CASTILLO DE NAIPES
Vida diaria
Iván soñaba… se veía a si mismo como un pequeño niño que sollozaba abrazando sus rodillas en medio de una obscuridad que abarcaba todo el espacio en donde se encontraba; en su pie, la marca del trébol le ardía de tal manera que casi sentía quemarle mientras que todo a su alrededor se mantenía en silencio, ni un suspiro alcanzaba a escucharse en aquel velo que no tenía un solo hilo de luz.
-No me dejen solo- decía en medio de sus sollozos aferrándose a sus piernas sintiendo un frío tan intenso que incluso tensaba sus músculos a excepción de su piecito en donde el tatuaje aun quemaba su piel.
-No me dejen solo-repetía y la quemazón en su pie se hacía cada vez más fuerte haciéndolo llorar todavía mas a la vez que aquella obscuridad se extendía.
¿Por qué? ¿Por qué lo dejaban solo?... ¿Porque lo abandonaban cuando él nunca había elegido nacer como un rey? Se alejaban de él uno tras otro… se iban de su lado por algo que jamás pidió… en cambio la gente, ellos si habían elegido abandonarlo, las personas habían optado por dejarlo atrás en esa obscuridad sin salida.
-¿Por qué me dejan solo?- preguntó de nuevo con su voz infantil entrecortada escondiendo su rostro entre sus rodillas.
-No me dejen solo- dijo en voz alta entre sueños sintiendo de pronto un peso extra en su pecho.
-No estás solo- una voz le contestó haciéndolo despertar abriendo lentamente sus ojos encontrándose con los verdes de Feliks que tenía apoyadas sus manos en el pecho de Iván.
-¿Una pesadilla? Huy, súper feo en tu primera noche-le siguió diciendo el rubio viendo como Iván abría por completo sus ojos y se pasaba un brazo por ellos haciendo como que se quitaba lo somnoliento cuando en realidad limpiaba una lagrima que había logrado escapar.
-Joven Feliks, buenos días- saludó entonces el rey dibujando su eterna sonrisa.
-Buenos días su majestad- respondió Feliks en tono burlón aun apoyado en el otro rubio.
-¿Podrías quitarte de encima antes de que te rompa los brazos?- preguntó Iván sin borrar su sonrisa y con un tono tan casual que no parecía que estuviera hablando en serio, sin embargo Feliks hizo caso y se quitó.
-Que humorcito de mierda te cargas majestad, pero bueno… tampoco es como que esperara que estuvieras como que totalmente entusiasmado…- decía el rubio mientras era triunfalmente ignorado por Iván que mientras Feliks hablaba, se levantaba y se vestía.
El ojivioleta tomó la bufanda que había dejado colgada en la cabecera de la cama y se la enredó en el cuello a pesar de que fuera una mañana cálida y mientras Feliks seguía hablando, se acercó a la puerta con todas las intenciones de salir de ahí.
-Oye ¿Y tú como que a dónde pretender ir?- le preguntó entonces Feliks molesto al darse cuenta de que Iván no había estado escuchándolo, así que este solo volteó con su sonrisa de siempre.
-Pues me voy de aquí- contestó sencillamente a lo que su compañero de cuarto solo enarcó una ceja.
-Osea en serio, entiende de una vez que no puedes salir de aquí, como que deberías empezar a ver todos los barrotes y rejas que hay en este lugar…- explicó señalando la ventana de su propia habitación que estaba protegida con barrotes y aparte una malla de metal.
Iván estaba a punto de replicar acerca de eso pero antes de siquiera poder hacerlo Feliks ya se le había enganchado al brazo descolocando un poco al más alto que no esperaba que el ojiverde fuera a tocarlo de aquella manera tan confianzuda… mejor dicho no esperaba que alguien llegase a hacer ese tipo de contacto, tal vez solo Elizabetha pero ella era una cuestión diferente.
-Hay Ivancito, ósea como que lo que tú necesitas es que te enseñe como se vive aquí y tienes así como que mucha suerte de que ya sea la hora del desayuno así que ven conmigo- le dijo abriendo la puerta prácticamente arrastrando al rey que volvió a ver aquel largo pasillo esta vez lleno de personas que parecían encaminarse al mismo lugar; algunos, a ojos del rey, actuaban raro ya fuera porque hablaban solos o necesitaban ayudaba de los hombres de blanco, otros parecían desorientados y unos cuantos daban la impresión de estaban siendo acechados pues no paraban de mirar por encima de su hombro.
-Ven, no pierdas el tiempo- le ordenó Feliks dándole de jalones a Iván para que caminara y no se distrajera.
El ojiverde guió al rey por todo el pasillo hasta llegar a una amplia sala en donde había una televisión, un par de sillones y varias mesas y sillas además de un librero lleno con diferentes libros de todo tipo. En la pequeña sala había una ventana grande que como el resto estaba protegida por la dichosa malla de metal pero que tenía vista a un amplio jardín.
-Por aquí tienes nuestra sala de "entretenimiento" que de entretenida no tiene más que el nombre. Aquí es así como que el lugar donde nos tienen ocupados cuando no estamos como que totalmente dopados- decía el rubio ahora señalando la ventana –Haya afuera está el jardín en donde a veces nos dan permiso de salir, pórtate bien y tal vez te dejen tomar aire de verdad- terminó de explicar apenas dejando que Iván viera el lugar pues después volvió a arrastrado lejos de ahí hasta otra sala de espera en la que solo había un par de oficinas grises con un diván y escritorios enormes.
-Estos son los consultorios, cuando vengas aquí como que solo te tendrán hablando de tus traumas de la infancia y cosas así como que totalmente deprimentes- seguía diciendo el muchacho haciendo una exagerada cara de fastidio para luego seguir guiando a Iván hasta el comedor en donde algunos pacientes ya se reunían a la mesa.
-Y este es nuestro comedor en donde sirven la peor comida que algún día llegarás a probar, y ósea, hablo en serio cuando digo que es así como que la peor-especificó aun sin soltar a Iván que no estaba muy atento pues le intrigaba más el hecho de que Feliks siguiera rodeando su bazo como si fuera algún habito natural del rubio.
-Oh por ultimo pero totalmente no menos importante: ¡La farmacia!-dijo en un tono que denotaba por completo su sarcasmo -Aquí te formas y te dan drogas que te dejan algo así como que estúpido aunque no es tan malo… todos necesitamos relajarnos al menos una vez- bromeó dándole un par de golpecitos en las costillas a Iván que realmente no entendía a qué se refería con eso.
-Buenos días Feliks- saludó de pronto una jovencita interrumpiendo al mencionado. La chica llevaba un uniforme de enfermera y estaba detrás del mostrador que Feliks había señalado como la farmacia.
-Emma preciosa, tú de verdad te haces magia en ese rostro para verte mas bella cada mañana- le alagó el ojiverde soltando por fin a Iván.
-Oh gracias, siempre tan lindo, y cuando eres así de detallista es porque algo quieres ¿Qué es?- le preguntó la chica también rubia de ojos verdes que llevaba su cabello suelto y su cofia de enfermera asegurada con algunos pasadores.
-Ósea ¿Qué clase de perra interesada me crees como para solo decirte cosas bonitas esperando que me des algo a cambio?- preguntó ofendido el muchacho a lo que la chica tan solo sonrió acostumbrada al drama que Feliks solía armar por cualquier cosa, por lo tanto solo recargó sus brazos en el mostrador y se inclinó para quedar más cerca del muchacho.
-Perdón Feliks yo sé que tú eres un terrón de azúcar gigante pero mejor ya dime que quieres- dijo ella y Feliks solo rodó los ojos dándose por vencido y acercándose también a Emma.
