¡Hola a tods! Como siempre, muchas gracias por tomaros la molestia de comentar. Siento no poderos responder uno por uno, pero estoy agotada y tengo una tortícolis de mil demonios. En fin, os dejo con uno de mis vicios favoritos . Todo pertenece a Tite Kubo, nada es mío.

Fandom: Bleach

Pareja: Ichigo/Rukia

Tema: #5 - Dolor

Número de palabras: 712

Resumen: "Ichigo estará contento siempre que ella se encuentre a su lado. Por eso está seguro de que un poco de dolor no va a acabar con su alegría"

Género: Romance/Más Romance

"Dolor"

Dio un par de vueltas en la cama, y aún medio dormida cogió el despertador que descansaba sobre una de las mesillas de noche que adornaban el cuarto de Ichigo.

– Las dos de la tarde… – se dijo a sí misma en un susurro. Con un suspiro dejó de nuevo el reloj en su sitio.

Se había hecho, entre una cosa y otra, muy tarde. Pero lo cierto era que ambos necesitaban dormir hasta bien entrada la mañana. Tanto Ichigo como Rukia habían estado despiertos en horas que ni ellos mismos conocían con exactitud.

Un sonrojo acudió al rostro de la chica al recordar lo que había pasado instantes atrás. Aún compartía cama con el muchacho, que seguía dormido, dándole la espalda.

La morena bajó la vista y descubrió que sólo llevaba su camiseta, que le quedaba casi como un camisón, mientras que él vestía únicamente los mismos vaqueros desgastados de por la noche.

Rukia no pudo evitar fijarse en su fuerte espalda. Los hombros anchos, la piel cálida que tan bien conocía… Y aquellas cicatrices que nunca habían atraído demasiado su atención. No hasta ese momento, claro está.

Arañazos, moratones y marcas de pasadas batallas se extendían por su dorso. Renji le explicó que las cicatrices significaban haber luchado hasta el final, y por tanto resultaban ser algo de lo que poder enorgullecerse. Qué tonterías decía el pelirrojo a veces. Tener "tatuada" la piel a base de dolor no debía ser algo muy agradable.

Dejando las palabras de su amigo de lado pasó suavemente un dedo por las múltiples heridas, casi con una caricia.

– ¿Qué coño haces, Rukia…? –inquirió él, somnoliento.

– ¿Cuándo te hiciste esto? – preguntó señalando una gran cicatriz que se extendía por sus hombros.

– ¿Qué más da? – respondió, molesto. Ichigo nunca se había caracterizado por despertarse de buen humor.

– ¿Cuándo? – repitió sin hacer caso a lo que había dicho. Ella quería saberlo, y no pararía hasta averiguarlo.

– Joder, ¿no te vas a quedar callada y dejarme dormir hasta que te lo diga?

– No – contestó con un gesto pícaro que él no pudo ver porque se tumbó boca abajo.

– Fue Kenpachi, una de las veces que me obligó a luchar contra él.

– ¿Y esto? – indicó un montón de cortes esparcidos a lo largo de su columna vertebral.

– Mira que eres pesada… Me los hizo tu hermano cuando me metí para que no te llevara a la Sociedad de Almas. ¿Satisfecha? – contó mientras se tapaba la cabeza con la almohada, en un inútil intento por ignorarla. Rukia sonrió más abiertamente al escuchar sus palabras. Después de todo había luchado única y exclusivamente por ella.

– Eres… eres idiota. ¡Ni un gilipollas se dejaría herir! – exclamó, dándole un sonoro empellón a su espalda.

El muchacho simplemente cerró los ojos y se alegró. Sabía que aunque estuviese siendo insultado y golpeado aquella era su particular manera de darle las gracias. Rukia nunca había sido adicta a las palabras dulces. Ni él tampoco.

– ¡Además, yo no te pedí que lo hicieses! ¿Por qué se te metió eso en la cabeza? Te dije que me dejaras ir. Luego claro, es por mi culpa que el señorito se haya hecho daño, no te jode – replicó la chica sin dejar de tirarle de los pelos.

– ¡Y yo qué sé! Lo hice porque me dio la gana. Y ahora si no piensas callarte o dormirte, vete. Estoy agotado.

Rukia se tapó y quedó inmóvil, no sin antes volver a abrir la boca.

– No es por mi culpa – volvió a decir, esta vez con un tono algo más suave. Después él hizo un gesto con la mano que la Shinigami interpretó como un "Deja el tema y duerme de una puñetera vez" al que obedeció sin rechistar. Más tarde sonrió, avergonzada, y volvió a descansar, abrazada a su cuerpo.

El chico levantó una de sus grandes manos y le revolvió el pelo. Sabía de sobra que el único responsable de aquellas heridas era él. Aunque, sinceramente, le daba igual. Porque estaba seguro de que con tal de que ella estuviese a su lado, el dolor era un precio que estaba dispuesto a pagar con creces. Y las cicatrices eran algo que acreditaban aquella decisión.