CAPITULO 3

WARRIORS OF SUN.-sugiere Percy a la banda.

Genial.- dicen los hijo e hijas del sol y la música poniéndose todos lentes de sol como el propio Apolo el cual estaba casi llorando de orgullo.

Bueno mejor continuamos la lectura.- dice Apolo tomando el libro.

GROVER PIERDE ACCIDENTALMENTE SUS PANTALONES. –Leyó Apolo con una ceja levantada en dirección a Grover.

Como pierdes tus pantalones?- pregunto Hermes sin entender nada.

No será que alguien te los habrá quitado?- preguntan pícaramente Connor y Travis.

A mi NO me gustan los hombres ni las cabras- responde rápidamente Percy para defender su hombría.

Pues tú te lo pierdes.- riéndose pícaramente Drew Tanaka, todos se la quedaron mirando con un tanto asqueados pues sabían lo promiscua que era la hija de Afrodita capas y realmente había practicado zoofilia… aunque nadie quería asegurarlo así que la ignoraron.

Hora de confesarse: planté a Grover en cuanto llegamos a la terminal de autobuses.

PERCY!-dijeron todos.

Lean y verán porque lo ice.- dice simplemente Percy.

Ya sé que fue muy grosero por mi parte, pero me estaba poniendo de los nervios, me miraba como si yo estuviera muerto y no paraba de refunfuñar: «¿Por qué siempre pasa lo mismo?» y «¿Por qué siempre tiene que ser en sexto?».

-Hasta yo me hubiera ido. –Dicen Hera, Hestia y Atenea, cosa que sorprendió a todos. Y no, no era por que comentaran, sino por coincidir con el joven hijo de Poseidón. -¿Qué? Lo más inteligente es irse. Díganme. Ustedes van con una persona y empiezan a decir cosas así, ¿Qué hacen? ¿Quedarse allí? No, lo lógico es marcharse.

Cuando Grover se disgustaba solía entrar en acción su vejiga.

Toda la sala empezó a reir, sin excepción alguna, mientras un sonrojado Grover.

Así que no me sorprendió que, al bajar del autobús, me hiciera prometer que lo esperaría.

En lugar de esperar, recogí mi maleta, me escabullí fuera y tomé el primer taxi hacia el norte de la ciudad.

—Al East, calle Ciento cuatro con la Primera —le dije al conductor.

-Espera, la última vez que fuimos a tu casa no estaba ahí. –Dijo Travis confundido, rascándose la nuca.

-Pues claro que no, idiota. Por si aún no te has enterado, esto va del pasado.

Unas palabras sobre mi madre antes de que la conozcas.

-Inteligente. –Respondió Annabeth.

-Graciosa. –Dijo Thalia, recordando cuando les contó las historias a vergonzantes de su primo.

-Hermosa. –Dijo Grover. –Sin malos entendidos. Yo amo a Juniper (Enebro pero suena mejor Juniper).

-Una cocinera excelente. –Dijo Nico, aun saboreando el pastel del cumpleaños de Percy.

-Es la mejor madre del mundo. –Dijo Percy sonriendo orgulloso de tenerla como madre. Hera no paso esto desapercibido y un calor dentro de su corazón le decía que era un buen niño y le sonrió, pero sin que nadie se diera cuenta. Nadie debía pensar que estaba flaqueando ante un semidiós, y Anfitrite estaba atenta, por fin sabría más que el nombre de la mortal que llamo la atención de su marido.

Se llama Sally Jackson y es la persona más buena del mundo, lo que demuestra mi teoría de que los mejores son los que tienen peor suerte.

-Entonces sabrás que esa regla también se aplica para ti también.- dice Thalia.

Ya me di cuenta –Dijo responde como si fuera lo más obvio del mundo. Sonrojando a la cazadora.

Sus padres murieron en un accidente aéreo cuando tenía cinco años.

Una vez dicha esa frase Hera, Anfitrite, Deméter, Hestia, Afrodita, Artemisa, Perséfone, y la diosa que me allá faltado le dieron un zape tras otro al cabron tronante.

Como se atreven, soy el rey de los dioses- grita furibundo Zeus.

En primer lugar, no grites- dice una Hera súper cabreada.

En segundo, como te atreves a dejar a una niña de 5 años sin padres- dice una Deméter fuera de sí.

Es inmoral y repugnante lo que hiciste-continuo Anfitrite sintiendo pena por la mortal.

Estas castigado sin cenar.- dice colérica una Hestia de 25 años y ojos llameantes- y sin peros.- le prohibió cuando vio que le iba a responder.

Y la crió un tío que no se ocupaba demasiado de ella. Quería ser novelista, así que pasó todo el instituto trabajando y ahorrando dinero para ir a una universidad con buenos cursos de escritura creativa.

-No entiendo una cosa. –Interrumpió Atenea.

-Oh, dioses. La sabelotodo no entiende algo. ¡El mundo se acaba! –Dramatizó Ares.

Artemisa insultando a su hermanastro, insistió a su hermana a que prosiguiera.

-No entiendo, como al parecer una mujer inteligente como parece y comentan pudo haber llamado tu atención tío.- sorprendiendo a todos pues jamás lo llamo tío a tío nunca.- pensé que las preferías bonitas, tontas y sumisas.

-¡Oye! eso me ofende, no soy ni un depravado, ni me enamoro de tontas de burdel, o sino cómo crees que enamoraría a mi bella esposa.- justifico el asiendo que su esposa se sonrojara y apoyara su cabeza en el hombro de su esposo y el paso su brazo por detrás del cuello de su mujer.

Entonces su tío enfermó de cáncer, por lo que tuvo que dejar el instituto el último año para cuidarlo. Cuando murió, se quedó sin dinero, sin familia y sin bachillerato.

-Eso sí que no. No te preocupes Percy, yo me encargaré de que tu madre reciba los estudios necesarios.- promete Atenea.

-Muchas gracias. –Dijo de corazón el hijo de Poseidón totalmente agradecido. Quería que su madre cumpliera todos sus sueños.