-Solo un poco de tabaco y el nuevo número de la Cosmopolitán-
-Te debo la Cosmo- respondió la enfermera en voz baja mientras miraba a sus lados de manera furtiva y metía la mano a la bolsa de su suéter blanco, después la deslizó por la mesa para que Feliks tomara discretamente la cajetilla, todo bajo la curiosa mirada del rey que seguía sin entender el porqué de tanto secretismo.
-Emma eres la mujer mas bella de este mundo, es mas por tus buenas acciones como que vas a bajar dos kilos y te volverás talla tres-le dijo el rubio en agradecimiento escondiendo sus cigarrillos entre la ropa.
-Mi belleza no me salvará de perder mi trabajo- le reprochó ella.
-No digas eso preciosa, me muero si te despiden-
-Si claro, mejor vete a desayunar antes de que me despidan de verdad- le corrió la muchacha a la vez que Feliks se alejaba de ahí mandándole un beso a la rubia
-Aprende mi querido Iván, así es como te ganas pequeños lujos- le dijo al rey rodeando de nuevo su brazo llevándolo hasta el comedor para sentarse a la mesa.
Efectivamente, como Feliks había dicho, aquella era la peor comida que había probado en su vida y de hecho superaba la vez que el rey Alfred había intentado cocinar a pesar de las protestas de su Sota y bueno… fue un desastre y la comida tan solo se había terminado ya que el resto de los reyes habían tenido la cortesía de acabarse toda aquella cosa repugnante que les había servido en el plato.
Haciendo un grandísimo esfuerzo, Iván terminó de tragar (ya que ni siquiera quiso saborear) aquella cosa que se atrevían a llamar desayuno, mientras que su compañero solo se dedicó a jugar con la comida y de vez en cuando echando algunas cucharadas de aquella pasta blanca que parecía engrudo pero que se empeñaban en llamar avena, al plato de la persona que tenía a su lado, fingiendo de esa manera que había terminado toda su comida.
-Vámonos de aquí antes de que nos quieran servir un segundo plato- le murmuró el rubio al mas alto que esta vez no puso objeción y se levantó de su silla junto con Feliks que contoneando su cadera también se levantó y caminó lejos del comedor tan solo para encontrarse con uno de los hombres de blanco que parecía los vigilaban todo el tiempo a todas horas.
-¿A dónde vas?- le preguntó el hombre de manera amenazante incluso cruzándose de brazos y encuadrando su cuerpo, aunque claro, sin lograr intimidar a Feliks que solo sonrió con aquel gesto vanidoso.
-Osea, ya terminamos de desayunar, vamos a nuestra habitación ¿O acaso tampoco podemos hacer eso?-
El hombre pareció molesto por aquella actitud, mejor dicho parecía que a ninguno de los hombres de blanco les gradaba Feliks, tal vez por su actitud tan altanera. El hombre tan solo lo miró con molestia, después a Iván que se mantenía tranquilo y sonriente… aunque de una manera que lograba provocar escalofríos por lo tanto el tipo no dijo mas y se hizo a un lado dejando pasar al par de pacientes que caminaron directo al pasillo en donde estaban todos los cuartos sin embargo cuando el hombre volvió a voltearse Feliks jaló por la muñeca a Iván que no se esperaba esa pequeña desviación por otro pasillo hasta una puerta de emergencia en donde había una escalera que daba directo a la terraza, la cual ya no se le hizo raro al rey que estuviera rodeaba por barrotes todavía más altos que él mismo.
-Que se pudran los enfermeros, ósea como que esta diva hace lo que se le da la gana- se burló Feliks sacando de entre su ropa los cigarrillos y un encendedor que venía dentro de la cajetilla, se puso uno de los cigarros entre la boca, lo encendió y le dio una calada para luego sacar el humo como si con ello estuviera liberando toda la tensión acumulada.
-Vaya, no pensé ver el sol estando en este lugar- comentó entonces Iván alzando la vista poniendo su mano sobre sus ojos para que los rayos del sol matutino no le lastimaran las retinas.
-Pero claro que puedes, ósea no todos los días hace un clima tan bueno, es así como que totalmente delicioso sentir este calor- comentó el rubio poniéndose de nuevo el cigarro entre los labios recargando su espalda en los barrotes mientras que Iván tan solo se sentaba en el piso y su sonrisa eterna parecía teñirse con algo parecido a la melancolía.
-Me parece raro pensar que a pesar de que hace calor yo sigo sintiendo frío…- comentó el de ojos violacios alzando un poco su bufanda ocultando su boca tras ella captando la atención de Feliks que volvió darle otra inhalada al cigarro.
-Pues entonces tienes un problema así como que súper feo… mira que sentir frío con este sol- comentó el rubio escuchando una risa forzada por parte del rey.
-La soledad es fría no importa en donde estés- respondió Iván esperando que el ojiverde no lo hubiera escuchado sin embargo no fue así.
-¿En serio estás tan solo? También en la mañana decías algo parecido… que no te abandonaran- dijo Feliks tirando la ceniza en el piso sin recato mientras que Iván cruzaba sus piernas en forma de flor de loto pensando que no habría nada de malo en hablar con un desconocido al que sabía dentro de poco no volvería a ver jamás… no había nada de malo en desahogarse por primera vez.
-Joven Feliks… ¿Alguna vez has sentido que todo mundo te abandona a pesar de estar a tu lado? Como si todos poco a poco se fueran lejos por algo que no hiciste… por algo que no pediste, como si aquella cosa que te hace diferente fuera un repelente para la gente y al final tan solo queda una soledad tan real y tan palpable… que sientes que te va a consumir en cualquier momento- decía Iván poniendo sus manos sobre sus tobillos encogiendo sus hombros mientras miraba al piso forzándose a sonreír.
Tras decir aquello Iván se quedó en silencio, sabiendo que el rubio no sabía de qué diablos hablaba, que tal vez un loco encerrado en ese lugar que se la pasaba haciendo su voluntad sin importar nada más, jamás podría entender el gélido sentimiento de ser abandonado por algo que el destino decidió.
Pero cuando estaba pensando en esto, sintió de nuevo un peso extra en su espalda así que volteó a ver a Feliks que tenía su propia espalda recargada en la del rey mientras miraba al cielo soltando el humo que formaba figuras en el aire.
-Lo he sentido majestad… mas veces de las que podría contar- contestó y sus ojos verdes parecían haber perdido un poco de brillo que fue recuperado en cuestión de instantes, los que fueron necesarios para que Feliks se enderezara y volviera a animarse.
-Es por eso Iván que cuando mi novio venga por mí y salga de aquí tú y yo nos vamos a ir a conseguirte pareja para que dejes esos pensamientos así como que súper tristes- propuso el joven emocionado para luego darle otra fumada al cigarro.
-Pero yo ya tengo pareja… bueno, al menos ya estoy casado- contestó Iván con toda naturalidad viendo como de pronto Feliks parecía ahogarse con el humo del cigarrillo por la sorpresa. El ojiverde tosió varias veces tratando de recuperar el aire tras la increíble declaración.
-¿¡Cómo que ya estás casado!? Ósea ¿¡Cómo, porqué, con quién!?- preguntó acercándose a Iván por cada pregunta esperando una buena respuesta.
-Ah pues porque fue un matrimonio arreglado y me casé con la reina de Tréboles Elizabetha- contestó como si fuera una cosa muy normal mientras que Feliks abría la boca tanto que su mandíbula casi podía tocar el piso
-Muy bien, esto es así como que totalmente inesperado… necesito procesarlo…- decía intentando mantener la calma levantándose de nuevo y caminando hasta los barrotes intentando aclarar su mente tras el shock, mirando el paisaje el cual era el jardín y parte de la entrada principal del hospital de donde se veía a una persona salir y que emocionó a Feliks.
-¡Iván Iván, ven aquí!- le ordenó al rey mientras daba saltitos emocionado así que tan solo por curiosidad, Iván se acercó.
