Devoción

Cuatro de enero

El cuatro de enero, muy temprano, Kankurō y Temari junto con varios jōnin más, ya estaban listos en las puertas de la Villa, despidiéndose de su hermano menor para marcharse.

Durante los últimos meses, ninjas renegados habían sido vistos en diferentes puntos del país, cada vez con más frecuencia; era ingenuo no pensar que se estaban organizando y era irresponsable no empezar a tomar cartas en el asunto.

Los jōnin ya estaban listos para actuar y obtener información de la manera que fuera necesaria.

–No pude estar aquí en año nuevo –dijo Temari sonriendo tiernamente–, pero prometo que regresaremos antes de tu cumpleaños.

–Te damos nuestra palabra –agregó Kankurō revolviéndole el cabello a Gaara.

–Eso no es relevante –apuntó Gaara echando la cabeza hacia atrás para liberarse de su hermano–, terminen la misión y luego podrán hacer lo que les plazca.

–Bueno, bueno –Kankurō se encogió de hombros–, pero ya verás como reuniremos suficiente información sobre esos renegados antes de tu cumpleaños.

Gaara les sonrió un poco.

–Está bien. Que tengan suerte.

En instantes desaparecieron todos lo shinobis y el Kazekage se quedó un rato observando la dirección en la que se habían marchado.

No les había dicho lo que el Mayor le dijo dos días atrás; se había quedado inquieto y no quería que sus hermanos lo notaran; Kankurō y Temari eran realmente sensibles y hostiles cuando lo amenazaban, no podían evitarlo, era su instinto de hermanos mayores y Gaara no quería crear tensiones innecesarias entre su familia y el próximo Daimyō, por eso por el momento quería lidiar con aquello solo, sin embargo, de pronto se reprimía mentalmente por no acudir a su familia.

Pensó que estaba comenzando a sentirse un poco paranoico; imaginaba mil cosas que el Daimyō pudiera estar planeando, desde las más absurdas hasta las más complejas e imposibles. De lo único que estaba seguro era de que no iba a permitir chantajearse, pero, aún así, no había podido dejar de darle vueltas al asunto en su mente y eso le molestaba porque nunca había sido una persona que divagara mucho en un solo tema. Sacudió la cabeza y bufó pesadamente ahuyentando sus pensamientos y recordando el trabajo que tenía que hacer, dio media vuelta y emprendió el camino para adentrarse de nuevo a la Villa.

Matsuri había estado entrenando desde el alba, tomaba su viejo jōhyō y lo arrojaba contra varios objetivos, atinando a todos, volviendo a contraer la cuerda sin permitir que se enredara en ningún lugar. Sonrió cuando de repente se dio cuenta que Gaara la estaba observando.

–¡Sensei!

–No serás un jōnin si no manejas otras armas –dijo caminando hacia ella.

–Lo sé, sensei –aceptó retrayendo por completo la cuerda y guardándola. Los últimos meses Gaara había dejado caer varios comentarios casuales acerca de promoverla a jōnin, por lo que, naturalmente, ella estaba excitada al respecto–. He estado practicando con ninjatos, es sólo que...

–Muéstrame entonces –la retó repentinamente y antes de que ella pudiera aceptar el desafío él ya le había lanzado una espada–. ¿Taijutsu? –sugirió– Así tendrás ventaja.

Matsuri dio un salto atrás con una sonrisa de ironía y susto; que el taijutsu no fuera la especialidad de Gaara no lo hacía menos bestia; ella bien sabía lo mucho que él había entrenado para no depender de su arena por completo después de haber aprendido la lección de mala manera.

Combatieron amistosamente por pocos minutos. Ella estaba encantada, entrenar a su lado era un placer que ya no tenía seguido, así que disfrutó de cada puño que intercambiaron y cada arma que chocaron, hasta que en un momento, la arena se levantó para bloquearla y la arrojó al suelo un par de metros atrás.

–Eso no es taijutsu –reclamó lo obvio pero sin estar molesta, mientras se incorporaba para quedar sentada en la tierra.

–Lo siento –masculló tendiéndole la mano para ayudarla a ponerse de pie. Ella sonrió y aceptó el ofrecimiento sin hesitar.

–Estás distraído –apuntó.

Durante años vio de primera mano cómo Gaara ganaba el control sobre su arena y sabía que cuando esta actuaba por sí sola era porque él no estaba concentrado en sus acciones. La mirada de él y su ligero fruncimiento de labios le dieron la razón.

–¿Te ocurre algo?

–Acompáñame –pidió Gaara apuntando con la cabeza en dirección contraria.