El único buen momento que pasó fue cuando conoció a mi padre.

El susodicho sonrío ante esto, preguntándose cómo sería la mortal.

Yo no conservo recuerdos de él, sólo una especie de calidez, quizá un leve rastro de su sonrisa.

-Fuiste a visitralo. –Dijo un Zeus con una mezcla entre enfado y asombro. -Desobedeciste mis órdenes?

-¿Eso pone ahí?

-Sí.

-Pues si.

-Poseidón. –Gruño enfadado.

-Zeus. –Le imitó, lo que generó alguna que otra risilla. –Callate un rato y disfruta. Y si le fui a visitar fue porque lo amo y es mi hijo.

-¡Pero hay reglas!

-Sí, y tú las cumples a raja tabla ¿no?

Pero Zeus no contestó.

-¡Quemado! –gritaron Hermes y Apolo chocando los puños con su tío.

A mi madre no le gusta hablar de él porque la pone triste.

Poseidón miró hacia abajo pensativo. No le gustaba hacer sufrir a las mujeres que amaba.

No tiene fotos. Verás, no estaban casados.

-Vaya Poseidón, a otra que dejas encantada con tus técnicas sexuales ¿eh, picarón? –Dijo Afrodita, subiendo y bajando las cejas mientras se limaba las uñas.

-No te digo que no Afrodita, pero seguro que esa es una de las razones por las que se enamoró de mí.

-¡Por los dioses, papa! –gritó Percy, llamando la atención de los dos dioses. –Que es mi madre. No quiero saber que hicisteis con ella. –Terminó con un escalofrío que le recorrió toda la espalda.

-No te preocupes pequeño, dentro de nada querrás saber más del tema incluso practicarlo, y si eres como tu padre tu novia no podrá esperar a la hora de dormir.

No es eso, es que no quiero saber cómo me concibie… espera ESTUVISTE CON MI PADRE.- todos los semidioses se sorprendieron y más cuando vieron que los dioses menos Anfitrite no sabían.

Queridos yo nací de los restos de Urano arrojados al mar, que creen que estaba haciendo hasta el momento que me presente en el Olimpo (que fue cuando Hefesto ya tenía trono), un día nade hasta la ciudad sumergida de tu padre y tanto el cómo su esposa me dieron cobijo, y una cosa llevo a la otra y acabamos en la cama, si fue a tu padre quien le di mi virginidad y él fue la razón que no me quisiera ir del mar en tan poco tiempo.

Y tú lo permites, aun cuando tuviste que dormir en otra evitación mientras tu esposo te era infiel?- pregunto sin entender Hera.

Mi señora yo he dormido con mi esposo en nuestra cama desde que me case y le aseguro que cuando Afrodita nos visitó seguíamos durmiendo juntos.- esto descoloco al resto pues no entendían si Afrodita y Poseidón estaban en la misma cama todas las noches desde su visita como es que el mismo estuvo con Anfitrite… entonces entendieron y los inocentes se sonrojaron hasta el cabello y los otros miraban a los tres sin creerlo.

ESTUVISTE DURMIENDO CON LAS DOS TODO ESE TIEMPO!- Grita súper celoso Zeus.

Pues de que otra forma iba estar con las dos-responde como si su hermano fuera retrasado mental.

Mi señor no me fue infiel esa vez porque yo también estuve con ellos, y debo decir que no fue desagradable.- dijo un tanto ruborizada la reina del mar.

Podemos seguir leyendo.- pidió un Percy mareado por saber más de lo que cualquier hijo quisiera saber sobre la vida sexual de sus padre, mientras Annabrth estaba pensativa, quizá había encontrado una manera de hacer su vida amorosa/posible matrimonial con Percy muy interesante.

Mi madre me contó que era rico e importante, y que su relación era secreta.

-Lo de rico…puedo entenderlo pero ¿importante? Ahí se emocionó al contarte, sobrino. –Dijo Hades picando a su hermano.

-Oh, cállate. –Le contestó Poseidón dándole un leve puñetazo jueguetón en el hombro.

Un buen día, él embarcó hacia el Atlántico en algún viaje importante y jamás regresó. Se perdió en el mar, según mi madre. No murió. Se perdió en el mar.

-No es una mentira, pero tampoco es una verdad, me he enamorado! –grito Hermes.

-Como intentes contactar con ella en un futuro, juro que te mato. –Amenazó Poseidón.

Ella trabajaba en empleos irregulares, asistía a clases nocturnas para conseguir su título de bachillerato y me crio sola. Jamás se quejaba o se enfadaba, ni siquiera una vez, pese a que yo no era un crío fácil. Al final se casó con Gabe Ugliano.

Enseguida, los puños de Percy se cerraron de la furia contenida que estaba guardada dentro de él.

-¿Gabe? –preguntó Katie.

-Mi primer padrastro. –Dijo seco.

Nadie agradable te lo aseguro –dijo Annabeth, posándole la cabeza en el pecho.

Que fue majo los primeros treinta segundos que lo conocí; después se mostró como el cretino de primera que era. Cuando era más pequeño, le puse el mote de Gabe el Apestoso. Lo siento, pero es verdad. El tipo olía a pizza de ajo enmohecida envuelta en pantalones de gimnasio.

-Ugghh… he visto a cerdos que olían mejor a kilómetros de distancia. –Dijo Artemisa arrugando la nariz con disgusto.

Entre los dos le hacíamos la vida a mamá más bien difícil. La manera en que Gabe el Apestoso la trataba, el modo en que él y yo nos llevábamos... En fin, mi llegada a casa es un buen ejemplo.

Entré en nuestro pequeño apartamento con la esperanza de que mi madre hubiera vuelto del trabajo. En cambio, me encontré en la sala a Gabe el Apestoso, jugando al póquer con sus amigotes. El televisor rugía con el canal de deportes ESPN. Había patatas fritas y latas de cerveza desperdigadas por toda la alfombra.