-Mira ahí, al chico que va saliendo… - le dijo Feliks señalando a un muchacho castaño que se veía a lo lejos –Ese pedazo de carne bronceado y sexy y por cierto, ibérico, se llama Antonio, es amigo de la infancia de Emma y es así como que el hombre más hot que he conocido, claro, después de mi Toris… es un bombón…- decía el rubio soltando algunos suspiros que más bien parecían gemidos mientras que Iván otra vez no entendía para nada las reacciones del rubio, o mejor dicho no entendía el porqué de la emoción de ver al tal Antonio saliendo de ahí y también, dirigiéndose a su trabajo en el orfanato.
El castaño de ojos verdes por la mañana al salir de casa y encaminarse al trabajo se había encontrado con su amiga de la infancia Emma así que decidió acompañarla hasta su empleo como enfermera en la clínica Claymore, cosa que la verdad le parecía un poco escalofriante a Antonio pues nunca pensó que su tierna amiga de casi toda la vida algún día terminaría rodeada de enfermos mentales. En fin, caminaron juntos hasta el hospital platicando trivialidades y poniéndose al corriente de sus vidas pues por cosas del trabajo no habían logrado verse en un tiempo; Emma había entrado al hospital para marcar su ficha y dejar sus cosas antes de comenzar su jornada, después salió para platicar otro rato con Antonio hasta que se le hizo un poco tarde al muchacho para ir a su propio trabajo como voluntario en el orfanato que quedaba a unas cuantas calles de ahí, ambos se despidieron y prometieron verse pronto para no perder contacto.
Así que de nuevo tenemos a Antonio, saliendo del hospital sin saber que cierto par de pacientes lo estaban viendo de lejos, pensando en cómo le habría ido al nuevo chico Francis que le había parecido un poco peculiar, ese rubio de ojos azules en verdad era todo un personaje pero tal vez se llevaría bien con los niños… aunque para ser sinceros lo dudaba, daba la impresión de ser alguien petulante y presumido, pero como dicen por ahí "caras vemos, corazones no sabemos".
Antonio siguió caminando silbando alguna canción haciendo girar las llaves de la reja principal en su dedo índice hasta que por fin alcanzó a ver la oxidada verja del orfanato en donde había ayudado desde que era un adolescente, ganándose así la confianza suficiente para tener incluso una llave. Abrió y con el mismo buen humor cruzó todo el jardín hasta llegar al edificio en donde Francis se hacía cargo de los más pequeños, entró y tras ser recibido por una oleada de chiquillos hiperactivos que se le arrojaron encima emocionados al verlo.
-Hola niños- les saludó intentando caminar soportando el peso de algunos chicos que se le trepaban al cuerpo.
-¿Saben dónde está Fran?- les preguntó y de pronto los muchachitos parecieron perder ánimo y poner caras de molestia a la vez que se le quitaban de encima al ojiverde.
-Si, ese insoportable está con… ¿Cómo se llama?... ah si, Matt, arriba en los dormitorios- contestó uno de los niños.
-Muchas gracias, y ya deberían aprenderse el nombre de Matty, lleva mas tiempo que ustedes aquí y no saben su nombre- les recordó Antonio alejándose de los pequeños para ir hasta los dormitorios en donde se escuchaba todo un ajetreo, entre ellos un grito de Francis así que Antonio corrió hasta el lugar preocupado, mejor dicho, hasta el baño de donde salía el grito.
-¡Dios mío, chico! ¿Acaso tú planeas matarme de una pulmonía? El agua está helada- gritaba el rey de Diamantes saliendo del baño enredado en una toalla y mojado a la vez que Antonio entraba y solo veía al rubio junto con Matt
-Ya te había dicho que tenías que darte prisa, el agua caliente no dura mucho aquí-
-Pero es que estas condiciones son inhumanas, no puedo darme un buen baño porque el agua parece que la han sacado de algún monte nevado… definitivamente me muero si paso más días aquí- se quejaba (como ya era costumbre) Francis mientras tiritaba de frío la vez que Antonio al ver la escena solo se echaba a reír.
-Deja de quejarte y vístete o sino si te va a dar algo- le dijo Mathew tomando la ropa de Francis y entregándosela al rey que la tomó de mala gana mientras era guiado de nuevo por el niño hasta el baño para que se vistiera. Francis se metió de nuevo al pequeño y demasiado humilde cuarto de baño cerrando la puerta de un azotón tras de si, evidentemente molesto al mismo tiempo que Matt tan solo negaba con su cabeza.
-Hey Matty ¿Te llevas bien con su majestad?-preguntó Antonio acercándose.
-Hola Antonio… ah, pues lo intento, pero parece que solo es un rey mimado, tal vez en su reino nunca lo ponían a trabajar- se quejaba muy seriamente Matt caminando hasta una de las camas para sentarse y poner en sus piernas a su osito blanco de felpa.
-Pero supongo que es mi deber ayudarlo a sobrevivir hasta que regrese a su reino- concluyó el chiquillo encogiéndose de hombros y soltando un suspiro mientras que Antonio disfrutaba de ver a Matt tomándose aquello tan en serio pues era raro ver al pequeño socializando o haciendo algo con otra persona o cosa que no fuera su oso de felpa.
-Y dime Matt ¿Te parece que Fran es una buena persona?- le preguntó el castaño al chico que antes de responder fue interrumpido.
-Pero por supuesto que soy una buena persona ¿Acaso crees que el rey de Diamantes carece de virtudes? Yo siempre le doy lo mejor a mi pueblo, y ni que decir a mi futura reina, ella está bañada en oro, plata y las gemas más hermosas que puedas llegar a imaginar- presumió Francis saliendo del baño tan arreglado que era impresionante ver cómo podía dar una imagen tan glamorosa usando ropa tan sencilla.
-El dinero no lo es todo, no compra la felicidad- le dijo Antonio pensando que decir aquello era un mal ejemplo para Mathew.
Al escuchar esto Francis sonrió como si Antonio fuera un pequeño ignorante.
-Pero claro que si, yo he comprado hasta ahora la mía… todo tiene un precio muchacho, todo sin excepción alguna- le dijo viendo como el otro fruncía el ceño por aquel frívolo comentario.
-¿También tú?- preguntó entonces Mathew inocente como siempre, viendo con sus grandes ojos azules al rey que dejó desaparecer su sonrisa y miró por una décima de segundo la marca en su brazo.
-Si… incluso yo- contestó en tono sombrío… quedándose ligeramente ensimismado en recuerdos del pasado que lo habían marcado y que lo habían hecho como era hasta esos días.
-¡Ah! Dejemos de hablar de esto y vayámonos de aquí- desvió el tema Antonio notando como Francis de pronto se había quedado callado –Y tú Matty no hagas caso a lo que su majestad dice, es solo que él tiene tanto dinero que piensa que puede comprar todo, pero está equivocado ¿Verdad?- le preguntó al rubio que no dijo nada y tan solo desvió la mirada.
-Vengan, vengan que ya van a empezar las lecciones de los chicos y no podemos llegar tarde- decía Antonio pasándole un brazo por el hombro a Francis y tomaba de la mano a Mathew, los tres saliendo de los dormitorios caminando por todo el pasillo, bajando las escaleras yendo hasta un gran salón de clases en dónde había varios pupitres y se impartían las clases de todos los grados para los niños que eran de edades variadas. Mathew soltó a Antonio y se disponía a correr hasta uno de los pupitres pero antes de hacerlo fue detenido por Francis que lo tomó del cuello de su suéter impidiéndole seguir.
-No tan rápido muchachito- le dijo a la vez que este se volteaba y Francis se agachaba un poco para quedar a su altura.
-¿A dónde crees que vas con esa cara sucia y el cabello desarreglado?- le preguntó sacando de su bolsillo un pañuelo para limpiarle la nariz a Mathew que hizo gestos tratando de evitar que le restregara el pañuelo en la cara.
