Dios del engaño

Izuna se sentía tan extasiado ante la idea de que no sentía la verdadera necesidad de jadear luego de varias horas de entrenar con Madara, que no importaba lo que pensara su padre que insistía en lo absurdo que era enfrentarse entre ellos en lugar de buscar a un Senju para establecer un parámetro de poder útil. Para él, ese entrenamiento había cumplido a sus propósitos: había confirmado que sus habilidades habían aumentado considerablemente respecto a la última vez.

Escuchó que le llamaban y vio a su hijo correr hacia donde estaban. Su padre gruñó, pero bastó con una mirada para que se reservara sus comentarios, al ver que el hombre se echaba hacia atrás sintió temor por sí mismo y esa distancia que seguía creciendo entre él y Madara, y entre él y el resto del clan.

Su padre siempre había sido una figura poco destacada dentro de un clan guerrero aunque competente en su rol, prueba de ello era que estaba vivo. Con cierta frecuencia, los más ancianos le tachaban de mediocre, aunque no lo era por convicción, sino por una simple falta de talento que ocho horas de entrenamiento diarias no podía compensar de ninguna manera.

Se enteró por comentarios indiscretos que se había valorado la posibilidad de que no tuviera hijos y se entregara completamente a la labor militar como apoyo, sin embargo, al final consiguió una esposa que no era ni la más hermosa, ni la más talentosa, pero cumplía con sus obligaciones domésticas sin protestar el amargo carácter de su marido, además, le había dado hijos que pronto enmendaron la difícil situación de la familia.

Antes de cumplir los cuatro años, Madara había sido separado de su madre y se había incluido en la esfera de poder más alta del clan, incluso tuvo su propio dormitorio, al que un año después llevó a su hermano menor luego de que su madre muriera.

Desde entonces, su padre había sido una figura simbólica que no representaba nada en la realidad.

Él no los había cuidado, no los había educado, mucho menos entrenado, eso lo habían hecho su madre y los más ancianos miembros del clan. Sin embargo, siempre estaba ahí, como un último intento de no ser invisible a los ojos de los demás diciendo: "Estos grandes guerreros nacieron de mi sangre", pero nada más, no había nada entre ellos así que una sola mirada bastaba para recordarle que no tenía voz ni voto.

Izuna extendió los brazos y atrapó al niño cuando se lanzó hacia él, lo que era una gran proeza considerando que no hacía mucho había aprendido a caminar.

—¿No deberías estar en casa?— preguntó.

—Quería verte.

Poco después vio que su esposa caminaba hacia ellos. La forma en la que se bamboleaba era casi cómica, pero estando a días de dar a luz a su segundo hijo, que hubiera conseguido llegar hasta ahí era bastante digno de admirar.

Ella saludó con sumo respeto a su suegro y a Madara.

—Realmente no tengo manera de evitar que haga lo que quiera— se disculpó ella llevándose las manos a la espalda baja intentando disimular el sumo esfuerzo que le había tomado el camino.

Izuna miró a su hijo con el gesto severo pero intentando no dar la impresión de que iba a atacarlo.

—No pongas en riesgo a tu madre— le dijo para después bajarlo.

Se dio cuenta de que el pequeño miraba a Madara como si no pudiera creer que estaba ahí. El ninja, por su parte, no hizo ademán alguno de acercarse, de hecho empezó a alejarse, como si la escena le repeliera por completo mientras que su padre encontraba menos tolerante la indulgencia con la que Izuna trataba a su hijo y esposa, así que se marchó primero.

—Aún no acabo con esto. Volveré más tarde.

La mujer asintió y extendió su mano para que el niño la tomara y ambos se alejaron por el mismo camino que habían tomado para llegar.

—Deberías acompañarla, está llegando a su límite y el camino no es fácil en su condición— susurró Madara.

Izuna negó con la cabeza pero, cambiando de opinión parcialmente, hizo un clon que envió para alcanzarla.

—¿Qué es lo que sucede?— preguntó Izuna de pronto, habiendo encontrado provechosa la imprevista llegada de su hijo que había alejado a su obstinado padre.

—¿Respecto a qué?— preguntó Madara.

—Me he vuelto fuerte, mucho con respecto a la primera vez que enfrente a Tobirama Senju, pero tú lo has hecho aún más, aunque pareciera imposible, ahora mismo creo que eres más poderoso que cualquier Senju, sin embargo, te rehúsas a enfrentarlos desde esa vez que te encontraste a solas con Hashirama.