Hestia y Hera fruncieron el entrecejo, no les gustaba este hombre que al parecer no cuidaba su casa y según las descripciones de su sobrino no era una buena persona.

Sin levantar la mirada, él dijo desde el otro lado del puro:

—Conque ya estás aquí, ¿eh, chaval?

—¿Dónde está mi madre?

—Trabajando —contestó—. ¿Tienes suelto?

-¡¿Te pidió dinero?! –gritaron todos sus amigos.

-Pero si eras un niño. –Dijo Anfitrite, confundida.

-Sí, pero eso no le impedía nada.

Cómo que nada? –Preguntó, un preocupado su padre.

Eso fue todo. Nada de «Bienvenido a casa. Me alegro de verte. ¿Qué tal te han ido estos últimos seis meses?».

Gabe había engordado. Parecía una morsa sin colmillos vestida con ropa de segunda mano. Tenía unos tres pelos en la cabeza, que se extendían por toda la calva, como si eso lo volviera más atractivo o vete tú a saber. Trabajaba en el Electronics Mega-Mart de Queens, pero estaba en casa la mayor parte del tiempo. No sé por qué no lo echaban. Lo único que hacía era gastarse el sueldo en puros que me hacían vomitar y en cerveza, por supuesto. Cerveza siempre.

-Ese no es lugar para criar a un niño. –Comentó molesta Hera.

-Es lo mejor que mi madre y esa morsa podían pagar. Mis escuelas costaban bastante así q… Cuando yo estaba en casa, esperaba de mí que le proporcionara fondos para jugar. Lo llamaba nuestro «secreto de machotes». Lo que significaba que, si se lo contaba a mi madre, me molería a palos.

Te…te pegó? –Preguntó una incrédula Thalia. Sabía que existían hombres detestables, pero cómo para pegar a un niño, encima de no ser de él?

Percy no contestó y desvió la mirada al suelo.

Si -dijo Annabeth, sabiendo que Percy no contestaría.

Apolo, Hermes y Hades intentaban parar a un Poseidón muy cabreado que tenía en ese mismo momento sed de venganza por el que había lastimado a su hijo.

-Tranquilo. Esa…cosa está en el campo de castigos. –Informó fríamente Nico.

Hades miro un poco preocupado de que su hijo pasara tiempo en el inframundo pero lo dejo de pasar, no debería de ser mucho tiempo.

Porqué te dejaste pegar? –Preguntó Hazel sin poder imaginar a un Percy sin poder defenderse.

Era mi madre o yo. Y creo que obviamente no iba a dejar que ese gordo de asqueroso tocara a mi madre.

Artemisa estaba loca perdida. ¿Cómo se atrevía ese, ese…asno tocar a un niño y a una mujer? Y por otra parte pensaba que era un chico muy noble por defender así a su madre. Pero ella no solo pensaba así, si no todas las mujeres que se hallaban en esa sala.

Dejadme! ¡Que lo matare! –gritó todo enfurecido Poseidón.

-Y luego el dramático soy yo. –Murmuró Zeus, sin que nadie le oyera.

-¡Papa! –gritó Percy, para llamar su atención pero al no recibir la respuesta que esperaba, decidió invocar una ola y tirársela al rostro de su padre. –Vaya, parece que esto si te llamo la atención. –Dijo burlón.

-Percy, qué te hizo? –Preguntó el dios quitándose el agua de la cara mientras se incorporaba.

-Eso ahora no importa papa, lo importante es que…no volverá a tocar un pelo a mama. Y no, no puedes interferir, sino cambiaremos el destino. Por favor Apolo ¿Puedes seguir leyendo?

-Claro. –Recogió el libro del suelo, que había tirado para poder retener a su tío, y se sentó para comenzar.

—No tengo suelto —contesté.

Arqueó una ceja asquerosa. Gabe olía el dinero como un sabueso, lo cual era sorprendente, dado que su propio hedor debía de anular todo lo demás.

Atenea al oír esa frase miró rápidamente a Percy el cual miraba hacía un lado con el rostro lleno de culpabilidad. Entonces lo comprendió.

—Has venido en taxi desde la terminal de autobuses —dijo—. Probablemente has pagado con un billete de veinte y te habrán devuelto seis o siete pavos. Quien espera vivir bajo este techo debe asumir sus cargas. ¿Tengo razón, Eddie?

Eddie, el portero del edificio, me miró con un destello de simpatía.

-Al menos hay alguien decente en ese salón. –Señalo Demeter.

—Venga, Gabe —le dijo—. El chico acaba de llegar.

Tengo razón o no? —repitió Gabe.

Eddie frunció el entrecejo y se refugió en su cuenco de galletas saladas. Los otros dos tipos se pedorrearon casi al unísono.

Artemisa puso cara de asco.

-Agh. Qué asco. Hombres tenían que ser.

-No todos los hombres son así, mi señora. –Se apresuró a decir a Thalia.

La mirada de la diosa se debió al joven hijo de Poseidón pero no dijo nada. De momento el muchacho iba bien. Esperaba que no metiera la pata.

—Estupendo —le dije. Saqué unos dólares del bolsillo y los lancé encima de la mesa—. Espero que pierdas.

-¿Lo hizo? –Preguntó Chris.

—Ha llegado tu boletín de notas, cráneo privilegiado! —exclamó cuando me volví—. ¡Yo no iría por ahí dándome tantos aires!

Cerré de un portazo mi habitación, que en realidad no era mía. Durante los meses escolares era el «estudio» de Gabe.

-Allí guardaba revistas…que no eran aptas para…menores. –Acabó totalmente sonrojado Percy.

-¿Y tú la vistes? –Inquirió Annabeth con una ceja levantada.

Me acusa la chica que encontré leyendo el camazutra?- respondió Percy sonrojando a la listilla y asiendo que todos se sonrojaran.

ANNABETH- reprendió Atenea a su hija.