-Quédate en paz jovencito- le ordenó Francis con ese tono aristócrata, tan diferente de Antonio que siempre parecía cariñoso y animado.
-No importa, de todos modos nadie me ve- se quejaba Matt desviando la cara para que dejara de acicalarlo, así como un gatito que quiere escapar de la limpieza de su madre.
-Pero yo si te veo y no te permito andar así- respondió el rey haciéndole aquellos largos mechones rubios hacia atrás descubriendo mejor la cara ligeramente sorprendida de Mathew que pensó no haber escuchado bien "Yo si te veo"…
Finalmente Mathew se quedó en paz dejándose hacer mientras que Francis terminaba de ponerlo decente para que entrara al salón de clases.
-Ya estás listo- dijo por fin enderezándose y mirando cómo había dejado más presentable al chico que solo abrazó más fuerte a Kumajiro y agradeció en apenas un susurro mientras entraba al salón, de vez en cuando mirando de reojo a Francis como si estuviera asegurándose de que el rubio siguiera ahí.
-A pesar de ser tan superficial eres bueno Fran- le dijo Antonio dándole un par de palmaditas al rubio en la espalda que seguía molestándole que hiciera eso.
-Y yo ya te dije que soy una buena persona, la verdad es que no sé de donde sacas esa tonta idea de que soy superficial- dijo ofendido el ojiazul haciendo su larga melena hacia atrás.
-No te pongas así Francis es que a veces dices cosas que me hacen pensar mal, como lo del dinero y eso-
-Eso no es ser superficial, es ser realista y tú deberías dejar de llenar de ideas tontas al chico- le reclamó Francis haciendo reír al castaño.
-Y me lo dice el que se la pasa pregonando que es un rey- se burló Antonio viendo por segunda vez como Francis se molestaba por ello.
-¡Ya te dije que es la verdad! En serio te estás ganando el peor de los castigos- le amenazó Francis.
-Si claro, mejor acompáñame a ver a mis chicos, vendremos cuando terminen las clases de los pequeños- le dijo Antonio jalando a Francis para que lo acompañara mientras que Mathew los miraba a la distancia, estirando su cuello todo lo que podía para ver a donde se dirigían los dos adultos
-Oye Fran… parece que Matt está muy interesado en ti, por favor se bueno con él… para ese niño es difícil socializar, casi no habla y la mayor parte de los niños lo ignoran además de que lo único que conoce es este orfanato así que creo que un poco de cariño no le vendría mal- le pidió el ojiverde con un poco más de seriedad mientras que Francis solo seguía con su camino.
-Y por favor deja de decir esas cosas de que el dinero lo es todo, al menos enfrente de los niños- agregó viendo a Francis que se mantenía inexpresivo.
-Solo soy sincero, no hay nada de malo en ello- contestó restándole importancia al asunto ganándose con ello una mirada de reproche por parte de Antonio.
-En serio no sé cómo creciste como para tener la cabeza llena de esas ideas-
Al decir esto Francis no pudo evitar rememorar algunas cosas, una escena que recordaba bien en dónde él mismo era un chiquillo que rondaba la misma edad que Mathew, envuelto en sus ropas de terciopelo anaranjado, la corona que en aquel entonces le quedaba grande estaba bien puesta en su cabeza rubia tan solo resbalando de vez en cuando, y toda su habitación llena de juguetes diseñados por los más famosos jugueteros exclusivamente para él, no había ni siquiera un pedazo del piso de su habitación que no estuviera tapizado por algún juguete, una mesa cercana estaba a rebosar de exquisitos postres de todo tipo y el joven rey de Diamantes se encontraba viendo todo aquello de lo que era poseedor, con una sonrisa tan prepotente en sus labios que incluso hizo molestar a los hombres de la corte que estaban viéndolo disfrutar de sus lujos…
Pero cuando pidió algo que le fue negado entró en cólera y aquella habitación que estaba llena de tesoros que por su valor podrían alimentar a más de diez familias, terminó quemándola por mero capricho y berrinche… o eso fue lo que todos pensaron, que al joven rey le había entrado un puchero y había decidido quemarlo todo porque uno de sus deseos no fue cumplido… estaba tan enojado… sin embargo al día siguiente todo fue reemplazado, la sala que tan solo duró una noche vacía, a la mañana siguiente fue llenada de nuevo con todas las cosas e incluso más y mejores; ese día el rey Francis comenzó a convencerse de que las cosas materiales podían llenar vacíos, el dinero podía comprarlo todo y que lo único que necesitabas era oro en tus bolsillos para obtener lo que quisieras… incluso el cariño aunque este fuera fingido, después de todo su corazón era como aquella habitación: El día que quedara vacío siempre podría compra algo para llenarlo.
Sin darse cuenta y perdido en recuerdos llegaron al edifico en donde estaban los chicos de los cuales Antonio se hacía cargo, era notable la diferencia de edad ya que todos parecían actuar un poco más tranquilos muy al contrario de los pequeños monstruitos hiperactivos que correteaban por el otro edificio.
-¡Lovi!- llamó entonces Antonio a cierto chico sacando de sus pensamientos abruptamente a Francis que vio a Antonio con su cara radiante mientras le hacía gestos con la mano a uno de los muchachos -¡Lovi aquí!- siguió gritando e incluso su tono de voz ahora parecía algo soñador.
-¡Cállate bastardo, no me llames así!- le espetó el mencionado acercándose a los otros dos de mala gana.
Francis no pudo evitar sorprenderse un poco al ver a Lovino y su tremendo parecido con la Sota de Corazones, aunque era evidente que no eran la misma persona sin embargo nunca pensó que hubiera dos personas tan parecidas sin que fueran parientes.
-¿Y tú que tanto miras?- preguntó molesto el adolescente al sentir la mirada de Francis que sin poner mucha atención al tono maleducado del Lovino tan solo se limitó a contestar.
-Nada… es solo que te pareces mucho a alguien a quien yo conozco- dijo sin dejar de pensar en la Sota.
-Lovi ya te he dicho muchas veces que no seas grosero con las personas- le reprendió Antonio aunque sin mucha dureza en su regaño.
-Me importa una mierda, y por cierto ¿Quién es este?- preguntó cuándo se dio cuenta de que no conocía al rubio afeminado.
-Otro descarado que finge no saber quién soy…- masculló Francis –Soy el r…-
-Él es Francis, es un nuevo voluntario- le interrumpió Antonio antes de que el ojiazul saliera con alguna de sus ridiculeces de que era un rey.
-Francis, este es Lovino- les presentó el castaño.
-Ya sé que es un placer conocerme jovencito, anda no seas tímido que puedes expresar tu emoción y besarme la mano- dijo Francis extendiendo su mano hacia Lovino que lo vio con algo parecido al asco en su rostro.
-Mejor tú me besas el culo o algo así- le recriminó el chico y a Francis casi se le va la respiración tras haber escuchado aquello.
-¡¿Pero cómo te atreves pequeño engendro?! ¡Te mandaré a quemar con leña verde! Es más, tus cenizas serán esparcidas por lo más inmundo de mi territorio y todas las generaciones de tu familia van a quedar manchadas por tu pecado, los repudiarán y serán señalados hasta que tu apellido muera con el tiempo ¡Me encargaré de ello, ya lo verás!- gritó iracundo Francis mientras que Lovino lo miraba aburrido.
-Vaya, eso suena terrible- comentó cínicamente ahora dirigiéndose a Antonio -¿De dónde sacaste a este loco?- le preguntó señalando a Francis que estaba rojo de la ira.
-Lovi, por favor compórtate- le rogaba el hispano
-Yo me comporto, este tipo es el que actúa raro- contradijo Lovino
-Raro… raro va a quedar todo tu rostro cuando te mande a arrestar y estés siete días y siete noches en los calabozos con los guardias- le siseó el rubio al otro
-En serio es muy raro…- volvió a decir el adolescente alejándose un poco de Francis que casi bufaba enojado.
