviosa —¡Enseguida voy! —se volteó nuevamente hacia Tanya —Ahora, márchate. Si no tienes nada bueno que decirle, mejor déjalo en paz —y le cerró la puerta en la cara. La rusa se quedó de piedra, luego dio media vuelta y se marchó.

Mientras caminaba de regreso a la cocina, Rui se sacó el celular del bolsillo del pantalón y tecleó apresuradamente un mensaje.

Fase uno: completa. Tanya está completamente celosa de mí. ¡Soy un genio!

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—¡No, no y no! ¡Está mal! ¡Pésimo!

La voz de Marie Meyer retumbó en las paredes de la academia. Tanya estaba segura de que todos los alumnos y profesores habían sido capaces de escucharla. La rusa se acarició la dolorida cabeza, cuando el harisen que sostenía la mujer la azotaba por décima vez aquella mañana de lunes. Miró la partitura (Papillons, de Schumann) y se revolvió el cabello, frustrada. ¿Por qué rayos no le salía bien?

—Tanya, ¿qué demonios sucede contigo hoy? —preguntó Marie —Habíamos progresado tanto en los últimos días.

—Lo lamento —fue lo único que dijo, antes de pasar las páginas para buscar una pieza diferente —Quizás es algo pronto para intentarlo con Schumann. Quizás no tengo el talento suficiente para dominar sus obras, será mejor que…

—Muy bien, vas a decirme qué pasó —le dijo su profesora sustituta, sentándose en la butaca al lado de la rusa —Y vas a hacerlo ahora, si no quieres que te saque a patadas de mi academia.

Tanya tragó saliva y se echó hacia atrás, cuando sintió la amenazante mirada de la alemana sobre ella. Con razón ella y Ekaterina eran tan buenas amigas. Se revolvió el cabello de nuevo y lanzó un profundo suspiro. No había dejado de pensar en las palabras de Rui y ya había pasado una semana. Desde ese día, sólo había visto a Yasu un par de veces en el conservatorio, pues los miembros de la orquesta japonesa tenían reservada el ala oeste del complejo para sus ensayos. Se habían encontrado un par de veces y él la había saludado de forma cordial, pero no se había detenido a hablarle cuando ella había querido entablar conversación.

Marie la miró, con más intensidad si es que era posible. Y Tanya supo que no había forma de escaparse de esta. La alemana no iba a aceptar cualquier excusa barata para su pobre rendimiento. Pero, no es como si quisiera contarle sus problemas amorosos a una mujer que apenas conocía. Sin embargo, ¿tenía opción? Claro que no, porque Marie Meyer había probado ser una mujer poco paciente.

—La verdad es que…

Y se puso a contarle todo lo que había pasado entre ellos, desde que se conocieron en Francia, hasta su más reciente encontronazo con la mujer a quien consideraba su rival, ahora no sólo profesionalmente hablando. En cuanto mencionó a Rui, la rusa se dio cuenta de que Marie se debatía entre decir algo o no, pero al final simplemente dejó que Tanya continuara y no habló hasta que la rubia dijo:

—Y eso es lo que sucede. Sé que no es excusa para el pésimo desempeño en la clase, pero ¡es que no puedo dejar de pensar en ello! Esa mujer fastidiosa, ¿quién rayos se cree? —en ese momento, Marie se puso de pie y se llevó las manos a la cintura.

—Tienes razón, no es excusa —volteó la página para volver a Papillons —Vamos a continuar. Y no me mires con esa expresión tan patética, que no tenemos tiempo que perder. Vamos a lograrlo.

—¿Lograr qué?

—Que superes a Rui Son y el director de Rising Star te seleccione como la compañera de Yasunori Kuroki.