Astrid
Lo siguiente en mi día no fue más que trabajar. Ordenar papeles, firmar, atender llamadas, etc... Y claro, arreglar los problemas que me había embaucado Rachel.
Me permití pensar en lo que Heather me dijo, pero no encontré dentro de mí algo de motivación para considerarlo de forma seria.
Desde pequeña siempre había tenido algo que me impedía sentirme completamente feliz. De alguna manera, cuando estaba por lograrlo, siempre venía algo que lo hacía pedazos. Los problemas en casa nunca faltaban. Y la escuela no era exactamente la mejor parte...
Cuando llegué a Berk, después de quince años de vivir en aquella situación, pensé que todo cambiaría, pero no fue así, tuve también muchos altibajos y conocí a más personas, de las cuales algunas me hicieron arrepentirme.
Después de un tiempo creo que simplemente me hice a la idea de que ese era mi estilo de vida. Un "no trates de ser feliz", viendo que si lo hacía, algo malo seguramente acabaría con todo...
Y lo sé, un pensamiento negativo y pesimista, pero con el tiempo y las experiencias que vivía, solo me convencía más de que era la verdad.
.
.
.
.
.
.
A la mañana siguiente no escuché el despertador.
—¡Oye, floja! ¿Qué no piensas ir a trabajar?
Me levanté de golpe después de recibir un almohadazo en la cara. Mi primera reacción fue buscar el despertador, el cual estaba ahí, campante; con cuatro números rojos parpadeando una y otra vez.
00:00
Me quedé helada.
—Tranquila —Ían volvió a captar mi atención—. Está desprogramado. Sólo han pasado treinta minutos.
Exhalé más aliviada, al menos no era tan tarde. Luché torpemente con las sabanas para poder salir de mi cama, y cuando al fin lo logré pude notar algo que me pareció realmente extraño—. ¿Y tú qué haces despierto? —interrogué a mi hermano con una ceja alzada.
Él se encogió de hombros. Sonreía con burla.
—Sexto sentido, supongo —dijo con simpleza—. Deberías agradecerme.
Lo golpeé en el pecho con un cojín en respuesta. No esperé más y corrí fuera de mi habitación, directamente al baño.
Me duché lo más rápido que pude, me vestí y salí disparada. Miré el reloj de la cocina mientras me trenzaba el cabello. 7:46.
—Agh, Odín...
Vi que Ían ya se estaba sirviendo un tazón de cereal. Su cabello rubio aún estaba enmarañado como un nido de codorniz, pero parecía no importarle mucho.
—Debe haber una ley que te permita llegar tarde una vez a la semana —dijo mientras guardaba la leche en la nevera—. Como en la escuela... —se rió.
—Claro, ve y diles a tus compañeros de alta categoría para que me cambien el horario.
—Lo intentaré —me guiñó el ojo—, pero no te prometo nada.
Cuando era niña, Ían solía bromear con que trabajaba en lugares privados o incluso en la CIA. Era divertido porque jugaba a que yo también podía serlo y nos entreteníamos por horas. Rodé los ojos y tomé mi suéter del perchero así como mis llaves para salir inmediatamente. Tendría que caminar muy rápido.
—Saluda a Heather por mí —alcancé a escuchar desde el umbral. Sonreí y me asomé un poco para verlo, había una sonrisa traviesa en su rostro.
Negué con la cabeza de forma divertida y al fin me marché.
Nunca había caminado tan rápido, y comenzaban a dolerme las piernas.
Seguro que pasé casi volando por el puente y todos pensaron que era una aparición.
Entré al café de Johann justo a las ocho, lo que quiere decir que no llegaría tan tarde al trabajo. Apenas entré, tomé mi pedido y dejé el dinero sobre la barra, luego reanudé mi corrida. Ni siquiera escuché si Johann me saludó.
Crucé la avenida como una bala y maniobré con el café y mi bolso de lado para no tropezarme, o algo peor. Viendo la pésima suerte que tengo. Habían muchos autos, muchos más de los que hay regularmente cuando voy de camino, seguro yendo retrasados a algún lugar también.
En un momento alcancé a escuchar algo a lo lejos, a pesar de los ajetreados sonidos del tráfico, pero no me detuve a buscar de dónde provenían. Pareció como un grito, alguien quejandose, y... ladridos. Creí que no era de mi incumbencia, pero algo de aquello no tardó en alcanzarme.
No fui más allá de la calle de Coffee Green cuando alguien dobló la esquina justo frente a mí, haciendo que me sobresaltara. Unos pocos centímetros más y pudo haberme derribado, pero al parecer él no se inmutó. Sólo me pasó de largo y siguió corriendo.
Fruncí el ceño por tal acción, aunque no era muy difícil notar que ese hombre huía de algo o alguien, y de hecho no tardé en confirmarlo.
Un enorme perro de color negro pasó a mi lado hecho una furia. Traía una correa roja y una especie de arnés de cuero en el cuerpo, con algo que parecía una manija metálica encima. Me detuve ahí mismo, no pude evitar distraerme. Supuse que el hombre del principio había provocado a ese perro de alguna manera y ahora este último lo perseguía con verdadero enfado.
Sacudí la cabeza recordándome a mí misma que no era asunto mío, quedarme a averiguar sólo haría que llegara más tarde al trabajo. Pero, cuando quise voltear para continuar con mi camino, otra persona llegó corriendo desde la misma calle que el hombre y el perro, chocando conmigo.
Esta vez caí junto con él, derramando mi café por toda la acera...
—¡Idiota! —gruñí, intentando levantarme.
—¡Chimuelo! —gritó él ignorando mi insulto, parecía desesperado.
Me levanté y comencé a sacudirme sin mirar a la persona. Él había caído del lado contrario, por lo que estaba un poco apartado de donde había caído yo.
—¡Fíjate por dónde vas! —le reprendí molesta, girandome hacia él por primera vez.
—Yo, lo... lo lamento —escuché a penas.
Seguía en el suelo, cerró los ojos fuertemente y puso una mano sobre su cabeza. Un mal presentimiento me invadió cuando me fijé en que trataba de levantarse con dificultad. Quizá se había lastimado.
Entonces miré atrás, hacia donde se dirigieron el hombre y el perro. Éste último ladraba sin cesar, furioso y determinado a alcanzar a aquel tipo.
—¡Chimuelo, basta! ¡REGRESA AQUÍ!
Volteé hacia donde escuché el grito. Vi que el joven había conseguido ponerse de pie y se recargó en un poste intentando mantenerse. No supe al instante qué ocurría con él, Chimuelo tal vez era el perro, pero ¿Por qué él se quedaba parado ahí?
—Oye... ¿Estás...? —quise preguntar, recordé el arnés que el perro llevaba...
Miré bien al joven castaño, y entonces lo supe.
Respiraba agitado, con la boca abierta. Su rostro reflejaba desesperación, en una mezcla de miedo y enojo.
Pero su mirada estaba vacía. Sus pupilas se movían buscando algo.
Pero no se enfocaban en ninguna parte.
Él...
Él no podía ver...
.
.
.
.
.
.
Notas!!
Actualicé la sinopsis, espero que ahora sí aparezca el detalle de la vista de Hiccup. Sé que estos primeros capítulos son muy cortos, los siguientes rondarán entre 1.5k a 3k, algunos un poco más. Este fic lo comencé en 2016 y a pesar de estarlo editando, no le quiero agregar demasiadas cosas que lo vuelvan aburrido...
Gracias por leer! No olviden comentar, me ayudarían mucho a seguir! nn
[13 Jul 2019]