Madara giró sobre sus talones y caminó en dirección contraria por donde la mujer y el niño se habían ido. Izuna fue detrás de él.

Hacía mucho tiempo que Izuna notaba algo extraño en su hermano, siempre calmado y distante, se había vuelto más taciturno, melancólico, incluso distraído, y el corte que le había hecho en el brazo izquierdo durante el entrenamiento era prueba de ello. Sin importar cuánto había progresado, la minúscula herida no era precisamente a causa de esos logros.

Escuchó el cause del río que iba cuesta abajo.

Lentamente, Madara se quitó la armadura que se había vuelto como una segunda piel sin importar si iba o no en alguna misión. Dejó todo en un ordenado montículo y después entró en el agua, unos momentos después, el otro hizo lo mismo.

—Ya no quiero pelear.

Para ese momento, Izuna no esperaba recibir una respuesta, así que tal declaración hizo más que sorprenderlo. Ya no por el contenido mismo, sino por el simple hecho de haberlo expresado en voz alta.

El agua estaba fresca, el contraste con su piel caliente era evidente, solo llegaba a su cintura y quería sumergirse para quitarse también el sudor de la cara, pero la ocasión no apremiaba un baño. Se acercó a su hermano que le daba la espalda, sumido en un profundo silencio, como arrepentido de haber dicho en voz alta aquél pensamiento que lo atormentaba al contradecir sus convicciones, y el propósito de su existencia misma.

Izuna le tomó por el hombro haciendo que se girara un poco, pero la expresión en el rostro de su hermano era aterradora porque no se reflejaba nada en ella, no había asomo de alguna emoción que pudiera respaldar lo que acababa de decir, incluso sus ojos carecían de todo lo que pudiera indicar que estaba vivo y ahí.

Pero solo fue un instante, Madara levantó la mano y tomó la cabeza de Izuna atrayéndolo contra él para besarlo en la frente, como hacía cada que estaba seguro de que estaban solos. Luego lo abrazó, mirando nada en especial, porque su atención no estaba en ese lugar, ni en ese momento.

Para esa noche, Izuna no pudo evitar mirar a su hermano desaparecer entre las sombras de la noche. No era tampoco la primera vez que hacía eso, desde hacía un tiempo que se escabullía, o en ocasiones, simplemente decía que estaba trabajando en algo, y quería estar a solas, entonces nadie decía nada más, porque si Madara lo decía, entonces debía de ser verdad, y debía ser importante.

Pero a él le preocupaba.

—¿Sabes a dónde va?— preguntó su padre.

Había olvidado que estaba ahí aunque su esposa, desde el día de su matrimonio, se había hecho cargo de las tareas que hasta entonces, el hombre había tenido que hacer por su cuenta. Tratándole como si fuese su propio padre, se hacía cargo del cuidado de su ropa y cocinaba para él, aunque seguía durmiendo en la habitación común con otros miembros del clan, lo normal era que se quedara con ellos hasta después de la cena. Esa nueva cercanía volvía inevitable que él también notara que Madara salía con más frecuencia de lo que admitía ante los ancianos.

—No es nuestro asunto.

—Lo es si compromete al clan.

—¿Qué piensas que hace?— preguntó con el gesto severo, buscando algún tipo de acusación en sus palabras.

—Madara no es tan duro como quiere hacer parecer, o como todos quieren creer.

Izuna se mostró receloso de tal declaración, proveniente de alguien que estuvo ausente de sus vidas por todos esos años. Sin embargo, sabía que era verdad. A Madara le costaba más trabajo cada vez ajustarse al modelo idealizado que todo el clan tenía de él.

—¿Qué piensas que hace?— volvió a preguntar Izuna.

—Creo que está viéndose de nuevo con ese Senju.

Un golpe sobre la duela del piso hizo que la joven esposa de Izuna se arrepintiera de llevarles té luego de haber acostado a su hijo, simplemente se retiró dejándoles a solas.

—Hace años que Madara demostró en dónde estaban sus lealtades.

—Yo he intentado seguirlo, pero no soy rival para él, pero tú podrías.

—¿Quieres usarme?

Su padre le miró con el mismo gesto arisco que tenían todos los Uchiha adultos, que podía interpretarse de cualquier forma posible, pero en ese momento solo lo vio como una duda que entraba en lo profundo de su ser.

"Ya no quiero pelear"

Las palabras de su hermano se repitieron en su mente, y rogó al dios de engaño, que le dejara ver la verdad.


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