-Ah… a Francis le gusta un poco el drama así que no lo tomes muy en serio- le dijo Antonio y el rey lo miró como si este fuera un traidor por haber dicho aquello.
-Si, ya me di cuenta- dijo el castaño obscuro barriendo con la mirada al ojiazul –bueno, si solo querías saludar yo me largo- pero antes de irse Antonio se lo impidió casi abalanzándose en un abrazo.
-No te vayas Lovi, aun falta tiempo para que comiencen tus clases, quédate con nosotros un rato- le pidió el ojiverde sin rendirse ante el repentino forcejeo de Lovino que intentaba quitárselo de encima
-Deja tus cursiladas para otro día, déjame ir- le ordenaba el chico peleando por liberarse
-Pero Lovi, ya no nos vemos tanto como antes- lloriqueaba Antonio como si fuera un niño pequeño haciendo berrinche.
-¿De qué diablos hablas? Nos vemos todos los jodidos días ¿O se te olvida que trabajas aquí idiota?- le preguntó el chico siendo asfixiado por los brazos del mayor que negaba con la cabeza aun restregándose al cuerpo del otro.
-¡No es cierto! Desde que Feli fue adoptado ya no sales de tu habitación más que para lo necesario- se quejó Antonio y al decir esto Lovino lo empujó con tanta fuerza que fue capaz de quitárselo de encima.
-¿Y de quién diablos fue la culpa de que nos separaran? Mejor déjame en paz de una maldita vez y vete acostumbrando a no verme porque cuando me largue de aquí ya jamás me verás, ni a mi hermano tampoco- Lovino dijo con tanto resentimiento que todo se quedó en un silencio sepulcral que ni siquiera Antonio se atrevió a romper y no le quedó mas remedio que ver a Lovino irse de ahí enojado.
-Lovi…- llamó Antonio en voz baja con cara triste.
-Ese chico es difícil, debe ser horrible estar enamorado de él cuando parece que te odia- comentó Francis sin mucho interés cruzándose de brazos.
-Si…- dijo Antonio para luego reaccionar por lo que había dicho Francis -¡No! ¡Quise decir que no! Yo no estoy enamorado de Lovi ni nada de eso, además él no me odia… solo está pasando por un momento difícil…- corrigió sonando desanimado de nuevo tras haber negado lo anterior.
-Di lo que quieras muchacho pero se te nota en toda la cara que ese chico hace tiempo te ha quitado el aliento, aunque él no parece corresponderte- dijo Francis también viendo la espalda de Lovino.
-No digas esas cosas que me puedes meter en problemas, Lovi es menor de edad y prácticamente está bajo mi cuidado… no puedo enamorarme de él…-
-Corrige lo que dices: No debes enamorarte pero claro que puedes, es más ya lo hiciste- Francis dijo viendo como una sombra de remordimiento se asomaba en la mirada de Antonio que al igual que el rubio seguía con los ojos la espalda de Lovino que se alejaba de ahí.
El adolescente iba caminado algo enfurruñado por las tonterías de Antonio que siempre estaba de empalagoso, haciéndose el cariñoso cuando había sido él el causante de otra separación con su mellizo. El castaño maldecía mentalmente al ojiverde mientras pasaba a un lado de la reja que daba a la calle y en donde alcanzó a divisar a cierta persona.
-El tipo que trae los libros…- dijo al ver a Arthur que iba en compañía de alguien más -¿Quién será ese otro loco? Parece que los raros abundan hoy- murmuró reparó en Alfred que aun vestía con su larga gabardina decorada con las picas y que parecía ir exageradamente animado en compañía de Arthur.
-Oye Alfred ¿Podrías bajarle dos decibeles a tu voz? Hablas demasiado alto- le regañó Arthur que rogaba que la tierra se abriera en dos y se lo tragara pues el muchacho a su lado le había hecho pasar tantas vergüenzas esa mañana que agradecido podría desaparecer de la faz del universo en cualquier momento, ya que a primera hora del día Arthur había decidido llevar al nuevo inquilino de su casa al doctor para revisar el tremendo golpe en la cabeza que se había dado y apenas llegaron y fue revisado, Alfred no había parado de soltar aquel cuento de que era un rey además de llamarle al doctor "curandero"; después de eso el ojiazul no había dejado de jugar con todos los instrumentos que encontró en el consultorio, incluso con el estetoscopio como si este fuera la cosa más interesante que jamás había visto en su vida y de estarle escuchando el corazón a medio mundo
Arthur esperaba que el doctor le dijera que Alfred sufría de delirios por el golpe pero no, estaba en perfectas condiciones, de hecho ¡demasiado perfectas condiciones! A lo que Alfred no dejó pasar la oportunidad de decir que era obvio, que "el rey de Espadas era el rey mas fuerte y poderoso de toda la Nación de los Naipes" lo que hizo que de verdad Arthur pudiera tomar una pistola y darse un tiro antes de seguir soportando aquello y la estruendosa carcajada del supuesto rey que no conforme con todo el teatro anterior, al salir del hospital dio una reverencia tan profunda y exagerada que hizo reír a todas las enfermeras (las que tal vez en vez de reír por las ocurrencias del muchacho más bien parecían burlarse del pobre chico).
Así que ahí estaban ahora camino a la librería de Arthur la cual tenía que haber sido abierta hace diez minutos.
-Esas personas eran muy amables e interesantes, nunca había conocido curanderos así, tenían artilugios muy raros- seguía hablando Alfred en una verborrea sin fin.
-Ya te dije que los llames doctores no curanderos y no eran artilugios, eran instrumentos de lo mas normales- le corrigió Arthur exasperándose.
-¿En serio? En mi reino no hay cosas así, aunque bueno, es raro que llegue a enfermarme, de hecho el que suele enfermarse es Yao, yo siempre le digo que debería dejar de fumar esa cosa que siempre tiene en su pipa pero no me hace caso, creo que es la única cosa en la que no me obedece- contaba y contaba Alfred tan solo escuchando un resoplido por parte de Arthur que por cuarta vez en esa mañana sacaba su reloj de bolsillo y miraba la hora.
-Alfred si sigues hablando te voy a abandonar en el psiquiátrico de aquí cerca- le amenazó Arthur entre dientes aun escuchando al muchacho.
-Pero si me abandonas ya no podré volver a mi reino, pero tampoco es como si tuviera intenciones de regresar- dijo haciendo un mohín con su boca metiendo las manos a su gabardina mientras fruncía el ceño.
-Otra vez con eso… yo creo que mas que un rey solo eres un adolescente que se escapó de casa porque no lo dejan hacer lo que quiere- dijo Arthur enfadado divisando su negocio.
-Si fuera capaz de escapar del palacio ya lo hubiera hecho en cualquier momento, pareciera que Yao tiene ojos en todos lados-
-Si es así entonces me pregunto cómo fue que diste aquí- decía sin mucho interés el ojiverde sacando las llaves del candado de la cortina de metal, lo abrió y la subió para luego abrir la puerta principal y al hacerlo una campanilla sonó indicando la llegada de ambos.
Los dos entraron y Arthur puso el letrero de Abierto en el cristal de la puerta, una vez más tuvieron que esquivar montañas de libros para poder llegar hasta el interruptor de la luz.
-Ya te había dicho que llegué aquí por obra de dos Comodines, de haber sabido antes que existían criaturas así en la Nación de los Naipes ya me hubiera ido de ahí desde hace mucho tiempo- contestaba Alfred ahora siendo ignorado por Arthur que iba de un lado a otro de la librería acomodando algunas cosas.
-Si Alfred, eso suena interesante pero ahora tenemos que hablar de algo más importante- dijo poniéndose las manos en la cadera y el muchacho por fin guardó silencio.
