CAPÍTULO 3
A la mañana siguiente, White desayunó con su padre. La joven empezó a contar en su mente, y al llegar a veintiocho, el hombre dijo por fin:
—¿Qué fue esa escena de anoche fuera del castillo?
—Tú también la escuchaste —replicó ella en tono de afirmación.
—Por supuesto que la escuché. Seré un general retirado, pero aún no he bajado la guardia. —El barón y yo discutimos algunas diferencias de opinión, nada más. No ocurrió nada indebido.
—Ah.
Siguió un momento de silencio.
—¿Qué, no vas a pedirme detalles? —preguntó White.
—Debería, pero no lo haré. Ayer me hiciste comprender que ya no debo meterme en tus asuntos, mucho menos en la relación con tu futuro esposo. Confiaré en tu criterio. Pero sí diré esto: al fin has logrado recordarme a tu madre por algo más que tu cara, hija mía. Me alegra ver que, después de todo, sí hay algo de ella dentro de ti.
—¿De verdad?
—De verdad.
White no supo qué decir después de eso. Aquello era totalmente inesperado.
Terminado el desayuno, Steven se retiró a la biblioteca. La joven, en cambio, dio vueltas sin rumbo por el castillo, evitando a las personas. Luego decidió que tenía ganas de salir otra vez, y averiguar quizás qué se sentiría andar descalza por el borde del lago, por más que eso hicieran las vulgares campesinas. Si el barón podía pescar en él, ella también tenía que disfrutarlo de alguna manera, que para eso estaba ahí.
Le pidió a su sirvienta que la ayudara a cambiarse, lanzándole primero una mirada de advertencia para que no le mencionara su escapada nocturna. La mujer, sabiamente, guardó silencio, y como máximo sugirió que podría acompañarla en su paseo por los terrenos del castillo.
—Gracias, pero prefiero estar sola —replicó White—. Tengo cosas en qué pensar. Pronto seré una mujer casada, y debo meditar sobre mi comportamiento.
White no se molestó en mirar a la sirvienta para ver si había creído la mentira; le bastaba con que la dejara en paz. De todas maneras, tampoco planeaba hacer nada escandaloso, como bañarse desnuda en el lago. Ésa era una idea interesante, sin embargo...
Vestida ya para su caminata, White descendió los escalones... y el barón von Harmonia fue a su encuentro desde un pasillo, como si la hubiera estado esperando. Había tenido toda la noche para recuperar la compostura, y se veía igual que siempre, con los cabellos en orden y seguro de sí mismo... salvo por un mínimo destello en sus ojos, que anticipaba una nueva discusión.
—Buenos días... señorita von Stone —saludó él con una reverencia. Era difícil saber si su tono era de burla o de admiración. White se preguntó qué tan a menudo le llevaría alguien la contraria a ese hombre tan rico e imponente.
—Buenos días, barón von Harmonia. —Espero que haya dormido bien.
—Lo siento, pero no es mi costumbre perder el tiempo con este tipo de charlas. ¿Hay algo que quiera decirme? ¿Desea ofrecerme una disculpa, tal vez?
La amabilidad de él tembló como un espejo de agua al que le hubieran tirado una piedra, pero enseguida volvió a su estado anterior.
—Me disculparé por mi rudeza, señorita von Stone, y no espere más que eso. Como su futuro esposo tengo todo el derecho, y también la obligación, de preocuparme por su seguridad. A menos, claro, que nuestro pequeño altercado de anoche la haya hecho cambiar de opinión con respecto a la boda, en cuyo caso pondré un carruaje a su disposición para que usted y su padre vuelvan a casa lo antes posible.
—¿Acaso es usted quien tiene dudas?
—No en realidad. Por lo que sabía de usted, ciertamente no me lo esperaba, pero no crea que me voy a dejar intimidar por un episodio de rebeldía. Hice construir el muro porque los arcanines son más peligrosos de lo normal; usted es sólo una mujer, no un pokemon. Ni siquiera es un pokemon común y corriente, que tampoco me asustaría.
White sintió calor en las mejillas.
—Debería abofetearlo de nuevo, barón von Harmonia.
Él tuvo la desfachatez de reírse.
—Mucho me temo que no lo conseguiría, señorita. Si volviera a intentarlo, la vería venir y sería capaz de detenerla.
Apretando los puños, White se aproximó al hombre hasta quedar a un palmo de él, y le dirigió una mirada tan fría que borró la sonrisa de su cara.