Matsuri se sorprendió un poco, pero asintió con una sonrisa dulce y comenzó a seguir su caminar en silencio. Muy pronto estaban los dos sentados en lo más alto de la torre del Kazekage, desde donde podían admirar toda Suna, y más allá de ella, a las dunas que se alzaban imponentes, crueles y hermosas.

No dijeron nada en largo rato. Ella lo miraba ocultando su ansiedad. Él había perdido la vista en el horizonte.

–El Mayor... –dijo Gaara en un murmullo muy bajo– dice que el Daimyō esta apoyando un Golpe de Estado.

–¿El Daimyō? –repitió ella mirándolo fijamente y luego de un momento agregó– ¿acaso se trata de esos rumores de la conspiración?

Gaara exhaló; el Golpe de Estado era un cotilleo recurrente entre los aldeanos desde hacía años; era evidente que no todos habían estado de acuerdo con ascender a Gaara a Kage debido a su turbulenta historia y su corta edad, pero nada había cobrado fuerza hasta ese momento.

–Al Daimyō nunca le he agradado –la miró un poco de reojo–. Parecen que los rumores tienen mucha verdad.

–Espero que Shisoku-sama se convierta pronto en Daimyō, así las conspiraciones cesarán –anheló exhalando también–. Sí, todo será mejor con él.

Él ahogó un bufido y giró los ojos con fastidio ante las palabras de admiración hacia aquella persona por parte de su alumna. Ella no pasó por alto el gesto.

–¿Por qué te preocupa ahora?

–Shisoku-sama trató de chantajearme con la información acerca de la conspiración.

Matsuri no disimuló su expresión de sorpresa.

–¿De verdad? –parpadeó incrédula– ¿Estás seguro? Quizá lo malinterpretaste...

Él apretó uno de sus puños en descontento; el Mayor tenía más credibilidad que él, incluso entre sus propios hermanos y Matsuri, por eso nunca les había dicho acerca de todos aquellos detalles que lo irritaban, porque sabía que lo iban a achacar a su personalidad arisca.

Gaara agitó la cabeza en negación.

–Él quiere algo a cambio de ayudarnos –confesó a sabiendas de que quizá Matsuri no le creería–. Sabe lo que está ocurriendo y no lo compartirá a menos de que yo ceda.

La mandíbula de la jovencita se desencajó ligeramente y poco a poco su gesto se decepcionó. Shisoku-sama era un amigo y un pilar de la Aldea, quien estuvo presente en el momento más bajo y oscuro de Suna y no les dio la espalda. Por otro lado, Gaara no tenía motivos para mentir.

–¿Qué es lo que quiere? –se aventuró a preguntar, aún escéptica.

–Quiere una Kisha como esposa. A cambio, me revelará el plan de su padre y los detalles de la conspiración –tomó aire evocando los detalles de la conversación que tuvo con él–. Me amenazó, me dijo que la seguridad de la gente de Suna estaba comprometida.

–No puede ser –insistió Matsuri buscando una justificación para la petición de Shisoku-sama–. Quizá no trataba de chantajearte, quizá sólo quiere conocer a una de ellas pero eso no significa que esté condicionando su ayuda...

Gaara quería levantarse y dar por terminada la charla; si Matsuri no le creía no iba a insistir en convencerla. Sin embargo, se quedó en silencio mirando las dunas de las lejanías sintiendo un desengaño crecer dentro de su pecho; se supone que el Mayor era su aliado pero podía apuñalarlo, se supone que Matsuri era su amiga pero su lealtad parecía dirigirse hacia el Mayor. Todo el mundo es un potencial traidor. El recuerdo de su propio tío tratando de asesinarlo por la espalda era una advertencia latente en el fondo de su conciencia de que su confianza debía tener un límite.

–¿Por eso desplazaste a los jōnin en busca de esos renegados? –preguntó Matsuri sacándolo de su cavilación– ¿Estás investigando al Daimyō?

–No –contestó–. Los jōnin no saben nada de lo que Shisoku-sama me dijo.

–Investiga al Daimyō. Si has dejado de confiar en Shisoku-sama, puedes tomar cartas por tu cuenta.

La escudriñó con cuidado, ¿significaba que le creía?

–El Consejo jamás permitiría que mandara un escuadrón a investigar al Daimyō.

–Pero... –ella dudó un segundo– ¿Y si el Consejo no se entera?

–Eso es contra la ley.

Matsuri torció la boca y miró al piso.

–Lo siento... –farfulló ella ante su propia actitud negligente–; un Golpe de Estado, ninjas renegados siendo vistos cada vez con más frecuencia... podrían ser hechos aislados, quizá te estás apresurando a sacar conclusiones... por otro lado, podría ser cierto, podría haber gente en peligro.