-Si quieres que te siga dando asilo en mi casa vas a tener que trabajar para al menos pagar tu hospedaje, si no te parece entonces puedes irte a cualquier otro lado en donde acepten a un rey prófugo- le advirtió el ojiverde viendo como de pronto Alfred parecía emocionarse mucho
-¡¿Trabajar?! ¿Así como los plebeyos en los campos?- preguntó dando incluso un saltito que no pudo reprimir.
-Wow, perdón por ser un "plebeyo"…- dijo molesto Arthur viendo como el otro rubio negaba efusivamente con su cabeza.
-¡No no! Está bien, ¡Quiero trabajar! Yao nunca me lo ha permitido, dice que eso es para la gente normal y que yo no soy normal…- dijo enfadado de pronto al recordar a Sota.
-Ah, pues me alegro de que te entusiasme el trabajo porque si empezabas a quejarte me iba a ver en la penosa necesidad de correrte… lástima que no lo hiciste- murmuró en voz baja lo último.
-¿Y qué es lo que tengo que hacer? ¿Arar los campos? ¿Llevar a pastar al ganado? ¿Cultivar?- enumeraba Alfred
-Eh… no, en primera estamos en la ciudad y segunda solo tienes que ayudarme a hacer la limpieza de todo el lugar y acomodar bien los libros ¡SIN MALTRATARLOS!- le advirtió enfatizando bien este punto –En serio Alfred, si le haces algo a alguno de mis preciados libros vas a lamentar haber caído frente a mi tienda- le dijo en tono amenazante que no logró asustar a Alfred quien solo rió de nuevo con aquella carcajada que hizo eco por toda la librería.
-No te preocupes Arthur, una vez Yao me dio permiso de ayudarle a limpiar sus tazas de porcelana y no rompí ni una sola, esto será como un juego de niños- le tranquilizó el rubio sacándose la gabardina y el saco que llevaba debajo, se desabotonó los puños de sus mangas para doblarlas hasta arriba de sus codos y así comenzar con la tarea que el ojiverde le había encomendado.
-Como sea, solo limpia y ya. Ah y también los libros que están en una caja de cartón, esos son para donarlos al orfanato- le ordenó Arthur yendo a la trastienda para sacar todo lo necesario y tal vez quitar unos cuantos kilos de polvo a sus estantes ya que a decir verdad, hacía tiempo no le daba una limpieza profunda a ese lugar.
Alfred no perdió tiempo a la hora de ponerse a trabajar, tal vez por su exceso de energía sin embargo el que estuviera ocupado no lo hacía callarse ya que mientras estaba subido en una pequeña escalera limpiando el ultimo estante de uno de los muchos libreros aun platicaba con Arthur que intentaba leer en silencio, obviamente no lo lograba.
-Si Yao me viera ahora mismo seguro se desmaya de la impresión- el ojiazul soltó un par de risitas tras decir esto –mataría por ver su cara- agregó pensando de nuevo en el moreno y sus constantes regaños.
-Oye Alfred, siempre estás hablando de ese tal Yao ¿Acaso es tú único amigo?- le preguntó algo molesto el dueño de la tienda dándole la vuelta a la hoja de su libro esperando alguna larga respuesta por parte de Alfred, en cambió no escuchó nada así que un poco extrañado por esto alzó la vista para ver al muchacho que sentado en lo más alto de la escalera parecía algo triste y pensativo.
-¿Alfred?- llamó Arthur pensando que tal vez había tocado una fibra delicada en el chico.
-Yao es mi Sota, o mejor dicho es mi sirviente… como soy un rey no puedo congeniar con otras personas que no sean de la corte u otros reyes así que toda mi vida he estado con Yao ya que a los demás tan solo los veo en algunas audiencias y fiestas. Cuando era pequeño tampoco me permitían jugar con otros niños así que la Sota de Espadas es la única que ha estado conmigo prácticamente toda mi vida…- explicó jugando tristemente con el trapo húmedo que tenía entre las manos y con el que estaba limpiando el librero.
-¿Y tus padres?- preguntó entonces Arthur a lo que Alfred levantó la cabeza sonriente.
-No los conozco, cuando un rey nace es separado de su familia para ser criado dentro del palacio… ningún rey conoce a sus padres o hermanos- siguió diciendo retomando su tarea de limpieza en el librero –Es por eso que la Sota me ha criado toda la vida, así que respondiendo a tu pregunta, entonces creo que si, Yao es mi único amigo- dijo riendo de nuevo en voz alta, tan animado como siempre otra vez, hasta que de pronto sintió un jalón en su ropa, el chico bajó la mirada encontrándose con un apenado Arthur.
-Perdona… por haberte hecho hablar de eso- se disculpó el rubio pensando que si quitaba todo el cuento del reino y del sirviente, Alfred era nada mas un chico huérfano y solitario lo que sonaba realmente triste.
-No te preocupes, eso tan solo es una realidad a la que ya me he acostumbrado…- dijo sin parecer muy sincero respecto a eso- ¿Y tú Arthur? ¿Tienes amigos?- le preguntó bajando un peldaño de la escalera para seguir con el siguiente estante mientras que el mencionado tan solo rodó los ojos y dio otro resoplido.
-Digamos que nunca he sido muy sociable- respondió regresando a la mesa en donde estaba leyendo.
-Pero conmigo has sido muy bueno, deberías estar rodeado de gente- decía el rubio sacando uno a unos los tomos para pasarles el trapo, claro, siendo tan cuidadoso como podía.
-Espero eso haya sido sarcasmo…- comentó Arthur abriendo el libro en la página que marcaba su separador que no era mas que una hoja de maple seca.
-Te imagino lleno de hermanos y también de muchos amigos- comentó Alfred alegre acomodando los libros por tamaños.
-Bueno en eso si tienes razón, tengo cuatro hermanos mayores, soy el más joven pero nunca nos llevamos bien, es mas, cuando yo era adolescente escapé de casa, casi me volví un delincuente así que la gente no solía estar cerca de mi- contó Arthur de manera tan natural que casi parecía que ambos rubios eran conocidos de toda la vida.
-¡¿En serio escapaste de casa?! ¿Cómo fue eso?- preguntó otra vez emocionado el ojiazul pausando una vez mas su trabajo.
-En aquel entonces pensaba como tú, que querían controlar mi vida porque…- Arthur se detuvo de su relato al darse cuenta de que ya estaba entrando en demasiada confianza con alguien a quien apenas conocía.
-¿Por qué?- le incitó Alfred a seguir contando a pesar de que Arthur pareciera algo renuente a hacerlo, sin embargo recordó que este le había contado cosas acerca de si mismo así que tal vez lo justo sería corresponderle de la misma manera.
-Porque toda la vida he estado enfermo, tengo un mal en el corazón y mi familia siempre estaba al pendiente de lo que hacía o dejaba de hacer… yo en esos tiempos tomaba su preocupación como represión y me rebelé, no me importaba si lo que hacía era peligroso o me mataba solo quería vivir mi vida como quisiera así que me fui de ahí y ya, nada interesante- contó como si de verdad aquello no tuviera gran relevancia pero para Alfred aquello sonaba como toda una odisea hasta que reparó en la primera parte del relato.
-Entonces estás enfermo…- dijo el muchacho -¿Y es doloroso eso de lo que padeces?- preguntó con sincera preocupación dejando un poco extrañado a Arthur que no esperaba aquella reacción.
-No, solo tengo que tomar mi medicamente y no hacer actividades físicas muy intensas, casi se podría decir que soy un debilucho- concluyó dándole la vuelta a la hoja de su libro, escuchando como Alfred bajaba rápido la escalera y corría (o intentaba correr entre los libros) hasta llegar a Arthur.