O por favor hermana tu estabas leyendo el mismo con escenas ilustradas- le recordó Hermes cuando la cacho en su biblioteca sonrojando a Atenea.

Si quieres saber, pues no, no las leí, fue más divertido quemarlas y ver como Gabe lloraba por su perdida-

Por supuesto, no había nada que estudiar allí dentro, aparte de viejas revistas de coches. Pero le encantaba apelotonar mis cosas en el armario, dejar sus botas manchadas de barro en el alféizar y esforzarse porque el lugar apestara a su asquerosa colonia, sus puros y su cerveza rancia. Dejé la maleta en la cama. Hogar, dulce hogar.

-Sarcasmo, dulce, sarcasmo. –Dijeron al unísono Travis, Leo y Connor.

El olor de Gabe era casi peor que las pesadillas sobre la señora Dodds o el sonido de las tijeras de la anciana frutera. Me estremecí sólo de pensarlo. Recordé la cara de pánico de Grover cuando me hizo prometer que lo dejaría acompañarme a casa.

Un súbito escalofrío me recorrió. Sentí como si alguien —algo— estuviera buscándome en aquel preciso instante, quizá subiendo pesadamente por las escaleras, mientras le crecían unas garras largas y enormes.

Entonces oí la voz de mi madre.

-¿Confundistes a tu madre con un monstruo? –Preguntó Nico, estupefacto.

-¡Estaba en shock!

-Ya…pero un monstruo?

-Nico, Déjale. –Dijo Rachel dándole un golpe en el hombro.

—¿Percy?

Abrió la puerta y mis miedos se desvanecieron.

La mayoría de las mujeres suspiraron.

-Que buen hijo eres, Percy. –Le felicitó Hestia.

Pero qué dices? –Protestó Octavian –así solo demuestra su debilidad.

-Recibir el amor de alguien y sentirse querido no representa debilidad. Yo diría más bien lo contrario. –Dijo Hera. –Cuando puedes estar en las últimas un vago recuerdo de tu familia o las personas que te quieres te pueden dar las fuerzas suficientes para continuar.

-Tonterías –murmuró Octavio por lo bajo.

Mi madre es capaz de hacer que me sienta bien sólo con entrar en mi habitación.

No hay nada más sexi que un hombre con sentimientos. –Suspiró Afrodita.

Sus ojos refulgen y cambian de color con la luz. Su sonrisa es tan cálida como una colcha tejida a mano. Tiene unas cuantas canas entre la larga melena castaña, pero nunca la he visto vieja. Cuando me mira, es como si sólo viera las cosas buenas que tengo, ninguna de las malas.

Jamás la he oído levantar la voz o decir una palabra desagradable a nadie, ni siquiera a mí o a Gabe.

-Joder, eso ya sí que es difícil. –Dijo Apolo.

—Oh, Percy.

—Me abrazó fuerte—. No me lo puedo creer. ¡Cuánto has crecido desde Navidad!

Su uniforme rojo, blanco y azul de la pastelería Sweet on America olía a las mejores cosas del mundo: chocolate, regaliz y las demás cosas que vendía en la tienda de golosinas de la estación Grand Central. Me había traído «muestras gratis», como siempre hacía cuando yo venía a casa.

-¡Qué suerte! –gritó Leo. –Yo quiero… -dijo haciendo un mohín.

Nos sentamos juntos en el borde de la cama. Mientras yo atacaba las tiras de arándanos ácidos, me pasó la mano por la cabeza y quiso saber todo lo que no le había contado en mis cartas. No mencionó mi expulsión, no parecía importarle. Pero ¿yo estaba bien? ¿Su niñito se las apañaba?

Octavio bufó.

-Niño de mama.

En la sala nadie le hiso caso.

Le dije que no me agobiara, que me dejara respirar y todo eso, aunque en secreto me alegraba muchísimo de tenerla a mi lado.

-Este niño es demasiado adorable. En su niñez comió muchos cereales. –Sentenció Deméter.

-No todo tiene que ver con cereales ya sabes.

-Cállate, Hades.

Mi marido tiene razón mama-dice Perséfone dejando sin palabras a su madre.

—Eh, Sally, ¿qué tal si nos preparas un buen pastel de carne? —vociferó Gabe desde la otra habitación.

Me rechinaron los dientes.

Como todos en la sala.

Mi madre es la mujer más agradable del mundo. Tendría que estar casada con un millonario, no con un capullo como Gabe.

Por ella, intenté sonar optimista cuando le conté mis últimos días en la academia Yancy. Le dije que no estaba demasiado afectado por la expulsión (esta vez casi había durado un curso entero). Había hecho nuevos amigos. No me había ido mal en latín.

Ahora sabemos porque.- dice Reyna.

Y, en serio, las peleas no habían sido tan terribles como aseguraba el director. Me gustaba la academia Yancy. De verdad. En fin, lo pinté tan bien que casi me convencí a mí mismo. Se me hizo un nudo en la garganta al pensar en Grover y el señor Brunner. Ni siquiera Nancy Bobofit parecía tan mala.

Hasta aquella excursión al museo...

—¿Qué? —me preguntó mi madre. Me azuzaba la conciencia con la mirada, intentando sonsacarme—. ¿Te asustó algo?

-Las madres tenemos un sexto sentido para estas cosas. –Hablaron las diosas que habías sido mama.

—No, mamá.

-¡Nunca mientas a tú madre! –gritó para sorpresa de todos Hermes.

-No era mi intención pero es que sonaba a locura. –Se intentó excusar Percy.

-Eso da igual. Es tu madre seguro que te hubiera entendido. Una madre es una de las cosas más grandes que puede tener uno.

Entonces porque no le contaste a Maya que avías robado mi ganado.- Pregunto Apolo.

Sabía que ella intentaría encubrirme y lo pagaría caro.- dice el dios ladron.

No me gustó mentir. Quería contárselo todo sobre la señora Dodds y las tres ancianas con el hilo, pero pensé que sonaría estúpido.

-¿Ves?