—No, no he cambiado de opinión, barón von Harmonia. No es mucho lo que espero de un matrimonio arreglado, ni siquiera con usted, pero sepa que yo tampoco me dejaré intimidar. No olvide lo que le dije anoche: seré su esposa, no su esclava.
—No lo olvidaré, señorita von Stone. Pero estoy muy seguro de algo: si alguna vez se encontrara con una jauría de arcanines dispuestos a destrozarla, vería las cosas con una mayor perspectiva. Le es muy fácil desafiarme en mi propio castillo, sabiendo que mi educación me obliga a tratarla con respeto. No hay valor en eso, sino bravuconería. Como sea, me alegra que hayamos negociado nuestras diferencias. Siga su camino ahora, no pienso detenerla más. —Bien. Hasta luego, barón von Harmonia.
—Hasta luego.
White se esforzó por no apretar el paso mientras se alejaba del hombre, y de igual manera aflojó los puños, procurando no demostrar que aún seguía enfadada. No iba a darle esa satisfacción a su irritante prometido. Recién cuando estuvo fuera del castillo, con el sol en su cara y el aire fresco en sus pulmones, caminó a toda velocidad para que el ejercicio pusiera en orden sus emociones alteradas.
Sus pasos la llevaron hasta el lago, pero una vez ahí se dio cuenta de que prefería estar en otra parte. Los pokemon acuáticos lucían demasiado... domésticos para su estado de ánimo. Bordeó el lago, por lo tanto, y desobedeciendo específicamente las órdenes del barón, se dirigió hacia el muro. Quería recorrerlo en toda su extensión aunque le llevara el resto del día; además, haría bien en mantenerse lejos de su prometido hasta la hora de la cena, por lo menos, a fin de evitar que la sacara de quicio una vez más. No estaba acostumbrada a sentirse fuera de control.
Le llevó un rato alcanzar el muro. Para ese entonces ya estaba mucho más tranquila, casi alegre, y hasta se permitió cantar en su mente mientras caminaba. Qué agradable era pasear entre los árboles, pensó. En la casa de su padre solía pasar las tardes sentada en alguna parte, leyendo un libro sin prestarle atención o tratando de mejorar su técnica en el piano, aunque tampoco era muy buena para la música. Los jardines tenían flores de todos colores y en la primavera le daba cierto placer admirarlas, pero al llegar el verano habían perdido su encanto en base a la repetición. Aquello era cien veces mejor: desplazarse entre las sombras sintiendo con sus dedos la textura de la corteza, viendo por entre las ramas el perfil de la montaña. Por una vez, creía estar en un lugar del que nunca se aburriría.
Halló el portón de la noche anterior. Sus huellas seguían ahí... y del otro lado parecía haber otras. Las agujas de pino lucían revueltas, como si un pokemon hubiera escarbado justo frente a los barrotes. ¿Había sido el arcanine de los aullidos? ¿O algo menos impresionante, como un luxio o un pachirisu? White quiso creer que era algún tipo de mensaje, dándole a entender que las criaturas del otro lado habían detectado su presencia en la noche.
No se veía nada más, sin embargo, sólo los árboles. La joven continuó andando, y de esta manera descubrió dos portones más, igualmente recios y bien atrancados. Era algo frustrante no poder ir al bosque a echar un vistazo, aunque fuera por cinco minutos y sin adentrarse mucho. White oyó un relincho dentro de la propiedad. Retrocedió para investigar su origen, y no tardó en ver a un caballerizo que paseaba a dos hermosos pokemon, uno casi en color crema con patas blancas, el otro del color mas intenso y el crin azul. Eran rapidash grandes y peludos, puro músculo y hueso bajo la piel lustrosa. El hombre, que rondaba los sesenta años, se inclinó ante la joven.
—Buenos días, señorita von Stone. ¿Se ha perdido?
—Buenos días. No, no me he perdido. Sólo estaba... paseando. Asumo que usted trabaja aquí. —Sí, señorita. Yo cuido a los caballos del barón. Mi nombre es Cheren Schäffer, pero puede llamarme solo Cheren si quiere. Todos me llaman así.
El hombre le dirigió una sonrisa afable, pero guardando las distancias como todo buen sirviente. Ella se limitó a asentir. Avanzó despacio hacia los majestuosos pokemon, que se alteraron un poco ante su presencia; Cheren, sin embargo, los tranquilizó con unas pocas palabras, y luego le dijo a White:
—No se preocupe, son mansos. Actúan así porque no la conocen, pero puede tocarlos si quiere, no la morderán. Sópleles en la nariz. Así es como uno debe presentarse ante ellos.