-¡Eso es! Ya sé porque los Comodines me trajeron aquí- dijo de pronto tan animado que incluso asustó a Arthur que de un sobresaltó quitó la vista de su libro.
-¡Porque eres débil! Uno de los Comodines dijo que yo tenía el poder pero no la sabiduría para usarlo, tal vez por eso me han traído contigo ¡Para cuidarte!- rió de manera exagerada por su descubrimiento y continuó –El rey de Espadas no dejará que nada te pase, seré tu héroe personal y demostraré a esos Comodines que soy tan sabio como poderoso- volvió a reír pensando que estaba en lo correcto sin embargo antes de poder seguir con sus carcajadas heroicas, Arthur le dio un golpe con el grueso tomo en la cabeza.
-Si héroe, sálvame pero limpiando este lugar. Termina o no te doy de comer- le ordenó y Alfred resignado volvió a limpiar sobando su cabeza en el lugar donde le dio el golpe, pero satisfecho de saber a qué había sido enviado además de que no le molestaba cuidar de Arthur; el ojiverde le agradaba pues lo trataba de manera normal, no con esa exagerada cortesía, se sentía bien que le hablaran como a una persona común.
El ojiazul caminó de nuevo hasta la escalera, pasando a un lado de una de las ventanas en donde vio una pequeña cabeza rubia correr, tal vez una que se le hacía algo familiar sin embargo no le dio importancia y siguió limpiando ignorando a Peter que se alejaba de la librería corriendo.
-Ese tonto de Gilbert… no puedo creer que sea tan sensible, apenas le digo un par de verdades y se desaparece-murmuraba el chiquillo enfadado caminando por las calles con su cola escondida entre su ropa pero luciendo su sombrero con cuernos que hacía que mas de una colegiala se volteara a verlo para comentar lo lindo que se veía el niño.
-Oh no… solo falta que esté con Feliciano…- supuso Peter deteniéndose un momento de su caminar –Definitivamente debe estar ahí ¡Gilbert idiota!- exclamó echándose a correr por la calle doblando en una de las esquinas a toda velocidad y siguiendo recto.
Peter ya se sabía de memoria la dirección del tal Feliciano, no porque se la pasara vigilándolo, sino porque era Gilbert quien siempre estaba tras él a pesar de todas y cada una de las protestas del niño, este siempre terminaba yendo a esa casa.
Finalmente tras correr al menos una media hora más llegó por fin a la residencia de Feliciano y buscó alguna ventana por la cual asomarse, seguramente Gilbert era lo suficientemente descarado para entrar a la casa aunque no era así, Gilbert no estaba ahí.
Feliciano era el que estaba en casa, para ser más específicos estaba en la cocina tratando de preparar algo de pasta para comer y calmar un poco su hambre. El castaño movía la olla con salsa de tomate mientras soltaba un leve quejido por su muñeca lastimada al mismo tiempo que alguien más entraba a la cocina.
-Ah… perdona…- dijo el rey Ludwig viendo como Feliciano se sobresaltaba y soltaba el cucharón con el que movía la salsa provocando un ligero estruendo a la hora de que los metales chocaron.
-Ve~…- solo eso alcanzó a decir el temeroso castaño que volteó a ver a Ludwig al que había dejado quedarse a dormir en su casa, no porque de verdad lo quisiera sino porque había sido un favor para Gilbert.
-¿Necesitas algo?- preguntó Feliciano pegándose hasta la estufa para quedar lo más lejos del rubio que pudo ver como el muchacho se llevaba una de sus manos a la muñeca contraria cubriendo el moretón que él mismo le había dejado por el jaloneo de la noche anterior.
Un dejo de arrepentimiento se dejó ver en el rostro de Ludwig que se acercó a Feliciano el cual quiso hacerse a un lado antes de que el ojiazul se aproximara más pero fue demasiado tarde ya que cuando acordó, el rubio ya estaba frente a él.
-Por favor, acepta mi más sinceras disculpas por todo el ajetreo de anoche y por haberte lastimado; sé que no es excusa pero estaba fuera de mis cabales y no sabía lo que hacía- se disculpó el rubio bajando un poco su cabeza.
Feliciano vio lo apenado que estaba Ludwig, incluso como su voz antes fuerte e imponente, ahora era solo profunda, ronca y calmada… totalmente diferente de la noche anterior.
-Ve~, tú también perdona- dijo repentinamente el castaño a lo que Ludwig alzó su rostro sin esperar aquello. –Perdón por haber huido de pronto… es que pensé que eras alguno de los veladores del orfanato que me había descubierto hablando con mi hermanito- explicó el castaño ligeramente avergonzado, por su parte Ludwig parecía un poco extrañado por lo que había dicho el muchacho
-Nunca me dijiste que tuvieras un hermano…- comentó Ludwig olvidando que no estaba hablando con su Sota. Feliciano tan solo ladeó ligeramente su cabeza confundido por aquel comentario.
-Eso es porque apenas nos conocemos ve~…- dijo el castaño haciendo regresar a la realidad al rubio.
-Oh… cierto, perdona de nuevo- se disculpó otra vez desviando la mirada tal vez avergonzado de que alguien tan correcto como él estuviera haciendo tantas tonterías como primero ir a perseguir a alguien que no era su sirviente, salirse de control por un malentendido y ahora confundiendo por segunda vez a ese jovencito.
-¿En serio me parezco tanto a esa otra persona?- le preguntó entonces Feliciano realmente curioso de saber si había alguien más aparte de su hermano que fuera tan parecido a él.
Ludwig volvió a ver al chico, fijó su mirada en los ojos almendrados, en el cabello castaño e incluso en el rizo extraño que sobresalía de su cabeza… lo viera por donde lo viera era la Sota de Corazones.
-Si… podría jurar que son la misma persona…- contestó sin dejar de examinar con la mirada el gesto curioso de Feliciano que solo soltó un "ve~" como solía hacer, hasta en eso era igual al mas fiel de sus sirvientes.
-Ya veo, por eso estabas tan enojado, porque pensabas que yo era tu amigo- razonó el castaño
-¿Amigo?- preguntó Ludwig como si aquella palabra le fuera extraña e indiferente sobre todo si al pronunciarla pensaba en Feliciano, la Sota…
-Si, ese que Gilbert decía era… ¿Cómo decía?- el chico trató de recordar algunos segundos murmurando cosas -¡La Sota de Corazones!- dijo por fin acordándose
-Si, Feliciano, bueno, el otro Feliciano- especificó al ver como el chico reaccionaba ante su nombre –es mi sirviente, por ende lleva el título de Sota- explicó el rubio mientras que a Feliciano parecía costarle un poco de trabajo entender lo que quería decir.
-Por cierto… ¿Tú quién eres?- preguntó el moreno apenas dándose cuenta de que no sabía el nombre de quien había hospedado en su propia casa. Ludwig al escuchar la pregunta puso su espalda lo mas recta que pudo a la vez que alzaba la frente y la barbilla mientras se llevaba una mano tras la espalda y otra frente a su estómago.
-Yo soy el legítimo rey de Corazones- contestó con aquella voz firme que llegaba a intimidar aunque Feliciano no parecía conforme con esa respuesta.
-Ve~ te pregunté quién eres no qué eres, dime tu nombre- le regañó el muchacho y parecía como si el ojiazul se descolocara un poco por ello… ¿Quién era?
-Ludwig… ese es mi nombre- respondió sin agregar su título y al hacerlo así, sin anteponer la palabra "Rey" se sintió casi vulnerable.
-Mucho gusto Ludwig- dijo el muchacho y el rey sintió un leve escalofrío recorrerle la columna al escuchar de voz de Feliciano su nombre… pues ahora que lo pensaba, su Sota nunca lo había llamado por su nombre de pila, siempre era "mi señor" o "su majestad"… nunca "Ludwig".