–Cometí un error al desplegar a mis mejores jōnin a una misión sin sentido –se sinceró–. Sé que no encontrarán nada. Debí haberle dicho a mis hermanos toda la verdad...

–¿Por qué no lo hiciste? –lo cuestionó con cierta timidez.

–Supongo que... –Gaara sonrió con algo de frustración– no quiero que se den cuenta que el Mayor logró asustarme.

La expresión de Matsuri cambió por completo a una genuina sorpresa y no dijo nada por largos instantes. Gaara no continuó hablando, estaba dejándose ver demasiado vulnerable y no se podía permitir seguir avanzando.

–Gaara-sensei –dijo atreviéndose a levantar su brazo para tocarlo en el hombro. Le sonrió sinceramente–, gracias por confiar en mí.

Otro largo momento de silencio inundó el ambiente, ambos permanecieron sentados y quietos, sólo el viento movía sus cabellos levemente y por momentos soplaba lo suficientemente fuerte para levantar granos de arena que la gente del desierto había aprendido a sentirlos como una caricia en la piel.

–Tengo trabajo que hacer –dijo Gaara de pronto, se levantó y luego volteó a ver a la chica que permanecía sentada–, deberías seguir entrenando.

Matsuri asintió y se puso de pie también. Gaara apenas y le dedicó un movimiento con la cabeza para despedirse de ella y desapareció en una ráfaga de arena.

Volvió a su despacho y se sentó con desgano en su escritorio observando la pila de pergaminos que tenía que revisar y firmar. Comenzaba a sentirse indigno de nuevo y atrapado también.

Sus crímenes no habían dejado de existir; la sangre que derramó en el pasado nunca iba a ser recuperada. No sabía a ciencia cierta cuánta gente aún se oponía a él, sus allegados le aseguraban que era una minoría, pero si existía realmente una conspiración podría ser muy grande el número. No podía imaginarse qué podría estarse maquinando y era doloroso saber que probablemente estaba a punto de sufrir otra traición.

Desde que había perdido el poder de Shukaku había muchos que dudaban que pudiera ser lo suficientemente fuerte para defender a Suna y algunos, entre ellos, el Daimyō, el Menor y dos de los concejales, que habían dicho públicamente que sin el Biju, Gaara ya no era nada, que nunca había sido digno de confianza y que debían sustituirlo antes de que le hiciera daño a alguien.

Él no se pronunciaba, eran sus hermanos los que se fastidiaban y tomaban posturas hostiles, pero eso no significaba que no lo afectara ni que no lo hiciera cuestionarse constantemente sobre lo que hacía.

Y así la noche cayó sobre la Arena. Todos se habían retirado a dormir, muy pocas luces quedaban encendidas en toda Suna y Matsuri, cansada de entrenar, decidió que era suficiente. Al girar su rostro a la torre, descubrió que la luz de Gaara seguía encendida y sin pensar demasiado se dirigió a buscarlo; esa necesidad suya de estar cerca la obligaba, aún en contra de su raciocinio, a tratar de hallar cada instante posible a su lado.

Ya no era suficiente tomar su mano cuando la ayudaba a levantarse al entrenar ni tocar sus hombros cuando charlaban. Necesitaba más cercanía, más contacto y le preocupaba cómo cada día sus ansias crecían, temiendo no poder controlarlas por mucho más tiempo y estropearlo todo.

Él le había confesado uno de sus miedos, algo que ni siquiera sus hermanos sabían y ahora sentía mucha más necesidad, ya no sólo de tocarlo, sino de hacerle saber que ella no dejaría pasar por alto a quien quisiera traicionarlo, ni aunque se tratara de Shisoku-sama.

Tocó suavemente la puerta, abrió lento y entró al despacho con una mueca un tanto avergonzada.

–Hola, sensei –saludó bajito como si temiera romper el silencio sepulcral que rodeaba a la torre.

–Es muy tarde, ¿qué haces aquí?

–Me quedé entrenando –balbuceó–, no me di cuenta de lo tarde que era y pues, no tengo sueño, me di cuenta de que seguías aquí por la luz y me preguntaba si tienes mucho trabajo y quisieras que te ayudara en algo– siguió hablando cada vez un poco más rápido buscándo sus excusas estúpidas.

Gaara se cruzó de brazos y se recargó en el respaldo, señalando con la cabeza el montonal de papeles sobre el escritorio

–Claro.

Ella sonrió y comenzó a clasificar los papeles, ya le había ayudado varias veces, así que sabía lo que tenía que hacer. Con Matsuri allí, Gaara trabajaba un poco más rápido y le parecía menos tedioso estar leyendo, sellando y firmando. Luego de un par de horas, una gran cantidad de pergaminos ya se encontraban perfectamente archivados.