-Mmm…está bien. Pero que no se vuelva a repetir.

Apretó los labios. Sabía que me guardaba algo, pero no me presionó.

—Tengo una sorpresa para ti —dijo—. Nos vamos a la playa.

Puse unos ojos como platos.

—¿A Montauk?

—Tres noches, en la misma cabaña.

—¿Cuándo?

Sonrió y contestó:

—En cuanto me cambie.

No podía creerlo. Mi madre y yo no habíamos ido a Montauk los últimos dos veranos porque Gabe decía que no había suficiente dinero.

En ese momento Gabe apareció por la puerta y masculló:

—¿Qué pasa con ese pastel, Sally? ¿Es que no me has oído?
Quise pegarle un puñetazo.

-¡Hazlo! –gritaron todos.

Pero crucé la mirada con mi madre y comprendí que me ofrecía un trato: sé amable con Gabe un momentito.

-Que aguafiestas, Sally. –Se quejó como un niño pequeño Ares. –Esto necesita más acción. Plaza sésamo tiene más acción que este libro.

-¿Ves Plaza sésamo? –Inquirió Nico totalmente divertido.

-Pff…Qué? Ni de broma renacuajo. Eso no es de hombres. –Dijo desviando la mirada con las mejillas rojas

-Genial papa, simplemente genial. –Dijo Clarisse abochornada mientras los demás reían.

Sólo hasta que ella estuviera lista para marcharnos a Montauk.

Después nos largaríamos de allí.

—Ya voy, cariño —le dijo a Gabe—. Estábamos hablando del viaje.

Gabe entrecerró los ojos.

—¿El viaje? ¿Quieres decir que lo decías en serio?

—Lo sabía —murmuré—. No va a dejarnos ir.

-O sí que os va dejar ir o sino… -amenazó Poseidón.

—Claro que sí —repuso mi madre sin alterarse—. Tu padrastro sólo está preocupado por el dinero. Eso es todo. Además —añadió—, Gabriel no va a tener que conformarse con un pastel normalito. Se lo haré de siete capas y prepararé mi salsa especial de guacamole y crema agria. Va a estar como un rajá.

-Me encanta esta mujer… -dijeron Hermes.

-No te acerques a ella. –Dijo el dios del mar y sorprendentemente Apolo.

Es mi Bisnieta y solo para informar a todo el que vea a mis hijas u oráculo en plan romántico primero tendrá que sobrevivir a mis flechas.- sentencia el dios de la luz aterrando a varios.

Gabe se ablandó un poco.

—Así que el dinero para ese viaje vuestro... va a salir de tu presupuesto para ropa, ¿no?

-¡¿Perdón?! –Gritó Afrodita -¡¿Pero cómo se atreve la morsa, gorda, calva, mal oliente, hacer eso a esa bellísima mujer?

—Sí, cariño —aseguró mi madre.

—Y llevarás mi coche allí y lo traerás de vuelta, a ningún sitio más.

—Tendremos mucho cuidado.

Gabe se rascó la papada.

-Por todo lo que hay en este universo. Yo no me guío por lo físico sino por lo intelectual pero qué asco da. –Arrugó la cara Atenea.

—A lo mejor si te esmeras con ese pastel de siete capas... Y a lo mejor si el crío se disculpa por interrumpir mi partida de póquer.

-¡Encima le exige a Sally que se esmere y le pide a Percy que se disculpe! –Dijo una incrédula Piper –Sera cabrón…

«A lo mejor si te pego una patada donde más duele y te dejo una semana con voz de soprano», pensé.

-¡Dásela o yo misma se lo doy! –se oyó decir a Clarisse entre tanto griterío.

Pero los ojos de mi madre me advirtieron que no lo cabreara. ¿Por qué soportaba a aquel tipejo? Tuve ganas de gritar. ¿Por qué le importaba lo que él pensara?

—Lo siento —murmuré—. Siento de verdad haber interrumpido tu importantísima partida de póquer. Por favor, vuelve a ella inmediatamente.

-Y aquí tenemos al Rey del sarcasmo. Un aplauso por favor. –Gritaron Leo y los gemelos.

Al instante la sala se llenó de carcajadas, aplausos, silbidos y demás mientras el aludido se levantaba se hacía el importante mientras se reía.

Gabe entrecerró los ojos. Su minúsculo cerebro probablemente intentaba detectar el sarcasmo en mi declaración.

-Cómo no se d cuenta es que definitivamente es tonto. –Dijo Frank.

—Bueno, lo que sea —resopló, y volvió a su partida.

-No sé ni porqué dude por un momento.

—Gracias, Percy —me dijo mamá—. En cuanto lleguemos a Montauk, seguiremos hablando de... lo que se te ha olvidado contarme, ¿vale? Por un momento me pareció ver ansiedad en sus ojos —el mismo miedo que había visto en Grover durante el viaje en autobús—, como si también mi madre sintiera un frío extraño en el aire. Pero entonces recuperó su sonrisa, y supuse que me había equivocado. Me revolvió el pelo y fue a prepararle a Gabe su pastel especial.

Una hora más tarde estábamos listos para marcharnos. Gabe se tomó un descanso de su partida lo bastante largo para verme cargar las bolsas de mi madre en el coche.

-¿No se dignó a ayudarte? –preguntó una cazadora.

-No, pero lo prefería así. Si lo hubiera hecho seguramente nos hubiera entretenido más de la cuenta.

-Viéndolo así…

No dejó de protestar y quejarse por perder a su cocinera.

-Aparte de ser su esposa también tiene una vida. –Dijo Reyna indignada. –Las mujeres no somos un objeto y no pertenecemos a nadie.

Todas las mujeres de la sala asentían energéticamente a lo dicho. Artemisa pensaba que podía reclutar a varias chicas, no le vendría para nada mal.

—Y lo más importante, su Cámaro del 78- durante todo el fin de semana.

—No le hagas ni un rasguño al coche, cráneo privilegiado —me advirtió mientras cargaba la última bolsa—. Ni un rasguño pequeñito.