A la joven esta idea le pareció muy divertida, pero siguió las instrucciones del caballerizo y los pokemon dejaron de moverse. No era la primera vez que White veía rapidash, por supuesto, pero nunca antes le habían llamado la atención. Aquellos ejemplares eran especialmente bellos, como el bosque y las montañas. Debían ser capaces de marchar por la nieve sin cansarse.
—¿Le gustan, señorita?
—Son preciosos. Un poco ásperos. Pero también me agrada que sean ásperos.
—Hace mucho frío aquí en invierno, pero estos muchachos lo aguantan bien. Podría ensillarle alguno, si quiere. A ellos les gusta trotar por ahí en esta época, y chapotear en el lago. No pueden hacerlo en invierno, claro, porque el agua se congela.
—Yo... no sé montar a caballo —dijo White, y permaneció callada un momento. Luego añadió —: Pero estoy segura de que podría aprender. Después de la boda, le pediré al barón que me enseñe a cabalgar.
—Seguro que lo hará bien, señorita. ¿No dicen que la emperatriz Cinthia es una gran amazona?
White movió la cabeza en un gesto de asentimiento. Se volteó unos segundos en dirección al muro y luego preguntó:
—¿Ha vivido aquí mucho tiempo... Cheren?
—Nací en esta propiedad, señorita.
—Entonces, ¿ha visto a los arcanine del bosque alguna vez? ¿Son tan poderosos como asegura el barón von Harmonia?
El hombre se puso tenso de un segundo a otro. No se veía asustado, pero sí muy incómodo. Su voz sonó más ronca que antes al contestar:
—Son pokemon muy extraños, señorita, y debería creer cualquier cosa que el barón diga sobre ellos. Nunca han matado a una persona... pero la verdad es que me siento mucho más tranquilo desde que el muro está ahí. Lo mismo les pasa a los rapidash y a los pokemon que aquí habitan, ¿sabe? A ninguno de ellos le gustaba salir al bosque, y los aullidos los ponían como locos. Ahora sólo se inquietan, aunque los pokemon mas pequeños se esconden de vez en cuando. No estuvieron en esa cacería del barón, pero tontos no son.
—¿Esa historia es cierta? Creí que mi prometido sólo trataba de asustarnos. Especialmente a mí.
Cheren negó con la cabeza.
—El barón no miente ni adorna sus historias. Lo que le haya dicho, es verdad.
—Pero... si los arcanine nunca han atacado a la gente, ¿para qué construir un muro tan grande? ¿Realmente hacía falta?
El hombre consideró la pregunta, como si temiera contestar. Sus cejas, pobladas y grises, casi se habían convertido en una sola línea. Finalmente respondió:
—El barón está convencido de que los arcanine van tras él porque mató a uno de ellos hace muchos años. Aunque tal cosa no debería ser posible, porque los pokemon de esa época tienen que haber muerto ya, incluso los cachorros.
—¿Y usted le cree?
—Sí, le creo. Ya se lo he dicho, esos pokemon son extraños. Quizás hayan pasado su deseo de venganza de una generación a otra, como las familias humanas.
—Suena tan... absurdo —respondió White, aunque no conseguía tomar el asunto en broma. —Muy absurdo, sí. Por favor, no le cuente al barón lo que acabo de decirle. Se enfadaría mucho. Y le daré un consejo, si me lo permite: trate de no mencionarle a los arcanine para nada, y no se acerque al muro. Esas bestias podrían captar su olor... y recordarlo.
—No se preocupe, guardaré el secreto. Y seguiré su consejo sobre no mencionar a los arcanine. Ya he notado que el barón es muy sensible al respecto.
—Gracias, señorita. Y ahora, si me disculpa, tengo que devolver los rapidash al establo. Bienvenida al castillo, por cierto.
—Gracias. Hasta luego, Cheren.
El hombre se marchó llevando a los pokemon por las bridas, como a dos enormes mascotas. White volvió al muro. Al fin y al cabo, sólo había prometido que no hablaría de los arcanine.
Llegó a un nuevo portón, que se hallaba en la misma dirección que las montañas. Desde ahí se veía otro lindo pedazo de bosque, que a la joven también le pareció irresistible. ¿O lo era solamente porque no podía cruzar al otro lado? Ah, el encanto de lo prohibido... El bosque sí debía de ser peligroso, con arcanine o sin ellos, por el hecho de que parecía muy fácil perderse en él, como mínimo. Y ella se había criado en palacios y jardines; no sabía nada de armas ni de técnicas de supervivencia. Estaría más indefensa que un pidove.
Suspirando, la joven decidió que dejaría el resto de la inspección para otro día y volvió al castillo