Matsuri bostezó y se talló los ojos

–Vete a dormir –ordenó Gaara mirándola de reojo.

–Aún no tengo sueño –replicó volviendo a bostezar–, bueno, sólo un poco.

–Ya has ayudado bastante.

Un tercer bostezo y una risita por parte de la muchacha

–Está bien –se levantó y se desperezó un poco.

Matsuri se quedó de pie observándolo, la única luz que quedaba en todo el edificio era la lámpara que él tenía a su lado, iluminándolo parcialmente y se quedó fascinada observando cómo las sombras delineaban su cara y su cabello cayendo en mechones rebeldes sobre sus ojos se veía más rojo.

No se escuchaba ningún ruido, todos dormían ya. Gaara estaba tan inmerso en su lectura que no parecía notar que había alguien más, acercó su silla un poco más a la mesa y recargó la barbilla en una de sus manos. Matsuri inhaló profundo.

–Gaara-sensei...

Gaara levantó la cabeza de la pila de papeles para preguntarle con la mirada que ocurría, ella había estado pensando todo el día lo que quería decirle, y ahora, cuando por fin lo tenía enfrente y sin nadie que pudiera interrumpir, se le atoraron las palabras en las garganta e incluso había olvidado como respirar.

El Kazekage ladeó ligeramente la cabeza a un lado volviendo a demandar con su gesto que hablara, pero Matsuri sólo pudo morderse la lengua para que un gemido de frustración no se le escapara, tragó saliva desistiendo de hablar ya que no quería soltar una gran cadena de incoherencias; a Gaara no le gustaban las personas que no podían hilar frases.

–Dime, Matsuri –dijo luego de no obtener ninguna respuesta.

Llenó sus pulmones de aire, no podía seguir desgarrándose por dentro. Gaara le había enseñado a no retroceder ante el miedo y no sería jōnin jamás si no se atrevía a arriesgarlo todo.

Se acercó hasta poner ambas manos sobre el escritorio y acercó su rostro al suyo, examinando cada detalle del mismo. Él desvió su mirada sólo un instante hacia las manos que ahora estaban sobre sus papeles y regresó los ojos a los de ella, pero en ningún momento cambió su postura.

Entonces ella se aproximó aún más, hasta que sus narices estuvieron a un milímetro de distancia e intentaba que su respiración no se descompusiera, mientras él seguía inmóvil, excepto por el casi imperceptible movimiento de su pecho en su tranquila respiración y eventualmente parpadeaba, con la mirada fija en ella.

Sí, ella era una kunoichi valiente, sin embargo, los latidos de su corazón desbocado que seguro retumbaban en toda la Villa la hacían sentirse cobarde de nuevo.

Así que no lo pensó más, cerró los ojos y posó sus labios en los suyos, él también cerró los párpados y moviendo un poco la cabeza le correspondió a su beso.

Duró un segundo, quizá fueron dos y Matsuri se separó de él, se echó para atrás para recuperar su posición de pie tras el escritorio, con los ojos aún cerrados y mordiéndose el labio inferior. Hubiera deseado que durara más tiempo, levantar su mano y enredarla en su cabello y de ser posible quedarse así toda la noche.

Abrió los ojos lento. Gaara no se había movido ni un centímetro en todo el rato y no le apartaba la vista. No parecía estar enfadado, ni molesto, tampoco confundido o sorprendido, pero Matsuri estuvo segura de que una pequeña sonrisa estaba curvando sus labios.

Recordó de nuevo cómo se respiraba y lanzó una risita que ella misma consideró tonta.

–Buenas noches, Gaara-sensei –dijo al fin girándose hacía la puerta.

–Buenas noches, Matsuri –le contestó dirigiendo sus ojos de nuevo a sus papeles.

Ella salió cerrando la puerta con cuidado para no hacer ningún ruido. Quería gritar, correr por toda la torre, decirle a todo el mundo que había besado a su Kazekage y volver a gritar, pero no lo haría, porque a Gaara no le gustaban las personas que no podían hilar frases ni las que gritaban.

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Matsuri sonrió evocando ese recuerdo; el beso de Gaara había sido ántrax y no dejaba de quemarle las entrañas desde entonces. Temari estaba absorta y decepcionada de no haber conocido los sentimientos del menor de sus hermanos antes.

La más joven sonrió ampliamente y por primera vez en ese día miró a su líder con firmeza.

–No creas que no dolió que Shisoku-sama estuviera siendo impertinente –se llevó una mano al pecho y apretó su chaleco entre su puño–, yo lo admiré y me perdí en sus ojos profundos y en su sonrisa magnífica, pero dejé de estar dispuesta a creer ciegamente en él.