-Claro, tiene doce años y va a conducir. Muy lógico. –Dijo Jason.

Como si yo fuera a conducir. Tenía doce años.

-Hermano –dijo Thalia fingiendo llorar. –Ya piensas como cabezas de alga aquí. Eras tan joven.

-Que graciosa, cara pino.

Pero eso no le importaba al bueno de Gabe. Si una gaviota se cagara en la pintura, encontraría una forma de echarme la culpa.

Al verlo regresar torpemente hacia el edificio, me enfadé tanto que hice algo que no sé explicar. Cuando Gabe llegó a la puerta, hice la señal que le había visto hacer a Grover en el autobús, una especie de gesto para alejar el mal: una mano con forma de garra hacia mi corazón y después un movimiento brusco hacia fuera, como para empujar. Entonces el portal se cerró tan fuerte que le golpeó el trasero y lo envió volando por las escaleras como un hombre-bala.

Todos en la sala se quedaron con la boca abierta.

Zeus pensaba que era demasiado peligroso y tenía que hacer un plan juntó a el tipejo que parecía un espantapájaros.

-¿Co-como hiciste eso? –preguntó Nico aún con la boca abierta.

-No sé, solo sentí que…podía hacerlo.

-Pero para hacer eso se necesita mucha práctica. –Dijo Atenea, incrédula.

-¿En serio? Vaya…Puede que fuera porque estaba muy enfadado o algo así.

-No creo. Además que tengas un legado romano solo te daría el poder mas no el conocimiento para hacerlo.

Hades pensó un poco y se le ocurrió una posibilidad que explicara lo que paso.

Creo que sé que ocurrió, pero para comprobarlo necesitare un fragmento de tu alma.- llamando la atención de todos.

Un fragmento de mi alma?-

Es solo para un escaneo para comprobar mi hipótesis, serán solo unos pocos minutos luego te lo devolveré.- prometió el dios del inframundo.

Ok.- respondió sin miedo, lo que dejo admirados a todos pues no muchos darían un pedacito de su alma al dios funerario.

En un segundo Hades apareció un diamante con una calavera de hierro estigio en un extremo, sujeto el brazo de su sobrino y uso el artefacto el cual mordió a Percy. De repente los ojos de la calavera brillaron igual que el diamante, el artefacto fue retirado dejando una marca de mordedura la cual fue curada por el dios de los muertos.

Curioso, por lo general gritan como si los estuviera matando-

No es la primera vez que me extraen el alma.- dice recordando la guadaña de Cronos.

Bueno se verá el resultado en un par de días, pero aquí tienes tu fragmento.- dice liberando la esencia brillante del artefacto la cual volvió con Percy.

Continuamos?- pregunta Percy.

Puede que sólo fuera el viento, o algún accidente raro con las bisagras, pero no me quedé para averiguarlo. Subí al Camaro y le dije a mi madre que pisara a fondo.

Nuestro bungalow alquilado estaba en la orilla sur, en la punta de Long Island. Era una casita de tono pastel con cortinas descoloridas, medio hundida en las dunas. Siempre había arena en las sábanas y arañas por la habitación, y la mayoría del tiempo el mar estaba demasiado frío para bañarse.

Cuando fui no había ninguna -dijo Annabeth confusa.

Claro yo la limpie para ti – respondió Percy.

Y que hacían ustedes en una cabaña en la playa, si se puede saber?- pregunto Atenea peligrosamente brillante.

O no se mama, que aria yo con mi novio en una solitaria cabaña en la playa- se mofa Annabeth haciendo que Atenea frunza más el ceño pero no dijo nada pues recordó lo que había hecho Percy por ella, pero a la primera que vea que la hace sufrir le arrancare las tripas y se las daré de comer a mis lechuzas.

Me encantaba.

Íbamos allí desde que era niño. Mi madre llevaba más tiempo yendo. Jamás me lo dijo exactamente, pero yo sabía por qué aquella playa era especial para ella. Era el lugar donde había conocido a mi padre.

A medida que nos acercábamos a Montauk, mi madre pareció rejuvenecer, años de preocupación y trabajo desaparecieron de su rostro. Sus ojos se volvieron del color del mar.

Llegamos al atardecer, abrimos las ventanas y emprendimos nuestra rutina habitual de limpieza. Luego caminamos por la playa, les dimos palomitas de maíz azules a las gaviotas y comimos nuestras gominolas azules, caramelos masticables azules, y las demás muestras gratis que mi madre había traído del trabajo.

Porqué son azules? El azul es el color de Zeus. Si fueran verdes lo entiendo…pero ¿azul? –dijo Piper.

Supongo que tengo que explicar lo de la comida azul.

-Por favor.

Verás, Gabe le dijo una vez a mi madre que no existía tal cosa. Tuvieron una pelea, que en su momento pareció una tontería, pero desde entonces mi madre se volvió loca por comer azul. Preparaba tartas de cumpleaños y batidos de arándanos azules. Compraba nachos de maíz azul y traía a casa caramelos azules.

-Ah, ahora entiendo porque siempre comemos cosas azules en el barco –dijo Leo –y no es que me queje que conste que está muy bueno.

Esto —junto con su decisión de mantener su nombre de soltera, Jackson, en lugar de hacerse llamar señora Ugliano— era prueba de que no estaba totalmente abducida por Gabe. Tenía una veta rebelde, como yo.

Tú eres todo rebelde Percy –Dijo Thalia.

Cuando anocheció, hicimos una hoguera. Asamos salchichas y malvaviscos. Mamá me contó historias de su niñez, antes de que sus padres murieran en un accidente aéreo.

Las diosas sin previo aviso le volvieron a dar cada una colleja a Zeus al mismo tiempo. El golpe lo dejo cabeza al suelo.

Me habló de los libros que quería escribir algún día, cuando tuviera suficiente dinero para dejar la tienda de golosinas.