-E…el gusto es todo mío- contestó el rey saliendo de su momentánea impresión viendo la sonrisa radiante del castaño que parecía ya haberle perdido el miedo al otro hombre y Ludwig sintió un ligero alivio al ver aquella sonrisa, de hecho jamás se había percatado de que la sonrisa de aquel que había sido su sirviente por tantos años podía llegar a relajarle de esa manera ¿Por qué se daba cuenta hasta ese momento?... ¿Por qué hasta que no sabía si volvería a verlo a pesar de que pareciera que lo tenía justo frente a él?
-Muy bien Ludwig, ya que estás aquí y nos hemos presentado ¿Por qué no me ayudas a cocinar?- le propuso el chico haciéndose a un lado para dejar ver las ollas y la mesa llena de vegetales.
-Tendrás que excusarme Feliciano pero yo nunca he cocinado- respondió apenado el rey puesto que era verdad, él siempre estaba ocupado en asuntos totalmente diferentes así que todo aquel trabajo culinario era obligación del resto de la servidumbre, a decir verdad, el rubio jamás había puesto un pie en la cocina de su palacio.
-Eso sí que es un problema ve~- comentó Feliciano volviendo a sonreír -¡No importa! Puedes ayudarme con algo sencillo, yo te enseñaré como- le dijo al rey que tragó saliva sonoramente, eso de cocinar no parecía nada sencillo.
Finalmente terminó ayudando a picar algunos vegetales para hacer una ensalada que acompañaría la pasta, y como había dicho Feliciano, era una tarea facil a pesar de que sus cortes eran algo burdos y dejaba azotar el cuchillo contra la tabla de manera violenta, pero era agradable hacer algo fuera de lo común además de que Feliciano hacía mas ameno el momento de tanto que platicaba. El chico le había contado acerca de que sus "tutores" habían salido de viaje y le habían dado permiso de quedarse en casa solo, también de que en esos momentos no asistía a la escuela pues había tenido problemas en su colegio anterior y cabe mencionar que al contar esto el chico había parecido entristecerse un poco; también le narró cómo cada noche desde que sus tutores salieron de viaje iba a ver a su hermano que aún estaba en el orfanato, justo como la noche anterior.
-Dime Ludwig ¿Tú de verdad eres un rey?- le preguntó cambiando abruptamente el tema a lo que sin dejar de poner atención a los vegetales y el cuchillo, el rubio respondió.
-Así es, aunque ahora mismo no sé dónde me encuentro ni siquiera si mi reino está bien en estos momentos-
-Ve~ recemos para que así sea- dijo Feliciano aspirando el aroma de la pasta que no tardaba en quedar lista -¿Entonces si eres rey también tienes una reina?- seguía preguntándole abriendo la olla para revisar los fideos.
-Si- contestó secamente el ojiazul
-¿Y es bonita? Me encantan las chicas lindas- seguía cuestionándole el castaño emocionado a lo que Ludwig dejó de picar la verdura.
-Kiku, mi reina, es hombre- aclaró Ludwig viendo la cara de sorpresa que puso Feliciano ante esto –En nuestra nación no importa si la reina es hombre o mujer ya que una marca en su cuerpo es la que los designa como parte de la realeza y Kiku la tiene- explicó tan solo para que Feliciano entendiera.
-Ya veo, como la que tú tienes en tu pecho- dijo el muchacho recordando el corazón rojo que le había visto a Ludwig
-Exacto, cuando a una persona le aparece la marca de la reina en su cuerpo es su deber contraer nupcias con el rey- siguió diciendo Ludwig a lo que Feliciano se sentó sobre la mesa de la cocina y no dijo nada pensando en aquello que recién le había dicho Ludwig.
-Que cruel…- comentó entonces el castaño con su mirada perdida y Ludwig volteó a verlo teniendo la sensación de que aquella conversación ya la había tenido antes pero aun así decidió continuarla.
-¿Por qué cruel?- preguntó.
-No poder estar con la persona que amas… eso es cruel- respondió Feliciano con la misma expresión ausente mientras que Ludwig iba a contestar aquel comentario sin embargo el castaño se le adelantó.
-Ojalá tu reina se haya casado contigo sin haber tenido que ser separado de una persona especial y sea muy feliz a tu lado- dijo optimista Feliciano columpiando sus pies aun sentado en la mesa. El rubio una vez mas sintió un pesar en su pecho al escuchar aquello.
-No lo sé… Kiku no suele hablar de si mismo, mucho menos de su vida antes de ser reina, de hecho es incluso mas reservado que yo así que a veces es difícil saber que está pensando- dijo Ludwig mientras que Feliciano bajaba de la mesa.
-Parece una persona interesante, me encantaría conocerlo ve~, pero ahora vamos a comer, la pasta está lista- anunció el castaño.
El chico sirvió la pasta y ambos comieron mientas que Feliciano le hacía preguntas interminables a Ludwig que pacientemente respondía todas y cada una de las interrogantes del chico quien parecía estar escuchando un increíble cuentos épico; las horas pasaron en medio de la charla y el devorar pasta, tanto así que pronto la noche los alcanzó.
-Oh, ya es hora- dijo de pronto Feliciano interrumpiendo los relatos de Ludwig.
-¿Hora de qué?-
-De ir a ver a mi hermanito- respondió Feliciano y en un instante se levantó de la mesa, puso todos los platos en la tarja para lavarlos mas tarde y corrió hasta su habitación para tomar una chaqueta.
-Vamos, tú también vienes- le ordenó a Ludwig tomándolo del brazo para que los dos salieran juntos de la casa.
Tomaron un autobús y caminaron unas cuadras que Ludwig logró identificar ya que eran las mismas calles por las que el día anterior había estado persiguiendo a Feliciano, incluso el lugar en donde el Comodín se apareció; continuaron derecho, pasaron por un enorme hospital, después por una librería de libros viejos, varios negocios, casas y departamentos hasta que a los lejos se alzaban los edificios que conformaban el orfanatorio del Sagrado Corazón de Cristo.
Rodearon toda la verja en silencio y tratando de no hacer ruido con sus pasos hasta llegar al patio trasero en donde alguien ya los esperaba, o por lo menos esperaba a Feliciano; Ludwig logró ver entre la penumbra la sombra del hermano del castaño, no pudo evitar cierto asombro al reparar en el parecido entre los dos, aunque el famosos hermano parecía un poco mas salvaje que el propio Feliciano, ahí parado con el seño fruncido y los brazos cruzados como esperando que alguien llegase a atacarlo o buscar problemas con él.
-Fratello- llamó en susurros Feliciano el cual no se aguantó las ganas de correr hasta la reja en donde el otro muchacho se relajó un poco a la vez que una breve sonrisa se dibujaba en sus labios. Feliciano por fin estaba frente a él y enlazaba sus manos con las del mayor a través de los huecos de los barrotes de la reja mientras juntaban sus frentes y se sonreían, uno con más sinceridad que él otro que intentaba reprimirse.
Ludwig que estaba a unos metros de ahí mirándolos a ambos llegó a pensar que de no saber que esos dos chicos eran hermanos, bien podría creer que aquella escena era la de dos amantes en medio de un encuentro furtivo protegidos por la obscuridad de la noche guiados por la luz de la luna… y por alguna extraña razón… el pensar en eso, le hizo sentir mal.
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Otro capítulo, ufff, espero les haya parecido interesante pues cuando estaba releyéndolo para corregir errores, me dije a mi misma: "Como que estos reyes están medio traumaditos" y luego volví a decirme: "Nah, todos tenemos traumas y complejos" Así que espero hayan disfrutado de los reyes acomplejados y sigan leyendo.
Ahora, muchas gracias por los reviews y sus palabras, en serio las personas que leen esto y aparte comentan, son awesome, si son awesome y bueno, gracias de nuevo, nos vemos en el siguiente capítulo.