-Cuando escriba alguno. Que lo va a hacer. –Aseguró Atenea. –Me gustaría que me mandases una copia Perseo.

-Por supuesto señora Atenea. ¿Le querría con una dedicatoria?

-Me encantaría.

Al final, reuní valor para preguntarle lo que me rondaba por la mente desde que llegamos a Montauk: mi padre. A ella se le empañaron los ojos. Supuse que me contaría las mismas cosas de siempre, pero yo nunca me cansaba de oírlas.

—Era amable, Percy —dijo—. Alto, guapo y fuerte. Pero también gentil. Tú tienes su pelo negro, ya lo sabes, y sus ojos verdes.

-Sí, además según pasan los años Percy se parece cada vez más. –La apoyó Rachel.

-Ya me lo puedo imaginar… -ronroneó Afrodita, pero las demás féminas pensaban igual sean diosas o semidiosas.

—Mamá pescó una gominola azul de la bolsa de las golosinas—. Ojalá él pudiera verte, Percy. ¡Qué orgulloso estaría!

-Lo estoy… de todos mis hijos. –Dijo sonriéndole a Percy.

Me pregunté cómo podía decir eso. ¿Qué tenía yo de fantástico? Era un crío hiperactivo y disléxico con un boletín de notas lleno de insuficientes, expulsado de la escuela por sexta vez en seis años.

-Aunque fueras un vagabundo, asesino, ladrón o lo que sea…eres mi hijo y yo siempre te voy a querer.

¿Cuántos años tenía? —le pregunté—. Quiero decir... cuando se marchó.

Observó las llamas.

—Sólo estuvo conmigo un verano, Percy. Justo aquí, en esta playa. En esta cabaña.

—Pero me conoció de bebé.

—No, cariño. Sabía que yo estaba esperando un niño, pero nunca te vio. Tuvo que marcharse antes de que tú nacieras.

Intenté conciliar aquello con el hecho de que yo creía recordar algo de mi padre. Un resplandor cálido. Una sonrisa. Siempre di por supuesto que él me había conocido al nacer. Mi madre nunca me lo había dicho directamente, pero aun así me parecía lógico. Y ahora me enteraba de que él nunca me había visto...

-En realidad, una vez me contaste. Que sí que fuiste a visitarme.

-¡Poseidón! Rompiste las reglas. –Rugió Zeus.

-Por todos los dioses cállate. Como si tú nunca lo hubieras hecho. No eres el más indicado para hablar.

Me enfadé con mi padre.

Poseidón bajo el rostro apenado.

-Pero ya no pienso así –se apresuró a decir Percy ante el gesto de su padre –fue el momento. Lo siento.

-No te preocupes, lo entiendo.

Puede que fuera una estupidez, pero le eché en cara que se marchara en aquel viaje por mar y no tuviera agallas para casarse con mamá. Nos había abandonado, y ahora estábamos atrapados con Gabe el Apestoso.

—¿Vas a enviarme fuera de nuevo? —pregunté—. ¿A otro internado?

Sacó un malvavisco de la hoguera.

—No lo sé, cariño —dijo con tono serio—. Creo... creo que tendremos que hacer algo.

—¿Porque no me quieres cerca?

-¡Percy! –gritaron todas las féminas de la sala.

No fue mi intención. Lo siento.

-Más te vale. –Le reprocho Annabeth.

—Me arrepentí al instante de pronunciar esas palabras.

-¿Veis?

Los ojos de mi madre se humedecieron. Me agarró la mano y la apretó con fuerza.

-Una mujer llorando es lo peor del mundo. –Se quejó Connor.

-¿Verdad? Hacen contigo lo que quieren. –Le apoyó Travis.

—Oh, Percy, no. Yo... tengo que hacerlo, cariño. Por tu propio bien. Tengo que enviarte lejos.

Sus palabras me recordaron lo que el señor Brunner había dicho: que era mejor para mí abandonar Yancy.

—Porque no soy normal —respondí.

-Seamos sinceros. Tú nunca has sido normal. –Dijo Nico.

-Bueno pero porque soy un semidiós.

—Lo dices como si fuera algo malo, Percy. Pero ignoras lo importante que eres. Creí que la academia Yancy estaría lo bastante lejos, pensé que allí estarías por fin a salvo.

—¿A salvo de qué?

Cruzamos las miradas y me asaltó una oleada de recuerdos: todas las cosas raras y pavorosas que me habían pasado en la vida, algunas de las cuales había intentado olvidar.

Cuando estaba en tercer curso, un hombre vestido con una gabardina negra me persiguió por un patio. Los maestros lo amenazaron con llamar a la policía y él se marchó gruñendo, pero nadie me creyó cuando les dije que bajo el sombrero de ala ancha el hombre sólo tenía un ojo, en medio de la frente.

-Un ciclope. Seguro que lo mandé para poder vigilarte por si a alguno de mi querido hermano se atrevía hacerte algo.

Y el que –respondió Zeus señalando a Hades.

Hades jamás le había hecho algo a mis hijos… solo cuando detuvo a Teseo en el inframundo pero eso fue porque ese muchachito intento secuestrar a Perséfone.

Antes de eso: un recuerdo muy, muy temprano. Estaba en preescolar y una profesora me puso a hacer la siesta por error en una cuna en la que se había colado una culebra. Mi madre gritó cuando vino a recogerme y me encontró jugando con una cuerda mustia y con escamas, que de algún modo había conseguido estrangular con mis regordetas manitas.

-Cómo Heracles… -susurró Zoe.

-No me compares con ese imbécil. –Dijo mordaz.

En todas las escuelas me había ocurrido algo que ponía los pelos de punta, algo peligroso, y eso me había obligado a trasladarme.

Sabía que debía contarle a mi madre lo de las ancianas del puesto de frutas y lo de la señora Dodds en el museo, mi extraña alucinación de haber convertido en polvo a la profesora de mates con una espada. Pero no me atreví. Tenía la extraña intuición de que aquellas historias pondrían fin a nuestra excursión a Montauk, y no quería que eso ocurriera.

—He intentado tenerte tan cerca de mí como he podido —dijo mi madre—. Me advirtieron que era un error. Pero sólo hay otra opción, Percy: el lugar al que quería enviarte tu padre. Y yo... simplemente no soporto la idea.

—¿Mi padre quería que fuera a una escuela especial?

-El campamento -cantaron el bando de los griegos.

—No es una escuela. Es un campamento de verano.

La cabeza me daba vueltas. ¿Por qué mi padre —que ni siquiera se había quedado para verme nacer— le había hablado a mi madre de un campamento de verano? Y si era tan importante, ¿por qué ella no lo había mencionado antes?

—Lo siento, Percy —dijo al ver mi mirada—. Pero no puedo hablar de ello. Yo... no pude enviarte a ese lugar. Quizá habría supuesto decirte adiós para siempre.

-Y no lo hizo –murmuró Percy para sí mismo.

—¿Para siempre? Pero si sólo es un campamento de verano...

-También está el campamento romano –dijo Frank.

-Bueno yo en ese mismo momento no lo sabía.

Se volvió hacia la hoguera, y por su expresión supe que si le hacía más preguntas se echaría a llorar.

Esa noche tuve un sueño muy real.

-Mmm –hizo una cara de disgusto Annabeth –odio tus sueños, según me los describes parecen tan reales…

-Yo también los odios listilla.

Había tormenta en la playa, y dos animales preciosos —un caballo blanco y un águila dorada.

Zeus y Poseidón se miraron entre sí.

— intentaban matarse mutuamente entre las olas de la orilla. El águila se abalanzaba y rasgaba con sus espolones el hocico del caballo.

-¡Toma!

El caballo se volvía y coceaba las alas del águila.

-¡Y te la devolví infeliz!

Mientras peleaban, la tierra tembló y una voz monstruosa estalló en carcajadas desde algún lugar subterráneo.

Todos miraron a Hades.

-¡Oye! Y ¿qué sabéis si soy yo o no? Me ofendéis.

Incitando a las bestias a pelear con mayor fiereza.

Corrí hacia la orilla, sabía que tenía que evitar que se mataran, pero avanzaba a cámara lenta.

Los dioeses se miraron unos a otros. Pues al parecer no era Hades. Vaya…que incómodo.

Sabía que llegaría tarde. Vi al águila lanzarse en picado, dispuesta a sacarle los espantados ojos al caballo, y grité «¡Nooo!».

Me desperté sobresaltado.

Fuera había estallado realmente una tormenta, la clase de tormenta que derriba árboles y casas. No había ningún caballo o águila en la playa, sólo relámpagos que iluminaban todo con fogonazos de luz, y olas de siete metros batiendo contra las dunas como artillería pesada.

Al siguiente trueno, mi madre también se despertó. Se incorporó con los ojos muy abiertos y dijo:

—Un huracán.

Eso era absurdo. Los huracanes nunca llegan a Long Island al principio del verano. Pero al océano parecía habérsele olvidado. Por encima del rugido del viento, oí un aullido distante, un sonido enfurecido y torturado que me puso los pelos de punta.

Después un ruido mucho más cercano, como mazazos en la arena. Y una voz desesperada: alguien gritaba y aporreaba nuestra puerta.

Mi madre saltó de su cama en camisón y abrió el pestillo.

Grover apareció enmarcado en el umbral contra el aguacero. Pero no era... no era exactamente Grover.

-Entonces, según tú ¿Qué era? –pregunto el susodicho indignado.

-¿En serio me lo preguntas?

-Pues claro.

Percy negó con la cabeza y le indico al dios del sol que siguiera leyendo.

—He pasado toda la noche buscándote —jadeó—. ¿En qué estabas pensando cuando te largaste sin mí?

Mi madre me miró asustada, no por Grover sino por el motivo que lo había traído.

—¡Percy! —gritó para hacerse oír con la lluvia—, ¿qué pasó en la escuela? ¿Qué no me has contado?

-Oh, nada… que solo le atacó una furia y vió a las parcas. –Comentó sarcásticamente Annabeth, aún un poco dolida porque Percy no le contara sobre el destino.

-Lo siento ¿Vale? No quería preocuparos. –Dijo agarrándola de la mano para mayor comodidad y acercándose a su oído. –Luego te lo compensare.

-Mmm…vale.

Yo estaba paralizado mirando a Grover. No podía comprender qué estaba viendo.

-¿Qué estabas viendo? –Preguntó ansiosamente Leo.

—O Zeu kai alloi theoi! —exclamó Grover—. ¡Me viene pisando los talones! ¿Aún no le has contado nada a tu madre?

Estaba demasiado aturdido para registrar que él acababa de maldecir en griego antiguo... y que yo lo había entendido perfectamente. Estaba demasiado aturdido para preguntarme cómo había llegado allí él solo, en medio de la noche. Porque además Grover no llevaba los pantalones puestos, y donde debían estar sus piernas... donde debían estar sus piernas...

Mi madre me miró con seriedad y me habló con un tono que nunca había empleado antes:

—Percy. ¡Cuéntamelo ya!

Tartamudeé algo sobre las ancianas del puesto de frutas y sobre la señora Dodds, y mi madre se quedó mirándome con una palidez mortal a la luz de los relámpagos. Por fin agarró su bolso, me lanzó el impermeable y exclamó:

—¡Meteos en el coche! ¡Los dos! ¡Venga!

Grover echó a correr hacia el Cámaro, pero en realidad no corría, no exactamente. Trotaba, sacudía sus peludos cuartos traseros, y de repente su historia sobre una dolencia muscular en las piernas cobró sentido. Comprendí cómo podía avanzar tan rápido y aun así cojear cuando caminaba.

Sí, lo comprendí porque allí donde debían estar sus pies, no había pies. Había pezuñas.

Fin del capítulo- dice Apolo y se lo tiende a su hermana.

Bien el capítulo se llama…